El Barco Ebrio

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Gildardo Quiroz era un abogado más en la ciudad de Metepec. Un buen día, por alguna razón, aceptó la invitación de una regidora en aquel municipio para convertirse en su asesor, hace seis años. No se sabe si trabajó bien o mal, pero la política lo encandiló para siempre, como sucede comúnmente con abogados convertidos en consejeros.

 

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Gildardo era un ciudadano común y corriente, ni popular ni rechazado. Durante al menos 10 años trabajaba honradamente, al lado de su familia, oriunda de Oaxaca, en la colonia Izcalli IV, en Metepec, vendiendo en una tiendita, mole, quesos y otros productos.

 

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Hace tres años decidió, también por razones que escapan al entendimiento humano, aceptar una regiduría en Metepec, por el Partido del Trabajo, pues Gildardo había participado en la campaña del actual alcalde, Óscar González. Metepec se alegró, aunque tampoco mucho, cuando un gobierno de izquierda llegó al poder. La corrupción de priistas y panistas había quedado demostrada por muchos años y un cambio, tal vez, le vendría bien al municipio.

 

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Gildardo siempre procuró a los suyos, en especial a la abuela, aunque él no vivía con ella. Buscó su residencia en otro lado pero no abandonó a sus seres queridos, tanto que, ya regidor, se da su tiempo para visitarlos en horarios de trabajo. Las doce, las 11 de la mañana, la una de la tarde lo sorprenden en amena charla, en plena calle.

 

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A pesar de ello parte de su trabajo se pudo ver a mediados de este año, cuando ordenó la pavimentación de la calle principal de aquel barrio, justamente donde tiene la vivienda su abuela. Los vecinos, luego de veinte años de espera, verían por fin reparada en su totalidad una calle.

 

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Pero Gildardo les tenía reservada una sorpresa. Sólo desde la esquina donde está la abuela, hasta la siguiente, donde vive su hermano, fue reencarpetada. Los vecinos se quejaron, como debe ser, y al ex asesor no le quedó de otra que pavimentar el resto, aunque se cuidó bien de no tocar el resto de la colonia.

 

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Los vecinos, ocupados siempre en vigilar a sus representantes, no tuvieron que pegar el ojo cuando notaron que un auto nuevo se detenía en el domicilio de los familiares de Gildardo. De una camioneta Eclipse azul, reluciente de metálica, muy ufano, bajó el regidor a darles las buenas nuevas a sus parientes. No llevaba ni tres meses en el cargo.

 

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La Independencia, la Revolución y el Bicentenario, todos juntos, le hicieron justicia a Gildardo, pues muy pronto las casas de sus parientes fueron remodeladas. Echaron dos pisos más, también muy modestos pero eso sí, muy bien pintados.

 

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Pasó el tiempo y Gildardo pareció conformarse con lo que había conseguido. Pero no. El hombre es un ser indescifrable y Gildardo también. Así que compró dos terrenos, también en Izcalli IV, por 350 mil pesos cada uno, uno ubicado en la calle de Cuemanco, justo atrás a de la casa de la abuela, pero además se le atravesó una vivienda, allá en la calle de Apaxco, que adquirió en 450 mil pesos.

 

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En descargo de Gildardo, no se sabe si las propiedades fueron adquiridas por el propio ayuntamiento y el regidor se encarga, nada más, de dirigir los trabajos de construcción en uno de los terrenos, donde diligentemente supervisa a trabajadores del ayuntamiento. Pero no hay tampoco alguna manta o señal que indique que el municipio es el dueño de las propiedades.

 

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Las compras de este pequeño admirador de Arturo Montiel superan el millón de pesos, nada mal para tres años de arduo trabajo.

 

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Gildardo siempre pensó en beneficiar a la gente. Y como dictan los clichés, comenzó por la que vivía en su casa. Así, sin más, llevó a uno de sus tíos a trabajar en el ayuntamiento, en el área de Gobernación. Pero allí ciertos excesos provocaron las murmuraciones y quejas de algunos empleados, sobrevivientes de la administración panista, que obligaron a Gildardo a mover al pariente incómodo.

 

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El traslado resultó benéfico para ambos, pues Gildardo nombró al bienamado pariente coordinador de regidores, desde donde el tío prepara su propia carrera en la misma regiduría del sobrino.

 

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Gildardo y su tío son habituales acompañantes en las giras del alcalde, Óscar González, por los diversos bares del valle de Toluca. Conocen a profundidad la etílica debilidad del presidente municipal y lo apapachan sabiendo que son jóvenes y que tienen las administraciones que vienen a su disposición, si hacen las cosas correctamente.

 

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Los colonos de Izcalli IV recuerdan con desagrado que, hace poco más de un año y medio, trabajadores del ayuntamiento echaban a perder el pozo de agua que la colonia tiene desde su creación. Gildardo, el defensor de las causas perdidas, salió al paso y enfrentó con valentía el reto. “Fue un error del ayuntamiento”, dijo. Lo que no dijo fue cuándo ni cómo se iba a reparar ni con qué dinero, pues según el mismo, no había presupuesto para detalles tales. A la fecha, Izcalli IV recibe agua de otros barrios pues el pozo no ha sido reparado.

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