La merienda de Hidalgo

 * La ciudad de los diablos rojos no ofrecía mucho al cura y luego de tres horas decidió seguir camino. Sin embargo, cuenta Bastida, aceptó gustoso un chocolate caliente en la casa del señor José Mariano Oláes, doña Lorenza Orozco y sus hijas, Pomposa y Luisa. Allí los Oláes expusieron una imagen de la virgen de Guadalupe, que luego fue donada al Instituto Científico y Literario en 1910. Terminada la merienda, Hidalgo tomó rumbo a Tianguistenco, tierra luego colonizada por los Hank, pero en aquella travesía era punta de lanza para enfrentar a Trujillo, quien enfrentaba sus propios demonios. El virrey Venegas lo condenaba desde antes a una muerte segura. “Vencer o morir”, le ordenó en una misiva al militar.

 

Miguel Alvarado

Principiaba marzo, hace 7 años. El movimiento zapatista era noticia internacional y había conseguido conmover corazones y bolsillos. Trashumaba por todo el país seguido por crédulos e incrédulos, resguardado por blanquísimos monos que hablaban en italiano. El subcomandante Marcos, símbolo de los oprimidos, se había convertido en la parte central de una caravana que recorría conciencias y parecía conseguir lo que años de represiones, robos desde los puestos de poder, matanzas y promesas estériles nunca pudieron. Una revuelta pacífica se gestaba, al menos en el imaginario de las clases medias entendidas. Luego nada sucedió. Atenco pasó sobre la figura encapuchada del talismán, quien se esfumó de la noche a la mañana y la artera mano del Estado represor retomó las riendas del poder, con ayuda de los aliados de facto. Hoy Marcos vive entre brumas, pocos saben qué hace, qué dice, dónde vive, qué propone.

Hace siglos otro rebelde pasaba por Toluca. Éste sí, provisto de un armado ejército aunque indisciplinado. Fue también derrotado y nunca nadie recordó con exactitud su rostro. Después de muerto le escogieron el oficio de héroe de la Patria y también la misma niebla se encargó de borrar orígenes, reflexiones y objetivos de este padre gachupín, exaltador de conciencias.

Era el 27 de octubre de 1810 cuando Ixtlahuaca, el poblado más importante del valle de Toluca, le abría las puertas a Miguel Hidalgo, según una crónica del historiador Abraham Bastida. Según el relato, fue recibido “con pompa extraordinaria por el cura del lugar y por los principales vecinos y ahí. Según consta en la historia se produjo un molesto incidente en ese lugar cuando el Cura de Jocotitlán Don José Ignacio Muñiz le mostró el edicto de la Inquisición. En plena fiesta mostró los edictos de Abad y Queipo, del Arzobispo y de la Inquisición, los dos últimos posiblemente desconocidos para la mayoría de los jefes insurgentes. Allí mismo, dentro de la iglesia los hicieron pedazos y los pisotearon exclamando: “Cuarenta excomuniones que el Tribunal fulmine, entre nosotros viene quien las absuelva”, y alguien oyó a Hidalgo decir esta frase en la que parece condensarse su creciente nacionalismo: “No habrá inquisidor gachupín, ni arzobispo gachupín ni virrey gachupín, ni rey gachupín, ni santo gachupín”.

Ixtlahuaca, pueblo muy menor en el 2008, sobrevive sin embargo en condiciones superiores a emblemas creados por los gobiernos herederos de Hidalgo. Ni Atlacomulco o Acambay crecieron tanto económicamente. Jocotitlán nunca dejó de ser una curiosidad colonial, detenida para siempre por las nubes eternas de una montaña inaccesible, que guarda incluso secretos extraterrestres. Ixtlahuaca, más famoso por el enorme tianguis que se instala todos los lunes, sucumbió ante la Toluca coleccionista de sus propios horrores donde los Zárate, los Dosal, los Guerra, los Libién, los Kuri y otros venidos de orientes y ponientes se enriquecían amparados en usos y abusos de poderes otorgados tontamente por los nativos.   

Pero los tiempos de Hidalgo eran otros. Llegó a Ixtlahuaca para descansar fatigas y proponer la llegada a la ciudad de México. Toluca era paso casi obligado y distaba nueve largas leguas y con 10 mil habitantes en sus entrañas podría servir como bastión.

A Hidalgo lo esperaban los realistas en el Monte de las Cruces, un promontorio rocoso donde los asaltantes de la época pasaban a cuchillo a los viajeros que pasaban por allí. Hoy esta roca casi pelona es testigo mudo de las obras viales que el gobierno de Peña construye. Allí, cerca, 24 ejecutados relacionados con el narco yacen el sueño de los injustos mientras el alcalde Huixquilucan Adrián Fuentes, lucha por no morir en lo político, lo único que le queda.

Torcuato Trujillo, generalísimo del virreinato, nada sabía del narco ni de partidos políticos infiltrados y se limitó a seguir las órdenes de sus jefes. Debía impedir la llegada de Hidalgo a la ciudad de los palacios.

Todo tiene su tiempo e Hidalgo lo usó como mejor le convino. El 28 de octubre salía de Ixtlahuaca con rumbo a la desprotegida Toluca, entonces dirigida por un corregidor. “Entre los labradores que en ella residían hubo muchos partidarios de los insurgentes, aunque nunca se produjo ninguna conspiración. Se recibió a Hidalgo con pompa y después de que entró a la iglesia del Convento de San Francisco donde el padre fray Pedro Orcillés le dio la bienvenida, fue invitado a descansar en la casa que se encuentra en la casa actual de las calles de Isabela Católica y Lerdo, entonces de Esquipules y de la Tenería”, recuerda Bastida.

La ciudad de los diablos rojos no ofrecía mucho al cura y luego de tres horas decidió seguir camino. Sin embargo, cuenta Bastida, aceptó gustoso un chocolate caliente en la casa del señor José Mariano Oláes, doña Lorenza Orozco y sus hijas, Pomposa y Luisa. Allí los Oláes expusieron una imagen de la virgen de Guadalupe, que luego fue donada al Instituto Científico y Literario en 1910.

Terminada la merienda, Hidalgo tomó rumbo a Tianguistenco, tierra luego colonizada por los Hank, pero en aquella travesía era punta de lanza para enfrentar a Trujillo, quien enfrentaba sus propios demonios. El virrey Venegas lo condenaba desde antes a una muerte segura. “Vencer o morir”, le ordenó en una misiva al militar.

Los dos mil hombres de Trujillo esperaron en un bosque, cerca del Camino Real. Camuflaron los dos cañones que el virrey les consiguió y comenzaron el fuego. Los rebeldes de Hidalgo soportaron mal el baño de metralla pero no se rindieron. Un general que luego acapararían numeralias de calles y ciudades, Ignacio Allende, planeaba la estrategia de los insurrectos. Para ellos fue la batalla, luego de un intento por negociar de Trujillo, que terminó en cruenta balacera y la huida del español a Cuajimalpa.

La capital se ofrecía sin defensas a los ganadores. Pero Hidalgo contuvo ánimos y aguantó maldiciones. Terminó sentado, allá en las Cruces, mirando a todos lados, con los ojos cerrados. Recordó las reuniones en Valladolid, a las que acudían goloso compinches a comer conchas y beberse el vino de la curia mientras opinaba, pero sólo eso, sobre la necesidad de un cambio en el virreinato. Nunca quisieron más. Nunca tuvieron intenciones de nada más pero algo pasó. A hora y media a caballo de la ciudad de México, Hidalgo, el héroe sin rostro decidió entonces regresar por donde había venido. México sabía ya de la derrota de Trujillo y se aprestaba para la invasión de los 83 mil desastrados.

Toluca, a espaldas de Allende, tendría que esperar casi 190 años para recibir a otro rebelde, esta vez encapuchado y con otras intenciones.

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