“Hoy es 3 de octubre de 1968. Es una hermosa mañana…”

* Cuatro generaciones después, una suerte de nueva primavera se organiza gracias al aspirante presidencial del PRI, Enrique Peña, quien ha sabido como nadie y como nunca, convencer al electorado joven para que no voten por él. En estricta justicia, no se trata de favorecer o denostar un proyecto político que, como el del resto de los aspirantes, pasa por un profundo matiz de ambiciones personales. Peña es un personaje complejamente superficial porque él mismo se ha construido así.

 

Miguel Alvarado

Un año antes el “Ché” Guevara moría en un caserío boliviano, apresado por las fuerzas militares de aquel país, que le dio recibimiento de filibustero y le cambió sus abstractas libertades por balas manufacturadas en la Utah de Barnes Bullets. Para el siglo XXI, Guevara es un espíritu extrapolado, capaz de olvidarse de todo, hasta de sí mismo, con tal de pelear contra lo que consideraba injusto. Una ilusión cuando en México, por ejemplo, el comediante Chespirito es considerado referente cultural, y arte son las producciones de telenovelas y periodismo es la red de despachos leídos en los foros de Televisa y TV Azteca.

El significado de Guevara, hoy más conocido por las playeras estampadas con su figura y vendidas con éxito en mercados y bazares encontró, sin embargo, mayores profundidades que aquellas heridas que le quitaron la vida en La Higuera, el 9 de octubre de 1967. Un año después, las primaveras del mayo europeo sembraban iras y descontentos entre los gobiernos de las naciones más guerreras. París, donde “Dany El Rojo” encabezaba las protestas universitarias contra un férreo control gubernamental y de producción, mostraba un espejo enorme donde los estudiantes y la clase media del mundo se reflejaron de diferentes maneras. No todos comprendieron aquella época, en la cual anarquistas y comunistas eran clasificados como terroristas y enemigos del orden social por los integrantes del Club Bildenberg, las vagas conciencias católicas y su Vaticano recalcitrante, aunque del otro lado del muro las habas también se cocían. Mientras París observaba aquello, en Praga el Ejército Rojo aplastaba sin discusión a los checos y con ello ponía fin al intento de alejar el fantasma de Stalin de la disciplina de los camaradas. Checoeslovaquia daba también su primaveral lección y recordaba que quien tiene las armas tiene el poder, como nunca lo olvidó Brezhnev desde que había combatido a los alemanes en Estalingrado.

Luego siguieron los gringos pero su emporio terrorista disfrazado de libertad absoluta apenas se cimbró bajo los rugidos de las panteras negras y el “yo tengo un sueño” de un tal King, que Hollywood se encargó de ajustar en la mortífera realidad de los amos de un mundo idiota, murió el 4 de abril a manos del White Power en una celebración de carne y sangre que enterraba definitivamente los sueños de profetas dementes que reclamaban el mundo y lo reclamaban ahora y amorosos soldados que nunca creyeron en dios porque no lo necesitaban.

Las primaveras malditas corrompieron entonces el suelo mexicano y llegaron en forma de una gresca deportiva entre Pumas y Burros que terminó con la intervención de granaderos que se interpretó de inmediato como una violación a la autonomía universitaria porque, de paso, detenían a estudiantes y tomaban instalaciones educativas. Aquello terminó con una noche de sangre y balas el 2 de octubre de aquel año, luego de que las protestas alcanzaran eco en todo el país y cuestionaran no sólo las brutales simplezas de la policía, sino todo el aparato gubernamental, armado de manera muy similar al que ahora administra la nación, y que usó la única herramienta que entienden las dictaduras, blandas o impenetrables. Al otro día, muy de mañana y con Tlatelolco enlutado para siempre, una voz, la del sabio Jacobo Zabludowsky, despertaba en su programa, Diario Nescafé, también de Televisa, al resto del país con excelentes noticias, porque en México nunca pasaba nada. “Hoy es jueves 3 de octubre. Es una hermosa mañana y el cielo está limpio y despejado”, leía el terrible instrumento que desinformó con sabiduría de inauditos a cuatro generaciones de mexicanos. Hoy ya no lo hace porque hasta él ha encontrado redención en la historia que él mismo se encargó de no contar y recuerda que recibió una llamada del presidente Gustavo Díaz Ordaz, quien le reclamó salir al aire con una corbata negra. Las formas de censura han cambiado y también las corbatas de Jacobo, pero lo cierto es que aquel martes las primeras planas de los diarios nacionales decían lo siguiente:

Excélsior: “Recio combate al dispersar el ejército un mitin de huelguistas”.

El Universal: “Tlatelolco, campo de batalla”.

El Heraldo de México: “Sangriento encuentro en Tlatelolco”.

Novedades: “Balacera entre francotiradores y el ejército, en Ciudad Tlatelolco”.

El Día: “Muertos y heridos en grave choque con el ejército en Tlatelolco”.

El Sol de México: “Responden con violencia al cordial llamado del Estado. El gobierno abrió las puertas del diálogo”.

Los “Soles”, hoy en manos de Mario Vázquez Raña, a quien se ha señalado por ser testaferro de Luis Echeverría, siempre jugaron en cancha segura, bajo un techo de cristal.

El ejército terminó con todos los cuentos mexicanos y definió la balanza de una vez por todas para los siguientes 43 años, que incluyeron una olimpiada casi perfecta, dos mundiales de futbol patrocinados por Televisa, un terremoto que le tumbó a los Azcárraga uno de sus edificios, una serie casi normal de fraudes electorales, dos partidos políticos en el poder y una miseria económica e intelectual permanentes, diseñadas genéticamente para que a nadie les extrañe.

Cuatro generaciones después, una suerte de nueva primavera se organiza gracias al aspirante presidencial del PRI, Enrique Peña, quien ha sabido como nadie y como nunca, convencer al electorado joven para que no voten por él. En estricta justicia, no se trata de favorecer o denostar un proyecto político que, como el del resto de los aspirantes, pasa por un profundo matiz de ambiciones personales. Peña es un personaje complejamente superficial porque él mismo se ha construido así. Reúne de manera natural, casi mística, todos las anticualidades que un político puede coleccionar. No las esconde pero sí las niega. El cinismo disfrazado de verdad oficial ha sido superado por su estrategia de campaña, que lo ubica todavía un paso adelante, en la siguiente definición. Peña concita, mueve masas y despierta en las mayorías, incluso en las que por asuntos laborales están a su favor, la más sincera animadversión cuando su rostro candoroso toca los temas centrales que tanto se le han criticado.

La Ibero, universidad de paga, jesuita pero católica y judía al mismo tiempo, representa a la clase media acomodada que ha estudiado y se informa por canales diferentes a los propuestos por Televisa y TV Azteca. Sus estudiantes, que no los dueños de la universidad, decidieron aprovechar la invitación que esa Rectoría hizo al priista y decirle quién era. Al menos, cómo lo ven. Y así ocurrió. La escapada de Peña será recordada hasta que la historia oficial se encargue de matizarla, pero por ahora resulta antológica. Un candidato presidencial construido entre encuestas y campañas publicitarias aguanta poco aunque tenga la sangre fría o demasiado espesa. Y Televisa, como patrocinadora principal, fue ligada inevitablemente. Las protestas estudiantiles fueron centradas en el derecho a la información y los sesgos y artimañas con las que los medios de comunicación, como las empresas de Azcárraga, Salinas y Vázquez, presentan lo que transmiten.

En el México de la clase media las redes sociales se han convertido en un fenómeno casi poderoso. El submundo de twitter y facebook tiene todavía la ventaja de la inmediatez, la gratuidad y el anonimato. Pero se espera demasiado de ellas. Todavía no llega su momento y quizás nunca lo encuentre. El hecho es que se les atribuyen poderes casi mágicos para convocar, que no hubiera sucedido nunca si no se coincidiera en lo que representan Peña, Calderón, el narco y, en general, el momento histórico del país.

La primavera mexicana sucedió en 1968. Ésta, la nueva, podría terminar de un día para otro si no se comprenden sus alcances. Televisa, la más detestada, abrió espacios para que tres alumnos explicaran lo sucedido en la Ibero. Luego, trasmitieron un plantón a las afueras de sus instalaciones, donde ya había otras universidades que reclamaba lo que ya se sabe y por último sus locutores cuestionaron a Peña sobre los temas que le han dado merecidamente una fama inversa. Resulta curioso que decanos en el arte de la información, no de la reflexión, incurran en elementales yerros. “¿Es usted ladrón?”, les faltó decir, pero sus preguntas se parecían mucho al ejemplo.

El periodista Eduardo Ibarra sostiene que ‘el decálogo que presentó el mexiquense de Atlacomulco para construir una presidencia democrática, incluye principios que aluden a libertades, respeto a derechos y relaciones con poderes, derechos humanos, la división de poderes, elecciones libres, transparencia y rendición de cuentas, así como el federalismo. Justamente todo aquello que no honró durante 2005-2011 o de plano combatió cuando gobernó el Estado de México. Acaso por ello puntualizó: “la mía, la de mi partido, es una campaña que tiene propuesta y que, sobre todo, quiere estar al lado de la gente, de la gente buena, que tiene esperanza de un mejor futuro”. ¿Cuál es la gente mala, señor candidato?”’.

En Toluca el ejemplo de la fresa Ibero y el Movimiento “#Yosoy132” contagió a unos 200 estudiantes de la UAEM, del Tec. de Monterrey y de la Universidad del Valle de México, tradicionalmente apolíticos, desentendidos  o asustadizos y marcharon por las calles del centro. Hicieron parada frente al edificio de El Sol de Toluca, donde reclamaron la información que ese diario procesa y vende.

“Los alumnos de la UAEM colocaron en cartulinas leyendas como: “El pueblo consciente se une al contingente”, “Somos ciudadanos, no somos acarreados”, “Enrique, entiende, el pueblo no te quiere”, “Se ve, se siente, Enrique Peña miente”, relataba la reportera Yamel Esquivel para el diario local Alfa.

Toluca, pues, esperará lo que suceda en el Distrito Federal.

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