A los muchachos los mataron los soldados

 

 

Miguel Alvarado

 

 

Todo estaba en su lugar: enfrente la mesa y su desorden

los vasos y las lapiceras y la cartera y las pastillas: un encendedor y los cigarros

los tres últimos en la caja de los Camel con su foto de enfisémicos que no asustaba a nadie.

 

Ese día fue un desorden de ventanas y la verdad de

los periódicos hizo que amaneciera más temprano.

Hubo tantas flores que daban ganas de pisarlas y jugar al fut como Andrea Pirlo

en ese pasto de luciérnagas donde nunca hubo nada, nadie en nuestra casa

tal vez la ropa, los zapatos, los puños abiertos, evitando.

 

O no: nada era así sino expedientes regados por todo el cuarto y mapas de apuros y congojas, fechas de entrega a editores invisibles

y 54 mil hojas impresas para nada de la averiguación previa de la Procuraduría General de la República sobre Ayotzinapa, con la clave PGR/SEIDO/UEIDMS/871/2014, y que decía, en sus primeros renglones que “En la Ciudad de México Distrito Federal, siendo las quince horas con un minuto del día veinticinco de octubre del dos mil catorce, la suscrita Maestra BLANCA ALICIA BERNAL CASTILLA, Agente del Ministerio Público de la Federación […] da fe”.

 

A esa casa llegaban las niñas, desencajadas de la escuela

abriendo puertas en busca de un juguete.

Jugaban a caerse aguantándose la risa, derrumbadas por el rayo de las clases canceladas.

 

Ellas regresaron pero ellos no

y sus padres dijeron al principio lo mismo que nosotros

cuando avisaron que Selene estaba muerta:

“nadie nos ha confirmado nada, no lo vamos a creer”.

 

Cómo esperar que viniera algo

y borrara el sol entrando por la ventana

ya sin Selene.

 

Sobra el cielo.

Sobran los cerros y en las brechas

se descubre el pedazo incinerado de un corazón

y por ahora sólo importa no acordarse, no pensar en Selene para irse al Sur así, nada más.

 

“Bienvenidos a Iguala”, leímos cobardemente cuando llegamos

al centro comercial Tamarindos, con sus guardias de azul

pagados por el cártel de los hermanos Casarrubias y los hermanos Pineda Villa.

 

Estábamos en el Sur cazando soldados

cazándolos sin esperar demasiado en la distancia que Iguala nos permitió

y frente a la 35 Zona Militar vimos patrullar al 27 Batallón de Infantería

bajo ese cielo de banderas y cadáveres en el que andaban ellos

rastreando su propio fraude.

 

Esa vez dormimos en Tlachinolla protegidos por las casas de lámina y madera que estaban de pie

por los sobrevivientes del oro y del uranio en Teloloapan, Arcelia y La Fundición

por Evelia Bahena y su guerra ganada contra la minera Media Luna aunque después de cuatro años todo y todos se fueron al diablo.

 

Nosotros agradecemos a los reporteros infrarrealistas que se perdieron en las curvas de la muerte y en las ganas de encenderse velas para sí mismos.

Nosotros les agradecemos lo que no vieron y no reportearon y no escribieron y que a nosotros nos abrió los ojos demasiado tarde.

 

Sí, creo que sí: los soldados en Iguala podrían ser más altos.

Más delgados.

Menos jóvenes.

No tan hambrientos.

Más estudiantes.

Podrían hacer otra cosa

intocables hijos de puta de cabello a rape,

venidos del mar o la montaña, airado como un secreto a voces.

 

Nosotros seguimos a los soldados monteándolos a pie por las calles de Galeana y Periférico Oriente.

Iban trepados, cargando sus G3 en tanquetas o pickups apoyados desde México por francotiradores como Luis González de Alba

quien después del Batallón Olimpia, en 1968, dejó de creer, pero en serio

y se dedicó a desarmar fantasmas en la penumbra de un escritorio.

 

Todos lo extrañan

él mismo se desconoce cuando de San Pedro Limón sólo recuerda a “las putas que resultaron expertas en reconocer, de oído, los disparos de armas que no pudieron ver… Oh, yeah”.

Nunca será soldado, aunque ya lo parezca.

¿Nos volveremos cruentos un día, amedrentados por la pérdida, sin balas para emboscar?

 

Pero ese 2015 los soldados en Iguala se iban sin Luis al alba y había que seguirlos en taxis o camiones, adivinar su ruta como entonces

cuando fueron a Taxco, el 15 de junio del 2010 y acribillaron a 14 sicarios

aunque los testigos vieron otra cosa y dijeron

 

-después de lavarse la sangre

 

que los muertos eran tropa de otro ejército.

 

Esa tarde no cazamos: cómo hacerlo cuando en la casa dejaron cuatro soldados de plástico que en la noche siguen brillando desde el librero conquistado de la sala.

O allá, antes del Crucero de Santa Teresa, nosotros detenidos por alzar una cámara y mirarles las cuencas

sus nidos de metralla en El Tomatal y el Puente del Enano a las dos de la tarde.

Cómo hacerlo cuando a Sandra los anónimos le rompen en Berlín la pacífica grisura del Spree.

 

Ya sabemos que eso no es nada. Ya sabemos que así empieza todo.

 

Yo digo que el mar sólo es el mar, que no tiene dueño

que nadie se ahoga en el mar, aunque ese agujero sea

la boca retorcida de una fosa

donde dios está enterrando.

 

Esa tarde no cazamos pero otras veces lo hicimos mejor, maravillados porque México será para siempre Territorio Telcel.

Bendito Slim, tu New York Times y tus 51 mil millones de dólares que por fin sirvieron para algo.

Bendito tú y hasta la CIA que silenciaron

 

–más bien porque no supieron-

 

de quién era el número telefónico que al final

 

-que ahora es el principio-

 

resultó de Julio César Mondragón Fontes.

 

A los maestros de Chiapas, Guerrero y Michoacán los soldados les rompieron la madre en las calles y los campos

y a Julio César Mondragón le arrancaron el rostro después de fracturarle 12 veces las costillas.

Porque a él, tendido en el fango del Camino del Andariego le hicieron un corte en el pecho en forma de gota y hacia arriba, siempre arriba, diseccionaron la piel

mientras el cuenco de esa gota se llenaba de sangre, que se hizo tan grande como la presa Valerio Trujano en la noche más serena.

 

Yo creo que a Julio César le negaron la muerte

aunque el cuchillo se lo enterraran toda la noche, toda la noche lo acuchillaran.

 

Una mano y su desgarro cicatrizan desiguales entre el aire de las tumbas

cuando arrancan las tanquetas y le digo a Sandra que la amo cuando las hojas se mueven

y entre las ramas pasa la noche, la suave epilepsia de la montaña.

 

Qué pobres

qué inútiles éramos acostados en Aguatordillo

llenos de pánico y azúcar cuando el polvo se levantaba

sobre la llaga abierta de los nuestros.

 

Qué tendría la negrura de Guerrero

que acotaba la muerte en el salón de los maestros

poniéndole término a algo parecido a la felicidad.

 

¿Era verdad?

¿Era tan tarde?

¿Era cierto que abrían boquetes y cambiaban oro por arsénico?

 

A esta hora es el fin del mundo cuando hay que seguirte, Julio César

nada más para saber que nada está bien

y que sólo tú y yo somos culpables de no tener casa.

 

No éramos -cómo se dice-

no éramos un arma cargada apuntando a cualquier lado

ni el agua corriendo por Iguala, amapolada como un disparo y

entonces me pregunto si habrá rosas en Berlín

y por qué mañana tenemos que estar en Tixtla.

 

Mi madre hace la sopa

y mira en la ventana el único rayo pegando como sol.

En su cansancio no ha barrido las hormigas

y luego, sentada en el sillón no imagina

el ahogo del azogue

un zumbido de flores y mineras contra el plato del guisado.

 

Y uno sabe, como lo supo Julio César

que no hay otro camino que los campos y los niños

quizás las luces apagadas en El Charco, el 7 de junio de 1998.

 

Entonces alguien dice:

“mataron a mis perros

se llevaron a mi hermana

y todas las noches tengo la sed que ella me dejó”

y luego oculta en el brazo las señales de un mordisco

las botas en las flores oliendo a estiércol.

 

En la mesa estaban ellos

sobre todo ella y su cansancio

la habilidad materna que uno pierde o despilfarra en el camino

la habilidad, decimos, de levantarse a medianoche y sostener la casa

compensar el tiempo con las comidas y los diarios.

 

El camión atraviesa las obras del nuevo tren y

dicen los de Xochicuautla que la autopista les parte el pueblo y es un asalto

una herida de trascabo en sus jardines.

 

Las heridas son esas, pero también las que vi en Tecomatepec:

ella se adentrará estirándose en las sombras

mirando abajo cuidadosa, violentamente contra las piedras.

Disimula que sangra tomando el agua que le dan.

Le queda bien la ropa blanca y no le importa la edad que tiene.

“Me violaron hace muchos años”, dice cuando mira el platanar

de manera

que sólo hay

espacio

para amarla.

 

Dice, como si rezara, el nombre de los suyos

y en su boca se pronuncia una O que no concluye.

Ella se acuerda de los hijos, de su hermano en Canadá, que le habla una vez a la semana.

 

“El otro que tengo está en la cárcel”

dice

dice

cuando se da cuenta de la hora, que hay que ir a trabajar o terminarán echándola.

 

¿Cuánto dura tu risa, el aire arrugando tu rostro sin que te des cuenta?

¿Qué haces el domingo frente a la cárcel, de la mano de tus hijos?

 

Tenemos cuentas pendientes y como sabes

se me ha ido la vida escribiendo notas pero aquí, a la sombra del limonero

le digo a Sandra que si viene a México se venga en paz.

 

Ella no sabe que fuimos al Sur a cazar soldados y que los hallamos en la sábana de llamadas de 132 páginas de la compañía Telcel

preparada diligentemente para la PGR, que le puso un sello anaranjado que decía “confidencial” para rastrear el número 7471493586, que nadie pensó que fuera del normalista de Tenancingo, en el Estado de México, Julio César Mondragón.

Ni siquiera lo supo el Grupo Interdisciplinar de Expertos Independientes, a quienes les ocultaron información que probaría lo que ellos vinieron a decir y no dijeron.

Julio César compró el celular a Jorge Luis González Parral el 25 de septiembre, un LGL9, “demasiado equipo”, diría luego. A Jorge Luis lo desaparecieron en Iguala junto con 42 normalistas y sólo los amigos de Julio César y su familia supieron esa compra.

 

Tampoco lo supo Telcel

pero

acomodó

segundo a segundo

las 30 actividades de ese celular después del 26 de septiembre del 2014

y que siguieron hasta el 4 de abril del 2015 y que no significarían nada si no fuera porque hay cuatro contactos desde la ciudad de México

 

-a donde nunca fuimos a cazar soldados-

 

desde un lugar llamado Lomas de Sotelo.

Guardamos esa sábana en un disco duro externo Adata HD71O de un terabit, negro con franjas amarillas como las señales en la noche       en la carretera de Chontalcoatlán o Rancho Viejo en Luvianos, cuando pintan los tramos que están pavimentados.

Y los cuatro contactos más importantes que se hicieron al teléfono de Julio César Mondragón, robado cuando lo mataban, dieron las coordenadas 19° 26′ 14″ N 099° 14′ 20″ W

que salieron de los números telefónicos 5511425164, 5551865625, 5513606680 y 5518155210.

 

El 27 de octubre del 2010 murió Selene.

Desde entonces aquí hay un vacío y la clase de certeza de que todo es lo mismo pero sin ella.

 

Esa vez quise comprar cigarros

quise decir la calle

pedazo de concreto y no la boca del lobo que ella imaginaba adentro de la casa

la árida casa como lo es cuando no hay ilusión.

 

Ahora la calle es un cáncer de asbesto, el juego sucio de lo que sigue.

 

Así ha pasado este día

con los muertos

aquí, a la mitad de nosotros

a estas alturas encaminados a Tixtla.

 

Debajo del limonero

Julio César soñaba que iba al espacio cuando era niño.

Su sombra se asoma y yo digo que estaba oscureciendo

yo digo que la luz, el residuo, se quedaba porque sí en sus ojos planetarios.

 

El 27 de octubre del 2014 Selene cumplía cuatro años y el número 5513606680 se contactaba con el teléfono robado de Julio César Mondragón desde adentro del Campo Militar 1A, ya se dijo que en la ciudad de México.

El día que encontramos eso, lo primero que anotamos fue que el lugar de trasmisión “es un terreno baldío, una especie de triángulo de terracería que parece un estacionamiento”. Los otros tres números y sus coordenadas desde el espionaje público de Google dijeron lo mismo, que alguien se comunicaba desde el Campo Militar 1A.

 

Eso tenemos y también

al vocero del general Cienfuegos diciendo que la seguridad nacional

no se negocia con un grupo de culeros que ofende a las fuerzas armadas.

 

Lloran las madres una última ternura machacada en el negro esputo de las bocas

aquí, en la sonrisa de Selene

en los ojos de Selene, donde ya nada tiembla.

 

Entonces aparece Juliana, Juliana Spahr que escribe sobre Siria pero no la conoce

porque si la conociera hablaría de esas calles y los campos

los niños o los cuerpos de los niños como endurecidos pedazos de carne

y no de los mapas        las ciudades como un conjunto aunque doliente.

 

Juliana podría escribir tanto

pero se pierde

 

-como uno se pierde en el Cielo de Iguala-

 

mirando peces en la orilla, nombrando aves

esperando, creyendo que todos queremos oír su voz

que será nasal y hermosa como un azulejo.

 

Pero Siria no la conoce

como la periodista Anabel Hernández conoce todo de Iguala

calles como la Juan N. Álvarez y sabe

que el Sanatorio Cristina oferta tomografías por mil pesos

y ha visto la acera destrozada del 27 Batallón por donde pasan los alumnos de las escuelas cercanas.

Sabe que en Iguala los tacos valen quince pesos y todo eso que es la vida allá, sus muertos y sus desaparecidos.

Eso sabe, mientras la Farmacia Leyva abre las 24 horas y de vez en cuando solicita repartidor con moto

y que desde allí Evelia Bahena

vio cómo los policías metieron 17 cuerpos en 17 bolsas al ayuntamiento

y una vendedora de comida se dio cuenta, pues cómo no darse,

que les daban un tiro en la cabeza a los sometidos en la plaza

y que los soldados patrullaron con orgullo el Territorio Telcel

hasta que alguien les enseñó la sábana de llamadas de un asesinado.

 

Y eso

el oscuro acecho en la ventana

le pone término, un punto por así decirlo

a la sensación de estar de más

y que disparan, amor, adelantándonos la hora.

 

Un niño cruza en bicicleta el Callejón del Andariego, entre polvo y tráileres

a 500 metros de la puerta parda del C4, que se encuentra en la misma calle donde torturaron y ejecutaron a Julio César, a espaldas de las oficinas del SAT y del Hotel del Andariego, donde contadores de los Guerreros Unidos pagaban las nóminas de halcones y sicarios.

El niño pasa frente a las cruces y las flores que marcan el lugar donde encontraron el cuerpo de Julio César, con uno de sus ojos arrancado y arrojado a 40 centímetros de sus manos

y de un lago hemático que tomó forma del mapa de Guerrero que sólo vieron los soldados que lo encontraron, el forense que tomó las fotos

y nosotros

que vimos las fotos y desde entonces dormimos aferrados a ellas porque ahora forman parte de nuestra vida por quién sabe qué razones silenciosas.

 

Quisiera no haberte visto tirado en la calle ni escarbar en tu nombre

cada hoja, cada letra, cada coma

porque dios no aparece en tus heridas o tu silencio

y en tu rostro la notable ausencia de las flores.

 

Dios no tuvo nada para nosotros en Iguala ni en Toluca

porque ni siquiera llovía el día que murió Selene.

Tampoco hizo frío y cierta luz entró desordenando su oficina.

 

Esa tarde

recargado en la ventaba miraba el fantástico skyline de las montañas al Sur

donde seis años después iríamos de caza. Esa tarde

Morten Harket y su voz se alojaban en los puntos suspensivos que fueron

el cuarto lejano donde te encontraron, amor mío.

 

Somebody stopped talking/ It is written in my face, recuerdo que decía.

 

Tengo en las manos las calles entenebradas

 

esos cables

 

las casas grises

y los soldados apuntando desde arriba.

 

Y dice:

mienten los que afirman que estando vivos estamos bien.

Tenemos la certeza de los perros

en la pared el calendario

el camino escafilado hacia una llaga.

en este cuarto a salvo de la guerra contra las drogas

esa contrainsurgencia en una mesa del Sanborn´s a las cuatro de la noche.

 

¿Y si las huellas que seguimos son las nuestras?

¿Qué son ellos, que tenían cafés los ojos

la boca abierta como una iglesia?

 

Uno piensa que la credencial de prensa mantendrá a salvo.

Uno, cuya esposa murió sin identificación.

Uno, que no sabe lo que mira

se acerca a los cuerpos y con soplo epiléptico

 

apaga de golpe el sol

 

clausura los ojos de una vez.

 

Cuando a los muchachos los mataban los soldados

en mi casa los niños se acurrucaban para el cuento de las brujas

junto a la ventana donde no se asoma el sol

 

Los otros

ya sin máscara

comenzaron a disparar.

La esquina de Juan N. Álvarez

 

* El 26 de septiembre del 2014, normalistas de Ayotzinapa eran cercados por policías municipales en varios puntos de Iguala. Esta es la reconstrucción de la participación de los policías de Cocula.

 

Miguel Alvarado 1

Toluca, México; 14 de mayo del 2016.  Cocula, como Iguala, es un país aparte. Tiene sus reglas y hay que seguirlas para sobrevivir. Después del 27 de septiembre todo cambió pero no esas reglas, que se estiraron invisibles para dar paso a policías federales y reporteros que llegaron en enjambre para visitar su basurero como parte de un necroturismo, más que una investigación, que registró centímetro a centímetro las distancias entre ríos, árboles, basura, caminos, tiendas y casas de narcotraficantes y halcones. Se llevaron todos los detalles -hasta los que no existían como restos óseos sacados de quién sabe dónde- los horarios en los que transcurría la vida de allá y sus dichos, los apodos de los pobladores, los tatuajes en sus cuerpos, instalados ya en la obsesión por lo pequeño. Lo registraron todo, o casi todo, menos los alrededores cercanos, mucho menos los más alejados como las minas o los pueblos ya silentes para ese entonces como Real de Limón o La Fundición, carcomidos hasta la entraña por una fiebre áurea en la que nadie vio el brillo sangriento que destella hace años. Allí no hubo centímetros explorados aunque las verdaderas masacres estaban ahí, a veces a unos cientos de metros de esos pueblos, mineros a la fuerza, y otras en su corazón, destrozados o reubicados para que nadie dijera nada o terminara de callarse de una vez por todas.

Las reglas que en Iguala y Cocula casi desaparecieron volvieron a imponerse porque el antiguo orden no fue erradicado ni combatido. Nadie se dio cuenta de que las respuestas para Guerrero y otros estados como Michoacán, Oaxaca y Chiapas estaban en Ayotzinapa, sí, pero no detrás de sus muros ni en las calles de la ciudad de las banderas donde hace muchos años se tributaban hachas de cobre para la Nueva Tenochtitlán. Nueva porque, cuenta una leyenda nacida en la punta del cerro de San Vicente, en Tlatlaya, Estado de México, que la original capital azteca se iba a construir en lo alto de aquel cerro, a las afueras de esa cabecera municipal, pues lo tenía todo además de agua abundante y una vista privilegiada para observar lo que se iba y lo que se venía. Pero algo pasó y si la leyenda tiene algo de cierto los aztecas que llegaron en avanzada al sur mexiquense fueron convocados adonde ya se sabe que llegaron. Tlatlaya no fue la capital azteca pero con el tiempo fue la capital de otras cosas.

Algunos, a pesar de todo, se dieron cuenta de aquel brillo emponzoñado o, mejor dicho, no tuvieron necesidad de darse cuenta porque ya sabían lo que verdaderamente pasa en lugares como Iguala, como Cocula, como Xochicuautla.

Entonces, dónde están las respuestas.

Al menos desde el 2013 el 27 Batallón de Infantería destacamentado en Iguala sabía que César Nava González, subdirector de la policía de Cocula y acusado de participar en la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, había controlado con amenazas la comandancia de ese municipio, y que disponía a voluntad de hombres y armas. El ejército supo que en cuanto Nava se dio cuenta de que tenía poder contrató a sus amigos  y que hizo a un lado la autoridad del director, Salvador Bravo Bárcenas, a quien confinó en su oficina después de decirle que tenía ubicada a su familia y que lo que más le convenía era quedarse quieto, llenando formularios y nada más. La cárcel por partida doble en que se convirtieron las instalaciones de la avenida Independencia 1, en el centro de Cocula, no pudo contener, sin, embargo, la zozobra del amenazado director porque fue Bravo Bárcenas quien denunciaría a Nava González ante el 27 Batallón, que unos días después envió a sus soldados para investigar. Se llevaron a Nava y a su gente, después de separarlos cuidadosamente del resto, pero una hora después los regresaban a la comandancia, para que todo siguiera igual, con la comunicación rota para siempre entre los jefes. Ya detenidos, los policías de Cocula señalaron a Nava de repartir dinero y nexos con Gildardo López Astudillo, El Gil, jefe de plaza de Los Guerreros Unidos, con quien se reunió en Iguala después de levantar a los 43 normalistas de Ayotzinapa, el 26 de septiembre del 2014, cerca de las tres de la mañana y por espacio de cuatro horas para, entre otras cosas, determinar el cambio de los números económicos de las patrullas participantes esa noche. Cuando las investigaciones se centraron en Cocula, Nava escapó pero fue capturado y aunque quiso hacerse el héroe de aquella noche porque declaró haber ayudado a un normalista herido, fue involucrado directamente en los levantamientos.

Y Nava ni nadie han ayudado a esclarecer los hechos, que se empantanan en las brumas del tiempo, la desmemoria y los fragmentos que a trozos casi inexistentes arman un rompecabezas al que, de cualquier forma, siempre le faltarán piezas decisivas.

Era el año 2014 y Julio César Mateos Rosales laboraba como policía municipal de Cocula, con 28 años cumplidos. Católico, ocasional fumador y bebedor, había elegido ese oficio desde el 9 de agosto de ese año y ese trabajo pudo mantenerlo hasta la noche de Iguala, el 26 de septiembre, cuando el gusto se le rompió en algo que ni siquiera fueron pedazos. El gusto o lo contrario le venía de su padre, el policía municipal de Iguala, Silverio Mateos Campos. Pero Julio César Mateos, para esa madrugada, ni siquiera tenía licencia para portar armas porque estaba haciendo el curso de evaluación y confianza.2 Nadie sabe qué habría pasado si la tuviera.

Ni la Iguala de antes o la del 26 de septiembre y menos la de ahora aceptan excusas. Está ahí, ya se sabe y todo este año se ha practicado diligente, anónimamente, una limpieza cirujana de contras que ya nadie sabe dónde ubicar. No está claro si los muertos son de Los Rojos o La Familia Michoacana, o militares desertores que trabajaban como policías. O si los contras existen como falsos positivos o son Guerreros Unidos padeciendo lo mismo con otra camiseta, como la del cártel recién parido, La Empresa de Gadafi. O lo otro, son luchadores sociales desconocidos en la arena de lo público o simples civiles afectados, o quizás que iban pasando.

Iguala es igual o peor que Acapulco, que no tendrá incrustada en esas cercanías que nadie exploró a la minera Media Luna, propiedad de la superextractora canadiense Teck Cominco pero que a cambio ha desarrollado, dándose cuenta, sabiéndose culpable pero sin remordimientos, su propio infierno en el que niños y sicarios hicieron las paces a fuerzas para que los segundos prostituyan a los primeros pagándoles con dinero pero también con droga para que no se vayan, no se mueran por lo menos del asco. El negocio de la pederastia no es un asunto menor aunque lo es desde el punto de vista de los negocios porque lo que arroja no se puede comparar con el propio narcotráfico, por ejemplo. Y aunque los axiomas que dicta el gobierno señalen que no hay negocio mejor pagado en México que ese narcotráfico y esas ideas estén incrustadas en el razonamiento de casi todos, mienten. Porque hay uno que supera, que siempre lo ha superado pero, no se sabe cómo, su propia acromegalia lo ha borrado para que nadie ni siquiera lo intuya.

Entonces Acapulco.

Después de la caída del cártel de los Beltrán Leyva el poder de ese narcotráfico y sus derivaciones se fraccionó y el negocio de la droga quedó en manos, entre otras, del Cártel Independiente de Acapulco, sicariato vil y sanguinario nada más, que arregló las cosas como siempre lo habían hecho sus integrantes. Detrás de esas matanzas, que pronto convirtieron al puerto en la segunda ciudad más peligrosa del mundo, estaba, precisamente una salida o llegada desde la mar océana. En realidad, eso es lo importante de Acapulco: el embarque y lo contrario.

Mientras los niños deambulan buscando o esperando al turismo pederasta que vomitan cruceros y camiones, los contras de Acapulco se divierten en los bares a pesar de amenazas y enojos de los dueños de la plaza, que hasta buenas gentes resultaron cuando el 22 de abril del 2016 avisaron a los acapulqueños que no se atravesaran porque esa noche iban a llenar de plomo todos los antros y cantinas, valiéndoles madre quiénes estuvieran o pasaran. Y es que los encargados de esa limpieza hasta departamento de Comunicación Social tienen porque despliegan eficaces en redes sociales los avisos sin membrete como si fueran los verdaderos ayuntamientos. No, no lo son, pero ni falta que les hace. Oficialmente sólo son matones, procuradores de placeres para viejos canadienses o jóvenes gringas que siempre han sabido lo que hacen. También reciben embarques de cocaína y procuran salida para los minerales preciosos que las supermineras se llevan desplazando y matando desde hace años en la Montaña guerrerense. El sicariato de Acapulco perdona todo, excepto la competencia, no les importa que otros sean mejores sino que cobren y gasten mirando la playa, tomándose las cervezas que a otros les toca.

Eso, y sus mensajes de entrañas rotas.

“A todos los habitantes […] se les hace la advertencia que este fin de semana será muy violento, no nos hacemos responsables de la gente inocente que se atraviese, vamos a terminar con la bola de lacrosos que circulan por las noches en bares y discotecas de Acapulco, ya los tenemos ubicados y los lugares que frecuentan, no han entendido que no salgan de noche, ya se les hizo el aviso y siguen llenos los bares donde se pasean los contrarios y este fin de semana será la limpieza, así que es la última advertencia que les vamos a dar, esto no es un juego, no queremos que mueran gente inocente, por este medio les informamos que no frecuentes estos lugares porque vamos a entrar a balacear sin importar quién esté en el lugar porque ya estuvo bueno que esa gente que extorsiona y mata gente ande paseándose en cualquier lugar, vamos a acabar con toda esa lacra [así que no salgan después de las 10 de la noche […] este es el último aviso”. 3

También describieron la ruta que seguirán esa noche y que hasta las 13:03 del 22 de abril sonaba a pura provocación, como las amenazas de los hermanos Casarrubias, máximos capos de Los Guerreros Unidos cuando años antes Johnny Hurtado Olascoaga, El Señor Pez les puso cara y los combatió por Iguala y Teloloapan con todo el éxito pero también con todas las pérdidas.

Del Acapulco que no se anda por las ramas están los registros del fotoperiodista Bernardino Hernández, quien ha dicho y, si no, lo ha dejado ver, que uno llega y mira a los muertos y ve a la gente tratando de revivir bultos y eso te quiebra, te rompe en pedacitos pero ahí está la foto… y sí, ahí está. Lo que sí dice textual es que “¿Sabes qué es lo peor? La gente ya mira normal tanto muerto, ya no se asustan”. 4

El 22 de abril del 2016 no pasó nada en Acapulco pero el 24 las cosas se salieron de control. Dos horas de balazos por la Costera que tiene el nombre perverso de Miguel Alemán puso contra el piso a turistas y brodies porque esa noche los narcos quisieron rescatar a un socio detenido. Luego se sabrían otras cosas pero, mientras, esas dos horas de metralla reafirmaron la verdadera fisonomía del Acapulco Tropical y dieron al traste en todo el mundo con la imagen que Luis Miguel y sus videos vendieron y asentaron hace años. Un muerto, una minucia para Acapulco que mide la tragedia en litros de sangre, dejó aquel encontronazo filmado por ciudadanos y minimizado por autoridades por pura inercia. Pero ese muerto, otra historia soterrada, no tardaría en hablar.

Ahí queda Acapulco, enterrado en su propia sangre y con su gobernador, el priista Héctor Astudillo visitando cada rincón de su entidad inútilmente. Porque qué puede hacer si primero no acepta la militarización de ese territorio y observa a Ayotzinapa desde donde sabe que debe observarlo. No lo hará, pues nadie en el gobierno lo ha hecho. O sí, pero nunca públicamente. Ahí queda el puerto, observando si pudiera los esfuerzos de los canadienses por quitar comunidades que les estorban para extraer.

Y es que para el 28 de abril del 2016 la Media Luna lograba la reubicación de dos pueblos enteros y en las narices de todos se convertía en una empresa responsable, derramadora de bondades y progreso. Detrás del gesto que significó para los canadienses correr de plano a los habitantes que desplazó, porque eso fue lo que hizo, desplazarlos a unidades habitacionales, estaba la secretaria federal de Desarrollo Territorial y Urbano, la defenestrada Rosario Robles, a quien invitaron para atestiguar el acto caminando las nuevas calles acompañada por el gobernador Astudillo, a quien no le importó testificar que, además, a esos que perdieron sus tierras originarias, los engancharán en trabajos de medio pelo para la Media Luna. Cocula no ha entendido los ejemplos de Carrizalillo, en Mezcala, o Chicomuselo en Chiapas, y no lo hará hasta que su tierra y la vida se expriman por completo.

Uno, como habitante, qué puede hacer sino irse, hacer lo que le dicen. Pero otros no piensan así.

Las 169 familias de los pueblos reubicados, Real de Limón y La Fundición, vieron irse al diablo años de resistencia y aceptaron, convencidos o a fuerzas, otro proyecto de explotación de tierras llamado El Limón-Guajes en la zona del río Balsas, Cocula, que no es sino la continuación de una masacre silenciosa que tiene como objetivo llevarse el oro en polvo que guarda las profundidades de Guerrero.

A Rosario Robles eso le alcanzó para inventarse algunas puntadas y dijo, como lo haría un sicario, que “no puede haber minas ricas y pueblos pobres” mientras andaba las calles del flamante fraccionamiento Nuevo Real del Limón, que costó 42 millones de dólares a la superextractora, unos 714 millones de pesos que de paso decía que había sacado 38 mil onzas de oro en lo que va del 2016, que equivalen a 877 millones 800 mil pesos en cuatro meses, que significaría una ganancia anual de 2 mil 631 millones de pesos. 5

Ya se dijo, pero otra vez. Cocula en esa mina guarda las respuestas que algunos buscan en Ayotzinapa o en la esquina del Periférico Norte y Juan N. Álvarez, y eso que guarda suena a pura muerte como los policías municipales hicieron ver Iguala cuando la abrasaron loca, rabiosamente.

Lo que son las cosas: el 26 de septiembre del 2014 los polis de Cocula se alistaban para cuidar un jolgorio en el pueblo de Apipilulco. Julio César Mateos, el policía que nunca tendrá permiso para portar armas, pertenecía al grupo del comandante Jesús Parra Arroyo y usaban la patrulla 503 de la General Motors -una Sierra, en realidad- y a la que después el jefe policiaco César Nava, enfermo de miedo por lo que ellos mismos dijeron que habían hecho con los 43 estudiantes de Ayotzinapa, cambió el número con la esperanza de que los federales no se dieran cuenta, como si su ansia de largarse a donde fuera se calmara con un poco de pintura y unas calcomanías

El policía Mateos se quedó incluso a dormir en la Comandancia el 25 de septiembre y al otro día se levantó a las seis de la mañana para barrer y trapear. Como Salvador Bravo Bárcenas, director municipal de esa policía estaba franco, como todos los fines de semana, Mateos se la llevó leve y hasta desayunó en el comedor del DIF. Luego patrulló las calles y entre las 20:00 y las 21:00, ni modo, se fue para Apipiluilco, donde apenas terminaban los festejos patrios. Allí estuvo quizás hasta las 22:35, porque no lo recuerda bien, aburriéndose en su patrulla, de la que no pudo bajarse para dejar de morirse de sed hasta que su cuñado, que andaba enfiestado por ahí, le llevó un chesco. Ni se lo había acabado cuando el comandante Alberto Aceves los regresó a todos a la Comandancia porque por el Cinco-Cinco había un Veintidós por la Cuatro, que quiere decir “fuga rápidamente”, por lo que se dirigieron al S-19, la comandancia de Cocula, donde Mateos cambió de patrulla y se subió a una RAM azul, agarrado fuerte porque iba atrás y desde ahí contó los pueblos por donde pasaban: Las Conchitas, Tijuanita, Tomás Gómez, Meztitlán y Metlapa antes de llegar a la Iguala sin nombre de aquella noche. Desde antes sabían que los enviaban a una balacera.

¿Basta que un policía gane 2 mil 800 pesos quincenales para animar a acercarse a los que allá se llaman los chicos malos o los amigos, en otros lados, como en Tlatlaya, y se deje tentar por lo poco, pero de todas maneras algo, que ofrece el narcotráfico, en realidad una extensión al servicio de alguien en el poder público? Porque César Yáñez Castro 6 eso ganaba como policía de Cocula cuando lo detuvieron para que respondiera por lo de Iguala y los estudiantes levantados. A Yáñez lo contrataron para cuidar la entrada de la Comandancia y por eso, nada más porque estaba parado ahí todo el día, pudo registrar los movimientos del 26 y 27 de septiembre de sus compañeros. No estaba solo en esos turnos fantasmagóricos de 48 horas corridas, porque se apoyaba en las fatigas o bitácoras de reportes de novedades que actualizaba todos los días la secretaria María Elena Hidalgo Segura, y a quien le achacaban una relación sentimental con el poderoso jefe César Nava.

Yáñez Castro recuerda todo desde el principio: que las unidades que fueron a Iguala fueron tres, la RAM azul 305 conducida por Nelson Román Rodríguez en compañía del comandante Ignacio Aceves Rosales y de los policías municipales Jesús Parra Arroyo, Arturo Reyes Barrera, Joaquín Lagunas Franco, Alberto Aceves Serrano; la RAM negra 306 conducida por el subcomandante Roberto Pedrote Nava –a quien los federales propinaron una golpiza cuando lo detuvieron y no respetaron ni porque les dijo que era ex soldado- acompañado de los policías municipales Juan de la Puente Medina –a quien lo federales le abrieron la cabeza cuando lo apresaron- José Antonio Flores Train y el propio Julio César Mateos Rosales. A ellos se les unió la Sierra 302, que manejaba Óscar Rodríguez Salgado en compañía del comandante Ignacio Aceves Rosales y los policías municipales Wilber Barrios Ureña, Alberto Aceves Serrano y Arturo Reyes Barrera.

“La injusticia está clavada en mi carne y mis huesos, yo no soy el mismo después del 26 y 27 de septiembre de 2014”, dijo el reportero norteamericano John Gibler el 21 de abril del 2016 al presentar su libro, Una historia oral de la infamia y que habla de esa noche por la que apenas se adentraban Mateos y sus compañeros. Si Gibler dice lo que dijo es porque ha recopilado testimonios de quienes estuvieron allí o tuvieron algo que ver o saben algo o de plano no saben nada pero en algo pueden ayudar. Y el policía Mateos quizás algo sepa, aunque tal vez no ayude que haya declarado que “circulamos sobre Periférico, hasta pasar como unas bodegas de Pemex, deteniéndose las tres camionetas en las que íbamos y que se formaron en línea, por lo que pude observar que a una distancia de veinticinco metros de donde nos detuvimos se encontraban dos patrullas de la policía municipal de Iguala con las torretas encendidas, dos ambulancias con las torretas encendidas y dos autobuses de la línea COSTA LINE con las luces apagadas, dándome cuenta que uno de estos autobuses tenía las llantas ponchadas y con el parabrisas roto, pero del otro autobús no pude ver si estaba dañado o no, porque estaba atrás del primer autobús y no se veía desde donde yo estaba”.

Y antes, no mucho, pero antes, los de Cocula habían recogido al subdirector César Nava en su propia casa de Iguala, en la colonia 23 de Marzo, y de ahí se fueron a la esquina de Juan N. Álvarez y Periférico Norte. Nava era poderoso, ya se sabe, no tanto, pero eso le alcanzaba para poner a trabajar a los gendarmes en su casa, como le sucedió a José Luis Morales Ramírez, quien pegaba azulejos en el baño de su jefe a las 19:30 de ese día cuando una llamada lo alertó sobre el Zócalo ametrallado. Quien llamaba era su hermano, pues quería saber si estaba bien porque se había enterado de balaceras frente a las instalaciones del 27 Batallón de Infantería y la Comercial Mexicana, y le habían dicho que había una camioneta Nissan llena de plomo en el centro de la ciudad. José Luis Morales estaba bien, y cómo no, no podía estar mejor metido en el baño de su jefe pegando lo que le habían ordenado, pero ahí metido y todo, vio algunas cosas. Dijo en su declaración que el subdirector Nava llegó a su casa entre las 20:00 y las 21:00 y casi de inmediato volvió a irse. Algo le pasaba, estaba enojado cuando abordó su auto, un Bora, y volvió a marcharse.

El policía-albañil le temía más a Nava que a las balas y ese día, después de marcharse el jefe, dejó de hacerle al constructor, abordó un taxi y se fue a su casa. A la mañana siguiente estaba puntual otra vez para terminar su trabajo. Le abrió la esposa del jefe y el policía se puso a pegar azulejo nuevamente, hasta el mediodía, cuando el subdirector llegó. Nada más ver a su gendarme lo convocó a su habitación.

– Juntas tus cosas, guardas tu herramienta y te vas a tu casa –le dijo.

– ¿Ya no voy a tener trabajo? –preguntó espantado el policía.

-¡Puta madre! ¡Te estoy diciendo que juntes tus cosas y te vayas a tu casa!- fue la respuesta del jefe Nava que, ahora sí, entendió bien y por eso Morales se fue a su casa y no regresó sino hasta el 6 de octubre a la comandancia, donde se encontró con sus compañeros. Ya detenido, el albañil siempre negaría trabajar como policía aunque el ayuntamiento le pagaba puntualmente sus 2 mil 800 pesos quincenales y había presentado exámenes que le darían licencia para portar armas. Así era aquella comandancia de Cocula, donde un alarife contestaba el teléfono, hacía guardias y patrullaba el centro provisto de un tolete.

Que le descubrieran a Nava que ponía a sus policías como macuarros era lo que menos le preocupaba ese 26 de septiembre del 2014. Nadie sabrá lo que el subdirector tenía atravesado en las entrañas aunque tampoco importa mucho porque él contará luego una versión de aquel día donde jura que rescataba a sus hijas de la llegada de los normalistas en el centro de la ciudad, en medio de refriegas y metralla. Ese día dispondrá de una guardia especial para su casa montada por el policía de Cocula, José Antonio Flores Train hasta las tres de la mañana. Y aunque ese día estaba franco, Nava se fue a la Juan N. Álvarez en la patrulla 302 y en esa esquina quiso pasar como héroe junto con el comandante Ignacio Aceves Rosales, porque según ellos y algunos de la tropa, ayudaron a un normalista herido.

Que acercaron la ambulancia.

Que lo llevaron cargando a la ambulancia cuando los normalistas refieren que lo único que hizo fue decirles que se entregaran para que todo se olvidara. Y como no quisieron, entonces les dijo lo primero que se le vino a la cabeza: que lo iban a lamentar.

Después vino la balacera.

 

II

Al policía Flores Train que cuidaba la casa de Nava el comandante le entregaba dinero extra, más o menos regularmente y con esa generosidad de los dictadores le dejaba 3 mil pesos, a veces hasta 8 mil.

-Ten, para que te tomes un refresco –le decía estirando la mano.

A casi todo les tocaba algo de más, salido de quién sabe dónde, aunque todos sabían que eran pagos enviados por Los Guerreros Unidos. Pero hasta en eso había inconformes, no porque los pagos fueran ilegales o los obligaran a recibirlos, sino porque a unos les tocaba más que a otros. El policía Jorge Luis Manjarrez Miranda ha declarado, con cierta rabia, que a algunos se les entregaba hasta 15 mil pesos extras, como a Ignacio Aceves Rosales, Antonio Morales González, Ysmael Palma Mena y Roberto Pedrote Nava porque eran los consentidos. La clase media estaba compuesta por Ignacio Hidalgo Segura, José Antonio Flores Train, Arturo Reyes Barrera, Wilber Barrios Ureña, José Luis Morales Ramírez y Pedro Flores Ocampo, quienes recibían 8 mil pesos. El siguiente escaño estaba integrado por Marco Antonio Segura Figueroa, César Yáñez Castro, Jesús Parra Arroyo, Marco Jairo Tapia Adán, Julio César Mateos Rosales, Ángel Antúnez Guzmán, Juan de la Puente Medina, Nelson Román Rodríguez, Alberto Aceves Serrano, Óscar Veleros Segura, Joaquín Lagunas Franco y Alfredo Alonso Dorantes.

Los de abajo, los del fondo, los que siempre estuvieron al final y seguirán estando, expresaban el descontento de los marginados porque nunca los convocaban para los operativos aunque por eso, por no hacer nada, de todas maneras les tocaban 2 mil pesos, como al policía Jorge Luis Manjarrez Miranda, Anubis, amargado “porque siempre me hacían a un lado, hasta el punto que cada vez que salían a las comunidades, de entre las cuales estaba Nuevo Balsas, Tlanipatlán, Acamantlila, Azcala, a mí siempre me dejaban en el parapeto, es decir, siempre me dejaban para resguardar la comandancia junto con mi compañero César Yáñez Castro, tal y como aconteció el viernes veintiséis de septiembre del dos mil catorce”. La suerte del policía no era tanta porque de todas maneras lo detuvieron pero lo que no pudieron quitarle los federales fue el sentido del humor, que para entonces parecía una enramada por retorcido, aunque el policía Manjarrez así era y lo dejó claro cuando le pusieron frente a él su propio retrato y dijo, pero también lo escribió: “este hermozo soy yo”. Todavía el gracejo le alcanzó para declarar que conocía al alcalde de Iguala, José Luis Abarca, porque “ahora está prófugo el infeliz” y al reconocer a dos de sus compañeros señaló que “es el de las 20 cremas y, es más, huele bonito (Jesús Parra Arroyo)”. De otro, fue más sincero y apuntó que “es el más tierno de todos mis compañeros, se llama Alberto Aceves Serrano”. Ya sin risas, dijo al final que tenía lesiones en los costados ocasionados por los policías federales que lo detuvieron.

Esa fue la venganza tristísima del relegado Anubis, pero de la risa simplona a la ira sólo hay un paso. La noche del 26 de septiembre del 2014 al policía Mateos lo pusieron frente a los camiones que dice haber visto, que en realidad no eran dos, sino tres y estaban en esa esquina de Juan. N Álvarez y Periférico Norte. Los Costa Line que refiere tenían los números 2012, 2510 y estaban acompañados por un Estrella Roja 1568, también destrozado.

-¡Cúbranse!- le gritaron a Mateos, quien salió de su ensoñación para encararse con aquel boquete donde otra vez matanza y represión convergieron obligando al uniformado a protegerse detrás de una de las puertas de su camioneta. Ni siquiera él supo de qué se estaba cuidando pero lo hizo porque era policía apoyando un operativo de Los Bélicos, brazo armado del alcalde José Luis Abarca y de Los Guerreros Unidos, patrimonio y herencia de la señora María de los Ángeles Pineda Villa, quien esa noche bailaba como nadie la canción de El Cangrejito Playero mientras Mateos se moría de sed, de esa que no apagan las chispas de la vida.

Pero ahora estaba en la oscuridad –porque las patrullas de Cocula arribaron con las luces apagadas- de esa esquina de Periférico Norte y Juan N. Álvarez que le permitió ver, a pesar de tanta noche, el cuerpo de alguien tirado en el pavimento y a tres metros una patrulla de los iguatlecas cerrando el paso. El cuerpo aquel atrajo la atención de Mateos, quien observó cómo, después de unos minutos una patrulla se acercaba para recogerlo y llevárselo a quién sabe dónde. Eso creyó de pronto el policía, porque al final alcanzó a ver que el destino inmediato era una ambulancia. No supo, ni siquiera después, que se trataba de un normalista herido de Ayotzinapa.

Hipnotizado, el policía alcanzó a escuchar otro grito que lo sacó de la penumbra para envolverlo en otra aunque la orden que le gritaran fuera para él un filo que lo atravesó. Ahora tendrá que subirse otra vez a su patrulla porque así como llegaron ya se van, dirigiéndose a la comandancia municipal de Iguala.

Pero también había otros gritos, provenientes del camión puntero, el Costa Line 2012.

– ¡No disparen, no tenemos armas! –gritaban desde el interior los estudiantes mientras alguien, sacando el brazo por la ventana, agitaba un trapo blanco. Más adelante los estudiante se refugiarán entre ese Costa Line 2012 y el Costa Line 2015, detenido muy cerca de una Bodega Aurrerá pequeñita, en cuya acera ya hay normalistas sometidos.

Mateos es policía y la credibilidad de la policía en México está más sucia que el fango. A finales del 2015, el 13.49 por ciento de los 337 mil 209 policías estatales que hay en el país reprobó sus controles de confianza, pero eso no es nada comparado con lo que los mexicanos piensan de los uniformados porque apenas 5.3 por ciento confía en ellos, decía la encuestadora Mitofsky en el 2015. Todavía debajo de los policías estaban los partidos políticos, y más allá no había nadie. De pasada, y quién sabe por qué, el ejército era evaluado con un altísimo 7 de calificación que lo ubicaba entre las instituciones de más confianza ciudadana. Pero esta es la Nación de Peña Nieto, quien todavía no lo sabe pero después de Iguala, él, como John Gibler, tampoco volverá a ser el mismo porque también en su carne y en sus huesos estará clavada para siempre la injusticia, sólo que esa injusticia será él mismo caminando y pisando los restos quemados de la falsa Cocula.

El 26 de septiembre del 2014 a Mateos la encuestadora Mitosfky le importa un bledo cuando se dirige a la comandancia de Iguala, donde llegarán las tres patrullas de Cocula. Allí verá entrar al comandante César Nava, prófugo del 27 Batallón de Infantería hace años pero déspota en la policía con cargo de subdirector municipal. Allí los de Cocula saldrán cuatro minutos después, al menos los de la patrulla Sierra, pero con diez estudiantes arriba, quizás ocho, aunque otro policía, Jesús Parra Arroyo, asegura que allí transcurrió una hora en lo que Francisco Valladares Salgado, jefe de la policía de Iguala y el propio Nava se ponían de acuerdo. El mismo Parra vio llegar a tres patrullas de Iguala cargadas con normalistas, unos 30, dice él en su declaración ministerial el 14 de octubre del 2014.

En fin.

En fin.

En fin.

-No voltees –le dirá a Mateos un agente encapuchado de Iguala cuando quiso ver más. Él dice que así fue y obedeció esa orden, consejo de supervivencia para situaciones de crisis o declaraciones ministeriales apresuradas. Mateos confirma lo mismo: subieron a ocho o diez personas a la patrulla, todas acostadas bocabajo –Mateos volteó después y pudo contarlos, pero el policía Parra dice que Mateos manejaba y que llevaban a cinco muchachos- y enfilaron rumbo al panteón de Cristo Rey, por la salida a Metlapa, por donde se fueron a Loma de los Coyotes para encontrarse con patrullas de Iguala. Ahí estaba ya el comandante Nava, quien ha ordenado bajar a los detenidos y entregarlos a los de Iguala, quien a su vez los pasa a un hombre apodado El Pato, quien trae una camioneta blanca de tres toneladas, dice el subcomandante Ignacio Aceves Rosales, quien además refiere que “tengo conocimiento que se lo llevaron a la comunidad de Tianquizolco, Guerrero”, municipio de Cuetzala, a una hora de Iguala y muy cerca de Teloloapan, rumbo a la carretera que conduce a Arcelia, también en Guerrero. Ese lugar también es vecino de Chilacachapa, un pueblo con sus habitantes muertos de miedo que la noche del 26 de septiembre fueron obligados a acompañar a los sicarios a Iguala para apoyar a los policías municipales. “Un entrevistado –informó el 16 de diciembre del 2014 el diario El Universal- manifestó que dichos pobladores conocen el paradero de los estudiantes: ‘Mis paisanos de aquí saben dónde están, pero si abres el pico… ese es el temor’. Cuando Iguala fue tomada por los federales Los Guerreros Unidos se fueron a refugiar a Tianquiazolco, un pueblo de no más de 900 habitantes, donde el 12 de agosto del 2013 un comando levantó a cinco personas y eso provocó una avalancha de huidas por miedo, que dejó una comunidad fantasma. El 26 de abril de ese año otro comando se había llevado a 10 policías municipales, de los cuales dos fueron hallados en Iguala, ejecutados, y del resto hasta la fecha nada se sabe. En marzo del 2014 cincunta hombres dispararon a diestra y siniestra en Tianquizolco en represalia porque la comunidad se había unido a la Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero (UPOEG). Disputado por La Familia  Michoacana y Los Guerreros Unidos, sirvió de refugio temporal  a Patricio Reyes Landa, El Pato, y los suyos, hasta que los atraparon, después de que la versión de Murillo Karam los ubicara quemando estudiantes en el basurero de Cocula.

A Chilacachapa llegaron primero Los Pelones, en el 2008; después estuvo La Familia Michoacana y por último Los Guerreros Unidos de los hermanos Casarrubias y la familia Pineda. Más de 100 asesinatos en tres años, desde el 2010 hasta el 2011 y 40 secuestros atestiguan que en ese territorio hay algo más que la ansiedad por sembrar estupefacientes. En realidad Tianquizolco y Chilachapa tienen la mala fortuna de ser vecinos de Arcelia y Teloloapan, una zona que guarda, como si fuera un secreto, una de las mayores explotaciones de oro pero también de minerales radiactivos, negocios en manos de Johnny Hurtado Olascoaga, El Señor Pez, líder de La Familia Michoacana.

Entonces la comandancia de Iguala.

-No voltees –le dijo a Mateos un agente encapuchado de Iguala cuando quiso ver más. Él dice que obedeció esa orden y luego se fue a entregar su carga humana, junto con los otros policías. Hecho eso regresaron a Cocula, a su propio cuartel, a las dos y media de la mañana. Ahí, como siguanabas, los policías lavaron frenéticos las patrullas como si el agua les borrara lo inconfesable. César Nava, amigo además de Gildardo López Astudillo, El Gil, jefe de plaza de Los Guerreros Unidos, contestaba llamadas sin parar. Mateos todavía tuvo que regresar por donde había venido porque César Nava lo requirió como voluntario, junto con Arturo Reyes Barrera, Óscar Veleros Segura e Ignacio Aceves Rosales, quienes vestidos de civil pero armados se fueron con su jefe en la Explorer del comandante Ignacio Aceves para cuidarle las espaldas mientras hablaba con alguien que sólo él supo quién era, en la colonia Granjeles de Pueblo Viejo, una casa donde había caballerizas y jaulas para gallos de pelea. Pero el subcomandante Ismael Aceves pudo enterarse quién era el personaje de las llamadas que tenía gallos de pelea y una casa con combis del transporte público de Pueblo Viejo. Gildardo López Astudillo, El Gil, frecuentaba a Nava y tenía fama de mañoso y ahora estaba preocupado por los estudiantes levantados. No por ellos, sino la suerte que les esperaba a los que participaron.

En esa reunión a alguien se le ocurrió lo de cambiar el número de las patrullas porque estaban presentando un video –no se sabe quién- en el que salía la patrulla 302. Los policías regresaron a Cocula cuando ya eran las siete de la mañana nada más para que, media hora después, Nava los formará a todos para aclararles lo seria que era la situación.

-Acerca de lo que pasó anoche, ustedes no saben nada, no vieron nada. Ya no somos unos chamacos para rajarse. A rajarse a su pueblo, no se anden con mamadas porque ya se la saben- fue la arenga que les endilgó el subdirector Nava cuando él mismo preveía el desastre.

Alguien, el policía Pedro Flores Ocampo vio a tres de sus compañeros, Roberto Pedrote Nava, Antonio Morales e Ignacio Hidalgo llevarse las unidades. Una hora después, regresaban presumiendo la nueva numeración. Otra versión dice que fue el subcomandante Aceves quien compró las nuevas calcomanías, que fueron colocadas por el policía Ismael Palma Mena.

El policía Ignacio Hidalgo Segura, un desertor del 27 Batallón de Infantería, declaró a la PGR el 15 de octubre del 2014, que César Nava recibía llamadas sospechosas de alguien a quien identificaban como El Patrón, el mismo apodo que mencionaran los policías de Huitzuco cuando se llevaron a los normalistas levantados en el puente del Chipote, enfrente del Palacio de Justicia, en Iguala.

El mismo policía Hidalgo Segura afirmó que el subcomandante Ignacio Aceves les pedía, cuando andaban en patrullajes, ubicaciones de los guachos y marinos. Y además hay, por lo menos, dijo el hermano de la operadora del 066, María Helena Segura, cinco elementos que no pasaron los controles de confianza pero Nava no los dio de baja. Al contrario, los ocupó para patrullar por las noches. También reveló que los policías Óscar Rodríguez Salgado, Pedro Flores Ocampo, César Yáñez Castro, Ignacio Aceves Rosales y Arturo Reyes Barrera pertenecían a Los Guerreros Unidos o al menos los ayudaban en actividades ilícitas.

-Que diga el indiciado si su superior jerárquico inmediato de nombre César Nava, pertenece a alguna organización criminal –preguntaba la Federación al policía Mateos, quien decía que sí, “a la organización Guerreros Unidos, ya que entre compañeros se rumoraba que desde que había llegado el comandante Nava, a esa población de Cocula, ya no había secuestros, ni robos, ya que se salió la banda que estaba antes de que llegara el comandante César Nava; y como acabo de ingresar a la policía municipal de Cocula, en una ocasión me di cuenta que el comandante César Nava, el día siete de septiembre del año en curso, aproximadamente como a las ocho o nueve de la noche, nos hizo pasar al dormitorio de la comandancia, a uno por uno de los compañeros de la policía municipal, entonces cuando a mí me toco pasar me entregó en la mano la cantidad de tres mil pesos, y me dijo que era un dinero extra, pero que si yo hablaba al respecto de eso, corría riesgo la vida de mi hijas, mi esposa, ya que me tenía bien checado y que ese dinero lo mandaba El Viejo, desconociendo quién sea esta persona y que solo en esta ocasión recibí dinero de este comandante César Nava; por eso continúo con miedo de que mi familia pierda la vida, por eso hago responsable a César Nava, de lo que le pase a mi familia”.

Lo mismo dijeron de Nava otros, como el policía Jesús Parra Arroyo.

Desde el principio casi todos los detenidos confesaron y lo hicieron bien aportando para la construcción de la verdad histórica del procurador Jesús Murillo Karam, en el 2014. Después la reportera Anabel Hernández reconstruiría cómo la PGR forzó voluntades con tortura y lo publicó en la revista Proceso en abril del 2014. Ella pudo hacerlo porque la tortura y la declaración obligada donde se relatan los golpes y las acciones violentas contra los declarantes están registradas en los expedientes de la A.P. PGR/SEIDO/UEIDMS/816/2014 relativo a la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa. Hernández lo hizo y lo hizo bien.

Ese expediente de la PGR asentó que el policía municipal Julio César Mateos Rosales, quien declaró a la una de la tarde del 14 de octubre del 2014 dijo, porque se lo preguntaron, que “sí tengo lesiones en el estómago, mismas que me las ocasionaron los Policías Federales Ministeriales, que me detuvieron y que me pusieron a disposición de esta autoridad”, pero que se reserva presentar queja o querella.

Otro policía, Nelson Román Rodríguez, tenía al momento de declarar un moretón en el párpado derecho, pero dijo que se lo había hecho “en el traslado, como venían muy rápido me golpeé en el asiento ya que veníamos agachados” y ahí quedó todo. 7

Los policías de Cocula no fueron los únicos golpeados ni los federales los únicos golpeadores. Narcotraficantes como el contador de Los Guerreros Unidos es uno de esos ejemplos. A Raúl Núñez Salgado, El Camperra, lo atrapó la Marina el 14 de octubre del 2014 cuando estaba en la calle muy tranquilo, recargado en su Nissan Advance 2012, platicando con alguien más que estaba a bordo de ese auto, en la calle de Hiram esquina con calle Cuatro en la colonia Icacos del puerto de Acapulco. Los marinos patrullaban en labores de rutina cuando El Camperra los vio, pero nada más verlos se echó a correr aunque fue atrapado por uno de los militares, quienes también recogieron una bolsa que Núñez Salgado había arrojado y que contenía 200 dosis de cocaína. El Camperra era un hombre discreto que podía pasar desapercibido en cualquier lugar si no abría la boca porque un detalle la adornaba. En uno de sus dientes se hizo grabar, caprichoso, la primera letra de su nombre y desde entonces, cuando sonreía, esa R emergía como una señal, al menos eso contaron los sicarios y halcones que trabaron relación con él, porque un examen médico, ya detenido, sólo describió tatuajes y equimosis en nalgas y región genital. En otras palabras, con diente grabado o no, alguien lo tundió en ese alboroto.

El Camperra no sabe ni le interesa la tipografía pero sí cuánto cobraba el subdirector de la policía municipal de Iguala a su organización, Francisco Salgado Valladares, a quien le daban 600 mil pesos mensuales para que los desparramara como quisiera, siempre y cuando los dejara trabajar.

A El Camperra le dio pena que lo atraparan así y dijo en declaración que sí, que lo habían asegurado mientras caminaba por el estacionamiento de un casino. Ambas quedaron asentadas pero de verdades no se podrá hablar cuando todo el expediente de la PGR se trata de una operación de encubrimiento que exculpa, entre otras, a las supermineras extranjeras cualquier de responsabilidad en todas las noches de Iguala, no sólo la última del 2014, que han sucedido en el país.

Y esto es por partes.

El día de su detención El Camperra, un jovenazo de 38 años, 1.72 metros y 76 kilogramos, estaba en Acapulco porque las cosas estaban calientes –los narcos en Iguala usan esa frase cuando algo los acongoja- y se había ido unos días al puerto a jugar en los casinos mientras todo se enfriaba. Pero llevaba droga, esas 200 dosis y también una buena cantidad de valor o desesperación, al final daba lo mismo, porque intentó desarmar a uno de los marinos en una lucha cuerpo a cuerpo que el contador terminó perdiendo porque se le echaron dos encima cuando ya casi tenía una de las armas en su poder.

Los marinos declararon adecuadamente 8 cuando lo presentaron ante la PGR en la ciudad de México, y sostuvieron que el pagador de las nóminas de Los Guerreros Unidos se rompió toda la cara cuando echó a correr porque tropezó y por eso presentaba los golpes que presentaba. También dijeron que cuando lo subieron a la unidad militar, El Camperra se arrojó, él solo –y es que iba a acusar a los marinos ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos- contra los barrotes y las protecciones. Eso mismo hizo todo el camino hasta la Ciudad de México, aunque también los marinos lo disculparon -un poco, solamente- diciendo consecuentes que el tráfico estaba muy pesado. Después, también recordaron que los trató de sobornar.

– Dénme la viada –les pidió suplicante, cuando se supo perdido.

– Negativo- respondieron bien formales los marinos cuando terminaron de escuchar que les daría 600 mil pesos mensuales, tanto dinero como al director de la policía de Iguala, pero nomás para ellos solos si se alineaban con él. El Caperra, que en el momento de la detención traía 970 pesos y siete dólares, jugó sus cartas y los marinos se limitaron a encerrarse en su “negativo” y a observar cómo, El Camperra solito, se rompía la madre contra barras y metales. No lo detuvieron y tampoco lo impidieron, pues ellos por qué, con tanto trabajo que les dio esa unidad 01 en la que patrullaban que hasta tirados los dejó en la carretera cuando se les ponchó una llanta y tuvieron que hacer malabares para cambiarla sin que el salvaje contador se les escapara o suicidara en una de ésas. Que El Camperra se lastimara solo es algo que nadie ha probado.

 

III

Quienes volvieron al trabajo el lunes 29 de septiembre del 2014 por la mañana, a la comandancia de Cocula, se percataron de que las patrullas habían cambiado de número. La RAM negra 306 tenía ahora el 502; a la RAM azul 305 le habían colocado el 501 y a la Sierra 302 le habían puesto el 500. Otra patrulla más, la unidad 303 quedó con el 503. Y con esto, dijo César Nava, quiso despistar a quienes lo investigaron luego.

Mientras oficiosos columnistas destrozaban las conclusiones del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) el 24 de abril del 2016, y se enzarzaban en discusiones sobre el costo de sus servicios -30 millones de pesos- o en las bélicas intenciones de esos expertos extranjeros para culpar sin piedad a la administración de Peña Nieto y su ejército por todo y porque sí, Iguala siguió cobrando su dosis diaria de sangre. El GIEI, más apto que la PGR y sus detractores, terminó su trabajo linchado por un sector de casi intelectuales orgánicos, cuya rabia no tendrá explicación sino hasta que se conozca algo más sobre ellos, aunque por ahora eso resulte innecesario. Para la mayor parte del país los investigadores cumplieron poniendo detalles donde no los había y si algo les faltó otro tendrá que hacerlo o quizás nunca se sepa. Por ahora no importa que el mapa de Guerrero apenas se perfile y en realidad sea una mancha negra o blanca, terra incognita sin coordenadas ni rosas de los vientos.

El superpolicía Tomás Zerón de Lucio, director general de la Agencia de Investigación Criminal dio la cara el 27 de abril del 2016 para explicar un video rescatado por el GIEI donde aparecen él y agentes de la PGR en compañía del sicario detenido, Agustín García El Chereje, a las orillas del río San Juan sin que en el expediente de las investigaciones conste el hecho. La cosa es, le dijeron los del GIEI a la PGR, que el hallazgo de restos humanos se realizó el 29 de octubre, un día después de su presencia en el río. ¿Qué hacía El Chereje un día antes, a la orilla del río? Eso no se sabrá porque Zerón de Lucio sólo aseguró, con su cara inalterable de inspector, que su actuación era legal y apegada a derecho. Y que había estado ese día porque investigaba, aunque violara lo elemental, como apuntó Salvador García Soto, columnista de El Universal, el 30 de abril del 2016: “Dos artículos de la Constitución, el 21 y el 20 en su apartado B, además de los artículos 2 y 3 del Código Federal de Procedimientos Penales y diversas disposiciones de la Ley Orgánica de la Procuraduría General de la República, fueron violados flagrantemente por el director de la Agencia de Investigación Criminal, Tomás Zerón de Lucio, al haber practicado una diligencia extraoficial en el caso Ayotzinapa, el 28 de octubre de 2014. Además de que no tenía facultades para practicar esa diligencia, Zerón trasladó sin autorización del Ministerio Público a un detenido que nunca tuvo asistencia legal, además de que tampoco tenía autoridad para dar órdenes a peritos que son auxiliares también del Ministerio Público”.

Amigo del ex procurador Jesús Murillo Karam pero más amigo de Genaro García Luna, ex secretario de Seguridad del ex presidente panista Felipe Calderón, el señor Zerón fue cesado en el 2007 del cargo de coordinador de Control Policial de la Policía Federal Preventiva cuando un comando de 50 hombres armados recorrió 400 kilómetros, en una incursión de película que terminó entre muertos y horror en Cananea. El señor Zerón y sus hombres nunca se dieron cuenta y García Luna lo despidió, aunque el cese le vino bien porque se cayó para arriba cuando logró “un acuerdo” por 3 millones de pesos como remuneración por ese despido. Este caso, el de Ayotzinapa ha cuestionado la capacidad del señor Zerón, considerado experto en Inteligencia, aunque en México se traduzca como vulgar espionaje, en lo que Zerón, ahí sí, es un experto.

La gran virtud de Tomás Zerón es ser primo 9 del ex procurador del Estado de México, Alfredo Castillo, con quien reforzó relaciones desde que trabajaron juntos en el esclarecimiento de la muerte de la niña Paulette Gebara, en Huixquilucan, Estado de México, en el 2010. Castillo, cada vez menos candidato a la gubernatura del Edomex después de aplacar Michoacán y meter a José Mireles a la cárcel, y ahora funcionario de escándalos en la Confederación Nacional Deportiva, conoce como nadie a las autodefensas y sabe cómo combatirlas. Ayotzinapa, igual que para Murillo Karam, ha construido para Tomás Zerón un monumento a su incapacidad.

Guerrero arde sin necesidad de combustible. Su fuego se alimenta por años de represión y ahora se pueden identificar dos bloques en pugna: un narcogobierno que agrupa a fuerzas de seguridad pública, incluyendo las militares y los intereses universales de las supermineras de capital privado, contra ejidatarios y campesinos dueños de tierras donde hay algo para extraer. Pero la confusión es enorme. El primer megabloque, cuya misión es la aniquilación de pueblos, también infiltra luchas sociales para socavarlas desde adentro. La confusión es tal que los líderes sociales terminan inculpados y, en el mejor de los casos, encarcelados antes que muertos, que al final es la solución por la que se opta comúnmente. En Chilpancingo se palpa eso como se vio el 29 de abril del 2016, cuando un enfrentamiento entre policías y el Consejo de Autotransporte de la Zona Centro y la Unión de Pueblos de la Sierra de Guerrero, que demandaban seguridad y condiciones para trabajar, dejó un muerto –un atropellado, innecesariamente- y 100 desaparecidos un día después de que los manifestantes fueran desalojados de la autopista del Sol, que bloquearon por ocho horas incomunicando el puerto de Acapulco. El gobierno de Guerrero dijo, luego de la refriega, que los manifestantes estaban infiltrados por grupos criminales y los acusó de disparar contra los granaderos, que hicieron por su parte 64 detenidos a cambio de cuatro heridos, uno de ellos grave un día después. Luego aparecieron todos, quién sabe por qué.

Los municipales de Cocula no fueron tan feroces en ese misterio de Iguala como decían que eran en sus currículas y que apuntaron entre ellos a 11 ex militares incrustados en la corporación. Desde el cautiverio que se ganaron en la PGR fingieron. Nadie conocía a El Chino, jefe de halcones de Los Guerreros Unidos, ni a El Chucky, el jefe de jefes del departamento de sicarios en Iguala, Mezcala y Cocula. Tampoco, jamás, oyeron de los hermanos Casarrubias, de El Gil o El Tigre, o de un tal comandante Valladares y menos de El Camperra, todos personajes, héroes inversos de una trama narcominera que socava Guerrero.

Feroces o no los policías de Cocula se llevaron a los estudiantes, los entregaron sin preguntar nada y fingieron enterarse hasta después, por las noticias en la tele y los diarios. Los que se quedaron en la comandancia se lavaron las manos. Los que no tenían permiso para portar armas se lavaron las manos. Los que no estuvieron se lavaron las manos, advertidos de todas maneras para no decir nada, para que también ellos no anduvieran preguntando. Y, sin criterio, todos dijeron actuar bajo órdenes de sus superiores.

Por eso en las bitácoras de Cocula del 26 y 27 de septiembre del 2014 se escribió “sin novedad” y por supuesto nunca dirían que para el 6 de octubre los policías estaban muertos de miedo porque ya había un montón de detenidos y la sensación general era de desaliento, que ya todo valía verga.

Tuvieron razón, porque enseguida cayeron ellos.

César Nava, el supuesto héroe de la esquina de Juan N. Álvarez y Periférico Norte era cualquier cosa menos eso. Llegó en el 2013 a trabajar a la policía de Cocula y el director de la policía, Salvador Bravo Bárcenas, lo contrató así nomás, dice él mismo, aunque luego se supo que los dos eran ex militares y tenían un pasado común. Nava terminó llenando la comandancia con su gente y consolidó un poder invisible desde el miedo y el reparto de dinero. Era poderoso y su poder le alcanzaba para tener alarifes como gendarmes pero también para sacar todas las armas, todas las municiones y pasarse por el arco del triunfo las órdenes de su superior junto con los permisos del 27 Batallón de Infantería para sesiones de tiro, por ejemplo. Nava se llevaba a todos los oficiales, armados hasta los dientes, para practicar donde él quería. Así, pronto se convirtió en jefe de jefes y al director Bravo Bárcenas, con todo y su salario de 8 mil pesos mensuales, le encontró un nuevo trabajo como figura decorativa.

– Mira, Bárcenas, a partir de este momento yo voy a tomar las decisiones de la policía –le dijo Nava al fin a su jefe, una mañana en la que se encerraron en el cuarto de armas para, justamente, disparar sus arsenales.

– ¿Por qué? ¡Si yo soy el director!- dijo Bárcenas.

– Esto es lo que más te conviene, ya tengo ubicada a tu familia- respondió Nava mientras sacaba su celular para mostrarle al denostado jefe fotos de sus hijos, de su casa, en fin, del miedo encarnado.

Bravo Bárcenas quedó petrificado y desde entonces se limitó a sentarse en su oficina porque César Nava tenía el control y había conseguido que la tropa se reportara con él. Sin embargo, el humillado director todavía hizo un intento, según él, para devolver el orden y acudió al 27 Batallón de Infantería, donde habló con un comandante, “el cual no recuerdo su nombre”. 10

– Tú no te preocupes –le dijo el militar- yo me hago cargo, a ver qué pasa.

Ese comandante cumplió su palabra y un buen día, una semana después, los soldados se presentaron en la estación de policía. Ahí separaron a Nava y su gente, Ysmael Palma, Pedro Flores, Ignacio Aceves y Jesús Parra y se los llevaron en las patrullas. Una hora después Nava y su camarilla estaban de vuelta. Nadie les había tocado un pelo. Lo que le dijeron los militares no se sabe aún qué fue, pero no cambión en nada la organización de aquella policía, que siguió en poder de Nava.

Bravo Bárcenas no estuvo en la comandancia desde el 26 de septiembre y se reincorporó a su acotada oficina el 29 de septiembre. Ahí, la operadora de la línea 066, María Helena Hidalgo Segura, le dijo que alguien del C4 había llamado preguntando si los policías de Cocula habían apoyado en el operativo. Ella les dijo que sí, pero les dijo que sí porque pensó que le preguntaban sobre los festejos de Apipilulco.

Metidas hasta el fondo las cuatro patas, los del C4 preguntaron también por los números de las patrullas porque reportes en la prensa ya hablaban de ellas y era inevitable seguir la pista. El subdirector César Nava había declarado que tenía una incapacidad médica la noche de los levantamientos, y efectivamente la tenía pero por otras razones. Ese documento se lo había conseguido Magaly Ortega Jiménez, la asesora jurídica de la Dirección de Seguridad Pública de Cocula, a quien encarcelaron el 24 de  enero del 2015, acusada de cambiar las fatigas, los roles de guardia, el parte de novedades y los números de las patrullas municipales. César Nava, en una llamada telefónica el 8 de octubre del 2014, le ordenaba lo anterior porque sabía que su nombre aparecía en todos esos documentos y quería borrar el rastro lo mejor que se pudiera. Magaly Ortega, obediente porque tenía miedo, dijo ella misma, lo hizo pero también hizo otras cosas.

– La doctora que elaboró la incapacidad es la coordinadora del Centro de Salud, de nombre Sugey, yo le conseguí tres incapacidades a César Nava por conducto de mi hermana Vanesa y la última incapacidad vence el 10 de noviembre del 2014, pero esas incapacidades son falsas y las conseguí por órdenes de César Nava para que lo quitara de las fatigas y del parte de novedades, ya que en esas incapacidades refieren que presenta una lesión en el pie pero eso es falso- dijo Magaly Ortega en su declaración. Según ella, quien estaba operando el servicio 066 el 26 de septiembre era María Elena Hidalgo, pero su nombre fue borrado por órdenes de Nava y en su lugar pusieron el de Xóchitl Guerrero, otra operadora. Esa declaración revelaba también un lío sentimental en aquel departamento porque la versión de Magaly Ortega involucró al jefe César Nava como amante de las dos operadoras.

– […] quiero agregar que la computadora donde se almacenaba toda la información de las cámaras, la semana pasada al parecer el día siete, se lo llevó el subcomandante Ignacio Aceves Rosales- terminó diciendo Magaly.

Los policías de Cocula vivieron el futuro en carne propia y se adelantaron año y medio a la mexiquense Ley Eruviel cuando decidieron que los normalistas de Ayotzinapa eran criminales que merecían ser levantados y desaparecidos, y cooperaron con sicarios de Los Guerreros Unidos y el equipo de policías de Los Bélicos de Iguala. Después dijeron sin criterio que sólo habían obedecido órdenes. Hasta la fecha ningún policía ha sido sentenciado y esperan que en poco tiempo puedan ser liberados porque no hay una prueba contundente que los ligue a los hechos, a pesar de las evidencias recabadas.

El periodista Carlos Fazio señala diciendo Estado de México pero refiriéndose a Guerrero, que estamos presenciando un “larvado proceso de fascistización del Estado” 11 cuando una propuesta como la Ley Eruviel ha podido ser aprobada por el Congreso mexiquense y ahora el espionaje, la tortura y las ejecuciones que realicen las fuerzas de seguridad serán legales. Porque ya se hacen pero esta vez tendrán su propio marco. De todas formas, las normales rurales son uno de los blancos principales de esta ley que, dijo el gobernador mexiquense Eruviel Ávila, era de exportación y debía ser implementada en el resto de los estados del país.

El 15 de octubre del 2014 los policías Antonio Morales González, Marco Antonio Segura Figueroa, Marco Jairo Tapia Adán, Ángel Antúnez Guzmán, Ismael Palma Mena, José Luis Morales Ramírez, Pedro Flores Ocampo, Ignacio Hidalgo Segura, Salvador Bravo Bárcenas y Alfredo Alonso Dorantes fueron notificados de “su inmediata libertad con las reservas de la ley”. 12

Cocula está ahí, haciéndole sombra a la minera Media Luna, que por su parte nunca dejó de extraer y hasta más, halló otro emprendimiento que le asegurará la explotación de la zona hasta que se termine lo que haya que llevarse. Y, entonces sí, quienes la han protegido tendrán que abrir los ojos, aunque siempre será demasiado tarde y verán que no todo lo que brilla es oro.

No, no todo, porque a veces ese brillo será radiactivo.

 

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1 Este texto se realizó gracias a la participación directa de Francisco Cruz Jiménez y Félix Santana Ángeles. El crédito del reportaje es, por partes iguales, también para ellos.

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2 Comparecencia del probable responsable Julio César Mateos Rosales, 14 de octubre del 2014, A.P. PGR/SEIDO/UEIDMS/816/2014, Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada de la Procuraduría General de la República.

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3 http://eldictamendeguerrero.blogspot.mx/2016/04/segundo-aviso-urgente-toda-la.html

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4 “Bernardino Hernández, el fotógrafo del Acapulco ‘bloody”. http://noticieroaca.blogspot.mx/2013/05/bernardino-hernandez-el-fotografo-del.html. Noticiero Aca.

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5 “Inauguran Media Luna y Rosario Robles nueva mina en Cocula”, nota sin firma de la Agencia Periodística de Investigación de Guerrero, API, consultada el 28 de abril del 2016.

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6 Declaración del inculpado César Yáñez Castro, del 14 de octubre del 2014. A.P. PGR/SEIDO/UEIDMS/816/2014, Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada de la Procuraduría General de la República.

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7 Parte de este reportaje está armado con las declaraciones de los policías de Cocula, Jesús Parra Arroyo, José Antonio Flores Train, Juan de la Puente Medina, César Nava, Roberto Pedrote Nava, Alberto Aceves Serrano, Joaquín Lagunas Franco, Jorge Luis Manjarrez Miranda, Óscar Veleros Segura, Ignacio Aceves Rosales, Antonio Morales González, Marco Jairo Tapia Adán, Marco Antonio Segura Figueroa, Wilber Barrios Ureña, Pedro Flores Ocampo, Ángel Antúnez Guzmán, Ysmael Palma Mena, Ignacio Hidalgo Segura, José Luis Morales Ramírez, Salvador Bravo Bárcenas, Arturo Reyes Barrera, Alfredo Alonso Dorantes, Nelson Román Rodríguez

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8 Acuerdo de recepción de puesta a disposición de Raúl Núñez Salgado ante la Unidad Especializada en Investigación de Delitos en Materia de Secuestro, Expediente  A.P.: PGR/SEIDO/UEIDMS/816/2014.

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9 Columna Se dice Que… del diario electrónico Alfa de Toluca, Estado de México, del 29 de abril del 2016. http://www.alfadiario.com.mx/articulo/2016-04-29/64967/se-dice-que

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10 Declaración ministerial de Salvador Bravo Bárcenas el 15 de octubre del 2014 ante Juan Eustorgio Sánchez Conde, agente del Ministerio Público de la Federación adscrito a la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada, de la Unidad Especializada en Investigación de Delitos en Materia de Secuestro de la Procuraduría General de la República, anexada al Expediente A.P.: PGR/SEIDO/UEIDMS/816/2014.

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11 Conferencia en Casa Lamm de la ciudad de México el 2 de mayo del 2016.

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12 Notificación de libertad con las reservas de ley. Unidad Especializada en Investigación de Delitos en Materia de Secuestro de la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada. Expediente PGRlSEIDO/UEIDMS/816/2014.

La otra Noche de Iguala

 

* Según la PGR, 43 normalistas de Ayotzinapa fueron cremados en el basurero de Cocula el 26 y 27 de septiembre del 2014. Sin embargo hay otras versiones que por lo menos narran otro tipo de ejecuciones esa noche, y que se conocen apenas un poco.

 

Miguel Alvarado 1

Toluca, México; 8 de julio del 2016. Martín Alejandro Macedo Barrera, un sicario de los Guerrero Unidos, cuenta que el 26 de septiembre de septiembre del 2016 él, junto con otros, enfrentó a los normalistas de Ayotzinapa en Iguala porque sus jefes les habían dicho que entre ellos iban infiltrados del cártel morelenses de Los Rojos, encabezado por Santiago Mazari, Carrete, y que buscaba matar a los hermanos Benítez Palacios, controladores del narcomenudeo en la región.

Desde su declaración ministerial 2, enfrentar para Macedo Barrera significó acribillar a los normalistas. Y según él, fueron ellos quienes abrieron fuego primero contra los estudiantes, a quienes habían detectado cuando arribaron a la terminal de autobuses de Iguala, gracias a la red de halconeo dispersada por toda la ciudad.

-Eran muy violentos -dice Macedo Barrera refiriéndose a los jóvenes de Ayotzinapa- iban aventando piedras muy grande y además traían armas cortas tipo nueve milímetros y treinta y ocho, nuestra función consistía en vigilar que no hicieran relajo, para esto íbamos a bordo de la camioneta Ram 250, color blanco, en la camioneta íbamos cuatro personas La Mole, El Tinher, El Amarguras y yo, los cuales seguíamos de cerca los dos camiones que se dirigían al centro. Al llegar a la plaza donde estaba un evento ya que tocaba creo que La Luz Roja de San Marcos, comenzamos a escuchar que les aventaban a la gente que estaba en esa explanada piedras y hacían disparos, logrando herir a varias personas, por lo que recibí la instrucción de dispararles, por parte de Choky, los disparos que les realizamos fue en el centro de iguala, por lo cual yo traía una pistola tres ochenta, el mole una nueve milímetros, El Tinher traía una treinta y ocho especial, el amarguras una pistola calibre nueve milímetros.

Macedo era un sicario bajo las órdenes de El Choky –así lo escriben en su declaración ministerial- Eduardo Joaquín Jaimes, principal ejecutor de El Tilo, Víctor Hugo Benítez Palacios. Jaimes, escurridizo, no ha sido capturado pero todos los conocen en Iguala primero porque es uno de los más sanguinarios y después porque carteles con su rostro aparecieron la madrugada del 29 de diciembre del 2015 en las calles de la ciudad, pegados a postes y bardas, mostrando a todo color el humo del que parece estar hecho. En realidad ese volante denunciaba a El Tilo como responsable de asesinatos que llegaban hasta la no tan lejana Taxco. El Choky es un veterano en eso de ejecutar y su historia es tan larga como su lista de muertos. Fue él quien encabezó un comando que entró a la Tierra Caliente guerrerense para acabar con los comandos de la Familia Michoacana en una venganza fraguada por los hermanos Pineda Villa –la familia de María de los Ángeles Pineda, esposa del ex alcalde de Iguala, José Luis Abarca- cuando asesinaron a un hermano. Reportes de la PGR también indican que El Choky había sido detenido antes por el ejército, pero nadie supo qué pasó después, porque apareció libre, caminando como si nada en su ciudad.

Ese mismo cartelito, adherido con simple diúrex a los postes del alumbrado público en las calles de Aldama, Bandera Nacional y Galeana, decía que el ex director de Seguridad Pública Municipal de Taxco, Erubiel Salado Chávez, era uno de los responsables de la desaparición de los 43 de Ayotzinapa. Salado -dice el narcoboletín, porque está redactado como una nota informativa fechada el 21 de diciembre del 2015- recibe protección de una docena de policías preventivos y del actual alcalde Omar Jalil. Y remata con algo que, casi siempre que se lee, resulta verdad cuando se investiga y que dice que “la esposa de Víctor Hugo Benítez tiene un tío que es un alto mando del Ejército mexicano, pero que ya están investigando […]”. 3

El Choky era un matón pero también un busca-talentos de excelencia e identificaba a quienes podían ayudarlo como halcones primero y después como matones a sueldo. Tenía su Mustang gris sin placas y le gustaba demasiado su 9 milímetros. Al sicario Macedo Barrera lo convenció en una fiesta, cuando ambos coincidieron en una discoteca, La Iguana Loca, y uno le confesó al otro sus penurias económicas. Tampoco le costó trabajo explicar que la ruta de vigilancia que le tocaría al novato sería de El Tomatal, donde hay un retén militar, hasta el centro de la ciudad. Al otro día, luego, luego, le entregó un celular y el resto de las instrucciones. Todo se facilitaba porque el nuevo empleado de Guerreros Unidos tenía moto y haría si problemas los recorridos, buscando soldados y gobierno. El jefe inmediato de Macedo sería El Chino, un joven de 20 años que trabaja en Protección Civil de Iguala y encargado de reunir la información de todos los halcones, aunque también de pagarles porque, al fin y al cabo, halconear para dar madruguetes también era una chamba. Así, a Macedo le entregaron 7 mil pesos mensuales, una bicoca si se pregunta por el kilo de mariguana en la ciudad, que se vendía hasta en mil 800 pesos aquel año.

El paso del tiempo y las necesidades revelaron a Macedo la red de espionaje de Guerreros Unidos. Por ahí andaba El Gaby, un moreno 1.90 metros y de 25 años que se movía en motoneta pero también en una pulcra Tacoma y se armaba con una .45 y dos cuernos de chivo para lo que se ofreciera. También apareció La Vero, pequeñita de nariz respingada pero hábil con su Bewis negra, motoneta nueva de su propiedad. Conoció a El Chaky y su X-Trail arena y su pistola 9 milímetros casi al mismo tiempo que a El Mente, tan alto como El Gaby pero más joven porque apenas tenía 19 años. Macedo dice que los conoció en un almuerzo, pretexto ideal para hacer presentaciones. Había más pero quienes se cruzaron en este camino fueron El Bogar, quien vigilaba los rumbos de la colonia Guadalupe y Moreno, a quien le tocaba la ruta de la colonia El Capire. A El Cuate le asignaron la zona del Bar Jardín; a El Gordo la colonia Fermín; a El Gemelos el hotel Imperio y el aeropuerto; La Wendy andaba desde la terminal camionera al centro; La China en los rumbos de la avenida del Estudiante y Belem soplaba por la Central de Abastos. “Hay más, pero no los conozco”, dijo Macedo desmemoriado.

Otro halcón, Marco Antonio Ríos Berber, dijo en su declaración 4 que el 26 de septiembre edel 2014 a él lo había mandado El Chino a vigilar al centro de Iguala y afirma que los estudiantes estaban armados.

– Vete a halconear al centro para ver qué hacen los ayotzinapos. Ponte verga porque de los que vienen en los autobuses vienen de los contras, los Rojos, a pelear la plaza. Son pelones –le diría El Chino a Ríos, quien describe que El Gil es uno de los jefes de Los Guerreros Unidos, que vive en Pueblo Viejo y que es gallero.

– En su casa –dice- hay caballerizas y organizaba palenques cada ocho o quince días y era él quien se quedaba con todo el dinero que recaudaban los narcotraficantes de sus actividades diarias.

Todavía Ríos Berber dijo más: “Otra persona que podría decir en dónde están los estudiantes es EL COMANDANTE VALLADARES y uno que es el segundo de VALLADARES y que conozco como CARRETO, y esto lo sé y me consta porque en una ocasión agarraron a tres de los contras, los agarro EL CHOKY, y se los traspasa a la gente de EL GIL quien también pertenece a los GUERREROS UNIDOS porque ellos también están con los sicarios en Cocula, en la colonia Pueblo Viejo, y en Iguala”. Esta declaración, tomada en los interrogatorios de la PGR también recoge que los policías de Iguala José Ulises Bernabé García, Baltazar Martínez Casarrubias, Esteban Ocampo Landa, Christian Rafael Guerrero Saucedo, Emilio Torres Quezada, Juan Carlos Delgado González, Horacio Hernández García, el comandante Francisco Salgado Valladares y Hugo Salgado Wences trabajan para Los Guerreros Unidos. Lo mismo dice de dos elementos de Protección Civil, Abiel Acatitlán Peralta y Juan Carlos Beltrán Cruz.

El grupo encargado de parar a los estudiantes era el de El Choky, quien por otra parte cometió errores garrafales cuando, dicen ellos, confundieron a los futbolistas de Los Avispones con los normalistas y los acribillaron. En todo caso, esas versiones han sido desestimadas por los propios afectados, quienes denunciaron en el 2016 que un retén policiaco los obligó a detenerse en el Puente del Chipote, frente al Palacio de Justicia, y sólo ellos no pudieron avanzar, sin razón alguna. Luego, liberados, pocos kilómetros adelante fueron ametrallados y los soldados del 27 Batallón de Infantería, avisados por algunos de los familiares que acompañaban a los jóvenes futbolistas en autos particulares, fueron incapaces de reaccionar a tiempo.

El Choky, quien gasta un cuerno de chivo, “alcanzó a chingar a varios ayozinapos, ya que se estaban poniendo muy locos, una vez que se comienzan a bajar los estudiantes comienzan a correr y logramos asegurar a diecisiete, los cuales subimos a nuestras camionetas y los llevamos a la casa de seguridad de la loma donde, los matamos inmediatamente ya que no se querian someter y como eran más que nosotros choky dio la instrucción que les diéramos piso, cuando detuvimos a los ayozimapos no logramos asegurar ninguna arma pero yo claramente vi como iban armados como ocho en total. yo vi cuatro en los camiones que seguíamos y mis compañeros dijeron que igual número iban en los otros camiones. a algunos los mataron con tiro de gracia en la cabeza y a otros a golpes ya que se pusieron muy violentos cuando estaban secuestrados y para que no estuvieran chingando se decidió matarlos. creo que utilizaron la excavadora para enterrarlos en el mismo rancho que tenemos a siete de estos muchachos los quemamos por instrucción del choky, quiero señalar que una vez que se me pusieron a la vista unas fotografías de las personas que se dicen desaparecidas no reconozco a ninguno ya que inmediatamente que los subimos a las camionetas la instrucción fue cubrirlos para que nadie los viera, yo participe matando a dos de los ayozinapos, dándoles un balazo en la cabeza, y no son de los que quemamos, están enteritos la forma de matarlos fue ancados y les disparamos por un lado de la cabeza”, dice Macedo Barrera.

Esta versión coincide con la que dio el sicario Marco Antonio Ríos Berber en algunos puntos y si ha sido investigada no se sabe cuáles han sido los resultados en esa línea. Que la Procuraduría se decidiera por la macabra cremación de Cocula no tiene explicación sensata cuando se sabe que llegaron allá porque alguien, desde un teléfono sin identificar, les dio un soplo. Al otro día los investigadores revisaron ese basurero y confirmaron sus versiones. Macedo y Ríos Berber han dicho que para ellos hay 17 estudiantes muertos. Del resto dicen no saber, aunque en Iguala otras versiones cuentan el destino de los 26 que faltan pero apenas como susurros, como si alguien estuviera escuchando y cobrara venganza en quienes revelan.

Sin embargo, también Macedo hace dudar cuando dice que su jefe inmediato, El Chino, lo ha mandado a halconear la llegada de los normalistas. Y es que afirma que iban en un camión y una Urvan y que se bajaron en la esquina de Guerrero y Bandera Nacional, justo en el centro de Iguala pero en una ruta que por todas las investigaciones ha sido descalificada. Dice que los estudiantes llegaron encapuchados y se bajaron de sus transportes, que eran como 50 y que se dirigieron a la celebración de la esposa de José Luis Abarca, que dispararon sus armas y que Macedo lo sabe porque se encontraba parado afuera de la iglesia de San Francisco.

“[…] y la gente empezó a correr para refugiarse por todos lados y los ayotzinapos empezaron a robar carros para escaparse se los quitaban a la gente entre los que recuerdo fue una CRV negra y varios taxis, otros corrieron para el autobús, otros para el mercado y otros para la estrella de oro, cuando sucedió esto el CHINO ordeno que los siguiera y viera para donde jalaban y los perseguí hasta “hielos Laurita” en donde fueron alcanzados por las camionetas de la policía municipal, siendo las unidades que recuerdo haber visto la 582, 38, 03, 05, 220, 020 Y la 010, en donde iban como cinco policías por camioneta quienes les indicaron que se detuvieran, ya que les cerraban el paso, los ayotzinapos iban en una urban blanca y dos taxis y como no se detuvieron los policías hicieron disparos al aire, logrando detenerlos y a unos los bajaron de los vehículos y otros ya estaban abajo y los detuvieron a todos siendo aproximadamente como veinte ayotzinapos, y los subieron a todas las camionetas patrullas, y se los llevaron a la comandancia y supe esto porque CHINO nos mando un mensaje que los ayotzinapos estaban encerrados en la comandancia […]”.

¿Quién dice la verdad o por qué todos mienten? A Macedo le avisaron que El Choky había atrapado a tres normalistas y los había llevado a una casa en la colonia Guadalupe. Era la medianoche y los tres supuestos cautivos estaban a bordo del Mustang gris del sicario, quien se hacía acompañar de El Gaby -en su Tacoma blanca llevaba a otros 10 muchachos sometidos-, La Vero y El Mente, quienes en cónclave decidieron jalarle para el cerro.

A Macedo lo mandaron a comprar diésel, que adquirió en una gasolinera de la calle Zaragoza y alcanzó a sus amigos 20 minutos después en un cerro de la colonia Pueblo Viejo, pero cuando llegó ya los tres prisioneros de El Choky habían sido asesinados y con un disparo en la cabeza éste había ultimado a uno y El Gaby a otros dos “por andar de revoltosos”. El Choky ordenó a El Chaky cavar fosas para los muertos y El Gaby les prendió fuego hasta que los cuerpos se calcinaron. Pero todavía faltaban los otros diez que iban en la Tacoma blanca. A ellos también les dispararon y Macedo dice, muy seguro, que él mismo mató a dos, El Gaby a otro par, La Vero a uno y El Choky a otro.

– Dejamos vivos a cuatro- relata Macedo, quien dice que arrojaron los cuerpos a las fosas y El Gaby los calcinó para después tapar el hoyo con tierra y ramas. Los cuatro estudiantes sobrevivientes fueron golpeados hasta la inconciencia y amarrados a un árbol y allí los abandonaron, a las tres de la mañana del 27 de septiembre del 2014.

A Macedo le tocó descansar ese sábado y eso fue lo que hizo, desconectándose de todo. Luego, el 30 de septiembre una llamada de El Choky le informó que a los cuatro normalistas sobrevivientes ya les habían dado piso “porque todo se estaba calentando”.

 

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1 Este trabajo fue posible gracias a la participación directa de Francisco Cruz Jiménez y Félix Santana Ángeles, quienes llevan por igual los créditos de la autoría.

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2 Declaración ministerial de Martín Alejandro Macedo Barrera integrada en el Acuerdo de Retención del 15 de octubre del 2014, dictado en contra Édgar Vieyra Pereyda, alias El Taxco, Alejandro Mota Román, alias Mota, Santiago Socorro Mazón Cedilla, Héctor Aguilar Ávalos, alias El Chambo, Verónica Bahena Cruz, Alejandro Lara García, alias El Cone; Édgar Magdaleno Navarro Cruz, alias Patachín, Leodan Fuentes Pineda, alias El Mataviejitas, Enrique Pérez Carreto y Óscar Augusto Pérez Carreto.

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3 “Colocan narcovolantes en Iguala; acusan a ‘Los Peques’ de la violencia”, por Alejandro Ortiz en el portal web Bajo Palabra, Iguala, Guerrero, 29 de diciembre del 2016. http://bajopalabra.com.mx/colocan-narcovolantes-en-iguala-acusan-a-los-peques-de-la-violencia/

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4 Marco Antonio Ríos Berber. Declaración ministerial de Marco Antonio Ríos Berber, el 16 de octubre del 2014 ante la Unidad Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada de la PGR en el expediente A.P. PGR/SEIDO/UEIDMS/816/2014.

Cerco de sicarios

 

* La Procuraduría de Guerrero supo por sus propias indagatorias qué había pasado la Noche de Iguala, el 26 y 27 de septiembre del 2014, casi de inmediato. La PGR, que atrajo el caso días después, empantanó con sus hipótesis un camino que ya estaba avanzado y que incluso reconocía la existencia de un quinto camión horas después de los sucesos.

 

Miguel Alvarado 1

Toluca, México; 22 de julio del 2016. La PGR registró un Acuerdo de Recepción de Copias Certificadas de Auto de Formal Prisión, el 17 de octubre del 2014, en la Unidad Especializada en Investigación de Delitos en Materia de Secuestro, desde la causa penaI 172/2014. Ese Acuerdo constataba la recepción de 193 fojas útiles como copias certificadas, que contenían los autos de formal prisión en contra de 22 policías municipales de Iguala, 19 de los cuales habían sido reconocidos por algunos normalistas de Ayotzinapa que sobrevivieron a la noche del 26 de septiembre del 2014. Los policías habían dado positivo en pruebas de rodizonato de sodio, que identifica a quien dispara un arma de fuego. El envío de esas 193 fojas fue suscrito por “el licenciado Mario Maravilla Peña, Primer Secretario de Acuerdos del Juzgado primero de Primera Instancia en materia Penal del Distrito Judicial de Tabares, la que contiene Auto de Formal Prisión, dentro de la causa penal 172/2014”.

Según ese documento, Salvador Herrera Román, Alejandro Andrade de la Cruz, Hugo Salgado Wences, Hugo Hernández Arias, Zulai Marino Rodríguez, Mario Cervantes Contreras, Baltazar Martínez Casarrubias, Nicolás Delgado Arellano, Abraham Julián Acevedo Popoca, Juan Luis Hidalgo Pérez, Iván Armando Hurtado Hernández, Fernando Delgado Sánchez, Rubén Alday Marín, Arturo Calvario Villalba, Raúl Cisneros García, Marco Antonio Ramírez Urban, Oswaldo Arturo Vázquez Castillo, José Vicencio Flores, Emilio Torres Quezada, Fausto Bruno Heredia, Miguel Ángel Hernández Morales y Margarita Contreras Castillo recibieron auto de formal prisión el 7 de octubre del 2014, por el homicidio calificado de los normalistas Daniel Solís Gallardo y Jhosiván Guerrero de la Cruz.

En las primeras horas, después de esos asesinatos, se había confundido la identidad de uno de los normalistas, a quien en vías de reconocerlo posteriormente, la entonces Procuraduría estatal de Guerrero había señalado como Jhosiván Guerrero de la Cruz. Fueron los familiares del joven muerto quienes señalarían el error y dirían que en realidad Jhosiván era Julio César Ramírez Nava.

Los dos normalistas fueron abatidos en la esquina de Periférico Norte y la calle Juan N. Álvarez, la noche del 26 de septiembre del 2014, pero a la PGR se le pasó la identidad de Ramírez Nava. “Así lo resolvió y firma el suscrito Licenciado Javier Villalobo Ramos, agente del Ministerio Público de la Federación adscrito a la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada, quien actúa en forma legal con dos testigos de ley con quienes firma y da fe”, dice el papel donde dictan auto de formal prisión por el asesinato de un muchacho a quien en realidad la policía y los medios de comunicación mataron dos veces.

Los restos del normalista de Ayotzianpa, Jhosiván Guerrero de la Cruz, fueron identificados hasta el 17 de septiembre del 2015 por la Universidad de Innsbruk en Austria y la PGR corregiría ese error de identidad el 5 de octubre del 2014. Así, entre malentendidos de “buena fe”, la PGR transitó los oscuros caminos de Iguala, haciendo caso a llamadas anónimas y delaciones sin rostro que, sin embargo, nunca fueron tan exageradas como los incendios de Cocula. Mientras, en el sur del Estado de México pobladores de Luvianos, sobre todo, reportaban inusuales movilizaciones de grupos armados pertenecientes a cárteles de La Familia Michoacana y de Los Guerreros Unidos, que iban en caravana custodiando personas sometidas. Pocos se atrevieron a mirar de cerca a esas personas y quienes vieron no tendrán, al menos por ahora, más allá de su palabra, la forma de demostrar quiénes eran esos prisioneros.

El normalista Daniel Solís Gallardo era de Zihuatanejo y tenía 18 años. Le decían El Chino y era soltero. A Julio César Ramírez la PGR lo describe como delgado, de tez morena clara, cabello negro corto, frente mediana, cejas pobladas, ojos cafés claros, nariz medina recta, boca mediana, labios medianos, mentón cuadrado, sin bigote. Cuando el agente del ministerio público de Iguala llegó a la esquina de la Juan N. Álvarez y Periférico Norte, se encontró con que ya estaban allí los soldados del 27 Batallón de Infantería, además de policías estatales, resguardando el lugar.

Para ese momento –la mañana del 27 de septiembre- la circulación ya se había normalizado pero a los cadáveres los rodeaban autos siniestrados y que allí quedaron, reventados por las balas de los municipales de Iguala y Cocula. Estaba una Nissan Urvan blanca, con franjas amarillas y naranja y con placas HBF83-14 de Guerrero. También se encontraban un Chevy color arena, placas MBC-9797 del Estado de México y una moto azul tipo Scooter, de la marca Yamaha, con placas F408W. A esos autos la PGR los catalogó como indicios Uno, Dos y Tres. El Cuarto, sin embargo, era un normalista “[…] en posición de cúbito ventral con su extremidad cefálica dirigida al lado oriente, sus extremidades superiores ambas flexionadas y dirigidas hacia la cabeza, las extremidades inferiores en extensión y separadas ligeramente y hacia el lado poniente, dándose fe que dicho cadáver viste una playera de color rojo, pants color azul marino con franjas laterales en blanco y rojo, y calza huaraches de correa de color café, con orientación oeste […]”.

Tanta descripción apenas alcanzó a los peritos para ubicar en un espacio físico a quien en un principio llamaron “cadáver desconocido” y junto al cual ubicaron dos casquillos percutidos calibre .223 de la marca Águila, dorados como el oro. Casquillos, había más, y por lo menos 20 se encontraron posteriormente, demasiado pocos porque ya bomberos, policías municipales, empleados de Protección Civil y sicarios habían barrido la calle Juan N. Álvarez y la esquina de Periférico Norte, según vecinos del lugar, quienes los vieron y oyeron usar chorros de agua para, piedra por piedra, limpiar sangre y restos.

Luego, ya sobre la plancha metálica de la morgue del Servicio Médico Forense, las autoridades dijeron que ese cadáver era de tez morena, cabello negro corto, ojos café claro, entre 18 y 23 años y que tenía una “[…] herida abrasiva localizada en ángulo externo del mismo lado de 1.3 por 0.3 centímetros; entrada en hemicara derecha de 0.8 a 6 centímetros de la línea media anterior […] de las cuales se dan fe”.

En la calle y casi enseguida estaba el otro cadáver, al que marcaron como Indicio 6, que llevaba una sudadera verde, playera gris, pantalón azul y zapatos negros. Las lesiones que le causaron la muerte fueron producidas por bala, un disparo a nivel de la barbilla y otra en el tórax.

El primer cuerpo era el de Julio César Ramírez Nava y el segundo el de Daniel Solís Gallardo. Los dos eran amigos en la escuela de Ayotzinapa de Julio César Mondragón Fontes, asesinado también en Iguala, en el Camino del Andariego, en la zona industrial de aquella ciudad. Los dictámenes de necropsia de los tres fueron realizados por el médico forense perito Julio César Valladares. De Daniel Solís concluyó que murió por la herida de bala en el tórax; de Ramírez Nava dijo que su muerte se debió a un disparo que recibió en la cara y de Julio César Mondragón Fontes que la fauna local le había comido el rostro, aunque señaló que había muerto por traumatismo craneoencefálico.

Luego, los padres de Julio César Ramírez Nava precisarían sobre su hijo, al tenerlo muerto frente a ellos, como describe fríamente el reporte de la PGR: que era el tercero, que tenía 23 años, soltero y estudiaba en la Raúl Isidro Burgos. Que el 26 de septiembre había hablado con su madre, Bertha Nava, para decirle que estaba en Iguala apoyando a sus compañeros agredidos por policías y que había un muerto, pero que él estaba bien. Esa comunicación se cortó y no fue sino hasta la mañana del 29 de septiembre que la madre pudo enviar un mensaje al celular del joven y marcó dos veces, ya sin respuestas. Fue el Comité de Alumnos de Ayotzinapa el que informó a esos padres sobre un muerto y la desaparición, hasta el 30 de septiembre, de 57 alumnos.

En la morgue los esposos reconocieron a Julio César Ramírez porque tenía una cicatriz en forma de espiral en la espalda, otra en la pierna izquierda y dos en la nariz. Pero no había necesidad de marcas para saber que era su hijo, a pesar de la lesión terrible y lo amoratado que tenía el rostro.

La Fiscalía de Guerrero recabó casi de inmediato la declaración de algunos estudiantes, que narraron atropelladamente algunos hechos, como el normalista Yonifer Pedro Barrera Cardoso 2, que armó su relato desde la desgracia de haber dejado tirados a sus compañeros y no saber de más de la mitad de quienes iban con él. Escondido junto con otros en las calles o en las casas de vecinos que les dieron refugio algunas horas, los supervivientes tenían sólo jirones, restos de lo sucedido y entre todos configuraron parte de aquella noche.

Yonifer Pedro Barrera declaró el 27 de septiembre que 120 alumnos salieron de Ayotzinapa en dos camiones Estrella de Oro que tenían los normalistas en la escuela, junto con dos choferes que voluntariamente los ayudaban, rumbo a Iguala. Iban chicos de primero, segundo, tercero y cuarto grados. Dice que llegaron a las nueve de la noche  la terminal y que allí pidieron a dos choferes que llevaran otros tantos camiones a la normal, porque previamente se habían puesto de acuerdo con ellos, aclara otro estudiante, Alejandro Torres. Este chico, junto con su compañero Miguel Ángel Espino, fue uno de los primeros en afirmar que en las rutas mortales que siguieron los de Ayotzinapa había cinco camiones, meses antes de que periodistas y la PGR dieran con él y le atribuyeran importancia. Espino se salvó porque sufriría un colapso que lo sacaría del cerco de sicarios cuando una ambulancia lo condujo al hospital para que recibiera atención.

A los choferes los convencieron para ir a la normal a dejar los camiones y hacer otro viaje más, que llevaría a algunos estudiantes a un lugar de la Costa Chica, el 30 de septiembre, en una gira de prácticas. Sin precisar cuáles, dice que los camiones se metieron por la calle Juan N. Álvarez y que otros tomaron rumbo a Chilpancingo.

Entonces todo empezó a la altura del Zócalo igualteco.

Los que se metieron al centro de Iguala vieron, pocos minutos después, que la policía municipal les cerraba el paso con las patrullas 17, 18, 20 y 27. Otros estudiantes han señalado a las patrullas 3, 6, 8, 11, 16, 028 y 302, donde al final subirían a algunos normalistas.

En el camión que le tocó, Yonifer Pedro Barrera iba sentado en la parte trasera y desde allí pudo ver a 25 de sus compañeros que bajaron para hablar con los aproximadamente 30 policías, pero que nada más pisar la calle, fueron recibidos a balazos. El chofer de esa unidad arrancó y algunos de los estudiantes tuvieron que seguir a pie. Estaban en el centro de la ciudad y la columna de tres camiones avanzaba rumbo a Periférico Norte. Los chicos a pie no lograron subir nuevamente y se dispersaron en las calles siguientes. Por unos minutos, muy pocos, pareció que los policías se quedaban atrás pero de pronto, a la altura de una mini-bodega de Aurrerá, a metros de conseguir salir a ese Periférico, una patrulla volvió a salirle al paso a esa vanguardia estudiantil, cerrando el camino. Más normalistas bajaron y a pedradas ahuyentaron a los policías. Los alumnos quisieron mover la patrulla con puro esfuerzo físico y en esas estaban cuando aparecieron cinco o seis patrullas más, ha dicho Yonifer, quien a 150 metros de los uniformados ha constatados las ráfagas de metralla que los policías les dirigieron.

Se cubrieron pero el normalista Brayan Baltazar ha visto cómo a su compañero, a quien le apodan La Garra, le brota sangre de la cabeza y ha caído al piso para no moverse más.

A los chicos los camiones apenas les sirvieron de refugio. Salieron con las manos en alto “para que vieran que no teníamos nada, pero los policías siguieron disparando y vi que uno de mis compañeros estaba tirado adelante del autobús, ya herido por los disparos que habían hecho los policías, a quien pude reconocer que sólo recuerdo con el apodo del güero”, dijo por su lado Yonifer.

De primer año, El Güero estaba vivo y los normalistas gritaron a los policías para que pidieran una ambulancia. Un intento de uno de los estudiantes por acercarse al herido terminó en otra lluvia de balas. El herido debió esperar para que, de nueva cuenta, otros cuatro estudiantes intentaran ir por él. Con las manos arriba para que los policías no los atacaran, llegaron a él y lo rodearon para cubrirlo antes de que los municipales les advirtieran que se tiraran al suelo porque iban a disparar. Nada más decirlo, otra andanada hizo retroceder a los jóvenes, que regresaron a la parte trasera del camión para darse cuenta de que cada minuto que pasaba llegaban más municipales.

Para ese momento había otro estudiante herido, con un rozón a la altura del pecho.

Veinte minutos más tarde, según los cálculos de los agazapados, llegaba la ambulancia. Los chicos la escucharon desde lejos y cuando llegó grabaron la escena con sus celulares. Algunos pudieron hacerlo porque sus pilas aún tenían energía. Cómo es este país que los policías que tiroteaban a los estudiantes, quien sabe por qué, permitieron que El Güero fuera trasladado. El normalista salió del cerco porque su herida se convirtió en salvoconducto pero otros no corrieron con la misma suerte. Otro estudiante enfermo de los pulmones agravó su condición hasta un punto crítico y la petición de sus compañeros por una ambulancia sólo halló burlas de los policías. Pero al final las súplicas surtieron efecto y el enfermo fue trasladado en una patrulla.

Cómo es este país que media hora después los policías se retiraron y los normalistas salieron de su refugio. Los policías se habían ido levantando la mayoría de los casquillos percutidos. Los alumnos filmaron la sangre de los heridos, contaron los casquillos, señalándolos con piedras y vieron que el tercer camión era el que presentaba los mayores daños: sangre en la palanca de velocidades y el pasillo, vidrios destrozados y abajo, en la calle, una pared enrojecida.

Después llegó la prensa. Llegaron alumnos de apoyo desde Ayotzinapa y otras personas que, enteradas de la persecución, querían ayudar. Luis Pérez fue uno de los normalistas que se había desplazado desde Ayotzinapa tras los mensajes de ayuda de quienes ya estaban en Iguala y solicitaban apoyo. Él y otros 13 llegaron en una Urvan y en eso estaban. Los recién llegados preguntaban qué había pasado y trataban de obtener un relato más o menos claro de los sucesos.

En eso estaban.

Unos daban entrevistas y otros se consolaban buscando alguna explicación, esperando que personal de la Procuraduría llegara para recabar evidencias e iniciar diligencias. En eso, desde Periférico Norte, una nueva metralla se abatió sobre ellos. Una camioneta Lobo blanca con un hombre atrás y después un auto Ikon negro que primero disparó desde una cámara fotográfica y después, como si hubiera sido una señal, alguien abrió fuego.

El normalista Yonifer ha vuelto a su refugio entre los camiones pero ha visto cómo uno de sus compañeros ha recibido un balazo en la boca. Yonifer fue uno de los 25 que corrieron rumbo al Sanatorio Cristina llevando al nuevo herido y que terminaron refugiándose en ese hospital, después de que les fuera negada todo tipo de ayuda. Cerca de diez minutos estuvieron esperando que algún taxi llevara al herido a otro lado pero si alguno pasó no se detuvo. Mejor llegaron los soldados, ordenando a los jóvenes juntarse todos en la planta baja para cachearlos. Los militares no encontraron armas pero no permitieron a los jóvenes quedarse ahí. Yonifer dice que los soldados llamaron una ambulancia, la cual nunca llegó, y que mejor ellos, ya en la calle, pudieron localizar a 14 de sus compañeros, refugiados entre los autos estacionados y que recibieron ayuda de un vecino luego de brincar una barda y agazaparse en un terreno baldío. Estuvieron allí hasta las cinco de la mañana, cuando los encontró la policía estatal. Yonifer dice haber visto a tres normalistas muertos en la equina de Periférico Norte y Juan N. Álvarez.

Pero faltaban otros dos camiones, que habían seguido una ruta más directa rumbo a Tixtla, tomando desde la Central camionera un camino que los sacaría a la autopista Iguala-Chilpancingo. En uno de esos dos camiones iba El Pato, un normalista a cuyo celular entró una llamada de auxilio. Eran sus compañeros, los que se habían ido por el centro de Iguala, que informaban sobre los ataques y que ya había un muerto. Miedo y coraje se apoderaron de los estudiantes, quienes decidieron seguir un tramo más, pero justo enfrente del Palacio de Justica, pasando un puente, fue “cuando observamos que una camioneta de la policía municipal se encontraba atravesada, por lo que el chofer se detuvo totalmente y […] descendió de la unidad, y empezó a platicar con los policías municipales, enseguida los compañeros y yo decidimos bajarnos voluntariamente del autobús, ya abajo nos empezaron a insultar, diciéndonos “hijos de su pinche madre se van a morir como perros”, recordó el estudiante Alejandro Torres, quien junto con otros 14 muchachos iba en una unidad.

Los normalistas, a seis metros de los policías, buscaron piedras para defenderse pero éstos les aventaron la luz de sus lámparas y les apuntaron con sus armas a los pechos. La discusión subió de tono y los normalistas decidieron retroceder y corrieron 500 metros. Para ese momento la circulación ya se había normalizado y eso dio oportunidad para el escape. Se metieron al monte y poco después hallaron una casa abandonada, donde se refugiaron por unos 40 minutos, hasta que decidieron dirigirse a la caseta de cobro cercana. Esos 14 chicos fueron testigos directos de lo que les pasó a quienes no pudieron huir porque, dice el normalista Alejandro Torres, al pasar de nuevo cerca del Palacio de Justicia y los camiones detenidos por la policía, vieron desde su angustia hasta trece patrullas rodeando esos autobuses. Miraron impávidos hasta que fueron descubiertos y tres unidades, prendiendo las torretas, volvieron a perseguirlos. Metidos otra vez al monte, los jóvenes pudieron perder a sus perseguidores por media hora más, hasta que la inercia los llevó de nuevo a la carretera. Decidieron no abordar su autobús, ahora abandonado, por temor a que hubiera policías adentro. Entonces se encaminaron a la ciudad pero antes de llegar vieron que venían de frente dos patrullas municipales, una de las cuales, la número 2, era conducida por una mujer que, nada más verlos, se las arrojó encima. Los estudiantes saltaron y salieron indemnes de aquella intentona. Las patrullas se volvieron y una nueva persecución se inició, aunque esta vez sería sólo por 400 metros porque los alumnos decidieron detenerse y enfrentarlos. La respuesta de los uniformados fue una lluvia de balas, después de insultarlos. Otra vez el monte, otra vez la oscuridad para salvar la vida hasta que el sol del 27 de septiembre alumbró las veredas y los normalistas pudieron recibir ayuda de la policía estatal.

 

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1 Este trabajo se hizo con la participación directa de Francisco Cruz Jiménez y Félix Santana, quienes, por igual, el crédito de la realización.

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2 Este reportaje está descrito desde las declaraciones de los estudiantes de Ayotzinapa presentes la noche del 26 y madrugada del 27 de septiembre del 2014, Yonifer Pedro Barrera, Cornelio Copeño Cerón, Luis Uriel Gómez Avelino, Alejandro Torres Pérez, Brayan Baltazar Medina, Luis Pérez Martínez y Miguel Ángel Espino Honorato, asentadas en el Expediente 112/2014-1, contenido en la averiguación previa AP.PGR/SEIDO/UEIDMS/816/2014.

 

Conexión Iguala: la dama de rojo

 

* Es el 2013 y en Toluca una reunión entre narcotraficantes termina con una petición: que se entregue la plaza de Iguala a La Familia Michoacana y diez millones de dólares. Quienes negocian son el hijo de Joaquín El Chapo Guzmán, líder de la Familia Michoacana en el Estado de México y un matrimonio de apellidos Pineda Villa. Esta es la historia de El Borrado y El MP y de la cruenta guerra entre los cárteles de los Beltrán Leyva, primero y Los Guerreros Unidos después, contra los michoacanos asentados en la Tierra Caliente o el Triángulo de la Brecha que ha dejado una estela de muertos hasta la fecha, pero que es clave para conocer a una de las familias involucradas en el levantamiento de los 43 normalistas de Ayotzinapa, el 26 de septiembre del 2016.

 

Miguel Alvarado 1

Toluca, México; 10 de mayo del 2016. A los narcotraficantes les sientan bien Toluca y Metepec para discutir de negocios mientras comen o hacen que toman café en las plazas comerciales más brillantes, más pulidas, sentados ahí, reflejados aunque no quieran en el mundo aspiracional de los escaparates que incluso para los outsiders es luz que encandila.

Si pueden, se fuman un cigarro mientras celebran felicitando o reclaman propiedades, rutas perdidas, trasiegos y dinero que alguien prestó y nunca regresaron. Se amenazan en rincones del tamaño de su angustia y lo robado mientras los choferes, afuera, los esperan armados no sólo de paciencia: aunque son rivales platican entre ellos mientras las cosas las deciden las sopas y los postres.

Y Toluca y Metepec gustan tanto a los narcotraficantes que muchos terminan viviendo ahí o por lo menos compran propiedades y negocios que luego acaban abandonados o asegurados cuando alguien le mete plomo a las relaciones con funcionarios y protectores. A algunos los matan y a otros los encarcelan, así es la vida que viven y mueren, pero siempre hay otros que seguirán llegando a la capital del Estado de México y su vecina millonaria para establecerse y tratar de alejarse del peligro, de las ciudades masacradas casi siempre al sur y casi siempre al lado de alguna superextractora, un megaproyecto que arrasa pueblos porque debajo hay riquezas revueltas entre el polvo.

Como en Iguala, por ejemplo.

En Toluca el café es tan malo como en otros lugares pero a cambio ofrece algo incomparable, irrechazable y que ninguna urbe podría dar, ni siquiera la Ciudad de México y es que aquí, en la amorfa ciudad donde lo mismo tiene su oficina el ex gobernador Arturo Montiel Rojas que radica el histórico futbolista José Saturnino Cardozo, o se recuerda al fallecido pintor Luis Nishizawa -quien pasaba largas temporadas en su casa-estudio-museo en el centro de la ciudad- está el poder político del país encarnado en el Grupo Atlacomulco y sus satélites, que ha gobernado por ocho décadas a los mexiquenses y desarrollado un sistema de castas y compadrazgo que le ha permitido establecerse para siempre sobre una base de sufrimiento ajeno, dolor y muerte. Ese poder está hoy en Los Pinos, depositado en su representante más débil, Enrique Peña Nieto.

Toluca no tiene tacos de canasta como los que hay en Iguala, que allá cuestan 15 pesos y eran los favoritos de los hermanos Casarrubias, dueños casi absolutos del cártel del narcotráfico Los Guerreros Unidos. Algunos de ellos, atraídos por lo impenetrables que representan las ciudades del centro se quedaron aquí por el resto de sus vidas en libertad y, aunque se piense lo contrario, lo que más extrañaban era la comida. Era tanta esa nostalgia que ordenaban hasta Iguala para que alguno de sus empleados dejara lo que estaba haciendo y se desplazara a Toluca trayendo esos tacos del tamaño de sus antojos, porque ni siquiera les importaba que llegaran marchitos a la mesa. Así como ordenaban eso, enviaban más instrucciones que Iguala también seguía al pie de  la letra, incluso en la noche sicaria de militares y gendarmes del 26 de septiembre del 2014.

Los Casarrubias se equivocaron en casi todo pero en algo siempre tuvieron razón: esos tacos que pidieron siempre fueron mejores que los de Toluca, incluso los que vendían en la calle de Juan N. Álvarez.

 

II

Fue en la capital mexiquense donde Salomón Pineda Bermúdez conoció a El Capitán cuando el primero se ocupaba en vender una de sus propiedades, ubicada en la cercana Cuajimalpa, ya en la Ciudad de México. No resultó extraño que alguien los presentara porque al fin y al cabo andaban en el mismo negocio y si no congeniaron por lo menos coincidieron. Y por eso, Pineda Bermúdez se enteró que el mentado Capitán trabajaba para un hombre apodado El Pony.

Nadie sabe si Pineda le puso atención a El Capitán en aquel primer encuentro porque ya cargaba una pena, que al principio le resultó insoportable. Y es que él y su esposa, María Leonor Villa Ortuño, habían perdido un hijo, Guadalupe, secuestrado el primero de septiembre del 2001. Se dedicaba a la comercialización de fruta y andaba por Oaxaca en esas fechas cuando alguien lo levantó. Lo peor no fue que a la familia le pidieran siete millones de pesos como rescate ni que pagaran aquella cantidad, que pocos podrían reunir aunque lo exigiera una carrera por la vida de alguien. Lo que hundió a Salomón fue el asesinato de Guadalupe, cuyo cuerpo encontraron en Tierra Blanca, Veracruz, a pesar de todo lo que hicieron para evitarlo. 2

Ese homicidio hizo también que los hermanos de Guadalupe lo pensaran poco para acercarse, con la muerte en los ojos, a otros hermanos, Alfredo y Arturo Beltrán Leyva y pedirles ayuda. Ellos, que eran feroces y estaban asociados con Joaquín El Chapo Guzmán e Ismael El Mayo Zambada aunque luego se separaron porque todos fueron traidores, vieron el suicidio reflejado en el rostro de Mario El MP y Alberto El Borrado Pineda Villa y les dijeron que sí porque la venganza era posible. La revancha completa tardaría pero se cumpliría cuando otro asesinato, esta vez el de Pablo Ortuño Pineda, El Pototo, colmaría los vasos. Entonces los Pineda enviaron a un comando para quitar de la sangre de Lupe y Pablo ese olor a rastro e infiltraron a sus tiradores para cazar “contras” de La Familia Michoacana en Zirándaro, Guerrero. Pero tuvieron una baja sensible porque el 25 de abril del 2009 el ejército apresó al jefe de aquel grupo rabioso, a quien le decían El Chuky, un antiguo jefe de halcones o zafiros de los Beltrán que operaba en las plazas de aquella entidad.

Ese Chuky, el mismo Chuky sicario del 26 de septiembre del 2014.

A Marcos Arturo Beltrán Leyva sus cercanos le dijeron siempre La Sombra y otros El Barbas, aunque él prefirió para los periódicos apodos más tiranos, de esos que habitan el espanto como el de Jefe de Jefes o La Muerte. Un día se dio cuenta que los hermanos Pineda actuaban por su cuenta y planeaban y ejecutaban sin avisar, por lo que decidió poner un alto. Consumido por las fiebres y su propia adicción a la cocaína, ordenó la ejecución de Mario en presencia de Alberto, su hermano, quien lo defendió con todas sus fuerzas pero fue inútil porque, de paso, él mismo encararía su propia suerte. El brazo del Jefe de Jefes señaló el piso y para el 9 de septiembre “el cuerpo de Alberto fue prácticamente borrado, quemado en un Avenger en medio de los plantíos color naranja oscuro, de sorgo, en Amayuca. El cadáver del MP se encontró […] en Huitzilac, en la canaleta fría de la autopista (México-Cuernavaca). Era septiembre 12” 3 y todos se dieron cuenta que “Así terminan los traidores y los secuestradores, aquí está ‘EL MP’, así terminan todos igual que este marrano. Siguen Jonathan Sido Mendoza Vega, Chui Pineda Medina, Carlos Campos ‘Comando’. EL Jefe de Jefes. Arriba Sinaloa”, porque así lo dijo el epitafio en forma de cartulina que dejaron los asesinos de Mario Pineda.

Y entonces, sin tregua, siguieron los demás, los leales a los Pineda, que aparecieron ejecutados cuando barrios y calles los escupieron cadavéricos, carcajadas desolladas en las que faltaban los ojos, las bocas.

Esa purga acabó con los pistoleros de ambos bandos y precipitó el debilitamiento de la organización, aunque los Beltrán se mantuvieron en el control un tiempo más, antes de que Arturo Beltrán encontrara el final más cruento, el 16 de diciembre del 2009, en el apartamento 201 del Edificio Elbus, en Cuernavaca, Morelos, convertido en amasijo bajo las balas de la Marina, en realidad una lección para él y para quienes quisieran llamarse jefe de jefes nada más porque sí.

Pero antes. Tuvieron que pasar ocho años desde el 2001 para que la policía se diera cuenta que los hermanos Mario y Alberto eran diferentes, por lo menos a la hora de explicar trabajos y riquezas y por eso apresaron a sus padres, el 6 de mayo del 2009, quienes estaban en una casa de seguridad en la colonia Reforma de Cuernavaca, Morelos, junto con otros doce operadores armados hasta los dientes, entre ellos su hijo, Salomón Pineda Villa, quien no se tentó el bolsillo para ofrecer a sus captores, los federales, un millón de dólares si lo dejaban ir. Quién sabe por qué no le hicieron caso y se los llevaron presos, culpables de narcotráfico, aunque eventualmente salieron por falta de pruebas. Había pasado casi una década desde la muerte horrenda de Guadalupe cuando Salomón Pineda Bermúdez estaba en Toluca y alguien le presentaba a El Capitán.

Ya para entonces Alberto y Mario estaban muertos y la recompensa por 15 millones de pesos que la PGR ofrecía por ellos fue cancelada. Pues ya para qué.

 

III

Todo se fue al diablo cuando nadie se dio cuenta en el Estado de México del feminicidio número 78 y los noticieros, el cuatro de mayo del 2016, no hablaron de eso porque había cosas más urgentes que decir. En su lugar esparcieron otro tipo de tristeza, más llevadera y entendible cuando dijeron que el equipo de futbol profesional de Toluca había sido eliminado de la Copa Libertadores por el Sao Paulo brasileño. Con ese fracaso quien también se fue al demonio fue el héroe delirante Saturnino Cardozo, despedido por él mismo en un acto que nada tuvo de heroico pero que desnudó, de mala forma, su extravío deportivo disfrazado de mala suerte. Y mientras eso pasaba también se aprobaba, aunque en la oscuridad del desinterés público, la llamada Ley Eruviel o Ley Atenco, que ponía término de una vez por todas a los derechos humanos en suelo mexiquense. Promotor de esa aberración, el gobernador priista Eruviel Ávila Villegas se desdijo cuando él solo protestó contra su propia iniciativa e hizo que los diputados locales a los que controla de cabo a rabo se inconformaran ante la Suprema Corte de Justicia, después de votarla a favor. El fondo de la Ley Eruviel favorece el saqueo de recursos naturales y de paso pone su cuota de sangre e incompetencia para legitimar el empoderamiento de las fuerzas armadas desde un Estado de Excepción. Esos mismos militares ahora opinan que la siembra de drogas y su consumo no tienen ninguna relación, y que serán cosas relativas a la salud pública. Lo mismo pasó en el 2005, cuando el entonces procurador de Justicia del Estado de México, Alfonso Navarrete Prida, opinaba que los asesinatos de mujeres eran eso, un problema de salud porque las agredidas llegaban primero a los hospitales, todavía vivas, y ahí los reportes médicos describían las lesiones pero no su origen. Para ese entonces el Edomex ya era primer lugar en homicidio de mujeres y Toluca superaba, curada en su salud de mentiras, el aullido espantoso que era Ciudad Juárez.

La Ley Atenco suprime el derecho de los ciudadanos para defender posesiones, ideas y protestas y declara que sólo la policía tiene la facultad de señalar qué o quiénes son criminales. Un Estado militarizado, no la Constitución, tendrá ese poder. Ya lo tiene, pero esta vez será legal, como dicen algunos artículos en la ficción hecha realidad de Eruviel. La pesadilla como lo cotidiano establece que los jefes policiacos decidirán qué está fuera de la ley (Artículo 16), y cuáles reuniones civiles tienen carácter de amenazantes (Artículo 15). Si las cosas fueran más allá, se autoriza el uso de armas (Artículo 19) que irán aumentando su letalidad hasta causar la muerte. En ese caso, sólo un afectado podrá denunciar si cometieron abusos. Pero con la víctima muerta, todo terminará con ella porque nadie más podrá levantar queja y no habrá proceso contra los cuerpos represores. Así será porque así lo quiso el 90 por ciento de los diputados mexiquenses que votaron a favor, legislando y corrigiendo apoyados por manuales militares que agitaban en tribuna cada vez que, juguetones y fulleros, comentaban las redacciones.

Ese poder de reprimir en manos de locos hizo gritar a algunos. “Genocidio”, dijeron las descripciones de la Teoría Crítica del siglo XX, porque “hoy día, ya debería ser claro, el estupor que provoca el fascismo no es su supuesta excepción sino, más bien, la manera en la que se normaliza y naturaliza bajo otras categorías en el presente”.4

En México, la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (FEMOSPP) lo dijo de otra manera cuando investigó la acción del Estado contra movimientos estudiantiles, sociales y guerrilleros en los años 60: “se constata que el Estado mexicano, a los más altos niveles de mando, impidió, criminalizó y combatió a diversos sectores de la población que se organizaron para exigir mayor participación democrática en las decisiones que les afectaban, y de aquellos que quisieron poner coto al autoritarismo, al patrimonialismo, a las estructuras de mediación y a la opresión. El combate que el Estado emprendió en contra de estos grupos nacionales –que se organizaron en los movimientos estudiantiles, y en la insurgencia popular- se salió del marco legal e incurrió en crímenes de lesa humanidad que culminaron en masacres, desapariciones forzadas, tortura sistemática, crímenes de guerra y genocidio –al intentar destruir a este sector de la sociedad al que consideró ideológicamente como su enemigo-”.

Matanza como negocio, dice una descripción más descarnada que le acuñó un nombre a eso de ganar dinero y poder político a partir de la masacre y entonces el término de “necropolítica”, del camerunés Achille Mbembe, estudioso adelantado de Michael Focault, se fue quedando en las descripciones de la minería a cielo abierto, en los campos de cultivo arrasados por el oro y otros minerales de por lo menos Guerrero, Oaxaca y Chiapas, que de un día para otro no sirvieron para nada, ni siquiera para cultivar amapola.

Eso mismo es Lerma, donde el oro es líquido y está debajo de la carretera que el Grupo Higa del empresario Juan Armando Hinojosa construye con paciencia asesina en los bosques del pueblo de Xochicuautla llamándole progreso porque espera una ley que termine de privatizar el agua para apropiarse, también, de las fuentes que nacen en el volcán Xinantécatl.

Eso también es Toluca, una parte nada más, favorita de narcos y políticos para armar reuniones en lugares demasiado públicos, escondrijos eficaces para disimular aunque no sea necesario. Y es que tres de esas citas tuvieron lugar en mayo del 2013, la última el día 28 cuando El Capitán invitó a Salomón Pineda Bermúdez a Plaza Sendero y allí, sin preámbulos porque para qué perder tiempo, los guió –iba también Leonor, la esposa de Salomón- a un restorán donde los esperaban dos hombres. Uno, el de baja estatura, era hijo de Joaquín El Chapo Guzmán y eso lo dejó bien claro porque lo presumía como su cualidad más preciada. El otro era El Cremas, quien después haría carrera en el puerto de Acapulco.

Nadie sabe si al matrimonio lo amenazaron para quedarse pero al final se sentaron nada más para escuchar de El Pony -en realidad se llama José María Chávez Magaña- que estaba muy agradecido con el hijo de la pareja, Mario, El MP, porque por él también había podido conseguir venganza por un hermano muerto.

Pero necesitaba preguntarles unas cuantas cosas.

Que donde estaba el rancho que Mario había comprado o estaba haciendo.

Porque ahí –dijo El Pony sin medirse- porque ahí había enterrados tambos que contenían dinero, en una excavación destinada como piscina que Mario llenaría de agua para cubrir siete millones de dólares.

Y que dónde estaba el auto Chrysler 300, porque tenía joyas, oro y centenarios.

Y es que El Pony quería eso de regreso, aunque no les dijo por lo que verdaderamente iba y esa omisión, porque no eran el sitio ni la hora, abrió un silencio para respirar o dejar de hacerlo.

Esa pausa.

Ésa, que aprovecharon los esposos Pineda para decir que nada sabían, que por qué tendrían que saberlo.

Otra vez el paréntesis, el dilatado sentido del tiempo, esta vez acompañado por la espesura metálica de platos y cucharas, las risas de otras mesas y las confusas pantallas de plasma, el olor a todos los platillos que termina por sabotear el gusto propio. Y encima El Pony soltando a rajatabla que sabía de una casa en el Club de Golf San Carlos, requisada a los Pineda por la PGR y que allí estaba el Chrysler 300.

Todo era verdad. Ahí estaban casa y auto cayéndose a pedazos porque, mejor que otros, ni ese rancio fraccionamiento se salvaba de ser habitado por narcos y ladrones. Y de las joyas y centenarios mejor ni hablar. Los Pineda, de todas formas, se negaron a ir con El Pony a esa residencia y la reunión terminó entonces, tan triste como había comenzado.

Ahora todos se han ido, para pensar lo que ha pasado.

Y viene la parte difícil.

Servir el agua.

Abrir la puerta. Despedirse.

Mirar la foto, la rosa que vive y se pudre.

Este día huele a soldados y muertos por televisión.

La distante tragedia es un azul de cielo donde las nubes se ensanchan y desaparecen en la ventana de los niños. Allí se juega a la muerte con profundo desinterés y se mata sonriendo apelando a la resurrección inmediata, paz de plástico que pactan coléricos los muñecos.

En esta Delhi nueva de barro se agitan las cortinas que nunca termina de secar el sol.

Los muertos aguardan sentados en sus sillas y de sus ropas cuelgan notas de desahucio, facturas de lavanderías y tickets de compras en los supermercados.

El dialer sospecha que lo siguen y camina rumbo al parque con paso de arlequín.

Allí, sentado en una banca reparte dibujos de soles y detrás de él, en el profundo silencio del tráfico al mediodía alguien dispara, canta una canción.

A estas alturas no tiene caso no decir que Salomón Pineda Bermúdez, de 76 años, y María Leonor Villa Ortuño son los padres de María de los Ángeles Pineda Villa, esposa de José Luis Abarca, alcalde de Iguala en el 2014. Y El Pony el máximo líder de La Familia Michoacana en el Estado de México. A la sombra de éste espera turno Johnny Hurtado Olascoaga, El Señor Pez, quien más tarde y ya con su jefe preso y declarando, conducirá con mano firme, de empresario, a su Familia Michoacana hasta las entrañas de un lugar que, decían para ese entonces, era el secreto mejor guardado de la Tierra Caliente y que se llama La Suriana o quizás Campo Morado.

Y así.

 

IV

Es el sur. Es el clima del sur que no perdona, que hace al calor circular en la sangre de alguna manera venenosa y balbuceante, que reafirma o convierte y todo lo transforma. Hoy es el día siguiente, 29 de mayo del 2013, dijeron calendarios y el propio Salomón Pineda Bermúdez, quien esa fecha viajó de mañana hacia Cuernavaca, donde se sabía fuerte, más cerca del poder que quizás pudiera ayudarlos. Eso cree o eso quiere pero una llamada al celular lo saca del arrobo y ha transformado su rostro en algo que nadie reconoce. Y es que la voz de su esposa le dice –nunca se sabrá el tono de su angustia, aunque es mejor creer que era enojo- le dice que El Pony le ha marcado para exigirle cinco millones de pesos –otros dicen que eran dólares- porque esa es la cantidad que el finado Mario le ha quedado a deber a un hermano del Chapo.

Ya no hay pausas. Para qué si el aire de cualquier forma no alcanza. Es El Pony, no cualquiera, quien reclama y lo hace directamente, pues por qué andarse por las ramas. Pero ellos son los Pineda y han aprendido a pelear y aunque no lo parece están acostumbrados a la eventualidad de las tragedias. Leonor Villa ha dado un paso para tratar de arreglar sin sangre las cosas y le ha ofrecido a El Pony una propiedad –un terreno en Toluca, dirá ella después- para saldar esa deuda. No le dijeron que sí pero tampoco se negaron y por lo menos han hecho una cita para definir los términos. Esa debilidad por los espacios comerciales la pacta en un Bingo de Perisur, por la tarde. Leonor Villa Ortuño, de 62 años, acudirá puntual, acompañada de su chofer, Carlos Cerezo Salgado –quien también era su familiar- pero una cosa es ir y otra volver porque a Leonor Pineda y a su empleado los levantaron antes de que llegaran a donde iban.

 

V

Qué habrá en Iguala que la hace tan querida, tan serpiente. Qué será que desde antes, cuando se miraba desde lejos era negra y borrascosa y sin embargo definida en todo, descarnada sin razón para los extraños que pasaban frente a los dos destacamentos militares, el 27 y el 41 batallones de Infantería estacionados para siempre o por lo menos hasta que no haya nada que extraer. Qué será Iguala, embrutecida con sus tiendas de joyas que aparentan prosperidad y sus calles angostas, profundas como trampas que recorren de punta a punta sus entradas y salidas. Lo que uno recuerda de Iguala es a los soldados, abanderando revisiones y detenciones pero también el centro comercial Tamarindos, que para el 2013 ya era “un bonito lugar para hacer compras”.

Pero no lo es. No lo es.

También están los cerros, la bandera gigantesca y sobre todo el Cielo de Iguala, allá, donde van los condenados a muerte.

En esa Iguala abisal vivía María de los Ángeles Pineda Villa, cuya dirección tachonó inútilmente la PGR en sus expedientes porque toda la ciudad la señalaba. En el 2013 María de los Ángeles se enteró de inmediato del secuestro de su madre y por lo pronto decidió esperar y no hacer declaraciones públicas porque las exigencias de El Pony se habían revelado verdaderamente y dejaron de ser cualquier cosa para dar paso a una guerra declarada que ponía a Iguala en el centro de una disputa que no valía cinco millones de pesos sino que significaba el control de la plaza y la clientela de alto octanaje como las mineras cercanas. Eso, y diez millones de dólares como pago por la vida de Leonor Villa era lo que El Pony, en su faceta de negociante, había colocado sobre la mesa más peligrosa.

-Qué onda, cabrón –le dijo en el tono más fresa que encontró uno de los secuestradores de Leonor a Salomón Villa Bermúdez cuando lo llamó a su celular, el 5 de junio del 2013, para saludarlo y recordarle de pasada esos diez millones de dólares y, pues sí, la entrega de la plaza iguatleca.

Ella, la madre de La Dama de Iguala, 5 dijo a la Procuraduría del DF el 12 de junio del 2013 que el 28 de mayo de ese año –es la fecha que avalan las autoridades, también- abordó su auto, un Lincoln plateado, como a las 14:40 en compañía de su chofer, Carlos Cerezo. Iban a la cita con El Pony pero antes de llegar un auto blanco se les cerró. De ese vehículo bajó un sujeto, con una pistola en la mano, apuntándole al chofer

– No hagas nada –le dijo el gatillero a Cerezo.

“Yo iba en el asiento del copiloto y al ver a este sujeto hago bolita mi cuerpo es decir me inclino y me hago a mi lado izquierdo, por lo que este sujeto se sube a la parte trasera del vehículo Lincoln en el cual íbamos circulando, subiéndose al vehículo por la puerta trasera del lado del chofer y una vez que aborda el vehículo este sujeto nos dice que él nos indicaría por dónde nos teníamos que ir, es decir, por dónde teníamos que circular, por lo que me pongo muy nerviosa y me inclino para no ver nada y no pude (ver) por dónde circulábamos pero escuchaba que este sujeto apretaba el teclado de un teléfono como mandando texto, y este sujeto le decía a Carlos Cerezo Salgado “dale por aquí, dale por haya y vas a llegar a una pizzería y de ahí le vas a dar vuelta por el teatro de Chalco y del teatro de Calco ya está cerca el lugar donde tenemos que llegar”, recordaba ella.

Dos horas transcurrieron para que llegaran a una casa donde ya los esperaban con los zaguanes abiertos. Por fin Leonor Villa Ortuño se ha atrevido a levantar la cabeza sólo para ver que cinco pistoleros le apuntan con armas cortas. Uno de ellos le abrió la puerta y, sujetándola de la cabeza, la han empujado hacia abajo. Lo mismo hizo otro con el chofer.

– Camina –le dijeron a ella, que alcanza a ver el piso de mosaico beige imitación mármol y las escaleras por la que subirán para llegar a un cuarto donde alguien le vendará los ojos y la amarrará de pies y manos, ordenándole que se siente. Ese cuarto no tenía muebles y las paredes eran azules, y sólo era una parada intermedia. Había una ventana de cortinas viejas, cubierta por un plástico negro, pero a Leonor Villa la llevarán a otra estancia y caminará despacio porque tiene los pies amarrados. Mientras eso pasa los cinco armados le preguntarán cosas.

Para empezar el número celular de su hija, María de los Ángeles Pineda Villa y de su yermo, José Luis Abarca Velázquez.

– No los tengo –dijo ella.

– Entonces te vamos a cortar un dedo o la mano completa –le respondieron.

De todas maneras tampoco les dio los números de su esposo y el resto de su familia, aunque ellos los obtuvieron arrebatándole el celular. Lo mismo pasó con el chofer. Luego los dejaron acostados en el piso y ella dice que durmió profundamente hasta el otro día, cuando alguien la despertará para darle de comer unos huevos a la mexicana y para preguntarle otra vez, sin mayor éxito. La señora y el chofer han aguantado los interrogatorios sin decir nada, pero al tercer día las cosas cambiarán.

Uno de los secuestradores le ha presentado un texto escrito a mano y le ha ordenado aprendérselo de memoria porque la grabarán y lo pondrán en internet.

– Recuerdo que ese borrador decía: “el gobernador de Guerrero, Ángel Aguirre Rivero, que él le da apoyo a un hombre que está en Acapulco de nombre Víctor Aguirre Garzón, que es su primo, que mi yerno está protegiendo a un hombre que está en Iguala de nombre Mario sin recordar el apellido”- dijo ella parafraseando esos recuerdos a la Procuraduría del Distrito Federal.

También le exigieron que diera su nombre completo, el de su esposo, el de sus hijos.

Luego la grabaron pero esa sesión resultó tormentosa porque no podía aprenderse el texto, así que, como castigo, por la noche la golpearon en costillas y espalda, la molieron a patadas desesperados más ellos porque la memoria no le ayudaba a la señora. Uno le ha colocado un cuchillo en el cuello y le dice que le cortará la cabeza si al otro día no se ha aprendido el texto. Violentos y todo, sus captores también eran comunicativos porque se desahogaron con ella explicándole que José Luis Abarca no quería entregarles Iguala y que los comandantes de la policía municipal de allá hacían lo que querían. Al chofer también le pasó lo mismo.

-El problema era ése –le confesaron casi, y como de todas maneras consiguieron lo que querían, ese video está todavía en las redes sociales.

– ¿Quién mató al MP, Mario Pineda y a El Borrado y por qué? –le pregunta una voz que apenas puede leer las preguntas que le hace a Leonor Villa Ortuño, vestida de anaranjado, sentada y balanceándose

– Arturo Beltrán Leyva, por una traición –responde ella.

– ¿A qué se dedicaba sus hijos, MP y Borrado?

– Eran colaboradores de Arturo Beltrán Leyva y se dedicaban al tráfico de drogas.

– ¿Qué es de usted el presidente municipal de Iguala, José Luis Abarca Velázquez?

– Es mi yerno.

– ¿Con quién está casado el presidente municipal de Iguala y qué es de usted la esposa de él?

– Con María de los Ángeles Pineda Villa y es mi hija.

– ¿Usted conoce al gobernador de Guerrero, Ángel Aguirre Rivero?

– Sí lo conozco porque mis hijos patrocinaron su campaña de diputado a gobernador.

– ¿Qué es el gobernador del líder del Cártel Independiente de Acapulco?

– Es su primo y a mí me consta.

– Diga quiénes son los que secuestran, roban y extorsionan en el estado de Guerrero, y en particular en Iguala…

Los Guerreros Unidos guiados por Mario Casarrubias.

– ¿Con quién están aliados Los Guerreros Unidos?

– Con Víctor Hugo Aguirre Garzón, líder del Cártel Independiente.

– Diga qué relación tienen Los Guerreros Unidos y el presidente de Iguala…

– Los protege  cambio de una cuota mensual de dos millones de pesos […].

– Dígame quién es El Molón

– Salomón Pineda Villa, mi hijo.

– ¿En dónde estuvo preso?

– En la prisión federal de Matamoros.

– ¿Y cuándo salió?

– Hace dos meses.

– ¿Quién dio la orden de patrocinar la campaña del gobernador Ángel Aguirre Rivero?

– Arturo Beltrán Leyva. 6

Después al chofer le preguntaron lo mismo.

Al día siguiente el chofer tendría que aprenderse otro texto, y esta vez los secuestradores no están dispuestos a ninguna concesión. Ella, vendada en el cuarto que le toca, escucha los gritos de su chofer, torturado esta vez en serio.

– […] Y él gritaba pidiendo auxilio y me imagino que estaban haciendo algo en su cuerpo porque decía: ‘¡no, porque yo soy hombre!’. Por lo que en este momento yo estaba vendada de manos ni de pies, ya que me habían quitado todas (las) vendas, incluso la de los ojos para grabar un video ya que así lo querían grabar los secuestradores, sin embargo, cuando yo empiezo a escuchar  los gritos de desesperación de Carlos Cerezo Salgado, pienso que lo van a atar y después a mí me da mucho miedo y observo en la pantalla de las cámaras de seguridad que tenían estos sujetos en el cuarto que estaban saliendo de la casa ya que escucho que dijeron ‘ya lo matamos’ y Carlos Cerezo Salgado antes de esto estaba gritando muy fuerte y los secuestradores pensaron que tal vez alguien lo había escuchado gritar y que podía llegar la policía- dijo ella en su declaración ministerial.

Entonces la mujer, de 62 años y entumida, ha decidido aventarse por la ventana de aquel segundo piso y lo ha logrado porque aquella oquedad no tenía protección. Ha caído sobre un techo de madera podrida que no la detiene pero sí amortigua porque ha tocado tierra sólo contusa. Esos golpes no le impedirán levantarse y salir para tocar las puertas de los vecinos, aunque será un taxista quien la lleve con la policía, a una cuadra de esa casa de seguridad, y que para confirmar el relato la llevará de regreso a su cautiverio de piso rosado. Ahí se da cuenta que su confinamiento tiene muros amarillos y verá, desde la patrulla que la resguarda, los dos pisos que recorrió en caída libre. También le dicen lo que ya sabía, que Carlos Cerezo está muerto y que a ella hay que llevarla a un hospital pero como en Chalco no encuentran uno con Rayos X disponibles entonces la trasladarán a Toluca. Y es allí, en Toluca, donde todo había empezado, que también todo terminará para Leonor Villa –luego se la llevarán al hospital Ángeles en la Ciudad de México- al menos esa parte de su historia porque esa ciudad reserva todavía más historias, más caminos para todos ellos.

Ahora es el 6 de junio del 2013.

Quizás que bajara el sol, que no hiciera tanto o que el viento, de pronto.

Eso. Y que el hambre se quitara.

 

VI

Es Texas, algún lugar, un pueblo sin nombre en Estados Unidos. Y se dice así porque quien cuenta esta historia es un testigo protegido encarcelado allá, a quien la PGR le ha puesto un nombre clave, Mateo, para proteger su vida, aunque ese sea protocolo dudoso cuando hasta la fecha hay un montón de homicidios que acallan a quienes delatan o declaran en casos como éste. Las cifras son confusas por tantas que son, y esto es lo que es: la declaración de un hombre apresado en Texas a quien la averiguación previa de la Procuraduría, PGR/SEIDO/UEIDMS/871/2014, relacionó en la investigación sobre los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa. No es que Mateo tuviera algo que ver directamente, pero conocía a los hermanos Pineda Villa y pudo, por lo menos en parte, escudriñar un poco de ellos, verlos aunque sea sentados a la mesa, convivir con ellos como personas normales.

Nacido en Estados Unidos, Mateo ya estaba trabajando para los Beltrán Leyva en el 2001 y dos años después El Jefe de Jefes lo elegía para su propio séquito. En ese narco-vasallaje Mateo iba y venía entre la Ciudad de México, Morelos y Guerrero, encargado de cuidar las relaciones políticas y de gobierno que el cártel iba forjando. Eso duró hasta que a Beltrán lo cazaron los Marinos para ejecutarlo a las puertas de su departamento, en diciembre del 2009 y entonces Guerrero se perdió para ellos porque, empezando por Acapulco, cayó en manos de sicarios cuyo instinto asesino los traicionó y precipitó al Puerto -y de paso al resto de la entidad- en la enorme fosa a cielo abierto que es ahora.

Pero siempre ha sido lo mismo.

Arturo Beltrán y Mateo llegaron a Cuernavaca en el 2004, desembarcados desde Monterrey para hacerse cargo de la plaza. Allí conocieron a los hermanos Pineda Villa, quienes ya estaban en el negocio de los estupefacientes trabajado para uno de los aliados de los Beltrán, El Mayo Zambada, como encargados de recibir lanchas de cocaína provenientes de Colombia para meterlas a México. Fue por esas fechas que los Pineda se acercaron al Jefe de Jefes para pedir paro por la muerte de Lupe, el hermano querido. Pero eso, solucionado de alguna manera, fue sólo un paréntesis en las actividades de los narcotraficantes. Los hermanos Pineda eran hábiles para lo que hacían, dice Mateo, quien después de cumplir una comisión en Chiapas y Guatemala regresó a Cuernavaca para trabajar con ellos. En realidad, Mateo era una especie de enlace que entregaba a Mario El MP y Alberto El Borrado los mensajes de Arturo Beltrán para ubicar los envíos sudamericanos. Los Pineda metían los datos en una computadora y así encontraban esas coordenadas sin dificultad. Así era la vida de Mateo, oscilando entre los Pineda, Arturo Beltrán y sus encargos y las lanchas de droga que esperaban luz verde para desembarcar en los puertos guerrerenses, sobre todo de noche y en temporada de huracanes. Y esa vida le sentaba bien a Mateo, tanto que para el 2006 ya era amigo de los Pineda y los acompañaba en sus casas de seguridad de Cuernavaca.

Un día, ese año, Mateo se asomó por una de las ventanas de esa casa y vio que alguien entraba por el lado de las canchas de tenis. Alelado, vio que subía las escaleras y entraba al cuarto donde ellos estaban. Su impulso, primitivo pero sincero, recordará para siempre el vestido rojo y los tacones cimbrando aquel suelo con paso perfecto. Mateo tenía la boca abierta y de ahí le salió cualquier cosa porque a quien veía era una mujer “de aproximadamente un metro sesenta de estatura, de unos cuarenta años de edad, tez blanca, de bellas facciones, cara redonda, en ese tiempo cabello largo teñido de rubio, color de ojos café, ceja poblada, nariz recta, boca regular, labios delgados, agrega que era una persona de muy buena figura y muy elegante, de bellas facciones”. 7

-¿Quién es esa buenona? –farfulló sin pensar nada, mientras la miraba entrar exuberante, elegantemente vestida.

– ¡Qué te pasa, cabrón! –le reclamó de inmediato Mario Pineda Villa– ¡es mi hermana!

Aquí va una pausa donde cabe lo que se ha dejado ir, también lo que se ha dicho y no puede ser negado, aunque no sea verdad. Aquí va, pero esa pausa ya no porque El MP ha reaccionado con la velocidad de un pistolero. El MP tenía fama de duro y la suerte o los tamaños le habían alcanzado para sobrevivir a un atentado en la carretera México-Toluca, en el 2004, cuando ametrallaron su auto el 20 de enero a la altura del Kilómetro 42 y no le pasó nada. Todos conocían esa historia y por eso Mateo se quedó frío por algunos segundos, aunque reaccionó bien, rápido. Ofreció disculpas y dijo que ella no parecía de Guerrero.

Diez años después ha olvidado fechas y nombres y puede ayudar bien poco a quienes lo interrogan, pero hay algo que ha quedado para siempre en su vida narca, sobreimpreso en el recuerdo de asesinatos y venganzas porque siempre lo cuenta, aunque no le pregunten: el vestido rojo de María de los Ángeles Pineda Villa, el beso con el que la recibieron sus hermanos y la mano que ella extendió para saludarlo.

Sin habla, Mateo se sentó a la mesa con los hermanos para discutir -si es que eso cabía para él en esos momentos- la llegada de las lanchas y la droga, que esa vez eran cinco toneladas de cocaína. No se preocupó demasiado porque los arribos eran bastante comunes y era una cuestión de rutina que se resolvía con el personal que estaba en Zihuatanejo, esperando salir a alta mar. Mateo tampoco olvida que María de los Ángeles permaneció todo el tiempo con ellos y supo de ese embarque sin inmutarse. Esperó paciente a que terminaran y, una vez despachados los negocios, tomó el control de aquella mesa para decir, primero, que estaba bien, que habían rentado muchos locales y que tenía muchas joyerías. Ella demostraba su dicho llevándoles algunos regalos que sacó ahí mismo y que eran esclavas de oro para todos los familiares. Tres horas después, agotado el oro y el cotilleo, María de los Ángeles se levantó para irse. Otra vez Mateo observó el vestido rojo desplazarse hasta el auto que la había llevado, un Bora de color claro con la cajuela abierta, donde alguien había colocado cajas para huevo, de cartón, repletas de dólares. En total había cinco.

– Hermanita, ahí está el dinero para lo que tú ya sabes. Compra lo que tú ya sabes, nos vemos, hermanita –le dijeron los Pineda en la despedida.

La mujer de rojo abordó el Bora y a Mateo no lo quedó más remedio que ponerse a trabajar, para que los embarques salieran bien. En realidad así fue y tres días después cinco toneladas de cocaína ya estaban rumbo a la Ciudad de México, donde Salomón Pineda Villa las vendería sin dificultades al mayoreo.

Mateo siguió frecuentando a los Pineda pero la dama distinguida no volvió a aparecer sino hasta diciembre del 2006, otra vez enjoyada, exhalando el encanto del oro y la ropa de marca. Otra vez se sentó con ellos y escuchó planes y operaciones para después, muy quitada de la pena, anunciar a sus hermanos que habían comprado propiedades y como ellos prestaban dinero, también había logrado el embargo de otras. Estaba feliz con sus joyerías y su centro comercial que por aquel entonces comenzaba a tomar forma y que no era otro sino el Tamarindos gigante que todavía conserva y que le permite a su familia obtener dinero de la renta de locales. Dijo que acababa de comprar una casa en El Pedregal de la Ciudad de México y que, bueno, mejor no le podía ir. Y los hermanos, que hacen negocios con ella pero que también la quieren, le han preparado una sorpresa porque en el patio espera una camioneta BMW X5 color marrón en la que ya pusieron otras cinco cajas de huevo repletas de dólares.

– Hermanita, es tu regalo de Navidad, ahí está el dinero para lo que tú tienes que hacer, salúdame a mamá- le dijo El MP a María de los Ángeles, quien se mostraba sorprendida por ese obsequio, aunque esa emoción le alcanzará para preguntar si la camioneta está blindada.

– Sí –le ha dicho el hermano antes de que ella se vaya feliz, feliz, feliz adonde tiene que irse, dejando atrás esa casa de seguridad que más bien es un refugio para el descanso porque entonces para qué las canchas de tenis, las de squash y los portones eléctricos, el jardín con árboles frutales, la alberca a la que los Pineda no le prestan atención y debe ser limpiada porque se le han acumulado residuos, el garaje donde aparcan cinco autos, repletos de cajas de cartón para huevo y, en fin, el estilo arquitectónico mexicano del segundo piso pintado de blanco y que colinda con otra casa, propiedad de los Beltrán Leyva.

Para qué tanta necedad, tanto esfuerzo sobrehumano.

 

VII

Llegará el día en que a Arturo Beltrán lo venadeen como él lo hizo con sus enemigos y el control de la plaza de Guerrero se desmorone en manos de inexpertos, simples sicarios, dijeron luego los propios asesinos de los Beltrán, sin los contactos de alto nivel que en su momento tuvo el cártel del Jefe de Jefes. Llegará el momento en que la normal de Ayotzinapa reventará a México cuando sus 43 normalistas levantados y sus tres alumnos asesinados más los civiles estúpidamente ejecutados, reflejen por fin el genocidio y se descubra que nada es lo que parece. Pero tendrán que pasar los años macerados en matanzas para esbozar una verdad que, siempre a medias, está ahí, en las narices de todos.

El 2007 fue temporada de huracanes y eso significaba para el cártel de los Beltrán que podían operar lanchas y submarinos sin dejar estelas y llamar la atención. Para abril la operación marítima para introducir droga colombiana a México se reanudaba. La historia era otra por tierra o por avión, pues esa parte del contrabando siempre estaba funcionando para que el abasto nunca se detuviera. Los Beltrán habían logrado establecer una red de transporte desde Sudamérica y Centroamérica y en México tenían compradores mayoristas que a su vez desparramaban esa mercancía en el país o en Estados Unidos.

Entonces era abril y María de los Ángeles Pineda reaparecerá fugaz en la vida de Mateo, otra vez sentado a la mesa de los Pineda, revisando coordenadas y horarios. Otra vez la elegancia en movimiento, el beso entre ella y El MP y la mano extendida para Mateo. Esta vez la hermana lleva un chofer, El Micky, para lo que se ofreciera. Aquella mesa mantenía contacto directo con El Borrado, quien coordinaba desde Zihuatanejo los desembarcos. Les dijo que estaban listas las armas, los transportes, las comidas, la gasolina y los pilotos. Las armas eran para evitar robos, no para pelear porque todo estaba arreglado con el gobierno. Entonces, todo resuelto y bajo control, María de los Ángeles ya se va porque también han terminado de cargar las cajas con dólares que siempre se lleva, aunque esta vez son tantas que el auto se asienta, imposibilitado para resistir el peso adecuadamente. No le hace, dicen.

Mateo recuerda más o menos los días festivos de aquellos fuera de la ley, sobre todo uno que los reunió en un gimnasio de Cuernavaca por Navidad, y al que acudieron los hermanos con sus familias completas, lo mismo que Arturo Beltrán. Allí, María de los Ángeles les recordó a todos la compra de la casa de El Pedregal porque las bienes raíces eran una de las ramificaciones preferidas por los Pineda. El Borrado, incluso, alguna vez le platicó a Mateo que había comprado propiedades en Tres Palos, en la región de La Laguna, al norte de México, y que después de arreglar los papeles, María de los Ángeles se encargaba de comercializar. El negocio era simple. Los Pineda levantaban y después compraban –por decirlo de alguna manera- las tierras de los secuestrados a precios de risa. Ese fue el origen de sus inversiones inmobiliarias, de la que salió una empresa que la delicada María de los Ángeles administraría para ellos.

Mateo vio a la hermana de los Pineda por última vez en el 2008, en otra fiesta de narcotraficantes, y recuerda que Arturo Beltrán bailó algunas piezas con ella. Esos fueron los años felices o los meses maravillosos que no duraron mucho. Luego vino el 2009, ése sí, el año de los huracanes que azotaron a los Pineda arrebatándoles a ellos la vida y después al Jefe de Jefes, a quien no pudo salvarlo nadie, ni siquiera él mismo. María de los Ángeles se sobrepuso y siguió pero esta vez incorporó a su desasosiego un factor, el político, que al principio le funcionó a ella y a su esposo, José Luis Abarca, y les alcanzó para tomar Iguala y quedarse con ella. El plan era conseguir Guerrero y gobernarlo pero Ayotzinapa y la masacre minera se les atravesaron en ese camino que seguían y que casi nadie había advertido antes del 26 de septiembre del 2014. El cártel de los Beltrán se dispersó y uno de sus núcleos se transformó en Los Guerreros Unidos, a los que dieron forma los sobrevivientes de aquellas catástrofes, junto con los hermanos Casarrubias.

La ruta entre Iguala y Toluca es más corta de lo que parece y esas tres horas por carretera, que siempre sabotearon los pedidos urgentes de tacos de canasta, atraviesan un paisaje sembrado de tumbas y muertos: el Pozo Meléndez, las innombrables minas de Taxco repletas de cadáveres, las rutas extremas de Pilcaya y los ríos subterráneos y cavernosos de Chontalcoatlán y la miserable prisión municipal de Tenancingo, donde languidecen 200 presos en un espacio para 140, casi todos pobres miserables y por lo menos la mitad inocentes. Y por último Toluca y Metepec con sus galerías imposibles a las cinco de la tarde o el volcán silencioso que también sirve como público sepulcro.

Y Acapulco, donde el 10 de mayo del 2016 policías de la gendarmería regalaron rosas a las madres, rosas y balas en la ciudad más peligrosa del mundo.

Abiertos los ojos alguien se desdice.

Así que esto es la muerte.

 

 

Pies de página

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1 Este reportaje pudo realizarse por las aportaciones de Francisco Cruz Jiménez y Félix Santana Ángeles, quienes llevan, por partes iguales, el crédito de la autoría.

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2 Averiguación Previa FAS/T3/668/13-05. México D.F., 6 de junio de 2013. Subprocuraduría de Averiguaciones Previas Centrales. Fiscalía Especial de Investigación para la Atención del Delito de Secuestro, denominada “Fuerza Antisecuestro”. Dirección “Fuerza Antisecuestro de la Policía de Investigación. Integrada en la Averiguación Previa de la Procuraduría General de la República PGR/SEIDO/UEIDMS/871/2014.

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3 “Beltrán Leyva: La muerte acabó con el imperio”. Diario electrónico Nuestra Mirada. Nota sin firma de la Red Social de Periodistas Iberoamericanos. Consultada el 8 de mayo del 2016. http://www.nuestramirada.org/photo/albums/beltran-leyva-la-muerte-acabo

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4 “Necropolítica. La política como trabajo de muerte”, seis de octubre del 2013. Revista Ábaco, segunda época, Volumen 4, número 78. Helena Chávez Mac Gregor, becaria del Programa de Becas Posdoctorales en la UNAM, Instituto de Investigaciones Estéticas Universidad Nacional Autónoma de México.

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5 Indagatoria No.:FAS//4/00668/13-05. Fiscalía Especial en Investigación para Secuestros. Agencia Investigadora del MP.: A. Unidad de Investigación No.: Unidad 3. Primer Turno. Doce de Junio del 2013.

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6 Video en la red de Youtube www.youtube.com/watch?v=4A8FsR3mAd8 consultado el 8 de mayo del 2016.

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7 Procuraduría General de la República. Subprocuraduría Jurídica y de Asuntos Internacionales. Coordinación de Asuntos Internacionales y Agregadurías, 11 de diciembre del 2014. Comparecencia de persona. Oficio DAJI/12677/14, del 9 de diciembre del 2014.

 

 

El Camperra

 

* A Raúl Núñez Salgado le decían El Camperra y a él le gustaba que lo hicieran. Dueño de la carnicería El Chambarete desde 1997, se hizo amigo de los jefes de Guerreros Unidos y pasó de simple mandadero a operar como una especie de tesorero que repartía pagos en la región, respaldado por todos los Casarrubias.

 

Miguel Alvarado 1

Toluca, México; 12 de julio del 2016. A Raúl Núñez Salgado halcones y sicarios de los Guerreros Unidos en Iguala respetaban porque pagaba sus escuálidas nóminas, y le tenían más miedo porque tenía grabada una “R” en uno de sus dientes y una mujer tatuada en el hombro izquierdo, junto con la leyenda Kiko, que por su amistad con Mario Casarrubias, El Sapo Guapo, uno de los capos de aquel cártel en el 2014.

A Núñez Salgado le decían El Camperra y a él le gustaba que lo hicieran. Dueño de la carnicería El Chambarete desde 1997, se hizo amigo de los jefes de Guerreros Unidos y pasó de simple mandadero a operar como una especie de tesorero que repartía pagos en la región, respaldado por todos los Casarrubias. Los marinos lo atraparon en Acapulco, donde se hospedaba en el hotel Nilo y pasaba el tiempo apostando en un casino Play City, mientras trataba de vender 299 dosis de cocaína, el 14 de octubre del 2014, poco después del levantamiento de los 43 estudiantes de Ayotzinapa.

Los  marinos tuvieron que pelear cuerpo a cuerpo con él para someterlo. Si lo que dicen ellos es verdad, Núñez perdió la razón y, ya dominado, se golpeaba él solo contra el metal del vehículo en el que lo llevaban, amenazando a los marinos con denunciarlos ante Derechos Humanos. De que eso haya pasado sólo se tiene la palabra de los involucrados, pero también el examen médico de El Camperra, asentado en la declaración ministerial del inculpado, el 16 de octubre del 2014 ante la Unidad Especializada en Investigación de Delitos en Materia de Secuestro, de la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada de la Procuraduría General de la República, integrada a la averiguación previa A.P.: PGR/SEIDO/UEIDMS/2014, que investiga la desaparición forzada de la normal Raúl Isidro Burgos.

El examen médico era parco pero elocuente. Ojos rojos, ojos morados, al igual que los párpados y atrás de las orejas. Antebrazos, hombro izquierdo y manos magulladas, así como pectorales y región infraescapular. También moretones en la región renal izquierda. Esos fueron los resultados que ese examen arrojó de quien se encargara de pagar por un tiempo las nóminas sangrientas de los Guerreros Unidos, metido para eso en el Hotel del Andariego, un hostal ubicado justo a las espaldas del Camino del Andariego, donde el normalista de Ayotzinapa Julio César Mondragón Fontes fue hallado por soldados la madrugada del 27 de septiembre del 2014, torturado, desollado y muerto.

El Camperra sabía también cómo estaban repartidas las plazas de esa zona y dijo que Gildardo López Astudillo, El Gil, se encargaba de Iguala; que a El May, un sicario que trabajó Iguala, le confiaron luego la plaza de Teloloapan; a José Luis Ramírez, El Churros, le tocaba Buenavista hasta que desertó y Taxco era controlado por El Cholo, quien después entregó ese mando a El Charal.

Si El Walter no hubiera tenido problemas con El Mochomo, José Ángel Casarrubias, todavía seguiría como jefe de Tepecoacuilco y Huitzuco, pero no fue así y El Cholo se convirtió en el dueño de aquellos lugares. El Cholo no es sino uno de los hermanos de la banda de sicarios, narcomenudistas y distribuidores de Los Peques, que operan en Iguala desde los tiempos de los Beltrán Leyva y que venden su conocimiento al mejor postor. Alejandro Palacios Benítez es a quien versiones periodísticas atribuyen también el apodo de El Patrón, y que policías de Huitzuco que se llevaron a estudiantes de Ayotzinapa enfrente del Palacio de Justica de Iguala, mencionaron como el autor de las órdenes de esas desapariciones.

Raúl Núñez dijo después, en una ampliación de su declaración 2, el 17 de octubre del 2014, que el 26 de septiembre, a las siete de la noche estaba comiendo en un local enfrente de la terminal de Iguala. Conocía a la dueña, a quien identificó como la señora Paguis. Ese lugar le sirvió de observatorio porque desde ahí pudo ver que un camión daba vuelta en Periférico para entrar a la calle de Galeana. Avanzó hasta detenerse frente a la terminal y cuando lo hizo descendieron quienes El Camperra describe como “[…] encapuchados, otros sin playera y otros paliacates en el rostro y observé que la gente que se encontraba adentro de la Central empezó a correr y observé que las personas que descendieron del autobús comenzaron a romper los vidrios de las instalaciones de la Central Camionera y atrás de ellos venían tres autobuses no recuerdo la línea pero por las ventanas se observaba que iban a bordo los estudiantes de Ayotzinapan, los cuales se fueron por la calle Galeana hacia el centro de Iguala, por lo que ya no observé hacia dónde se dirigieron y pasaron aproximadamente 8 minutos y se escucharon detonaciones de armas de fuego, por lo que me retiré del lugar […]”.

La versión de El Camperra ubica entonces cuatro camiones llegando a la terminal de Iguala y a ningún policía municipal rondando las cercanías. El relato sobre el arribo de los normalistas a esa ciudad no concuerda con ningún otro, ni tampoco con las imágenes de las cámaras de la Central, liberadas por la PGR y trasmitidas por televisión abierta, que muestran dos camiones de normalistas y a ellos bajando en tropel pero sin causar destrozos. Raúl Núñez Salgado también dijo que los Guerreros Unidos se reunían a veces con el alcalde José Luis Abarca, quien les pedía ayuda para resolver algunos problemas, como una invasión de tianguistas al zócalo de la ciudad, a principios de septiembre del 2014. En la oficina de la presidencia del ayuntamiento, Abarca les diría a Gildardo López Astudillo, El Gil, a José Luis Ramírez, El Churros y a El Camperra, que le echaran la mano para quitárselos de encima.

 

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1 Este reportaje fue realizado gracias a la participación directa de Francisco Cruz Jiménez y Félix Santana Ángeles, quienes llevan, por partes iguales, la firma de autores.

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2 Ampliación de declaración ministerial del inculpado Raúl Núñez Salgado, alias “El Camperra”. Averiguación Previa A.P.: PGR/SEIDO/UEIDMS/816/2014.

 

 

El turno de los soldados

 

* Este relato es una parte de la historia que el asesinato de Julio César Mondragón Fontes, normalista de Ayotzinapa, en Iguala, desató después del 27 de septiembre del 2014. Su teléfono celular, robado esa madrugada, arrojó una actividad posterior a esa muerte de 30 contactos, hasta el 4 de abril del 2015, que arrojan las coordenadas del Campo Militar 1A en la ciudad de México, en Lomas de Sotelo. ¿Quiénes marcaron a un equipo celular que pertenece a un asesinado? ¿Por qué al menos cuatro de ellas se ubican en ese campo y por qué otras tantas dejan coordenadas en las inmediaciones del Cisen? La trama, investigada y escrita por los reporteros Francisco Cruz, Félix Santana y Miguel Ángel Alvarado, y narrada completa en el libro La Guerra que nos Ocultan, revela una de las mayores conspiraciones de violencia y genocidio en México.

 

Francisco Cruz/ Félix Santana/ Miguel Ángel Alvarado

Toluca, México; 8 de agosto del 2016. Hace dos años, el 26 de septiembre del 2014, estudiantes de la normal rural Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, Guerrero, fueron levantados y desaparecieron en Iguala, sin que nadie pudiera explicarlo. Eran 43. Además, tres de sus compañeros murieron esa noche, cuando intentaban salir de esa ciudad junto con el resto de sus compañeros, asesinados por policías. Otras tres personas fueron victimadas porque se encontraban en el lugar incorrecto, en el momento más inoportuno.

Uno de esos tres normalistas asesinados era Julio César Mondragón Fontes, nacido en Tenancingo, Estado de México, un incipiente líder estudiantil que se preparaba para presidir, en un futuro cercano, la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México (FECSM), la cual aglutina a casi 6 mil 600 estudiantes de las 16 normales rurales en funciones del país. Junto con su familia, se había trazado un plan de estudios y disciplina escolar para conseguirlo. Julio César Mondragón quería hacer historia en Ayotzinapa pero también cambiar cosas, empezando por las propias normales rurales.

Su asesinato cortó esos sueños de tajo y al mismo tiempo la familia Mondragón Mendoza fue arrojada a un abismo de crueldad, trámites burocráticos e ineficacia policiaca que empantanó el caso de Julio César mostrándoles, en carne propia, que en México se desarrolla una guerra que el gobierno ha ocultado por años.

A los 43 normalistas la PGR “los mató” desde la investigación que realizó, ubicándolos incinerados por sicarios en el basurero municipal de Cocula, Guerrero, la madrugada del 27 de septiembre y con eso pretendió cerrar el caso más relevante sobre violencia y desapariciones forzadas en la historia de México.

El homicidio de Julio César, torturado y desollado antes de morir, merecía una investigación aparte que dos años después no ha llegado a ningún lado. A Julio César la PGR lo olvidó a propósito, pero también el resto de los involucrados, por diferentes razones, hicieron lo mismo.

Eso, para empezar, aunque Julio César Mondragón siempre fue, desde el principio, la clave para responder algunas interrogantes, las más importantes, sobre lo sucedido en Iguala y la responsabilidad de los militares que esa noche patrullaron, “sin meter las manos”, la ciudad acribillada.

Eso, y el robo del teléfono del normalista, esa misma noche.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos ha dicho, en su informe sobre la muerte de Julio César, que el estudiante había filmado con su teléfono celular las balaceras de la noche del 26 de septiembre del 2014, y que costaron la vida de dos de sus compañeros, en la esquina de la Juan N. Álvarez y Periférico Norte, en la ciudad de Iguala, Guerrero. Ese teléfono celular fue robado después de que Julio César fuera asesinado en el Camino del Andariego, en la Ciudad Industrial de aquella zona.

Por otro lado, el informe final de los expertos del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes recogió una lista de los normalistas que fueron a Iguala esa jornada y que llevaban teléfonos celulares. A Julio César Mondragón Fontes no lo incluyeron en ella y dieron por sentado que el chico no llevaba aparato telefónico.

Eso significa que la CNDH, sabiendo que Julio César llevaba un teléfono, no compartió esa información con el GIEI, a quien se le ocultaron esos datos. Porque el GIEI tenía la sábana de llamadas del teléfono de Julio César, pero no sabía que pertenecía a él, pues el normalista lo había comprado recientemente, entre el 24 y 25 de septiembre del 2014, a otro estudiante, José Luis González Parral, Charra o Flaquito, y con él había reiniciado comunicación con Marisa Mendoza, su esposa.

Esas conversaciones, que abarcan los días 24, 25 y 26 de septiembre, reconstruyen en tiempo real los sucesos de Iguala desde la versión de un normalista asesinado, pues Julio César narró como pudo, bajo una lluvia de balas, a su horrorizada esposa, el paso de los estudiantes por el centro de Iguala, minuto a minuto. Las coordenadas que esa conversación arrojaron lo ubican moviéndose en la ciudad, mapeándose él mismo con precisión inapelable.

Sin embargo, ese celular de Julio César, que antes perteneció a Charra, apenas iniciaba sus registros telefónicos con la muerte del estudiante, porque la sábana de Telcel que esa compañía entregó a la PGR para su investigación, el 31 de agosto del 2015, contenía 30 actividades, la última de las cuales estaba fechada el 4 de abril del 2015.

Los expertos del GIEI, creyendo que el teléfono lo usaba Charra, obtuvieron la misma sábana telefónica, pero con una diferencia fundamental: que la fecha de corte para los registros correspondía al 30 de septiembre del 2014, cuando ese equipo, un LGL9 se conectó a internet.

El GIEI, entonces, ignoró siempre que las actividades de ese teléfono continuaron y que pertenecía a Julio, no a Charra.

Que la CNDH supiera, quién sabe cómo, que Julio César Mondragón tenía un teléfono celular y que había filmado escenas de esa noche y que no lo reportara a los expertos del GIEI, se convierte en una de las omisiones más graves. La PGR está en posesión de la sábana de llamadas con actividad hasta el 4 de abril del 2015, pero por algún motivo no reportó completos los hallazgos en ese equipo, después del 30 de septiembre del 2014, a los expertos del GIEI.

El número telefónico que Julio César Mondragón Fontes portaba el 26 de septiembre del 2014 era el 7471493586. Recordemos: era suyo porque lo había comprado a José Luis González Parral, quien aparece como titular de la línea en el documento que Telcel-Dipsa entregó a la PGR, en una Contestación de Oficio integrada en la Averiguación Previa AP-PGR-SEIDO-UEIDMS-01-2015*26-08-205, de la Unidad Especializada en Investigación de Delitos en Materia de Secuestro OF-SEIDO-UEIDMS-FE-D-11284-2015.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos ha sido cuestionada cada vez que que aborda un caso de la naturaleza del asesinato del normalista de Ayotzinapa, Julio César Mondragón Fontes, torturado, desollado y asesinado la madrugada del 27 de septiembre del 2014 en el Camino del Andariego, en la Ciudad Industrial de Iguala, Guerrero. Este es un crimen que puede clasificarse como de lesa humanidad y permitiría la participación de organizaciones internacionales para investigar legalmente. La CNDH atribuye ese desollamiento, la pérdida de la piel del rostro del normalista, a la acción de la fauna nociva del lugar, perros y ratas. Con el caso de Julio César Mondragón, la Comisión Nacional de Derechos Humanos cometió errores y omisiones que la propia instancia enumeró en su Comunicado de Prensa  CGCP/195/16.

El primero punto de ese comunicado sostiene que “La CNDH aclara técnica y científicamente las contradicciones y resuelve las controversias sobre las causas de la muerte del normalista Julio César Mondragón Fontes y de la ausencia de piel en su rostro y cuello. Sus peritos se reúnen con los equipos periciales del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) y de la Procuraduría General de la República (PGR)”.

Sin embargo, la CNDH no acreditó ningún perito para participar en la segunda necropsia de Julio César y no pudo hacer ni una sola prueba directa sobre los restos del normalista. La información que tiene es insuficiente porque quienes practicaron esos exámenes fueron los forenses argentinos y los peritos de la PGR. Los investigadores de la CNDH solamente se reunieron con ellos, como apuntan muy bien ellos mismos: “Sus peritos se reúnen con los equipos periciales del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) y de la Procuraduría General de la República (PGR)”.

Entonces, los peritos de la CNDH sólo observaron. Sólo por eso es imposible para la Comisión sostener su propia aseveración: “La dictaminación de la CNDH aborda aspectos fundamentales que no fueron considerados en las peritaciones oficiales, ni en las del EAAF y del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI)”.

De todas maneras, el reporte de la Comisión concuerda con los expertos forenses argentinos sobre la causa de la muerte de Julio César: traumatismo cráneo-encefálico y no por disparo de arma de fuego en la cabeza, como lo sugería el perito del GIEI, Francisco Etxeberria, quien señaló en su momento que “en ausencia de las partes blandas faciales y teniendo en cuenta la existencia de múltiples fracturas craneales, no se puede descartar que el agente contundente al que se atribuye la muerte sea incluso un impacto de proyectil de arma de fuego, ya que dicho trauma o traumas revisten una importante energía para haber generado fracturas irradiadas a la base del cráneo. […] Recordamos en este punto que en el cuero cabelludo conservado no se describen heridas contusas y por ello no cabe considerar que se hubieran producido golpes o traumatismos en la bóveda craneal que justifiquen el nivel de las fracturas existentes. […] Es posible que dichas fracturas se hubieran producido por el tránsito de un proyectil en la estructura ósea de la cara y base del cráneo sin lesionar el cráneo de forma directa”.

Esas balas, apuntaba el especialista, podrían ser de un rifle G3 alemán Heckler and Koch.

Lo que la CNDH no dijo fue que la segunda necropsia se hizo para, entre otras cosas, descartar la teoría de las balas del G3.

El cuarto punto de la CNDH concluye que “Julio César Mondragón Fontes fue torturado y asesinado brutalmente. Le ocasionaron 64 fracturas en 40 huesos de cráneo, cara, tórax y columna vertebral. 13 de los 14 huesos de su cara fueron fracturados. Le causaron diversas contusiones profundas en tórax y abdomen. Pese a todo, realizó maniobras de defensa”. Estas aseveraciones las refuerza con el sexto punto, donde indica que al menos fueron 11 los participantes en la muerte del normalista, incluido Víctor Hugo Benítez Palacios, uno de los miembros de Los Peques, dueños en Iguala del autolavado Los Peques y fundadores del cártel del mismo nombre, que hasta hoy controla en esa región la distribución y venta de droga. Sin tener pruebas concluyentes, la CNDH ubica a esos 11 como miembros del cártel del narcotráfico Guerreros Unidos.

Pero regresemos al quinto punto que la CNDH propone como parte de sus conclusiones, porque es uno de los más endebles, elaborado desde la sujeción que esa instancia demuestra tener cuando se trata de temas donde están involucrados militares y policías federales. La CNDH dice que “La causa de la ausencia de piel en el rostro y en el cuello de Julio César Mondragón Fontes fue la intrusión de fauna depredadora. No hubo acción humana. Su cadáver estuvo expuesto a la fauna nociva por casi 7 horas después de su muerte. […] En el caso particular, no existe ningún indicio médico forense, en el resto del cuello ni de la cara que indique un desprendimiento intencional de la piel. […] En consecuencia, para la CNDH, las lesiones de cara y cuello, incluidas de las tres pequeñas zonas en cuestión, fueron producidas por la intrusión de la fauna depredadora, de las investigaciones realizadas no derivan elementos que sustenten conclusión diversa”, informaba a la prensa José Trinidad Larrieta, de la Oficina Especial de la CNDH sobre el caso Iguala, el 11 de julio del 2016

La CNDH es desafiante. Sí, pero de cualquier lógica médica cuando afirma que el rostro fue comido por animales y que una de las pruebas que la llevan a dictaminar así es que las ropas del normalista no están manchadas de sangre. Y desglosa, sin ningún problema ético, una serie de acontecimientos que, según ellos, explicará parte de la muerte de Julio César.

Un video, una recreación interactiva apoya las palabras de José Trinidad Larrieta. Ese video contiene algunas fotos tomadas del cuerpo tirado de Julio en la terracería del Camino del Andariego, una locación ubicada en la Zona Industrial de Iguala, atrás de las oficinas regionales del SAT y del Hotel del Andariego, que da nombre a ese paraje. Ese Camino está a no más de cuatro minutos caminando de las instalaciones del C4 iguatleco, que esa noche y madrugada tenía allí dos cámaras de video asignadas, denominadas “C4”, y que nunca funcionaron.

El día que la Comisión Nacional de Derechos Humanos presentó su reporte final, no mostró todo el material fotográfico disponible y apenas se conformó con hacer paneos a las fotos menos explícitas, que resultaron tomas demasiado alejadas del cuerpo y el rostro.

La serie completa de fotografías que muestran la masacre perpetrada en el cuerpo del normalista Julio César Mondragón Fontes fueron conseguidas por Sayuri Herrera, abogada de la familia Mondragón Mendoza, y estaban en poder del perito Vicente Díaz de la Fiscalía de Guerrero, quien la mañana del 27 de septiembre del 2014 fue comisionado para retratar los restos de Julio. Guardadas en el escritorio del perito, en una USB, hasta que una orden judicial las liberara, esa serie de fotos muestra una realidad que la Comisión Nacional de Derechos Humanos conoce y omitió, o peor, pasó por alto en su investigación.

Las fotos son 13, en poder del Semanario Nuestro Tiempo y de quienes esto escriben, y sólo tres de ellas muestran tomas generales del lugar donde fue hallado Julio César. Las otras 10 son acercamientos, de los cuales tres corresponden al cuerpo entero del normalista, vestido aún, tirado en esa terracería.

Dos más registran heridas del cuerpo.

Otras dos, heridas en un brazo y una pierna.

Y otras tres son primeros planos al rostro desollado del normalista.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos no mostró al público esa totalidad, mucho menos las últimas tres fotos del rostro sin piel y prefirió una animación que no ofrece una idea, ni siquiera lejana, de la muerte que sufrió el estudiante.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos se aprovechó de la opinión pública mexicana e internacional interesada que ignoraba, hasta ahora, la existencia de esa evidencia fotográfica. La CNDH manipuló esa ausencia informativa y por eso dijo lo que quiso, como quiso y le convino porque sabía que no había nadie en el país que pudiera contradecirla. El equipo argentino de forenses, lejos, en su patria, poco pudo declarar, a excepción de su propio comunicado. El GIEI, terminado su trabajo en México, no se involucraría más allá de lo que ya ha investigado.

Sin decir que ese material existe, la CNDH se justificó desde el principio para no mostrar ni mencionar el resto de las fotos. También aprovechó para, de pasada, reavivar el rumor de que Julio César habría sido parte de una célula narcotraficante: “La CNDH estima que la exposición en medios electrónicos de comunicación masiva de una fotografía del cadáver de Julio César Mondragón Fontes representó para su familia un acto revictimizante, agravado por el hecho de que también se difundió en medios de comunicación la interpretación del supuesto desollamiento como un mensaje entre cárteles de la droga, lo que haría suponer el involucramiento de Julio César en actividades criminales […] No indica que haya sido un desprendimiento intencional de la piel […] fue por intrusión de fauna predadora, no hubo acción humana […]”, dijo Larrieta.

Pero la Comisión Nacional de Derechos Humanos no contaba que otros frentes informativos serían abiertos para conocer la historia del normalista Julio César Mondragón. La CNDH se ha prestado para que los gobiernos de todos los niveles se exculpen, al final de las investigaciones, de las responsabilidades que en algunos casos la propia CNDH les ha imputado, como sucedió con los militares participantes en la masacre de Tlatlaya, Estado de México, el 30 de junio del 2014, matanza por la que finalmente ninguno de ellos está preso o sigue proceso alguno. Carlos Fazio, experto en temas de exterminio y genocidio, señaló el 19 de julio del 2016 en un artículo, “Tlatalya, impunidad militar”, en el diario La Jornada, que “la falta de verdad y justicia que prevalece en éste y otros casos ha hecho que en vez de que las fuerzas armadas se vean obligadas a una rendición de cuentas a cargo de civiles, se haya desatado un ataque no sólo contra las víctimas sobrevivientes en Tlatlaya y sus representantes, sino incluso contra la propia CNDH, a la que se ha presionado para que se retracte de su informe y declare inocentes a los militares que intervinieron en la matanza”.

Pero las fotos.

En ellas, donde el perito de Iguala Vicente Díaz muestra acercamientos al rostro y cuello de Julio César Mondragón, se aprecia lo siguiente:

Un corte en forma de gota, en el pecho del normalista, de bordes nítidos y dirección controlada, realizado con un objeto punzocortante con las características de un bisturí. Quien hizo ese corte demuestra que tiene entrenamiento previo.

Ese corte, según cirujanos plásticos y dermatólogos, tiene una razón de ser. Y es que es una forma de asegurar que el colgajo del rostro no se rompa o se parta y pueda ser extraído en una sola pieza, con el menor daño posible. Quien diseccionó la piel de Julio César comenzó entonces desde ese corte en forma de gota, con dirección controlada y dejó cortes nítidos.

Los cortes y las lesiones de Julio César fueron interpretados por varios médicos, uno de ellos Ricardo Loewe, especialista en lesiones y muertes por tortura, quien entregó a la familia Mondragón Mendoza un estudio con conclusiones que en esa ruta de saber qué pasó, chocan de frente con las de la CNDH y con los reportes de los periciales de Iguala, firmados el 27 y 28 de septiembre de septiembre del 2014.

El trabajo de Loewe, público desde la fecha de su entrega, en agosto del 2015, dice que “Llama la atención que el agente de la PGJG concluya que el lugar donde fue levantado el cadáver de Julio César Mondragón no correspondiera al sitio de la muerte, a pesar del lago hemático que aparece junto al cadáver, como se puede apreciar en la foto 1. Este lago hemático muestra, además, que las lesiones fueron producidas en vida de la víctima. Es de importancia fundamental señalar la observación del agente de la procuraduría, de que las lesiones en cara y cuello son nítidas y fueron producidas por un agente cortante, lo que se confirma por las imágenes fotográficas N° 2.

”Este mismo documento reporta el hallazgo de equimosis (moretones) en ambos costados y el hipocondrio, que se corresponden con las imágenes fotográficas N° 3 y con el hallazgo necróptico de costillas rotas y de hematomas en el abdomen. Esto indica que la víctima recibió golpes –el informe médico legal reporta que con un objeto plano, ya sea con la empuñadura de un arma, o con una bota– que le produjeron una hemorragia interna. Digamos de paso que el lago hemático en el suelo y los hallazgos de hemorragia interna, así como del corazón “vacío” indican que una causa de la muerte, si no la más importante, fue la hemorragia.

”Vayamos al informe de la autopsia, firmada por el Dr. Carlos Alatorre y fechada el 27 de septiembre de 2014.

”El informe forense dice que el cadáver tenía “pupilas dilatadas…”, mientras que el funcionario de la PGR menciona el desprendimiento total de tejido blando de la cara, con lesiones “corto abulsivas” (sic). La falta de profesionalismo produce manifestaciones grotescas.

”Salta a la vista el punto número 3, en el que se diagnostica que la “herida” (las alteraciones post mortem no reciben el nombre de heridas; son destrucciones de tejidos, mutilaciones) de la cara y cuello fue producida post mortem. En contra de lo reportado por el agente de la PGRG, describe los bordes como “exfacelados (sic) e irregulares” y con marcas de caninos. Agrega en el punto 5 que el pabellón auricular izquierdo tenía signos de haber sido “masticado por fauna del lugar” ¿Cómo se esfacelaron cortes poco antes descritos como bordes nítidos? ¿Cómo establece el patólogo que el globo ocular fue enucleado después de la muerte de la víctima? ¿Cómo estableció el patólogo que la mutilación de cara y cuello fue producida post mortem?”.

Loewe dice lo anterior apoyado en imágenes que el equipo legal de la familia Mondragón Mendoza le hizo llegar. El médico presenta, para comparar, imágenes de cadáveres a los que animales depredadores les han comido la cara y algunas partes del cuerpo. Las diferencias entre éstas y el cuerpo de Julio César son abismales. El estudio, por otro lado, está disponible para quien lo quiera consultar en el sitio https://nuestrotiempotoluca2.wordpress.com/2016/08/07/el-informe-loewe/ del Semanario Nuestro Tiempo.

Loewe concluye que “el estudiante normalista Julio César Mondragón Fontes fue torturado y ejecutado extrajudicialmente. La mutilación de su cara corresponde a la de otras víctimas de terrorismo, supuestamente perpetrado por el “crimen organizado”. Como ya lo expresé públicamente, el cadáver de la víctima, un líder estudiantil incómodo para el sistema, fue utilizado como mensaje para quien ose oponerse a la autoridad. El punto principal de divergencia es si la mutilación fue pre o post mortem; en mi opinión, la respuesta está en el lago hemático. En cuanto al médico perito Alatorre, se hizo cómplice de la tortura al omitir su denuncia”.

Una segunda opinión, la del médico cirujano Ángel Alvarado Gutiérrez, ratifica punto por punto las opiniones de Loewe, sobre todo una de las más importantes, que la muerte de Julio César pudo deberse a la hemorragia presentada.

¿Por qué la CNDH se ha arriesgado a presentar un informe desestructurado desde su inicio?

“La dictaminación pericial de la CNDH, implicó el análisis de las constancias que obran en el expediente; un minucioso estudio metodológico de los peritajes existentes, del acervo fotográfico y de la bibliografía universal especializada en el tema; la inspección del lugar de los hechos; la asistencia, en calidad de visora, a la diligencia de exhumación y segunda necropsia al cadáver de Julio César Mondragón Fontes. La CNDH procuró contar con todos los elementos que le permitieran dilucidar científicamente cada aspecto del fallecimiento de Julio César, señaladamente, los cuestionados y controvertidos”, dijo Larrieta displicentemente.

Para la familia Mondragón Mendoza el problema central no radica en la confrontación con la CNDH, aunque es importante señalar sus errores. La familia de Julio César sabe que la razón fundamental es saber quién o quiénes mataron a su familiar, y por qué, y dejar de lado esa abstracción en la que se ha convertido el reclamo de los padres de los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa y de los chicos muertos esa cruenta jornada.

Porque decir que fue el Estado ya no es suficiente, aunque esta vez puede probarse que ese Estado responsable tiene nombre y apellido y se le puede demandar en instancias nacionales y extranjeras. Por eso la importancia de que asesinato de Julio César Mondragón Fontes sea considerado crimen de lesa humanidad.

Para la CNDH, el normalista Julio César Mondragón quiso escapar de la esquina de Periférico Norte y Juan N. Álvarez, cuando un comando atacó a los estudiantes por segunda vez. Líder estudiantil, participaba en asambleas de movimiento sociales en Guerrero a las que acudía como invitado, representando a su escuela, como las que realizaba ese 2014 el Movimiento Popular Guerrerense, una en Acapulco en la propia escuela normal. Orador impecable en actos públicos, de inmediato fue reconocido por luchadores sociales como Evelia Bahena, una de las pocas opositoras vivas a megaproyectos mineros en Cocula y que detuvo por cuatro años las actividades de las superminera canadiense Media Luna. “Un estudiante así no sería capaz de huir y dejar a sus compañeros en peligro”, dice ella.

Sobre esto último hay diferentes versiones que apuntan a que Julio César habría intentado escapar en el momento de la segunda balacera y en ese correr fue capturado por quienes disparaban. Pero hay otra versión, una que el propio Julio escribió de él mismo, adelantándose a lo que esa anoche podría pasar y que se la contó a su propia esposa, en tiempo real, en esa conversación que sostuvieron el 26 de septiembre del 2014, mientras los estudiantes entraban a Iguala. Julio César se había dado cuenta desde el principio que eran vigilados por las fuerzas de seguridad, por todas ellas. Pero a su esposa le dijo, sin ningún tipo de duda, que no abandonaría a sus compañeros desde que se registraron las primeras balaceras. Esta es una pequeña parte de la conversación por chat que el teléfono de Marisa Mendoza grabó para siempre con su esposo mientras éste atravesaba el centro de Iguala, junto con los tres camiones de los normalistas: Marisa tenía grabado a Julio en sus contactos como “Esposito” y ella respondía como “Marisa Mc” (Mendoza Cahuatzin, son sus apellidos completos):

26 de sep., 9:27 PM – Esposito: estan disparando amor

26 de sep., 9:30 PM – Marisa Mc: El tr ecribio en tu fab

26 de sep., 9:30 PM – Marisa Mc: Fb

26 de sep., 9:27 PM – Esposito: probablemebte pierda la vida

26 de sep., 9:31 PM – Marisa Mc: Amor.por favot

26 de sep., 9:31 PM – Marisa Mc: Te cuidado

26 de sep., 9:31 PM – Marisa Mc: Tr amo y no.quiero.perdrrt

26 de sep., 9:31 PM – Marisa Mc (mensaje con emoticones).

26 de sep., 9:28 PM – Esposito: cuida a mi hijita

26 de sep., 9:28 PM – Esposito: dile que me perdone

26 de sep., 9:32 PM – Marisa Mc: Amorrrr

26 de sep., 9:29 PM – Esposito: nos estan reprimiendo

26 de sep., 9:32 PM – Marisa Mc: Vete de ese lugar

26 de sep., 9:32 PM – Marisa Mc: Por favor

26 de sep., 9:32 PM – Marisa Mc (mensaje con emoticones).

26 de sep., 9:30 PM – Esposito: lo siento

26 de sep., 9:30 PM – Esposito: es tarde

26 de sep., 9:30 PM – Esposito: desmadramos una patruya

26 de sep., 9:31 PM – Esposito: nos vienen correteando

26 de sep., 9:31 PM – Esposito: andan disparando

26 de sep., 9:34 PM – Marisa Mc: Estas.loco si te quedas

26 de sep., 9:34 PM – Marisa Mc: Entiende q te vayas

26 de sep., 9:31 PM – Esposito: cuidate y cuiada a mi hija

26 de sep., 9:31 PM – Esposito: dile que la amo

26 de sep., 9:31 PM – Esposito: bie

26 de sep., 9:34 PM – Marisa Mc: Julio por favor no.me.dejes asi

26 de sep., 9:35 PM – Marisa Mc (mensaje con emoticones).

26 de sep., 9:32 PM – Esposito: cuidate

26 de sep., 9:32 PM – Esposito: me voy

26 de sep., 9:32 PM – Esposito: me carga la verga

26 de sep., 9:35 PM – Marisa Mc: Cuidate

26 de sep., 9:32 PM – Esposito: no puedo irme

26 de sep., 9:32 PM – Esposito: mis amigos estqn en peligro

26 de sep., 9:36 PM – Marisa Mc: Pero.piensa en ti ya no pienses en.loa demas

26 de sep., 9:36 PM – Marisa Mc: Por favor ya no seas.necio y vetebde ese.lugar

26 de sep., 9:36 PM – Marisa Mc (mensaje con emoticones).

26 de sep., 9:39 PM – Esposito: ya amor matarona a uno

26 de sep., 9:44 PM – Marisa Mc: A uno??? Quien?? Normalista o polisia??

26 de sep., 9:42 PM – Esposito: normalosta

26 de sep., 9:48 PM – Marisa Mc: No inventes pero.esta bien o.murio???

26 de sep., 11:59 PM – Marisa Mc: Mi.amor.por favor.en.cuanto veas ewte msj avisame de que estas bien

“Están disparando, amor”, le dijo Julio César a su esposa atravesando Iguala. La pila del normalista estaba casi agotada, como él mismo le anunciaba a las 20:56, antes de que empezara todo:

26 de sep., 8:56 PM – Esposito: mi pila se me va a acabar.

Una crónica del escritor Tryno Maldonado, quizás la mejor investigación periodística realizada hasta ahora sobre el paso de los normalistas por el centro de Iguala, y recogida en el libro “Ayotzinapa. El rostro de los desaparecidos”, corrobora que Julio César Mondragón Fontes llegó a salvo a la esquina de Juan. N Álvarez y Periférico y que desde allí llamó por teléfono o lo intentó, aunque no se sabe a quién, pero desde uno prestado. Ni Maldonado ni la mayoría de los compañeros de Julio César supieron que éste había perdido su celular y que acababa de comprar otro. Quien ha corroborado esa compra es Israel Vázquez Vázquez, Chesman, un amigo en Ayotzinapa de Julio César, y recuerda que éste había perdido su teléfono original y la adquisición del LGL9.

Mientras los policías atacaban a los estudiantes los soldados del 27 Batallón de Infantería recorrían la ciudad. Recababan información en tiempo real porque controlaron el C4 desde el comienzo de los ataques. Nunca se ha podido comprobar la participación activa de los soldados esa noche, a pesar de que la PGR tomó declaraciones a los militares. Esas declaraciones nunca fueron liberadas a la opinión pública, pero están contenidas en los tomos 19 y 20 de la versión electrónica, sin censura, que elaboró la Procuraduría federal, en poder de los reporteros Francisco Cruz, Félix Santana y Miguel Ángel Alvarado. Los soldados acudieron ante investigadores de la PGR el 3 y 4 de diciembre del 2014, a declarar en calidad de testigos y allí narraron lo que cada uno de ellos hizo.

Esas declaraciones iniciaron en la página 295.

El subteniente de Infantería, Fabián Alejandro Pirita dijo, en la página 472 del tomo 19, disco 2, de la averiguación previa A.P.: PGR/SEIDO/UEIDMS/871/2014, que el C4 es manejado por el Pelotón de Infantería al mando del teniente Joel Gálvez.

En la página 504, Eduardo Mota Esquivel, soldado de Infantería, declaró que fue comisionado para ver qué estaba pasando frente al Palacio de Justicia  de Iguala. Mota Esquivel es operado del Sistema de Inscripción de Archivos Arcanos, un sistema de correos electrónicos de máxima seguridad usados por el ejército mexicano. Declaró que el teniente Joel Gálvez le daba las órdenes  y que fue ese mismo Gálvez quien se quedó con las fotos que Mota Esquivel tomó de los sucesos en ese puente. Mota, después de estar allí, regresó a su cuartel y guió a los soldados en su camino para inspeccionar lo que había pasado en el puente y en el Crucero de Santa Teresa.

Pero quien comenzó a revelar las verdaderas funciones del 27 Batallón fue el soldado de Infantería Rodolfo Antonio López Aranda, y no se anduvo por las ramas: “Recuerdo que dormí aproximadamente una hora y recibo una llamada vía radio de parte del Teniente dando la instrucción que saldríamos de nueva cuenta eran aproximadamente las seis de la mañana del día veintisiete de septiembre de dos mil catorce para esa hora ya se había hecho el cambio de turno por lo que estaba al mando el Teniente Jorge Ortiz Canales, salimos dos camionetas de reacción, la segunda camioneta era tripulada por Eliel Silva Chávez el teniente me ordenó que se patrullara las calles de esta ciudad de Iguala, asimismo nos dirigimos a verificar una denuncia donde refieren que se encontraba un cuerpo sin vida de una persona de sexo masculino el cual se encontraba en una posición viendo hacia arriba, me percaté que el cadáver le habían arrancado la piel del rostro, la lengua se la habían cortado y no tenía ojos, observo que uno de los ojos se encontraba a un lado, contaba con ropa siendo ésta un pantalón de mezclilla, playera al parecer roja o blanca, tenis color blanco con negro, sin ninguna otra pertenencia, recibimos la instrucción de peinar la zona para verificar si había indicios, posteriormente mi teniente da aviso a las autoridades correspondientes para realizar el levantamiento del cuerpo, llegando elementos de la policía estatal al lugar y el Semefo, nosotros en todo momento dimos seguridad perimetral con la finalidad de que no se contaminara el lugar, siendo aproximadamente las diez de la mañana recibo la orden de parte del teniente que regresara el personal a las instalaciones del 27 Batallón de Infantería”.

Al soldado de infantería Rodolfo Antonio López Aranda, que a la una de la mañana del 27 de septiembre patrullaba las calles de Iguala e iba al hospital general para verificar los nombres de los heridos internado esa noche y que a las cinco de la mañana regresaba a su cuartel para despertar una hora más tarde para volver a las calles no dice, se le olvidó decir que desde su base militar hasta el Camino del Andariego, con tráfico y a las 12 del día, un vehículo se tarda entre 15 y 20 minutos en completar ese trayecto.

Eso no lo dice, pero a cambio señala otra cosa.

– Que refiera el declarante la función del C4 –le preguntan los de la PGR en el interrogatorio al que fue llamado.

– Son militares encubiertos que aportan información de lo que acontece en las calles, asimismo tienen el control de las cámaras de seguridad que se encuentran instaladas en la Ciudad de Iguala –respondió el soldado de Infantería Rodolfo Antonio López Aranda, a rajatabla.

Pero si el soldado López Aranda quiso decir toda la verdad, quien la dijo en realidad fue el teniente de Infantería, Joel Gálvez Santos, quien relató a los investigadores de la PGR haber recibido 9 llamadas telefónicas desde el C4 de la ciudad de Iguala entre las 19:30 del 26 de septiembre del 2014 y las 10 ó 12 horas del 27 de septiembre, en las que obtuvo información sobre todos los movimientos de los normalistas, los muertos, los heridos y por último enterarse del asesinato de Julio César Mondragón Fontes antes que nadie.

El teniente Joel Gálvez Santos apuntó en su declaración que trabajaba en el Centro de Información, Instrucción y operaciones del C4 y que sus labores “son recibir y remitir informes que recibo del C4, del gobierno del Estado. El día 26 de septiembre de 2014 me dediqué a realizar un informe durante gran parte del día, ya que se había volteado una pipa que trasladaba sustancias químicas altamente peligrosas, por lo que mi día transcurrió sin novedad y aproximadamente a las 19:30 horas del día 26 de septiembre del año 2014, recibí una llamada proveniente del C4, en específico del Sargento Cano, del cual no recuerdo su nombre completo pero era la persona que se encontraba trabajando en el C4 ese día, me informó que dos autobuses con estudiantes, específicamente normalistas de Ayotzinapa, provenientes de Chilpancingo, Guerrero, habían arribado a esta ciudad, uno de los dos autobuses se encontraba en el cruce de carreteras conocido como Rancho del Cura, mismo que se encuentra a 15 minutos de este municipio, el segundo autobús estaba en la caseta de cobros número tres del tramo carretero Iguala-Puente de Ixtla, de inmediato como en todas y en cada una de las llamadas que recibo informé a mi superior quien ese día se encontraba laborando, siendo el coronel José Rodríguez Pérez y al cuartel general de la 35 Zona Militar la cual mencioné los hechos reportados por el Sargento Cano, quien se encontraba en el C4.

Para Gálvez Rocha resulta normal que militares estén en el C4 y que desde allí comuniquen al 27 Batallón los pormenores diarios. El relato de Gálvez sobre las 9 llamadas es fundamental. El secretario de la Defensa Nacional, Salvador Cienfuegos, ha negado repetidamente la entrada a todos para investigar los campos militares. Dos años después será difícil encontrar algo, pero lo que no puede ser borrado es la crónica del teniente Gálvez, quien hila en su declaración la segunda llamada: “[…] la recibí aproximadamente a las 21 horas mediante la cual el sargento Cano me informó que el camión que se encontraba en la caseta de cobros número tres del tramo carretero- Iguala-Puente de Ixtla, se había dirigido a la terminal de autobuses Estrella Blanca, la cual se ubica en el cruce delas calles Ignacio Manuel Altamirano con Salazar, lugar en el que los estudiantes se habían apoderado de dos autobuses de pasajeros y destruyendo otro, inmediatamente informé con el parte informativo al Coronel José Rodríguez  Pérez, de la misma forma  la 35 Zona Militar antes mencionada […]”.

La tercera llamada le llegó a Gálvez entre las 21:30 y las 22:00, dice él. Otra vez será el sargento Cano quien le diga que la policía municipal de Iguala se confrontaba con los estudiantes. El ejército supo, entonces, que a los normalistas de Ayotzinapa los atacaba la policía municipal justo cuando sucedían las primeras balaceras. El ejército, teniendo la información, decidió no intervenir aunque otros testigos referirán que tenían militares en las calles vestidos de civil y que por lo menos uno de ellos siguió a pie a los camiones de los normalistas en su ruta de la muerte rumbo al centro de Iguala.

Esa tercera llamada para Gálvez llegó entre las 21:30 y las 22:00, y le confirmaban que “[…] los normalistas les estaban tirando piedras a los policías, por lo que (el sargento Cano) ordena al soldado de nombre Eduardo Mota Esquivel que realizara un recorrido en el Periférico […]”.

El recorrido de Mota será excusa para la cuarta llamada desde el C4 al 27 Batallón. El teniente Gálvez respondió a ese reporte y narró que el soldado Mota Esquivel, en recorrido por ese Periférico letal, hizo contacto con él “[…] informándome vía telefónica, aproximadamente a las 22 horas con 30 minutos, que frente al nuevo palacio de Justicia había un autobús con los normalistas a bordo, el cual estaba rodeado por varas patrullas de la policía municipal quienes estaban encapuchados en camionetas rotuladas y el uniforme de policías municipales, así mismo que los policías ordenaban con groserías a los normalistas que se bajaran del camión de pasajeros haciendo caso omiso dichos normalistas por lo que elementos de la policía municipal arrojaron gas lacrimógeno, de la misma forma le informé al coronel José Rodríguez Pérez de los hechos de los cuales me había informado vía telefónica el soldado Mota, informé inmediatamente al personal de la 35 Zona Militar […]”.

La quinta llamada provenía, nuevamente, del C4. El sargento informaba al ejército, a las 23:10, que en el hospital general de Iguala, el Jorge Soberón Acevedo, había heridos. El teniente Gálvez informó a su superior y a la 35 Zona Militar, “[…] por lo que el coronel (Rodríguez Pérez) ordena que la fuerza de reacción salga a verificar dicha información suscitada en el hospital mencionado, regresando el teniente Vázquez, que iba al mando de esa fuerza de reacción, lo sé porque personalmente fue quien me informó que en dicho hospital se encontraban tres personas del sexo masculino heridas por impacto de arma de fuego, la primera persona presentaba de nombre Érick Santiago López, quien presentaba un disparo provocado por un proyectil de arma de fuego en el lado derecho, el segundo de nombre Andrés Daniel Martínez Hernández, quien presentaba un disparo de arma de fuego en la cabeza sin especificar el lugar exacto, esta información se le informó al coronel José Rodríguez y a la 35 Zona Militar […]”.

Si a estas alturas a los investigadores de la PGR les quedaban dudas aún de dónde se encontraba el sargento Cano, fueron resueltas por el teniente Gálvez, quien dijo, a botepronto, que “[…] La sexta llamada la recibí a las 23:40 por parte del Sargento Cano, quien se encontraba en el C4, en la cual me informó que en el entronque de la carretera federal Iguala-Chilpancingo, Santa Teresa, había vehículos que presentaban disparos de arma de fuego, informé al coronel Rodríguez de los hechos ocurridos en el entronque de Santa Teresa, en ese momento el coronel José Rodríguez le ordenó al teniente Roberto Vázquez Hernández que se trasladara a dicho lugar para verificar la información, el teniente salió para realizar el patrullaje y media hora después me informó (en la séptima llamada) que había dos taxis con impactos de arma de fuego, un autobús de la empresa Castro Tours en el cual viajaban jugadores del equipo de futbol los Avispones de Chilpancingo y que había un jugador muerto, el chofer del autobús había recibido un impacto de arma de fuego en la cabeza […]”.

Las otras dos llamadas cierran el relato de la noche más aciaga para Ayotzinapa y para Julio César Mondragón. Escueto pero conciso, el teniente Gálvez pone todos los clavos a una historia que siempre tuvo la PGR y que por sus particulares razones no dio a conocer. ¿Un asunto de seguridad nacional?

La octava llamada, dice Gálvez, “[…] la recibí aproximadamente a las una de la mañana del día 27 de septiembre del 2014, por parte del sargento Cano, quien me informa que sujetos armados habían ingresado al hospital María Cristina el cual se ubica sobre la calle Juan N. Álvarez de la colonia del mismo nombre de Iguala, Guerrero, que habían sacado a las enfermeras y se encontraban en el interior de dicho hospital armados […] La novena llamada la recibí aproximadamente entre 10 y 12 horas del día 27 de septiembre del año 2014 en la cual el sargento Cano, quien se encontraba en el C4, me informó que en la colonia Industrial se encontraba el cuerpo de una persona sin vida, ahora sé que era el normalista de nombre Julio César Mondragón Fontes, alias El Chilango, a quien le quitaron la piel en la parte del rostro, enseguida informé al coronel José Rodríguez Pérez y a la 35 Zona, siendo el coronel Rodríguez quien ordenó que saliera la fuerza de reacción al mando del teniente Ortiz Canales para verificar la información que nos había proporcionado personal que se encontraba laborando en el C4 […]”.

La participación de los soldados no concluiría allí. Todavía el coronel Rodríguez Pérez, un toluqueño comisionado al infierno de Iguala confirmaría lo dicho por sus subalternos y, más aún, proporcionaría los nombres completos de quienes estuvieron operando físicamente en el C4 la jornada del 26 y 27 de septiembre.

Y si alguien dudaba que por ser ésa una jornada excepcionalmente violenta los soldados se habían saltado los protocolos civiles, el sargento primero de Infantería, Carlos Díaz Espinoza, declaró con desparpajo que “Sé que hay personal comisionado de este 27 Batallón de Infantería (en el C4). […] Yo estuve comisionado en dicho lugar por un tiempo aproximado de 7 meses, en el año 2012”. Su trabajo, remata, era “informar a la 35 Zona Militar […] de cualquier acontecimiento de importancia, ya sea por muerte de personas o enfrentamientos generados por proyectiles de armas de fuego. Y, por último, sólo reafirma lo que ya se sabe: que esos militares en el C4 nunca rendían información a autoridades civiles.

La declaración más importante es la del coronel José Rodríguez Pérez, quien se presentó como testigo ante la agente del ministerio público de la PGR, Verenice Neria Sotelo, el 4 de diciembre del 2014, y terminó por delinear la participación del ejército en la jornada de Iguala.

De 57 años para ese entonces, Rodríguez dijo ser originario de Toluca y tener 13 meses viviendo en Iguala, en la Unidad Militar Habitacional. Dijo que su instrucción escolar era de Bachillerato y comenzó a contar, como consta en la página 366 del expediente A.P: PGR/SEIDO/UEIDMS/871/2014 de la Procuraduría federal.

“Como Comandante del Batallón, dentro de mis actividades realizo el adiestramiento del personal, actividades a instalaciones vitales, como son presas hidroeléctricas, tenemos bases de operaciones las cuales se encuentran en la sierra, campañas contra los enervantes, que tengo aproximadamente seiscientas personas a mi mando, que en lo que respecta a los hechos de los días 26 y 27 de septiembre del dos mil catorce quiero declarar que tuve conocimiento que había un grupo de estudiantes esta información la recibí a través del C-4 funciona de dos formas una de ellas es que solo ve las pantallas y otro tiene un monitor en el cual solo se percata de ver y escuchar las denuncias, que se reciben, sin embargo ninguna de las personas que se encuentran en el C-4 reciben directamente la información, el personal que se encuentra en el C-4 responden a los nombres de Sargento Segundo de Infantería Felipe González Cano, Cabo de Infantería Alejandro Soberanes Antonio, Soldado de Infantería David Aldegundo González Cabrera y Soldado de Infantería José Manuel Rebolledo de Laya, los elementos que corresponden a los OBIS (Órganos de Búsqueda de Información), son personas de civiles quienes nos informan de las situaciones que ocurren dentro del municipio de Iguala. Por lo que respecta al día 26 de septiembre del 2014, era conocido por los medios de comunicación que la presidenta del DIF iba a rendir un Informe de actividades además de que recibí una invitación, yo nunca acudo a ese tipo de actividades sino que mando a un representante, en este ‘caso envié a Paul Escobar López quien es Capitán Segundo de Infantería en atención a la invitación realizada por la esposa del presidente Municipal de Iguala, por lo que a  mí no me realizó ningún reporte en relación a los hechos ocurridos ese día, pues al parecer no se había presentado ninguna eventualidad, a mí, solo me realizo un informe ,de actividades, sin embargo, se había designado a una persona de nombre Ezequiel Carrera Rifas, quien es cabo de lnfantería (como persona que pertenece al OBI); a que cubriera el evento que  se iba a llevar a cabo en la plaza de las Tres Garantías, sin embargo, se le ordenan que se traslade a la Caseta de Cobro de la autopista de Iguala a Puente de Ixtla para que verificara la· información de que se encontraban los estudiantes en la caseta, de ahí, se informa que solamente se encontraban los estudiantes en la caseta boteando, información que se corrobora con el personal que se encuentra en el C-4, de ahí nos informan que un grupo de estudiantes, quienes ya venían a bordo de un camión se trasladaban a la Central de Autobuses Estrella Blanca, la que se encuentra en el Mercado, que al llegar ahí se reporta que quieren llevarse un autobús y que el personal no lo permite y comienzan a destrozar el autobús se apoderan de otros dos autobuses diferentes […]”.

El resto fue mero trámite. Rodríguez Pérez pormenorizó los eventos de aquella noche y corroboró las versiones de sus subalternos: las misiones al crucero de Santa Teresa, las “visitas” a los hospitales Cristina y Soberón Acevedo y hasta dio cuenta de los soldados que no estuvieron en Iguala por razones diversas esa jornada.

Acto seguido, como dice la Representación Social de la Federación, vinieron las preguntas, entre ellas sobresalen las siguientes:

– ¿Quién se encuentra a cargo del C-4? –pregunta la PGR al general.

– El C-4 se encuentra a cargo del Gobierno del Estado y él es el responsable de su operación –respondía el coronel.

– ¿Tiene conocimiento de cómo se encuentra integrado el C-4?

– Lo desconozco por que el responsable del C4 como lo dije anteriormente es el Gobierno del

Estado de Guerrero.

– ¿Hay personal militar en el C-4? –le preguntaban al coronel.

– Sí, cuatro personas en virtud de un convenio que se realizó con el Gobierno del Estado de Guerrero a fin de coadyuvar y apoyar a las autoridades en la seguridad, los cuales se turnan en dos elementos por turnos de veinticuatro horas, los cuales no tienen injerencia alguna técnicamente en el C4, solo son observadores- responde el coronel.

– ¿Cuál es el procedimiento de selección para el personal que se designa SEDENA para el C-4?

– No hay un procedimiento establecido, sin embargo, se selecciona al personal con las características que se consideran pertinentes que es la discreción y que sean confiables, practicándoles un examen de confianza que posteriormente se les aplica cada seis meses.

– ¿Cuántos elementos de la SEDENA, en específico del Batallón 27 se encuentran asignados al C4?

– Cuatro personas.

– ¿Qué personal de SEDENA se encontraba en las instalaciones del C-4 el día 26 de septiembre del año 2014? –le preguntaron al coronel.

– Dos elementos de nombres Soldado de Infantería DAVID ALDEGUNDO GONZÁLEZ CABRERA y Sargento Segundo de Infantería FELIPE GONZÁLEZ CANO –respondió Rodríguez Pérez.

– ¿Qué personal de SEDENA se encontraba en las instalaciones del C-4 el día 27 de septiembre  del

año 2014?

– Soldado de Infantería JOSÉ MANUEL REBOLLEDO DE LA OLLA Y Cabo de Infantería ALEJANDRO SOBERANIS ANTONIO.

– ¿A qué hora tiene la primer noticia en relación a los hechos que se estaban suscitando con los estudiantes?

– Alrededor de la diecinueve treinta horas.

– ¿A quién instruyó para que verificaran los hechos que fueron reportados por los elementos de SEDENA que se encuentran en el C-4?

– No envió a nadie pues el mismo OBI como ya lo dije en mi declaración y el mismo C4 nos sigue dando información.

– ¿Se llevan registros de los reportes emitidos por personal de SEDENA que se encuentran asignado en el C-4?

– Sí, tenemos aIgunos reportes.

– ¿Cuenta con registros del C-4 de los días 26 y 27 de septiembre, del 2014?

– No tenemos porque el responsable del C4 como lo dije es el Gobierno del Estado de Guerrero.

– ¿Desde el 26 de septiembre de 2014 se han realizado cambios respecto del personal que se  encuentra asignado al C4? –le preguntaron al general Rodríguez.

– No, el personal asignado se encuentra en apoyo y como ya lo dije para apoyar en la seguridad cuando lo solicite el gobierno del Estado- respondió el coronel.

Así, el coronel, negándolo todo, resolvió la cuestión.

 

Desde el infierno

 

Los puntos 7, 8 y 9 de las conclusiones de la CNDH refieren “8 nuevas Observaciones y Propuestas a diversas autoridades, 4 a la Procuraduría General de la República, 3 a la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV) y 1 a la Fiscalía General del Estado de Guerrero. [  ] Se observa y propone a la PGR una profunda investigación de los hechos en los que la CNDH ha evidenciado que Julio César Mondragón Fontes fue denigrado, afectado en su seguridad personal, privado de la libertad, ostensiblemente dañado en su integridad física y privado del derecho a la vida. [ ] La CNDH pide a la PGR se actúe en contra de los 11 adicionales partícipes de los hechos”.

El punto 10 de la CNDH es una trampa, ni siquiera disfrazada de buenas intenciones: “Se propone a la PGR que el Dictamen Médico Forense y Criminalístico de la CNDH se ofrezca como prueba ante los Tribunales de Guerrero”.

¿Las pruebas que ofrece la CNDH, que ni siquiera un perito pudo acreditar para los estudios forenses de Julio César, serán usadas por la PGR que, por otro lado, entregó a la propia Comisión para que elaborara su dictamen?

Expertos en laberintos burocráticos, los miembros de la CNDH hicieron recomendaciones a diestra y siniestra. A los policías que investigan, a quienes atienden a los afectados, a la Fiscalía de Guerrero, a todos, excepto a los militares, a quienes ni por asomo menciona.

El último punto es solamente un remate que exige atención especial para la familia afectada, dos años después del asesinato, y que representa un chiste del que sólo la CNDH puede reírse.

La tortura, desollamiento y asesinato de Julio César Mondragón no es el fin de esa historia. Es apenas el principio de una trama que, esta vez, establece una ruta directa al infierno que representa el Campo Militar 1A, en Lomas de Sotelo, en la Ciudad de México.

Y para llegar a él sólo se necesita el teléfono celular de Julio César Mondragón, un LGL9, “demasiado equipo”, dijo él a su esposa Marisa Mendoza, el 25 de septiembre del 2014, cuando pudieron comprárselo al normalista Charra, desaparecido junto sus 42 compañeros en la llamada Noche de Iguala.

Ese teléfono es el mismo que la CNDH urge para recuperar y del que al GIEI se le negó la sábana de llamadas completa, que tiene en su poder la PGR desde mediados del 2015. Ese teléfono, que registró 30 actividades a partir del 27 de septiembre del 2016, hasta el 4 de abril del 2015. Ese mismo equipo celular que recibió 4 mensajes de dos vías, desde el interior del Campo Militar 1A, en Lomas de Sotelo, en la ciudad de México.

En octubre del 2015, después de encontrar la localización que las coordenadas arrojaban, se escribió en los apuntes que configuraron una parte del libro La guerra que nos ocultan, que “es un terreno baldío, una especie de triángulo de terracería”.

Y lo era, sólo que estaba dentro del Campo Militar 1A en la ciudad de México, en la colonia Lomas de Sotelo. Cuatro llamadas fueron realizadas desde allí, desde distintos números y a distintas horas, y siempre contactaron con el equipo celular de Julio César Mondragón Fontes, después de muerto.

La primera de esas actividades sucedió el 23 de octubre del 2014, cuando un mensaje de dos vías, marcado así por los registros de Telcel-Dipsa, entregado a la PGR el 31 de agosto del 2015, hizo contacto con el número de Julio, el 7471493586. El que llamaba lo hizo desde el 5511425164 a las 14:23:57, en las coordenadas de 19° 26′ 14″ N 099° 14′ 20″ W, verificables desde el espionaje público de Google Maps y cuya localización, ya se dijo, dio el Campo Militar 1A.

La segunda actividad sucedió el 25 de octubre, desde el número 5551865625 contactando al equipo de Julio, a las 10:01:21, en las coordenadas de 19° 26′ 14″ N 099° 14′ 20″ W, también desde el Campo Militar 1 A.

La tercera actividad se registró el 27 de octubre del 2014 cuando el número 5513606680 contactó al teléfono de Julio César, a las 9:57:59, desde las coordenadas de 19° 26′ 14″ N 099° 14′ 20″ W, otra vez en el Campo Militar 1A.

La cuarta actividad fue el primero de diciembre del 2014 desde el número 5518155210 contactando al teléfono de Julio César con un mensaje de dos vías a las 11:40:03 desde el Campo Militar 1A, en las coordenadas 19° 26′ 14″ N 099° 14′ 20″ W.

Hay más, ubicaciones cercanas por 50 metros al Cisen, por ejemplo, o llamadas desde las inmediaciones del Campo Militar referido: quien tiene en su poder ese teléfono trazó una ruta por la que, supuso, habría transitado Julio César Mondragón Fontes antes de morir y que llevó a quienes desde las sombras investigaban su pasado digital, hasta Xalpatláhuac, cerca de Ayutla de los Libres, en la región de La Montaña. El dueño original del equipo, Charra, es oriundo de Xalpatláhuac.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos erró incluso desde su supuesta buena voluntad.

Hay más. La CNDH y los soldados afirman que el lugar donde hallaron el cuerpo de Julio César estaba resguardado. Las fotos del perito Vicente Díaz dicen otra cosa. El lugar estaba asegurado pero sólo por cintas amarillas que dicen “Escena del Crimen” y “Prohibido el Paso” y no hay trazas de los soldados, que para la hora en que los peritos tomaban nota ya se habían ido. Hay, de cualquier manera, cuatro personas caminando alrededor del cuerpo de Julio César, tres hombres, dos de ellos portando armas largas y una mujer. Dos de los hombres llevan papeles en las manos. La playera negra que viste uno de ellos dice, en la espalda “No pase. Escena de crimen. Periciales”. Ese hombre lleva guantes azules y habla por teléfono celular. Los forenses llegaron al lugar del crimen a las 9:55.

A un lado del cuerpo de Julio César Mondragón está su ojo izquierdo, arrancado de cuajo, con todo y nervio óptico, que originó uno de los reclamos más fuertes de la familia, enterada hasta el 2016 que el ojo del muchacho había sido guardado en su propio pecho, cuando le practicaron la primera autopsia. Otra cosa que nadie supo responder fue el robo de la ropa que vestía Julio. Desaparecida, forma parte de los misterios que rodean la muerte del estudiante de Ayotzinapa.

Entonces, ¿a los muchachos los levantaron los soldados?

¿Quién o quiénes mataron a Julio César Mondragón Fontes?

¿Qué fue de la piel del rostro de Julio César?

¿Fueron los soldados quienes robaron el LGL9 del normalista?

¿Quién hizo contacto desde el Campo Militar 1A de la ciudad de México al equipo de Julio César cuatro veces?

Ahora es el turno de los soldados.

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