Diligencias y Portales

El 6 de febrero de 1832, y con una inversión de 164 mil 500 pesos, comenzó la construcción de los Portales, hoy invadidos hasta por un globalizador pero rápido Mc Donald’s.

Miguel Alvarado
Siete horas en diligencia, desde Cuajimalpa a Toluca, hacían los viajeros hace doscientos años y la única razón que tenían para visitar a La Bella eran los negocios o el paso obligado que representaba para tierras michoacanas. Toluca era un villorio de apenas unas cuantas calles y ni siquiera había una placita para descansar. Pero la ciudad, con todo y las fealdades que de pronto obsequia, pujaba en comercio y no tardó en demandar lugares más adecuados para tales tratos.
El 6 de febrero de 1832, y con una inversión de 164 mil 500 pesos, comenzó la construcción de los Portales, hoy invadidos hasta por un globalizador pero rápido Mc Donald’s.
Y desde entonces las críticas, aunque menos amargas, le llovían al lugar. Una crónica publicada en una revista llamada Calendario de las Señoritas Mexicanas, en el convulso año del 1841, recopila las andanzas de un viajero que se atrevió a allegarse a la tierra del frío.
Y este anónimo viajero relata que “examinado con algún cuidado se notan los defectos; uno, que los arcos están algo desproporcionados, teniendo la mayor parte de ellos el mismo ancho que alto; y el otro que no pertenecen rigurosamente a un orden de arquitectura conocido, aunque con el que más analogía tiene es con el toscano. Estos defectos, sin embargo, son muy ligeros”.
Los Portales, en efecto, cumplen años este mes y fue gracias a José María González Arratia, “vecino emprendedor, activo y celoso del lustre y decoro de su ciudad natal” y apoyado por el general Melchor Muzquiz, gobernador de la entidad, que se sacó provecho de un terreno inútil en manos de los monjes franciscanos y apoyado por comerciantes, echó los portaleros cimientos.
Primero fueron 6 casas, cuenta la crónica, pero el ejemplo pegó y otros más edificaron hasta darle forma al lugar.
Según la crónica, el Portal estaba dividido en dos cuerpos. El primero tenía seis varas de alto y el segundo eran los balcones de las casas, elevados 5 varas y seis tercios. Los muros de aquellas casas eran de adobe pero los cimientos eran de piedra y ladrillo. Medía en total 459 varas y contenía 19 casas para las familias acomodadas de la época y fueron saludados por visitantes y habitantes porque proporcionó una vista agradable, un mercado semanal y la utilización de propiedades desperdiciadas en manos de la iglesia.
En aquel tiempo, la única comparación con los arcos de Toluca, eran los del portal de Mercaderes y el Agustino, en México y Guadalajara, a los que la obra de esta ciudad superó en número La superficie total de la obra de González Arratia era de 385 metros de largo por 6 de ancho pero una obra posterior, conocida como el Portal Merlín, la amplió a 560 metros.
Hoy los Portales se unificaron en estilo, pero ha sido denostado porque, junto con el resto de los edificios del centro, no tienen unidad y no corresponden a una identidad propia. La plaza González Arratia es el único recuerdo que se tiene del hacedor de los Portales y pocos conocen de su historia o cómo se hizo millonario y amigo de los poderosos de aquel tiempo.
Los 175 años de los Portales pasarán inadvertidos, no así los cumpleaños de otros entes destacados, como el gobernador Peña Nieto, el alcalde Juan Rodolfo Sánchez e incluso el senador César Camacho, quienes organizan recordatorios para que no se olviden en su efímero y empequeñecido paso por esta vida. Los Portales, tan caminados por todos, quedarán para que, poco a poco, los comercios con capital extranjero aprovechen el espacio que originalmente fue destinado para que comercio ayudara a despertar a la ciudad.
La crónica cuenta que el ilustre viajero, de quien no se da nombres ni pelos o señales más, regresó a la ciudad de México días después, luego de haber apalabrado una diligencia, pues temía quedarse sin transporte pues los cocheros de aquellos años “son casi todos unos bellacos”.

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La piedad disfrazada

Pocos saben dónde paran los dineros recaudados por el Montepío. Los empresarios pueden tener algunas respuestas pero los números también cuentan: en los últimos cinco años han donado 106 millones 431 mil pesos a instancias privadas.

Miguel Alvarado
Una enorme sala con una hilera de butacas de plástico, desvencijadas, abre sus puertas alas 9 de la mañana, todos los días de la semana. Aquí hay dinero y se comercia con la pobreza, las desgracia ajenas. También con el descuido, la falta de planeación y los imprevistos.
Los motivos para prestar dinero abundan pero siempre a cambio de algo. Joyas, sobre todo, recibe el Monte de Piedad de esta ciudad, ubicado en pleno centro, una cuadra antes de los Portales, en la calle de Aldama. Su fachada, de un deprimente color lila, se encarga de terminar de intimidar a los faltos de recursos.
El Monte, centenaria institución creada en la época virreinal, en 1775, subsiste en la ciudad junto con otras 20 casas de empeño manejadas por particulares y al menos30 establecimientos que compran oro y joyería incluso hasta a un tercio de su valor real.
Pero cuando uno debe o necesita comer ni siquiera el 110 por ciento de intereses que cobran estos lugares es un impedimento. Pocas veces los necesitados recuperan sus pertenencias pero sí regresan para empeñar más.
Unas 25 personas hacen fila pacientemente. Son las 3 de la tarde y el desfile de necesitados comenzó desde temprano. Dos empleados, protegidos en un mostrador atrincherado, se encargan de valuar las joyas y la pedacería de oro y plata que caen en sus manos. Como si se tratara de calentar tortillas, piden la mercancía, la pesan y obtienen una cantidad, que es multiplicada y por último dividida por la mitad para anunciar, cansados y desentendidos, la cantidad que puede ser prestada.
– ¿Por qué sólo 4 mil pesos por 8 joyas de oro? Están valuadas en más de la mitad.
– Tiene razón, señora, pero el Monte de Piedad sólo puede ofrecerle 4 mil.
– ¿Pero no me pueden dar un poco más? ¿Aunque sea mil pesos?
– No, señora. Déme una identificación si las quiere dejar. Si no, haga favor de hacer lugar para el siguiente.
Toda esa tarde unas 500 personas acudieron a empeñar algún valor o a preguntar sobre los montos en los que recibirían las prendas. Es el final de enero y las principales usuarias son mujeres, ancianos y jóvenes de menos de 30 años.
Una mujer exige al necesitado una identificación y pregunta el nombre de otra persona. Le basta sólo el nombre de pila, no pide mayores datos mientras una pequeña máquina imprime la boleta que avala la operación. Han pasado 5 minutos desde que el valuador dio a conocer su veredicto. Otra persona, más necesitada que la anterior, ocupa ya el lugar en la ventanilla y hace los mismos reclamos. El hombre de quien depende que las urgencias sean resueltas se limpia la frente y clava la mirada en el mostrador, mientras su traje marmóreo se restriega en la superficie limpia y fría donde descansa la pequeña basculita que determina cuánto vale la pobreza. La operación se repite y la boleta es impresa. En una hora, ningún necesitado rechazó la oferta de la Piedad.
Una mujer se retira sonriente del mostrador peor regresa cuando se percata de que debe revisar el contenido que le otorgará mil pesos por dos anillos de oro. Lentamente, su rostro se ensombrece pero no da marcha atrás. No puede, de cualquier modo, deshacer el trato y resignada se dirige a la caja. Allí, otra empleada entrega la cantidad acordada, con un gesto que ha sido blindado contra cualquier estrechez emocional. Ni siquiera alza la vista ni responde al saludo o la despedida.
La boleta pesa ahora más y un vistazo revela que un impagable sello con las palabras “empeño” a 45 puntos, funciona como el recordatorio de los débitos.
La tasa de interés vigente, concepto que menos de la mitad de los mexiquenses entiende por completo, marca un 4 por ciento, lo que hace 48 por ciento al año.
Por un préstamo de mil pesos, si se quiere recuperar la prenda, durante el primer se pagarán mil 40 pesos; el segundo mil 80; el tercero, mil 120; el cuarto, mil 160 y el quinto mil 200 pesos y por cada referendo se cobran 200 pesos.
La boleta está avalada un número de cuenta de Banamex e informa del valor real de los objetos, que es pagado a la mitad por el Monte, una institución de asistencia privada, es decir, que ayuda a las organizaciones de beneficencia atendidas por el empresariado y las financia en sus actividades, aparentemente altruistas.
Pocos saben dónde paran los dineros recaudados por el Montepío. Los empresarios pueden tener algunas respuestas pero los números también cuentan: en los últimos cinco años han donado 106 millones 431 mil pesos a instancias privadas.
Los ganones son los grandes monopolios, que eluden el pago de impuestos al jugar a subsanar la pobreza. La Junta de Asistencia Privada del Estado de México tiene algunos nombres: Fundación Wal Mart, A.C.; Fundación Sabritas, A.C.; Fundación Televisa; Fundación Azteca; Fábrica de Pastas y Productos Alimenticios La Moderna, S.A. de C.V.; Fundación C.I.E. (Corporación Interamericana de Entretenimiento); O Boticario; Industrias Ideal, S.A. de C.V.; Embotelladora de Toluca, S.A. de C.V.; Asociación Cruz de Malta, A.C.; Rotoplas, S.A. de C.V.; Editorial Larousse, S.A. de C.V.; Ópticas Devlin, S.A. de C.V.; Grupo Jumex, S.A de C.V.; Unión de Comerciantes de la Central de Abastos de Santiago Tianguistenco; A.C, Pescadería de los Hermanos Canchola; Bodega Aurrerá de Ixtlahuaca, Fundación Sólo por Ayudar, IAP, y Fundación Best, A.C.
La estructura operativa de los CRIT del Teletón, por ejemplo, descansa sobre los donativos del Monte de Piedad. La Junta de Asistencia de Privada, según su propia definición, “apoya a niños y adolescentes, desarrollo social, personas con capacidades diferentes, médico, adultos mayores y educación. Su objetivo es fungir como órgano promotor del desarrollo de la asistencia privada, respaldando y apoyando el trabajo profesional, eficiente y desinteresado de las organizaciones que se constituyan como IAP”.