* El campo abandonado, poco a poco colmado de cultivos metálicos y el puente peatonal más grande la ciudad enmarcan la entrada. Los campesinos de la zona descubrieron las necesidades del comprador, compulsivo o no y dejaron campos y preocupaciones agrarias para abrir en terrenos aledaños gigantescos estacionamientos, donde se plantan autos por 25 pesos durante todo el día. Los hombres emplearon a sus familias y todo se vende.
Miguel Ángel Alvarado
Humaredas. Ríos de asfalto. Hormigas con dos piernas y poca cabeza. Enormes bolsas vivientes y hasta animales morados o naranjas son el apocalíptico paisaje, nuclear, que el mercado de Autopan-Aviación ha diseñado para la inofensiva Toluca, cada vez más parecida a cualquier predio invadido del Distrito Federal. El campo abandonado, poco a poco colmado de cultivos metálicos y el puente peatonal más grande la ciudad enmarcan la entrada.
Los campesinos de la zona descubrieron las necesidades del comprador, compulsivo o no y dejaron campos y preocupaciones agrarias para abrir en terrenos aledaños gigantescos estacionamientos, donde se plantan autos por 25 pesos durante todo el día. Los hombres emplearon a sus familias y todo se vende. Papel higiénico para dos letrinas tenebrosas que amenazan con caer ante cualquier aire, externo o producido por tacos de chorizo y pancita; refrescos de inimaginables temperaturas cociéndose a fuego lento a mitad del día en una palangana con hielo. La Playa, expendio de aguas, sobrevive apenas bajo la mirada perdida de un cuidador de autos. La franela enrollada en sus manos es el símbolo de la categoría. Aquí todos somos iguales, sólo que algunos son más pobres. Aquí no conviven todos. Comercio y productos diseñados para los depauperados. Un ministerio público móvil, presto a las detenciones y las actas judiciales respalda a Piscis, la directora de Tránsito de Toluca, quien ordena amable pero enérgicamente a un vendedor de raspados que se quite del paso. Igual se dirige a un trailero que a un líder de ambulantes, pero nadie la escucha o fingen no hacerlo. Al fin ellos pagan y sostienen aquella economía de pesos huecos, sin marca, producto de las derechas más feroces del planeta. La policía es una empleada más. El puente, de unos mil 500 metros de largo, abarca todos los carriles de la autopista Toluca-Atlacomulco. Miles pasan en pocos minutos. Cargadores, niños en brazos, carritos con papas, vividores y un hombre que espera por alguien “en la sombrita de abajo, dice que si no llega en 5 minutos se va”, anuncia el sonido local, miran infinitamente las rejas. El aullido de los hombres cumple aquí el cometido de la selva urbana. No gana el más fuerte. Tal vez ahora gane el más mañoso o el que cargue una pistola. Un policía, cansado de cuidar una valla metálica, cree que ha sido un día tranquilo y que hay poca gente. A 500 metros del primer retén policial, un grupo disputa y discute sobre la necesidad de diablitos pirata. Ve con recelo a su alrededor. “Chinguen a su madre los otros” es el protocolo universal para explicar la situación, dice uno mientras voltea y anota en una libreta los jeroglíficos del futuro. El puente es un monumento a la administración panista de la ciudad. Primero una cuesta arriba que termina en una aguja de 50 metros de alto y una escalera de caracol después intentan resarcir la entrega de la explanada del mercado Morelos a particulares. Los 34 millones de pesos que costaron traer a los ambulantes deambulan por el puente pero nadie se da cuenta, ni siquiera el alcalde Juan Rodolfo Sánchez, a quien no le tembló la mano meter en cintura a los pequeñitos, pero cuando se trató de reubicar la terminal otro resultó el guión. La antigua estructura de la central espacial toluqueña, un domo gigantesco sin oficio ni beneficio, es el centinela mudo ante el cual pulula el hormiguero. Un hombre vende aves en la enorme calzada que corre a lo largo del terreno, polvoriento y cubierto de piedras aún. Una gigantesca manta anuncia a los mismos ambulantes. “Que no te engañen”, reza, como si la trampa flotara por sí sola en ese ambiente de caras mercancías. No hay juguetes el día de Reyes pero sí muchos globos, pues es el correo que los padres de los niños usan para hacer valer el mito. De pronto un hombre alto y gordo con una pequeña cámara digital retrata a los orgullosos padres junto a los Reyes Magos. La negrura de Melchor, aquella negrura hasta racial contrasta con los tonos cafés y grises del resto de los tolucos. “Fucking grassiers”, dicta el lema yanqui respecto a los latinos. Aquí, los “fucking” están todavía más jodidos pero se ríen, sin embargo y tienen ánimos para disfrazarse de magos que vienen del Lejano Oriente. No hay juguetes pero Barbie y Coca-Cola están presentes. Siempre en los mejores eventos, la muñequita más deseable de la historia hace contorsiones en cada uno de los puestos. “Ésta canta”, dice la vendedora. “Y ésta no es Barbie, pero tiene la voz de Chaquira”, mientras acerca un micrófono, nanotecnología made in China y emerge la voz de la diva narcolombiana, tan clarita como resfriado de invierno. Más allá está la ropa. Más acá los puestos de comida. No es lo mismo, claro, la explanada del Juárez que este monstruoso terrerío de basura y mentadas. Un hombre quema pollos en un enorme fogón. El moderno alquimista transforma piltrafas en apetecibles platillos mexicanos, adornados con cebolla y salsa verde. Mira curioso pero recuerda su papel de fariseo y de inmediato informa. “Dos por 20. Llévate uno y te regalo el otro”. “Quiero volver a vivir, quiero ser feliz, busca tu vida y no vuelvas más a mí”, canta un hombre entre tacos de carnitas y Jarritos. “El Gallo de Oro”, Valentín Elizalde, volvió de la tumba y muchos lo agradecen. Cada bocado sabe a gloria y el imitador de la idolatrada ave sabe cómo llevar los recuerdos. Elizalde vive, cómo no pero urgen tres tacos de cueritos para la mesa tres. La tarde avanza y el hombre también. Hay otras caras, casi las mismas, que miran lo mismo y preguntan por lo que todos queremos. La ropa interior para las damitas se deshace entre los dedos. Es una gasa casi transparente y sólo cuesta 10 pesos. Uno puede escoger el modelo y el tamaño pero las monedas se escapan. Muchos miran y pocos compran. El erotismo asusta y la mirada de los niños va de una tanga fosforescente a una morada. O tal vez un baby-doll con el azul de la electricidad encienda más de una llama por las noches. Morrison vela con opiómana sabiduría desde una camiseta, al lado del maestro Lora, practicante avanzado de la Britney-señal. Todo está bien, no pasa nada, los ojos serenos del portero mágico del América evitan los goles desde un balón colgado en las rejas metálicas. Aquí todo se vale, incluso manosear los desnudos maniquíes para los sensuales Levi’s. Pero aquí no hay funcionarios de altas codicias. No hay empresarios ni camionetas con guaruras. Sólo miniautos, camiones cargados y cientos de autobuses. “La masa”, dice alguien indignado porque un pequeño pato ha muerto entre decenas de sus hermanos, tal vez asfixiado o es que juega a hacerse el laxo entre las manos del vendedor. Junto a este sicodrama, pollitos pintados de azul, morado y naranja tratan de agradar a los niños, que los tocan curiosos. “Valen 10 pesos y los patos 2 por 50”, dice el hosco dios del lugar, mientras se acomoda el peinado y la gorrita. El mercado ha cumplido. El lugar ha cumplido. La gente bien se sentirá mejor si ninguno de los aquí presentes va a sus centros comerciales. Harto hacen con compartir la calle. La Aviación es un ghetto disfrazado de buenas intenciones, de obras y edictos eructados y matizados. A lo lejos, una laguna repleta de patos contempla el avance de la ciudad, la ciudad de los pobres sobre sus propias aguas. “Son patos silvestres, hay hartos”, dice el ejidatario convertido en viene-viene, mientras mira, como si recordara algo, la profunda lejanía del agua.
Aún no hay comentarios
Aún no hay comentarios.
RSS de los Comentarios Identificador URI de TrackBack
Deja un comentario
