La posibilidad

* Espera una llamada desde hace horas. Está tranquilo. Sabe que llegará. Mira por la ventana y se pregunta cómo reaccionaría si él tuviera encima a la PGR. Ya la tuvo, pero nada le sucedió. Se convirtió en un experto esgrimista, capaz de jugar con dos floretes a la vez.

Miguel Alvarado

De Desarrollo Metropolitano sabe poco o casi nada. De cualquier manera acude casi todos los días a su oficina. Se reúne con sus asesores y opina por encima sobre planes y trabajo. Lo delega todo, aunque siempre está ocupado.

Hce dos años le negaron una oportunidad, a pesar de la estrecha relación con la mujer más poderosa del estado. Hoy, ella vive en otro país y su emblemática figura casi se ha olvidado. Dilapidó fuerzas en busca de una silla más alta para su marido y perdió. Uno de los daños colaterales de esta derrota lo sufrió él, quien supo mantenerse al margen, incluso cuando más se le necesitaba. Fue fiel a ambos e hizo acopio de sus reservas, que bien le alcanzaron para regresarlo a los planos públicos.

Espera una llamada desde hace horas. Está tranquilo. Sabe que llegará. Mira por la ventana y se pregunta cómo reaccionaría si él tuviera encima a la PGR. Ya la tuvo, pero nada le sucedió. Se convirtió en un experto esgrimista, capaz de jugar con dos floretes a la vez.

Mira el celular y lo examina bien por primera vez desde que lo compró. Le gusta. No es complicado usarlo y puede cambiarlo sin dificultades cada vez que lo satura. Recuerda Londres, aquella casa que le recomendaron para descansar y liberarse de algunas tensiones. Recuerda bien los protocolos. Una casa enorme, pero vacía. Nunca vio a nadie, ni siquiera supo cómo abrían las puertas, cómo lo guiaban a las extrañas salitas de espera. El celular vibró y se sobresaltó. Un poco, nada más y sonrió para sí. Tantos años y todavía no puede acostumbrase a las llamadas. Le causan un complicado hueco en el estómago, como si en ese momento alguna esperanza terminara por agotarse.

– Sí, dime.

– ¿Qué estás haciendo?

– Aquí en mi oficina, terminando unos encargos.

¿Ya viste lo de Luis?

-Sí, lo leí hace rato, ¿qué cosas, eh? Puede costarle caro si se sigue investigando.

– No, no creo, ya paró todo. Nada más espera que sean los tiempos. Pasará como con el otro caso. Ya vez que todo le salió bien al cabrón.

-Ajá.

– Mira, Alfonso, de todas maneras hay una posibilidad muy seria de que te cambiemos a su cargo. Te hablo para que te vayas preparando, yo ya hablé con mi sobrino y me pide que lo decida yo. Le digo que lo estoy valorando, porque se van a venir otra vez los chingadazos y creo que Humberto no nos ayudará mucho. Le dije a Luis que no se apure, pero está muy tranquilo y le dije que no lo moveríamos si no sucede algo más.

Alfonso mira el celular otra vez. Le distraen las luces y los curiosos iconos que representan el colmo de las complicaciones para una simple plática. Al principio le azoraba ver cómo se pueden representar de tantas formas las llamadas. Y se preguntó qué comería hoy, pues no tiene cita con nadie.

– Sí, te escucho.

Pero no escuchaba. Volvió a acordarse de aquella cena, hace dos años, casi tres, cuando se reunieron en privado para celebrar su designación. “eres tú”, le dijo, con una enorme sonrisa y una botella en la mano, mientras su amiga lo felicitaba.

Nunca creyó del todo pero esa noche no pudo dormir, aunque decidió desde el principio que aquello no era sino una salida política ante un compromiso que no podía eludirse. Cenaron felices y el estuvo muy atento, cordial. Hasta parecía otro. Ella le dijo que sus dos hombres tenían la oportunidad de ganar y qué mejor que tenerlos de su lado. Él coincidía con ella, pero le vio un brillo distinto en los ojos, que le previno para después. Su instinto no le falló y días más tarde, en el mismo lugar pero con la mesa llena, sin vino ni viandas, con el rostro transformado, comunicó su decisión final, aunque ya todos la sabían. No Se molestó en protestar. No estaba en sus cabales pero tampoco habría marcha atrás. Decidió salirse antes y dejarlos allí, escuchando lo inevitable.

– La idea es que Humberto nos deje, porque además ya está harto, según me cuentan. Se ha convertido en un pequeño estorbo, aunque muy poderoso, así que mejor se vaya a donde sirva mejor. Dice que está muy cansado.

– Pero Luis querrá…

– Luis quiere muchas cosas. Ya le dije que no puede seguir comportándose así. Es enemigo de medio mundo y ahora esto.

– ¿Entonces?

– Nada, le dije que no lo movería, pero también que no podría seguir en busca de sus propios caminos. Si no quiere, se queda solo, no lo vamos a hundir, pero tiene que enfrentarlo solo.

– Algo me dijeron, sí.

– Olvídate de lo que te hayan dicho. Te lo digo yo y punto. Ahorita nada más está la posibilidad, pero y estamos sobre eso. tE quedas en el lugar de Humberto, cuando sea el momento, y Luis en lo que está.

– Como tú digas.

– Bueno, nada más quería decírtelo yo.

Otra vez Alfonso se acuerda de la cena. También le dijo lo mismo.

– Muy bien, ya sabes que estamos en lo mismo.

– Bueno, entonces tranquilo.

– Sí, estoy tranquilo.

– ¿Y qué pasó con el encargo? Ya no tengo nada, mano.

– Te lo anduve hoy en la mañana, de seguro llega en un rato, nada más que ahora me pediste mucho.

– No, qué va. Es lo de siempre. Luego quiero que te des una vuelta, este fin de semana, para acá. Ya supe que le dijiste a ella que primero se calme. Hiciste bien, como si lo hubiera hecho yo.

– Ya sabes que con los dos tengo amistad.

– Sí, pero de todas formas. No he estado muy claro con todos estos problemas, pero te agradezco que estuvieras con ella, para que le aclares.

– No hay problema. Entonces el fin de semana nos vemos por allá. Llego por allí el viernes en la noche.

– Acá nos vemos.

Cuelga, más bien cierra el aparato y se queda en silencio. Abre el cajón de su escritorio y revisa por enésima vez el expediente. No le falta nada, ya está completo. Lo revisó personalmente y hasta dictó algunas cosas que no se entendían en lo legal. Lo cerró y buscó el auricular.

– Dígame, señor…

– ¿Tengo cita con alguien para comer?

– Con nadie, señor.- Entonces pídame una de esas comidas chinas, que me la traigan en una hora.

– ¿De donde siempre, señor?

– No, yo creo que busquen en otro lado, la otra que trajeron no me gustó.

– Muy bien.

Tranquilo, pensó en la comida. Le encantaba comer en su oficina, sobre todo cuando tiene tantos informes para divertirse.

La sucesión en la UAEM

* Desde alguna Secretaría han salido los últimos rectores. Uriel Galicia, quien recaló en la ANUIES y la Universidad Tecnológica de Ecatepec, fue secretario de Administración y el químico Rafael López, hoy también en la ANUIES, ocupó la Secretaría de Investigación.

 

Jorge Hernández

Faltan seis meses para que se publique la convocatoria para las elecciones de rector en la Universidad estatal. Pero a tres meses los acomodos en esa institución ya comenzaron.

El retorno de Maricruz Moreno Zagall a la estructura administrativa de la Universidad estatal significa también el regreso del llamado grupo de Los Químicos, que a un año de las elecciones en esta institución busca posicionar al equipo que los representará.

Rafael López Castañares, el anterior rector, pertenece a este grupo y ahora se desempeña como secretario general de la Asociación Nacional de Universidades de Educación Superior.  

Hace unas semanas, Moreno Zagall encabezó una serie de cambios en el organigrama universitario, en donde también se incrustó a Guillermina Díaz Pérez, una ex directora de la facultad de Ciencias Políticas y a Graciela Suárez, ex directora de la Facultad de Planeación Urbana y Regional.

De ellas, sólo las dos primeras tienen posibilidades reales de acceder a la rectoría, aunque deberán contender con los candidatos naturales, como Eduardo Gasca, secretario de Rectoría y hermano de un ex secretario de Educación estatal, Agustín Gasca.

Desde alguna Secretaría han salido los últimos rectores. Uriel Galicia, quien recaló en la ANUIES y la Universidad Tecnológica de Ecatepec, fue secretario de Administración y el químico Rafael López, hoy también en la ANUIES, ocupó la Secretaría de Investigación.

El actual rector de la UAEM, José Martínez, también estuvo en ese puesto, pero sus aspiraciones son más políticas que académicas y se le menciona en la búsqueda de la alcaldía de Metepec, pero también en una curul local.

Actualmente, en la Secretaría de Rectoría está Eduardo Gasca, el aspirante natural al cargo.

En las elecciones del 2005, dos mujeres se posicionaban para contender por el cargo, Melody Huitrón y Maricruz Romero. Huitrón, una ex directora de la Facultad de Derecho, perdió las elecciones por el segundo distrito local en Toluca, contra el panista Juan Carlos Núñez armas, hombre fuerte de los azules a nivel estatal y optó por dirigir al Consejo estatal DE Población por un breve periodo. Huitrón está retirada de la escena política, pero su cercanía con el gobierno de Peña la colocan de nuevo en la mira, ya que pertenecen al mismo partido y son de la zona norte de la entidad. La familia de Huitrón ha ocupado cargos políticos en los últimos 30 años pero Melody siempre ha expresado la intención de dirigir a la UAEM, que nunca ha tenido una rectora.

Moreno Zagall, una licenciada en Turismo, era secretaria de Docencia en la misma Universidad, con Rafael López, pero la designación de Martínez opacó sus esperanzas. Moreno estuvo comisionada, durante casi tres años, en el área Académica de la ANUIES, junto con su anterior jefe, hasta que la propia UAEM decidido reactivarla.

Hoy, Moreno se convierte sin mover un solo dedo, en una de las aspirantes con mayor fuerza, debido al apoyo de su grupo y a que ocupa la Secretaría de Extensión y Vinculación.

A estas dos mujeres se les agrega Guillermina Díaz Pérez, desde hace unos días secretaria de Administración, como Uriel Galicia.

Para Díaz “deberá valorarse la trayectoria que hayan tenido en la institución y la capacidad que tengan para desarrollar un cargo como ese”. Licenciada en Ciencias Políticas y maestra en Estudios para la Paz y el Desarrollo, ambas por la Universidad Autónoma del Estado de México, fue directora de la Facultad de Ciencias Políticas y Administración Pública y fungía como secretaria de Extensión y Vinculación.

Eduardo Gasca, secretario de Rectoría, que ocupara José Martínez, es otro de los aspirantes. Hermano del ahora director del Mexiquense de Cultura, ha desarrollado su carrera como funcionario en la Universidad. Maestro en Ciencias, toma la sucesión como algo prematuro todavía.

Otro que buscará el cargo es Luis Alfonso Guadarrama Rico, secretario de Docencia, quien junto con Juan Arturo Ocaña Ponce, director de la faculta de Arquitectura, tienen menos opciones que los anteriores, aunque preparan terreno para el futuro.

Ocaña, un arquitecto que ha vinculado a su escuela con la ciudadanía mediante obras públicas en diferentes municipios, intenta atraer la atención de los profesionistas y los alumnos, desde donde partiría su base.

La incorporación de mujeres a los primeros planos de la Universidad indica que el próximo rector sería una mujer. Otras que se mencionan, aunque con posibilidades mínimas hasta hoy son Laura Leticia Heras, ex directora de la facultad de Ciencias Políticas; Lucila Cárdenas Becerril y Graciela Suárez Díaz, ex directora de Planeación y hoy secretaria de Difusión Cultural.

El resto de las secretarías están ocupadas por Carlos Arriaga, en Investigación y Estudios Avanzados; y Felipe González Solano, en Planeación y Desarrollo Institucional. En las pasadas elecciones participaron Alberto Saladino, Jesús Salgado Vera y Martínez Vilchis.

Las elecciones arrancan cuando la convocatora para los interesados sea publicada. Un año después, a mediados de mayo, se recibirán solicitudes en la Comisión Electoral universitaria, que darán paso a jornadas de promoción y campañas ante la comunidad de aquella universidad. Luego, la Comisión Especial Electoral entrevista a los aspirantes y analiza propuestas de trabajo y por último se realiza una auscultación entre los universitarios. Los aspirantes deben tener un apoyo del 10 por ciento de la comunidad para poder ser candidatos.

La caja del tráiler

* Una camioneta Ecovan y un Peugeot compacto aguardan su suerte. Penden de dos grúas y los policías intentan descifrar quién manejaba los vehículos. Pero todo tiene su tiempo. Primero son los diez. Todos vestidos con pantalón de mezclilla, algunos con chamarras de plástico y otros con sudaderas, son recargados contra cualquier muro, alejados entre sí lo suficiente para que no se hablen. Les ordenan cruzar las piernas y un hombre pasa con una hoja, apuntando los nombres.

 

Miguel Alvarado

Son las siete de la mañana. Es lunes. Las instalaciones de la PGR en Toluca son tomadas por agentes de la ASE y de la propia Procuraduría.

Un tráiler ha sido robado y los culpables detenidos. Un destacamento de 36 policías cuidan a los ladrones, quienes permanecen hincados a las puertas de la delegación, con la cara cubierta con sus propias ropas, arropados también por un par de agentes armados, algunos con pasamontañas y con las armas listas, como si hubiera posibilidad de escape.

Una camioneta Ecovan y un Peugeot compacto aguardan su suerte. Penden de dos grúas y los policías intentan descifrar quién manejaba los vehículos. Pero todo tiene su tiempo. Primero son los diez. Todos vestidos con pantalón de mezclilla, algunos con chamarras de plástico y otros con sudaderas, son recargados contra cualquier muro, alejados entre sí lo suficiente para que no se hablen. Les ordenan cruzar las piernas y un hombre pasa con una hoja, apuntando los nombres.

– Nombre…

– Arellano Álvarez… Y el resto se pierde entre la bulla de los comandantes, quienes se reúnen en el centro de aquella explanada con un ensarapado, quien rinde su declaración y detalla cómo fue el asalto.

– Nombre…

– Arturo…

– Nombre…

Cada uno intenta descifrar qué está pasando. Apenas en la madrugada habían obtenido un contacto, con el cual haría tratos.

El impresentable Arellano pide permiso. No puede más. Se derrumba sobre sí mismo mientras los guardias lo observan, sin ninguna emoción en el rostro.

También Daniel, quien cercano a la puerta de acceso y cubierta la cara con una sudadera café, pide permiso para respirar.

– Nada más tantito, oficial, déme chance- murmura el delincuente, mientras su custodio lo mira, como si no entendiera la petición.

Daniel se incorpora un poco, pero es detenido de inmediato.

– ¡Qué te pasa! Siéntate como estabas, rápido, rápido.

– Es que no puedo respirar, jefecito, nomás que me entre el aire.

El plan había fallado. Una bodega de abarrotes fue el objetivo y hasta allí todo iba bien. Luego el tráiler cargado con 20 toneladas circulaba por la México-Toluca, con rumbo a Santiago Tianguistenco, custodiado por los autos, donde iban los hombres, armados con como si fueran del ejército. O narcos, casi lo mismo.

Pero no contaban con el localizador satelital. Una obviedad que hasta un niño de diez años, instruido por las series policiacas conoce. Así, el tráiler jalaba un enorme mapa digital que condujo a la policía hasta ellos. El resto es fácil. Localizaron incluso la bodega donde descargarían

Arellano no soportó mucho. Luego de media hora hincado, pidiendo perdón al muro de la PGR, confesó a la primera pregunta. Un oficial, gallardo y alto, afeitado y desayunado, no tuvo problemas y ni siquiera un empujón mereció Armando. Pequeño y con sobrepeso, la posición había estragado sus fuerzas. Toda la noche manejando le volvió lento. Arellano dijo sí a todo.

– Yo manejaba el Peugeot. Iba detrás del tráiler, pero se iba amarrando. Conseguimos a alguien. Le íbamos a cobrar 800 pesos. Más o menos como a la una de la mañana.

Eso fue suficiente. El oficial, flamante en una buena mañana, pasó el reporte. Rápido, sin equívocos. El resto de sus compañeros festejó la facilidad y se dieron palmadas. Luego se acercaron al ensarapado. Era el velador, golpeado y asustado, aunque no había marcas en su rostro. Su sarape, sonrosado a esa hora inapropiada, volaba con el aire frío y obligaba a maniobras imposibles. El hombre, pequeño, moreno y anciano, respondía pausadamente.

Mientras, los custodios despojaban a los detenidos. Todos los cinturones dejaron su lugar, junto con las agujetas y los mismos zapatos, que les fueron quitados para facilitar las maniobras. Las pertenencias fueron guardadas en una miserable bolsa de plástico, exhibida en el centro del patio como prueba del robo. Junto a ella, hojas rosas y amarillas, tal vez el plan o solamente una carta para alguien. También una cartera, pequeñita, justa para guardar una credencial de elector. Allí, en el centro, impúdicamente libres, las pertenencias resistían las ráfagas.

– ¿Puedo ponerme los tenis? Es que tengo las uñas enterradas. Gimió uno.

Los policías dieron permiso y el ladrón movió sus manos congeladas, ateridas, pero no atinaba, hasta que recibió una reprimenda. Apuró los dedos y pudo ponérselos. Los tenis, de una marca inquietante por lo desconocida, descansaron los dedos del hombre, quien regresó a su posición original, sollozando.

Otro de ellos, derrumbado por completo, esperaba paciente la maniobra que los llevaría a los separos y a la consabida rueda de prensa, donde se difundiría la foto y los motivos. Mientras, los empleados llegaban y, como si nada, paseaban entre los detenidos. Secretarias ya afanadoras platicaban de la noche anterior y ni siquiera los volteaban a ver, como si hubieran estado siempre allí, postrados contra una pared.

Una de ellas salió de las oficinas y preguntó, al encarase con la espalda de Arellano:

– ¿Tiene detenidos?

– Sí -dijo alguien que miraba.

La secretaria se acomodó la blusa, afinó los tacones y esperó a su acompañante. Juntos atravesaron el patio, sonriendo y encontraron a su jefe. Intercambiaron bromas y caras de disgusto para luego regresar, sin mayor preámbulo.

Todo estaba allí, excepto la caja del tráiler con el traidor dispositivo. Si no conocen a nadie, Arturo Luna García, Arturo Aguirre Martínez, Enrique Sandoval García, Esteban Fernández Torres, Luis Antonio Castro Contreras, Eliseo Borja Flores, Edgar Luna García, Armando Arellano Álvarez, Eduardo Ruiz Martínez y Germán Morales Méndez, podrán estudiar mejor su siguiente golpe, cuando la burocracia o una manita los dejen salir, luego de intentar su readaptación en alguna cárcel modelo.

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