Las desventuras de Dios

* El 1824 el gobernador Melchor Múzquiz, cuyo nombre es recordado ahora porque hay una calle con su nombre aunque nadie sabe quién fue, enviaba muy preocupado un oficio al vicario general de religiosas del Arzobispado de México, el eminentísimo Juan Bautista Arechederreta, en el que trataba de limar las asperezas entre ellos generadas por “los enemigos del orden y de la independencia nacional”, según consta en el libro recopilatorio de Dionisio Victoria Moreno, “Noticias de las Guerras de Reforma e Intervención”.

 

Miguel Alvarado

Eran tiempos aciagos para el país. Todos sufrían de alguna manera las guerras independentistas, padecían a las serenísimas altezas y sus cortes milagrosas y asistían como invitados de piedra a asonadas y conspiraciones inspiradas en Dios, el diablo o los dos. Uno de los sectores más beneficiados con aquella mexicana revoltura fue el del clero católico, pero más allá de los grandes ensotanados de principios del siglo XIX, los curas de a pie comprendieron que debían encontrar otras estrategias para convencer a los creyentes. Algunos optaron mejor por pasarse a la insurgencia pero otros aguantaron como Dios les dio a entender, aquella prueba de fe caída del cielo como anillo al dedo.

Las penurias de los servidores de Dios quedaron casi todas en el tamaño de un suspiro, pues afectaban poco o nada a sus jefes. La relación Estado-Iglesia fue seguida y documentada desde abajo dibujando un pintoresco panorama que poco ha cambiado hasta nuestro tiempo.

El 1824 el gobernador Melchor Múzquiz, cuyo nombre es recordado ahora porque hay una calle con su nombre aunque nadie sabe quién fue, enviaba muy preocupado un oficio al vicario general de religiosas del Arzobispado de México, el eminentísimo Juan Bautista Arechederreta, en el que trataba de limar las asperezas entre ellos generadas por “los enemigos del orden y de la independencia nacional”, según consta en el libro recopilatorio de Dionisio Victoria Moreno, “Noticias de las Guerras de Reforma e Intervención”.

Allí, Moreno transcribe todos los legajos que hay sobre esta etapa en el Edomex y comienza precisamente con Múzquiz, quien en aquella primorosa carta, llena de afectaciones y disculpos, aclaraba muy puntual que “este gobierno que profesa y sostiene la religión católica, apostólica y romana por ser la única verdadera y porque así lo previenen las leyes de la Federación y el Estado” respetaría los conventos de las monjas y no las arrojaría de ellos por nimiedades. Firmaba, muy serio, con la frase de “Dios y Libertad”.

Así fue apaciguada la santa alma del españolísimo Arechederreta pero eso no libró a los curas de más ensañaciones y burlas de la plebe, cansada de diezmos y primicias, de tanto leguleyo espiritual. El curioso libro de Victoria también recopila la anécdota de un sacerdote del poblado de Santiago Ocuilan, quien acusaba a los bellacos insurgentes por atropellar su dignidad de hombre ante sus superiores, en 1837.

El padre Manuel Chica Gaytán narraba que el poblado donde pastoreaba las almas se había transformado radicalmente luego de que allí pasaran los más crueles insurgentes como los Borrego, Carrión, González, Ferreira y Carrasco, pero sobre todo el malvado Pedro el Negro, quien había sembrado el mal ejemplo entre la juventud. Aquellos desbalagados habían tomado el puente de Ocuilan como centro de vicios y desde donde se propaló el mal que, entre otros conductores, tuvo en los masones yorkinos a sus más recios evangelistas.

El bueno del padre Chica sólo quería celebrar su misa, cobrar sus diezmos, comer chicharrón los domingos y echarse una copita de vez en cuando, pero no podía hacerlo debido a que “los sanguinarios insurgentes”, sobre todo el ex gobernador Lorenzo de Zavala, eligió aquella zona para ocultarse. La indignación del padre estalla cuando recuerda que Zavala “favorecido por los indios, lo ocultaron en el monte de Cempoala, de donde salió para volver otra vez a ser gobernador del modo que omito por ser público.

Denuncia luego, pues nada tenía que hacer aquella tarde en la que escribió esta epístola, que en Ocuilan se preparaba una conspiración de yorkinos contra el supremo gobierno. El inocente padre lo supo por uno de sus feligreses y fue con el chisme con un tal señor Chantre, con “mi apoderado, el señor don Mariano Galván y verbalmente al señor prefecto de Toluca”.

El chisme caliente resultó favorable para el padre Chica, quien atestiguó con el rosario en la mano cómo 100 hombres llegaban para dispersar a aquellas almas perdidas en el pueblo de San Juan Azingo. Más calmado, escribe que “la cosa se hizo después pública, no de que hubiera yo dado parte, sino del pronunciamiento de Ocuilan en unión de los de Cuernavaca. Como vi que los males iban cada día en aumento, no pude menos que haber advertido a mis feligreses en el púlpito se guardaran de esos libertinos, de esos impíos masones, de esos lobos rapaces que con piel de oveja, esto es, de falso patriotismo, no hacían otra cosa que tirar contra la iglesia, contra la religión y contra la patria.

Así estaban las cosas en aquel 1837 y el padre Chica no checaba muy bien con la turbulencia de los tiempos, aunque participaba activamente de ellos, como buen mexicano. Pero luego vino lo peor, lo que verdaderamente enojó al vicario de un Cristo al que pusieron en medio de una guerra de la que nunca se enteró. Chica dice que a raíz de sus soplos los conspiradores se le fueron encima, sobre todo Ignacio Ferreira, uno de los aliados de los indígenas de la zona al menos hasta ese momento. El padre se refiere a él como “oráculo de los indios, este hombre me tiene enteramente corrompido al pueblo con sus perversas máximas yorkinas. Antes lo hacía reservadamente, pero ahora lo hace en público”. El padre lamentaba que su orgullo de hombre había sido pisoteado cuando un domingo, muy emperifollado él, se dirigía a dar la misa pero el malévolo Ferreira llegó “al extremo de echarme los perros y celebrarlo con risotadas el Ignacio, el alcalde indio y sus topiles y lo que más sensible se me hizo fue ver a un jovencillo que llega a doce años, hijo de este yorkino, que era el más afamado en tutearme los perros… en fin, yo hice un sacrificio de mi honor ultrajado y volví a decir misa por cumplir con mi ministerio”.

Luego llora lágrimas de sangre al recordar que la indiada había impedido la recolección de limosna diciendo a los vecinos que ésa era una tiranía y que el pueblo no estaba para engordar curas. Le duele en el alma aparecer en un pasquín que publicaban los libertinos de Chalmita y en fin. El padre sabía que sus superiores investigarían tal atrocidad y se preparó desde antes para tener listas las correspondientes disculpas. Apuntaba, muy apresurado y casi por no dejar, que él no había sido soldado de arrastrada, tal como el pueblo comentaba a voz en cuello; que no era comerciante pues no tenía comercio ni chico ni grande y que por ello pedía la intervención de Si Ilustrísima para arreglar estos malos entendidos.

La carta, fechada el 17 de abril de 1837, nunca obtuvo respuesta y el padre Checa tuvo que padecer un rato muy largo las maldades de aquellos insurgentes de Satanás.

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