A Octavio Paz, de lejos

* Jorge Toribio, escritor “maldito” del Estado de México por tocar investigar temas relacionados con la familia Montiel Rojas y acreditar la existencia del Grupo Atlacomulco, tiene otra faceta. Entrevistador nato, ha recopilado las vivencias de pintores famosos como José Luis Cuevas y Luis Nishizawa. Este es un segundo fragmento, narrado precisamente por Nishizawa en primera persona, que forma parte de un libro inédito que Toribio preparó hace unos años, detenido por la entonces directora del Instituto Mexiquense de Cultura, Carolina Monroy.

 

 

Jorge Toribio

Siempre admiré a Octavio Paz. El primer libro que leí de él fue El Laberinto de la Soledad.

A Paz lo sentí un poco difícil, porque cuando nos encontrábamos no me quería saludar. Claro, no tenía por qué hacerlo.

Me lo presentaron como cinco veces, siempre me decía: “Tanto gusto”. Una de esas veces fue en el Club Japonés, en donde dio una plática sobre literatura japonesa, de la que tuvo influencia. Como sabes, Octavio estuvo en Japón, tradujo el libro Las Sendas de Oku, escrito por Basho. Lo tradujo gracias a la ayuda de Eikichi Hayashiya, amigo mío, uno de los grandes intelectuales de Japón. Conozco Las Sendas de Oku gracias a la traducción figurada de Paz. Conversé mucho con mi padre sobre poesía japonesa, por eso la comprendo bien. La última vez que vi a Hayashiya en Tokio, me dijo que lo realizado por Octavio fue una recreación. Dijo recreación, porque la poesía es intraducible, no sólo la japonesa, sino la de cualquier parte del mundo. La poesía es difícil de traducir porque tiene un sentido oculto del lenguaje, pues aunque hables francés, si no eres francés, no percibes la esencia.

Hace poco escuché decir a Juan Soriano que Octavio con sus amigos intelectuales fue formidable, todo mundo lo quiso. Pero también fue especial. Es lógico, si a mí no me interesa alguien lo saludo, nada más. Paz así fue.

Lo encontré varias veces. La primera cuando dio una conferencia por iniciativa de Carmen Barreda, en el Salón de la Plástica Mexicana, sobre el Ukiyo-e. Octavio tenía una colección. En la conferencia estaban José Chávez Morado y otros de izquierda. Sentí como que a Octavio no le hacían mucho caso, a pesar de ser amigo de Octavio Barreda. Me acerqué a observar los grabados. Paz me miraba, pero no me saludó.

Después lo encontré varias veces en el hotel “Las Quintas”, ahí siempre se hospedaba. El gerente del hotel me compró un cuadro, me lo pagaba con almuerzos, ¡sí, me iba a comer muy elegante! Y allí veía a Paz. Lamento que no fuera más cálido, como sucedió con Siqueiros, quien fue hasta cariñoso conmigo.

Octavio Paz y Hayashiya entrevistaron a mi otro camarada, el pintor Toneyama. En uno de mis últimos viajes a Japón, me alojé en la casa de Toneyama. La viuda me pasó al estudio, un lugar solitario, ahí me encontré un poema dedicado a él: “Ver es hacer, oír es decir”, firmado por Octavio Paz. Me gustó mucho. En esas dos frases está implícito el arte de la poesía, de la pintura y del ser. En este momento en que Octavio está en el “candelero”, por decirlo así, la gente va a poder aquilatar mejor la obra de mi amigo Toneyama.

Algunas personas deseaban que Juan Soriano renunciara al segundo lugar que gané en aquel concurso del Salón de la Plástica Mexicana. Carmen Barreda me invitó a cenar a su casa para felicitarme por el reconocimiento. Cuando llegué estaba Octavio Barreda, después llegó Juan Soriano, el pintor más joven del grupo de “La Ruptura”, ahí lo conocí. Era un muchacho. En esa época tenía preocupación por la técnica, hacía un temple graso mal hecho. Ahora, cuando nos encontramos, es amable. Su pareja, Marek Keller, es inteligente. Los pienso invitar a mi museo.

Quise que Soriano fuera miembro de la Academia, nunca aceptó. Tiene un taller en Francia, medio año se la pasa allá. Era unido a Octavio Paz.

 

Mi camarada Toneyama

 

Kojin Toneyama estudió Letras, se dedicó a la poesía, después de la Segunda Guerra Mundial dejó la poesía para dedicarse a la pintura. Se quedó sin padres y hermanos, se salvó porque cuando iba a salir al frente a pelear, se hizo la paz. Decidió ser pintor para protestar por la guerra porque pensó que a su poesía le faltaría fuerza.

Toneyama llegó a México a fines de la década de 1950, lo trajo un amigo mío japonés. Es interesante lo que te voy a contar, Jorge Toribio. Kojin hablaba inglés, pronto nos hicimos amigos. Era un joven abierto, de mi edad. Al darme cuenta de que era una persona culta, lo empecé a llevar a varios lugares de México. Me sorprendió su sensibilidad tan aguda para el arte. Fue maestro de dibujo en Japón. En una de sus clases uno de sus alumnos pintaba con mucho colorido:

– ¿De dónde eres?

– De México – el padre del niño vivía en México, se apellidaba Toyoda, fue quien trajo a Toneyama.

Esto le fijó el nombre de México.

En la década de los cincuentas vio la gran exposición de arte mexicano que llevó Víctor Reyes a Japón. Se impresionó. Todo artista japonés tenía a París como meta, pero con esa exposición, México fue para los japoneses la idea, después París. Los japoneses descubrieron un país con gran riqueza artística y cultural. Así  llegó a México.

Con el tiempo me enseñó a calcar a través de la técnica japonesa llamada Taku-Hon. Quisimos dar a conocer los relieves prehispánicos a través de esa técnica. Duramos cinco años en hacer las calcas porque venía una vez al año, entonces mi esposa y yo nos poníamos a trabajar. Teníamos permiso del doctor Dávalos, director de Antropología, para visitar las ruinas arqueológicas. Hicimos una colección grande de Taku-Hon. Cuando terminamos de hacer las calcas, se presentaron en el Museo de Arte Moderno de Japón con gran éxito, después en el Museo de Arte Moderno de México. El arquitecto Pedro Ramírez Vázquez vio la exposición, dijo: “Lástima, no me enteré de la existencia de las calcas, de lo contrario las hubiese puesto en el Museo de Antropología del DF, en vez de los murales”. Agustín Yáñez, Ministro de Educación, se sorprendió tanto del trabajo que nos dijo que llevaría al entonces Presidente de México, Díaz Ordaz, para que las viera en la exposición y las comprara para el Museo de Antropología. Por desgracia hubo un congreso en Tel Aviv, el presidente Díaz Ordaz tuvo que asistir.

Para hacer la exposición, mi amigo Toneyama gastó mucho dinero, porque en apariencia el trabajo es fácil, pero los costos son altos. Toneyama publicó en Japón un libro de las calcas, en Holanda y en Nueva York causó sensación. Me dio créditos. Ahora quiero hacer un libro pero con arqueólogos mexicanos especializados en cada sitio, porque Toneyama revolvió las distintas épocas del México antiguo; claro, él no era arqueólogo. Le llamé a Alberto Ruz, le interesó el proyecto y escribirá el ensayo desde un punto de vista arqueológico. En México, la técnica del Taku-Hon, puede ser de importancia para dar a conocer al mundo lo que tenemos. Te digo que en Europa al ver nuestro trabajo, se maravillaron. Las calcas hoy sirven a los paleontólogos extranjeros para descifrar los glifos, porque registran mejor que la fotografía, que por más nítida, no puede registrar todo, mucho menos los detalles y una calca registra hasta un pelo.

Las calcas se hacen mejor con papel de china, salen como chicharrón y es conveniente mandarlas a Japón para estirar y re empapelar.

Taku-Hon significa en japonés mano y piedra, según los signos iconográficos chinos. Hay varias técnicas. La que Toneyama me enseñó es sencilla y no daña la piedra, ni siquiera la mancha. Hay otros métodos más complejos.

El término calca no es muy apropiado, tienes razón, para mi gusto es un término limitado. Es más profunda la idea del Taku-Hon. Cuando realizas un Taku-Hon, en apariencia es algo mecánico, y no. Es una obra de arte porque el artista, digamos el calcador, le impone su personalidad. A través de la técnica buscamos acercarnos al sentimiento del autor. En cierta ocasión una muchacha francesa después de conocer nuestras calcas, pidió permiso para realizar las suyas. Las hizo mal, es decir, con sentido comercial. Se notan las diferencias.

Fuimos varias veces a Bonampak con Anguiano, pero no podíamos trabajar porque Anguiano siempre tuvo la preocupación de ir a dibujar. Cuando mi amigo japonés no podía venir, Raúl nos acompañaba al sureste a trabajar. Nosotros calcábamos y Raúl dibujaba.

A Orozco nunca me acerqué

* Jorge Toribio, escritor “maldito” del Estado de México por tocar investigar temas relacionados con la familia Montiel Rojas y acreditar la existencia del Grupo Atlacomulco, tiene otra faceta. Entrevistador nato, ha recopilado las vivencias de pintores famosos como José Luis Cuevas y Luis Nishizawa. Este es un segundo fragmento, narrado precisamente por Nishizawa en primera persona, que forma parte de un libro inédito que Toribio preparó hace unos años, detenido por la entonces directora del Instituto Mexiquense de Cultura, Carolina Monroy.

 

 

Jorge Toribio

Orozco fue mi maestro, en un momento caí en el expresionismo. Una serie de mi obra tiene influencia de Orozco, dicen los críticos. Se trata de arte gestual, emanado de la caligrafía japonesa, eso escuché cuando los exhibí en Japón.

En realidad recibí influencia de su pensamiento, pero no de su obra. Claro, la influencia se traslapa o sobrepone. Se puede tener influencia superficial, pero nunca profunda. Quienes reciben influencia de Orozco resultan superfluos. José Luis Cuevas, uno de los pintores a quienes les has escrito (José Luis Cuevas, el Ojo Perdido de Dios. Jorge Toribio. UAEM. 1997), en sus inicios se dejó influenciar por Orozco, es de las mejores épocas de su trabajo. Sin embargo, supo manejar la influencia.

José Clemente es el más grande pintor de América y del mundo. Abarcó todo lo dramático.

Siendo yo estudiante tuve devoción por él, pero no podía ser un Orozco, aunque algunos críticos decían que en mi obra se reflejaba su trabajo.

Orozco es como un sol. Absorbente en ese aspecto.

Lo vi una vez en el Colegio Nacional, cuando expuso su colección de Los Teules. Yo era un joven estudiante de primer año. Muchas veces lo vi subir al camión Belén, lo observaba detenidamente. Se me grabó que en lugar de ver, como yo, a las muchachas, la calle, a la gente, tenía su mirada hacia sí mismo, ahogado en su mundo interno. A veces se reía y su risa era como la de un pavo, sarcástica y melancólica. Nunca me atreví a perturbarlo.

A pesar de mi admiración por él nunca me acerqué, porque ¿qué le iba a decir? Si él era un Señor, un Genio. No sabía si me iba a malograr. No era tan osado como muchos lo son en ese sentido, de acercarse. Además era tremendo, lo sabía, sobre todo con los pintores. Le tenían miedo, no le hablaban. Pero por otro lado supe de él cosas buenas. Tengo un amigo acuarelista, Ignacio Barrios quien me platicó una historia: teniendo Ignacio trece años de edad, un día encontró en el Paseo de la Reforma a un hombre que con dificultad tomaba su carpeta de dibujo. Se acercó, le preguntó:

 – Maestro, ¿puedo ver, puedo acercarme?

– Sí, le contestó moviendo la cabeza.

 Orozco hacía un apunte de un grupo de turistas en el monumento a Cristóbal Colón. Al terminar el boceto le preguntó a Barrios si le gustaba el dibujo y la pintura, lo invitó a su estudio. En esa época Orozco había trazado su gran obra. Cuando Ignacio me narró esto, pude entender la manera de ser de Orozco. Un hombre que le brinda amistad a un niño de trece años al abrirle las puertas de su estudio, lo motiva a dibujar, le corrige problemas de perspectiva, es una persona de buen corazón. Por cierto, le pregunté a Ignacio acerca de las correcciones, las perdió, no les dio importancia. Lástima, eran las anotaciones de un maestro. Más tarde Orozco recomendó a Barrios al diario Excélsior para ganarse unos centavos. Con esto te das cuenta de que Orozco era humano. Sobre todo con la gente sencilla.

 

Goitia me apoyó

 

A Goitia lo adoraba. Hubo un concurso de invierno en El Salón de la Plástica Mexicana, dirigido en ese tiempo por Carmen Barreda. Mandé obra, yo era joven, tenía la inquietud de exponer. Cuando un pintor expone ya es ganancia, un premio. Un día, al llegar a la galería para cerciorarme que no quitaran mi cuadro – a veces no exponían el trabajo de los jóvenes -, me encontré a Waldeen, la bailarina. Me preguntó si era Nishizawa, me dio un abrazo. Fue una gran sorpresa para mí. Platónicamente estuve enamorado de ella. La vi bailar en el DF, con un grupo de norteamericanos. Era maravillosa. Entonces me felicitó y se fue, no me lo expliqué. Al llegar al salón me enteré que había ganado el segundo lugar. Ese trabajo no sé si todavía se encuentra en las oficinas de la Unesco, en la Casa de México. Luis Echeverría se lo llevó allá. Todavía lo tenían cuando se encontraba como representante de México Miguel León Portilla.

Me sorprendió mucho obtener el premio porque no esperaba ganar, me conformaba con exponer. El premio me trajo amistades y enemistades. Amistades porque Waldeen, a quien tanto adoraba, me dio un abrazo cálido. En esa exposición participó Orozco. Tamayo y Siqueiros, entre otros, fueron jurados, al encontrarse en el salón se dieron de trancazos.

Eso me lo platicó Carmen Barreda. Se armó “mitote” tremendo. Carmen platicaba con Siqueiros, en eso apareció Rufino Tamayo. Ella aprovechó la oportunidad para que se dieran la manos e hicieran la paz, pero Tamayo le respondió: “Yo no le doy la mano a este hijo de tal por cual…”. Siqueiros se blanqueó, se le vieron hasta las venas del rostro, y sin pensarlo se le lanzó a trancazos. Cayeron al piso, se anduvieron revolcando. Víctor Reyes, Francisco Goitia y Justino Fernández, quienes eran parte del jurado, los separaron. Terminaron todos golpeados en el restaurante de la galería.

Una vez me fue a buscar a la Academia de San Carlos, entonces el director, Ignacio Asúnsulo, me mandó llamar. Yo estaba en el anexo de la Academia, en un taller de pintura. Casi no había alumnos en esos talleres. Cuando el director mandó por mí pensé que me iban a quitar el taller. Entonces fui a la dirección:

 – Mira Luis, el maestro te quiere conocer – Goitia estaba sentado.

– Voté por ti para el primer lugar… Deberías estudiar grabado a la manera japonesa, en madera, Ukiyo-e…

Platicamos un poco. Después Goitia de tarde en tarde llegaba a descansar a mi taller. Se quitaba el sombrero de paja, recargaba la bolsa de mandado de ixtle, se ponía a platicar. Siempre fue cariñoso conmigo.

Me llegó a invitar a su casa ubicada en la parada de El Torito, en Xochimilco.

Una vez compré, a través de la hija de Luis de León, una colección de Ukiyo-e, perteneció a Tamiya, al saber que ese tipo de arte le gustaba a Goitia se la llevé a su casa:

– Por favor maestro, escoja una estampa. Se la obsequio – se me quedó viendo.

– ¡No!, te la compro. No soy tan pobre como piensan.

Estuve en su casa poco antes de su muerte. Cuando Goitia quería que lo fuera a saludar, mandaba a uno de sus alumnos a buscarme.

Admiro a Goitia. Me impresiona su cuadro de Santa María, la hacienda.

Tuve influencia de él más bien espiritual. Recuerdo que hizo su casa de piedra, así, puesta una sobre otra, los techos de paja, el piso de tierra. Como Dios le dio a entender. Pero siempre estaba limpia.

El actor José Carlos Ruiz, antes de realizar la película de Goitia, al enterarse de que lo conocí, me visitó para preguntarme cómo hablaba y se movía el maestro. A cambio daría en el museo de Toluca “Luis Nishizawa”, una plática de teatro y actuación a mis estudiantes.

En una ocasión, Benjamín Coria le pidió consejo a Goitia:

– Mira, copio este cuadro, pero no me queda…

– Claro, porque primero debes usar temple de huevo.