Tú te quedas, tú te vas…

* Jorge Toribio, escritor “maldito” del Estado de México por tocar investigar temas relacionados con la familia Montiel Rojas y acreditar la existencia del Grupo Atlacomulco, tiene otra faceta. Entrevistador nato, ha recopilado las vivencias de pintores famosos como José Luis Cuevas y Luis Nishizawa. Este es un segundo fragmento, narrado precisamente por Nishizawa en primera persona, que forma parte de un libro inédito que Toribio preparó hace unos años, detenido por la entonces directora del Instituto Mexiquense de Cultura, Carolina Monroy.

 

 

Jorge Toribio

Voy a platicar de Luna Rodríguez. Me cambió por completo la visión. En ésa época crecimos bajo el manto del muralismo. Luna traía una visión europea, moderna y libre. Así algunos nos echamos en sus brazos. No es que Luna estuviera contra la Escuela Mexicana de Pintura, sólo tenía otra visión.

Llegó a México con el grupo de exiliados españoles apoyados por Lázaro Cárdenas. Ingresó de maestro a la Academia de San Carlos. Era bajito, de personalidad arrolladora, todo un español de los que cita Machado. Era andaluz. Cuando Luna trabajó con Siqueiros en un mural, dentro de un sindicato, me di cuenta que en realidad tenía una forma goyesca de expresión al pintar con fuerza y pasión. Así comprendí a los maestros españoles. Un día lo encontré pintando, sudaba demasiado, no hacía caso de mi presencia ni de mis palabras por la concentración tan aguda. Lo quise mucho y él a mí. Me invitaba a su casa en donde conocí a su esposa Alicia, señora preciosa, parecía artista de cine. Un día le llevé a su casa un cuadro que me prestó, ahí también me presentó a su hijo, a quien le hizo un retrato. Al niño le dio diabetes, murió. Tal vez por eso Luna regresó a España, antes de partir me regaló un cuadro grande, me pidió que lo recogiera porque no lo quería vender, pero yo no tenía coche. Al final se lo regaló a Alicia. Me lo cambió por uno chiquito.

Primero fui su alumno, después su maestro. Yo daba clases un día a la semana de técnica. En una ocasión me dijo: “Luis, danos una clase a mí y al grupo”. Así lo hice pero con esa pasión tan aguda que tenía al pintar, no me hacía caso, le molestaba la técnica. Con franqueza sólo deseaba expresarse. Un día me llamó: “Ven a mi casa, unos cuadros no secan y la pintura se cae”.

 

Chávez Morado me quiso atar

 

Él pertenece a la Escuela Mexicana, con una vocación definida de carácter social. Formó toda una escuela y fundó el Taller Integración Plástica en la década de los cuarenta. Un día fuimos a ver a Vasconcelos, entonces director de la biblioteca, para pedirle ayuda con el taller, pero ya estaba distante de la política, no pudo hacer nada. Me retiré del Taller Integración Plástica porque en realidad deseaba ser libre. Si me unía al grupo de Chávez Morado me vería maniatado, aunque lo consideré interesante y positivo porque se crearon varios murales, como los de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. Mi separación del taller no fue motivo para distanciarnos. Chávez Morado siempre me elogia, lo estimo mucho, a pesar de esas pequeñas diferencias. En el arte todo es legítimo siempre y cuando uno sea honesto.

 

Tú te quedas, tú te vas…

 

A Julio Castellanos lo tuve como maestro de dibujo en cuarto año. Dibujaba de manera extraordinaria. A todo le imprimía sensualidad, una emoción fantástica. Puedo reconocer, entre muchos dibujos, cuáles son de él. Era agudo y serio. Todos tenían la impresión de que era demasiado enérgico. Cuando entramos a su clase, por primera vez, nos puso a dibujar a una modelo desnuda: “Aquí está. Dibujen como puedan”. Nos tuvo dibujando toda la semana. Al terminar nos calificó: “¡Tú!, regresas a tercer año. ¡Tú!, quédate”. Por eso todos lo odiaban. Nadie chistaba, él veía nuestras capacidades. Al conocer su manera de calificar trabajé lo mejor, aunque en los exámenes temblaba, me aterraba la idea de regresar a tercer año. Por fortuna me quedé y dibujé a línea. Me sentí tranquilo.

A Castellanos lo consideré mi amigo. Después de la clase le mostraba lo que hacía, él me lo pedía. Siempre hablábamos de técnica. Recuerdo cuando me dijo: “Mira Luis, me cuesta mucho trabajo pintar”. Me impresionó el comentario. Llegó a decirle a Víctor Reyes, director del departamento de Artes Plásticas en Bellas Artes, que buscara la manera de que yo pudiera dar una clase de dibujo para ganar un poco y ayudarme en los estudios. Me dio gusto. Cuando fui a ver a Víctor Reyes, rezaba para que no me diera la clase. Sí, necesitaba ganar dinero, pero lo que deseaba era dedicarme a la pintura, a lo mío. Por fortuna no había plazas en ese momento, pero al desocuparse una plaza me tomaría en cuenta. Pasaron los años, un día Víctor Reyes se retiró de la clase que daba en San Carlos, me pidió quedarme en su lugar. No quería, me insistió: “Luis, súpleme aunque sea un año”. No me quedó otro remedio, acepté. Con el tiempo me involucré en la enseñanza. De esto hace cuarenta y cuatro años. Cuando comencé a dar la clase, duraba una hora y era semanal. Hoy dura dos horas todos los días.

 

Las galerías de arte

 

El Salón de la Plástica Mexicana lo fundó Susana Gamboa, ahí monté por primera vez mi trabajo. Antes de esa galería existió la de Arte Mexicano, de Inés Amor; hubo otra de corta vida. Cuando Susana, esposa de Fernando Gamboa, subdirector en ese entonces de Bellas Artes, se dio cuenta de que en la galería de Inés Amor había un grupo elitista, decidió abrir otra galería pensando en los jóvenes, para darles una oportunidad. A la primera persona que Susana invitó a exhibir fue a Celia Calderón, después se suicidó [1969]. Más tarde expuso Nicolás Moreno, paisajista; el tercer invitado fui yo:

Sucedió que el grupo de pintores más importante de México estaba en su galería. Inés Amor invitaba a los que en ese momento tenían demanda. Desde luego eran buenos, estaba toda la Escuela Mexicana de Pintura, de Rivera a Tamayo. El joven entraba con embudo, es lógico porque si tienes un establo de pintores entonces tienes demanda para cierto público. De haber seguido Inés con su galería nos hubiese invitado, estoy seguro, pero de todas maneras una o dos galerías era poco para la Ciudad de México, sobre todo para ayudar a los jóvenes.

La galería de Susana tuvo al principio una vida intensa, a ella pertenecían después todos los pintores, incluso los de la Galería de Arte Mexicano. La galería que fundó Susana siempre fue abierta y en cierto momento de importancia. Después bajó. Una vez sacaron una nota en el periódico acerca de una pequeña investigación sobre los que vendieron más obra en esa galería, en primer lugar quedó Rufino Tamayo, después seguí yo.

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La camioneta de la muerte de Luis G. Dosal

* Una Pick Up Studebaker era asignada al departamento de Obras Públicas de la ciudad y esperaba por sus ocupantes, el jefe de aquella dependencia, un joven Roberto Gómez Miranda y el chofer, Trinidad Salgado. Casi de inmediato comenzaron a recorrer la ciudad en el potente vehículo, una maravilla de la época y lo mismo trabajaban que paseaban por toda calle central, incluida Lerdo, donde pronto iniciarían las respectivas pavimentaciones.

 

Miguel Alvarado

Luis Gutiérrez Dosal se levantó temprano aquel 13 de enero. Abrió la ventana de su habitación y contempló el azul cielo que parecía caerse y se perdía allá por las granjas, al oriente de la ciudad. Los maizales y las casas grandes de los campesinos reflejaban el rocío de la helada de la noche anterior y aparecían limpios ante el empresario más famoso de Toluca. Hoy era un día especial para él. Había prometido un auto para el ayuntamiento de su amigo, el jovencito Carlos Hank y hoy lo entregaría, debidamente matriculado. No fue fácil conseguir aquella Pick Up Studebaker, de puro fierro y aguantadora. La camioneta estaba ya en el centro de la ciudad, esperando el momento de ser utilizada. Dosal se levantó y revisó su discurso, un pequeño texto que casi había memorizado para la ocasión y se dirigió al lugar de la cita. Allá, en el ayuntamiento ya lo esperaba el afortunado Hank, quien hacía un hueco en su agenda para su conocido, aunque en realidad pensaba en el negocio de gasolina que le habían propuesto.

Para Dosal aquello era una minucia. Presidente del exitoso Deportivo Toluca y con un emergente negocio de pastas y el monopolio de ciertas verduras, el auto regalado representaba un brillo más a su heráldica social. Pronto se deshizo del compromiso y se dedicó de lleno a sus actividades. El Necaxa había empatado con su equipo en el último juego de la temporada y ahora esperaba al Lanús, una poderosa escuadra argentina de gira por Centroamérica y que había pactado al menos cuatro matches con equipos mexicanos. Toluca tomaba el juego con seriedad. No hubo vacaciones para los pupilos de Fernando Marcos y ahora entrenaban las tácticas para anular a los peligrosos Cejas y Guido, seleccionados nacionales argentinos que reforzaban aquella máquina humana de jugar al futbol.

La Pick Up Studebaker, ya con sus nuevos dueños, era asignada al departamento de Obras Públicas de la ciudad y esperaba por sus ocupantes, quienes eran el jefe de aquella dependencia, el joven Roberto Gómez Miranda y un chofer, Trinidad Salgado. Casi de inmediato comenzaron a recorrer la ciudad en el potente vehículo, una maravilla de la época y lo mismo trabajaban que paseaban por toda calle central, incluida Lerdo, donde pronto iniciarían las respectivas pavimentaciones.

Pero 10 días después el destino truncaría aquellos momentos maravillosos. Gómez Miranda circulaba por la carretera Toluca-México, junto con un hermano y el chofer. Platicaban de cualquier cosa, mientras el aire frío se colaba por las abiertas ventanillas del Studebaker. Al regreso planeaban ir al cine, aunque no habían elegido a cuál, pero el Florida les llamaba la atención con Para Atrapar al Ladrón, donde aparecía la simpática Grace Kelly, futura monarca del principado de Mónaco, en pareja con Cary Grant, aunque en doble cartelera se proyectaba también Mambo, con la espectacular y muy descubierta Silvana Mangano, junto al épico Vittorio Grassman. El Coliseo competía por audiencia con Gran Hotel, último éxito del peladito Cantinflas, apoyado por De Aquí a la Eternidad, de Burt Lancaster.

En esas estaban cuando a lo lejos alcanzaron a escuchar una locomotora. Trinidad, sabedor de que en el cercano kilómetro 63 había un cruce y que si no pasaban antes quedarían varados una eternidad, aceleró la marcha. Muy pronto la máquina se hizo visible y también las intenciones del conductor. Para los hermanos Gómez resultó claro que nunca podrían ganarle al tren y con gritos y manotazos intentaron disuadir a Trinidad de ganar el cruce. Nada más inútil. Trinidad se arrojó temerario al paso del tren. El Studebaker 1956 era una nave de papel, un barco ebrio que perdía el control justo sobre los rieles magnetizados y se detuvo, mortalmente necia. Los tres vieron la hoz en forma de un imparable buque metálico que avanzó sin piedad sobre ellos. De nada valió forzar las puertas, que no cedieron ni un milímetro y la flamante unidad de Dosal fue arrastrada 30 metros, deshecha en su totalidad.

Minutos después un cuerpo se movía entre los fierros retorcidos, en busca de ayuda. Nadie se detuvo pero alguno pudo llamar a las unidades de rescate, que llegaron luego de largos minutos. Quien se movía era el hermano de Roberto Gómez, buscando sobrevivientes, que jamás halló. A su lado medraban sin vida Roberto y el imprudente chofer, confundidos entre el caos que la muerte arrastra tras de sí.

“En la caseta, hecha añicos, se encontraban prensados el cadáver del ingeniero, con la cabeza deshecha, entre los pedales de mando y los pies al aire. Junto a él, su hermano con tremenda herida en el cráneo”, consignaba El Sol de Toluca de los García Valseca.

La muerte del funcionario impactaba directamente a la administración de Hank, quien confiaba en él para las obras de construcción en la ciudad. La cadena del negocio se rompía allí de manera definitiva y obligaba a una rápida ingeniería en el gobierno. Mientras, lo importante era resolver lo urgente y a los dos días los héroes de la burocracia eran enterrados en el Panteón General, previa velada oficial en el cabildo de Toluca con el propio Hank al frente de los ennegrecidos dolientes.

El accidente demostró que el mote de Carretera de la Muerte de la México-Toluca estaba bien ganado, y el percance se sumaba a la larga lista de decesos en aquel asfalto. Toluca asistía, de nueva cuenta, a otro evento trágico que la dejaba helada, aunque los ceros grados en el valle habían hecho ya lo suyo.

Pasada la impresión, en Nicolás Romero una epidemia de tifo era combatida como mal podía el entonces director de Epidemiología, Efrén Oropeza, quien ordenó un cerco epidemiológico en la región para contener el avance de la temible peste. Los seis enfermos que quedaban con vida fueron sanados al paso del tiempo pero aquella nube de negro tifo siempre permaneció en aquellos cielos.

Otro pueblo que sufría los estragos de la violencia era San Felipe del Progreso. Un pleito por el control de la producción de la raíz de zacatón desató cruenta balacera entre los interesados, entre ellos una maestra de armas tomar, la directora de la primaria local Lucía Lino Zárate, mejor conocida como La Chata Lino. La historia, muy parcial, refiere que La Chata estaba en su casa, acompañada de cuatro personas cuando los integrantes del grupo rival, Los Dorados, llegaron al domicilio buscando al comisario ejidal y esposo de la maestra, Luis Cruz Gil.

La profesora, muy valiente, dijo a los encaballados que Cruz no estaba, pero uno de los malencarados pistoleros le respondió como era debido: “Pos entonces a usted”, le espetó casi en su cara, momentos antes de vaciar su pistola, un arma .28 Súper, en la humanidad de la educadora.

La Chata, como pudo, buscó refugio en su vivienda y logró escapar con vida pero los imitadores del Sundance Kid la tomaron contra el resto de los presentes, obligándolos a correr hacia los bosques cercanos. Los villanos no se detuvieron allí. Plomearon con estilo las abandonadas casas durante el resto de la tarde y noche mientras los vecinos se refugiaban y pasaban el plomo en los valles vecinos, temerosos de volver hasta que el gallo les cantó otro día.

Nadie pudo someter a los pistoleros hasta que llegó una partida de militares. Ellos, muchos por cierto, capturaron a los abrillantados Faustino Pérez, Jacinto Pérez y Esteban García Pérez, quienes ya habían acudido a los vocingleros locales para poner precio a la cabeza de la maestra y sus aliados. Cualquiera que necesitara 15 mil pesos podía acudir con los matones para cobrar la desproporcionada recompensa.

La Chata no se quedó callada. Prontamente reconoció y denunció a los agresores pero además implicó a personajes de vuelos más largos. “Por instrucciones de políticos que ocupan altos puestos en el gobierno del Estado de México, quienes intentan el monopolio de la raíz del zacatón, con aviesos fines y la complicidad de algunos empleados del Banco Ejidal” la querían eliminar del panorama.

Nada pasó después, al menos en los días siguientes, pero la maestra nunca fue la misma.

La nota roja campeaba en las portadas de los periódicos de entonces y desde asesinatos hasta golpizas eran consignadas puntuales por los reporteros de la sección. Una de ellas arrancó sonrisas y sonrojos entre la elite toluqueña cuando se supo que “una hembra de pelo en pecho” quiso asesinar a otra dama, luego de un pleito por culpa de los hijos de ambas. El suceso involucraba a Isabel Velásquez de Cienfuegos, señora muy “popof” de la época, luego de sacarle tremendo cuchillo a Rebeca Sepúlveda de Domínguez tras una serie de insultos provocados por una pelea de sus hijos, en la calle de Pensador Mexicano 53. La anécdota, más allá de la risa y el bochorno, demostraba la descomposición de la sociedad, que alcanza hasta hoy grados insospechados de crudeza.

Dosal, por su parte, nunca olvidaría aquel lamentable regalo que a fin de cuentas se convirtió en tumba de acero del infortunado ingeniero Roberto Gómez Miranda.

“Un perfume que huela a muerto”

* Jorge Toribio, escritor “maldito” del Estado de México por tocar investigar temas relacionados con la familia Montiel Rojas y acreditar la existencia del Grupo Atlacomulco, tiene otra faceta. Entrevistador nato, ha recopilado las vivencias de pintores famosos como José Luis Cuevas y Luis Nishizawa. Este es un segundo fragmento, narrado precisamente por Nishizawa en primera persona, que forma parte de un libro inédito que Toribio preparó hace unos años, detenido por la entonces directora del Instituto Mexiquense de Cultura, Carolina Monroy.

 

Jorge Toribio

En 1942 decido ingresar a la Academia de San Carlos. Alfredo Zalce me dio la técnica al fresco; Chávez Morado, pintura; Rodríguez Luna, pintura; Luis Sahagún, técnica; Salvador Toscano, arte prehispánico; Justino Fernández, arte moderno y colonial, y no recuerdo si también García Dueñas; Benjamín Coria, maestro extraordinario, me dio dibujo.

En aquella época dibujábamos muestras en yeso, disciplina académica que formó a grandes pintores. Orozco lo dijo cuando narró la manera de cómo se aprende a dibujar y agregó que gracias a esa técnica los alumnos sí aprendían. Los prejuicios actuales dicen que es académico, pasado de moda.

Con el maestro Coria tuve una relación estrecha. Fue el segundo pintor mexicano becado en Francia, después de Diego Rivera.

El primer día de clases al pasar lista me buscó con la mirada. Quiso saber quién era yo. Al otro día tomó un banco para dibujar, se sentó junto a mí. Yo, un alumno de primer grado, me puse nervioso, tomé el carbón:

– No te pongas nervioso  ¿Eres japonés?

– Mi padre es japonés.

– Muy bien, porque conocí a Foujita.

El hecho de que el maestro Coria me hablara de Foujita me despertó el interés de establecer una relación más cercana con él.

Cuando era yo niño mi padre me llevó a una exposición de Foujita en uno de los salones de la Secretaría de Educación Pública. Nunca se me olvidó el nombre. Ya después leía todo acerca de él por singular. Se peinaba de tupé, como niño. Era de facciones definidas, de regular estatura, fuerte de personalidad. Parte de su vida salía en los periódicos. En una época fue más famoso que Picasso, incluso los grandes diseñadores de moda lo imitaban. Al ser conocido, tenía “open house”, llegaban sus amigos a comer: Teherán, Picasso, Matisse, Modigliani, grandes poetas y músicos. De esta manera, Coria hizo amistad con él. Después de pasar el día juntos, en la noche iban a los cabarets, todo lo pagaba Foujita. El gobierno se preguntaba de dónde sacaba tanto dinero, el secreto estaba en que tenía amistades como el Príncipe de Gales, es decir, de grandes personajes de Europa. No sé si tengo todavía una fotografía en donde dibuja en la playa con un lápiz grande, de más de un metro de largo y bastante grueso. En vez de mover el lápiz para dibujar, mueve el papel. Es uno de los más grandes dibujantes, fue toda una atracción en París.

Cuando Foujita veía a una hermosa mujer en un restaurante, tomaba una servilleta de lino y la retrataba, al terminar llamaba al mesero para que le entregara el dibujo. Así conoció a Celia Montealbán, su tipo latino le interesó. Al rato ya estaba ella con él.

De esta manera Coria me abrió el mundo. En primer año yo todavía no sabía nada de historia del arte ni conocía a los grandes pintores, ni a los poetas, pero el maestro Coria que vivió muchos años en París, me platicó de todo, me maravilló. Ya después me sentaba junto a él, dibujaba y platicábamos.

Nuestra amistad fue estrecha. Una vez lo encontré afuera de mi estudio, el que pertenecía a la Academia de San Carlos, a donde llegaba Goitia para conversar.

– Qué bueno que lo veo, maestro, le voy a dar la invitación de mi boda.

– No seas estúpido, no hagas eso.

– ¿Cómo maestro?, tengo la ilusión.

– No, no seas estúpido. Mira, te vas a casar y vas a sentir dos piernas aquí (tocaba mi espalda), y tú que andas derecho te vas a hacer así (y se encorvaba), y vas a tener el primer hijo, se te va a subir, vendrá el segundo, el tercero. Todo lo cargarás.

Él tuvo una vida dramática, por eso me dio semejante opinión. En la Segunda Guerra Mundial se fue a Londres a vender su trabajo. Se hizo medio famoso. En Italia se casó, pero su esposa, por ser italiana, fue impositiva, lo anuló. Me narró que vivió con Modigliani: “Sí, yo me alojé en el piso de abajo, Modigliani tenía su cuarto arriba. A las seis de la mañana lo observaba trabajar. Se iba a desayunar al café; a las diez de la mañana regresaba borracho, con un rollo de papel en la mano donde llevaba sus dibujos. Los vendía baratos para pagar sus deudas”. Se lamentaba mucho de no haberle comprado algún dibujo por unos cuantos francos. Me contaba que Modigliani, “borrachales” de lo peor, era tan guapo que las mujeres se le entregaban.

Coria también fue amigo de Picasso y de Matisse, claro, cuando Matisse ya era anciano. Me contó que después de la Segunda Guerra Mundial hubo una crisis tremenda en Europa, todos los grandes premios de Roma hacían cola para obtener un tarjetón y con él adquirir comida. Mi maestro se dio cuenta de que no podía estar mucho tiempo en Italia, decidió regresar a México. Se fue a despedir de Matisse quien al cruzar el jardín, tomó una flor, se la colocó a Coria en la solapa. Mi maestro la conservó en papel. También conoció al aduanero Rosseau.

En México fue amigo de Rivera, tan grande amistad tuvieron que un día Rivera al pintar en el Palacio Nacional, escuchó a un amigo mío de San Carlos decir “La Academia anda mal, tiene malos maestros, ahí está Coria… ” . Mi amigo no se percató de la presencia de Rivera que estaba a su espalda e interrumpió: “No sea estúpido, si hay un buen maestro en la Academia, es Coria”. Mi amigo se marchó como un ratón.

Siento que Coria pintó poco, le faltó carácter.

A veces nos íbamos a tomar cerveza:

 – Maestro, lo invito a tomar cerveza.

– A las siete estoy contigo.

Muy europeo llegaba siempre con su abrigo, sombrero y bastón. Nos íbamos por Insurgentes a “El Gato Negro”, restaurante alemán. Nos ponían nuestro tarro y una col agria…

Vivió la gran época de París. Me platicó cosas increíbles. Cuando recién llegó comenzó a dibujar desnudos en uno de los mejores talleres. Al dibujar a una modelo, la muchacha “le echó el ojo”. Al terminar la sesión, le pidió que la llevara a casa. Con seguridad era joven y guapo. Tomaron un carruaje en una droguería, Benjamín se dio cuenta que la muchacha compró éter. Llegaron a la casa de la modelo, quien lo secuestró y enamoró. Con el vino y el éter tuvo una vida fantástica. En esa época esto era común en París. A una de sus novias le gustaba pasear en el Sena. Se pintaba los labios de negro, arreglarse el cabello con un tocado estrafalario y vestido también color negro. Era una época de romanticismo exacerbado, un tanto enfermizo, diría yo. Entonces la muchacha le dijo: “mira, amado mío, sólo me hace falta un perfume que huela a muerto”. Todo ese mundo se lo debo al maestro.

Yo que venía de Tepito descubrí a través de mi maestro la obra de Picasso y Cézanne. Me iba a la biblioteca de San Carlos, en esa época era una de las más ricas porque tenía grabados originales de Durero y de Rembrandt. Era maravillosa. Además estaban las galerías de la Academia, grandes salones llenos de obras de arte. Todo lo que existe hoy en el museo de San Carlos estaba en la Academia. En las horas de descanso iba a las galerías. No se me olvidan los dos bodegones de Cerezo, pintor español no muy conocido, los acabo de volver a ver en una exposición de San Carlos cuando vinieron las naturalezas muertas de Sevilla, España. Los bodegones de Cerezo aún me fascinan, son mis dos obras preferidas. En la Academia también había un retrato de Tintoretto, otro del Españoleto (Jusepe Ribera), para mí era lo mejor de la galería, ese retrato. Obras de Tiziano, de los primitivos. La Academia tenía un bagaje completo de arte.

La carrera perdida del “Caballo” Mendoza

* Todavía el gran público se conmovía y condenaba las maldades de los fuera de la ley. Incluso accidentes y suicidios sumían a la fría Toluca en mudos estupores, como aquel del 17 de enero de 1956, que involucraba a un familiar de un popular ex futbolista de los diablos rojos.

 

Miguel Alvarado

Los asesinatos y ejecuciones de la última década en Toluca no conmueven a nadie. Son crónicas anunciadas años antes porque policías y políticos optaron por el camino del narco, de la triquiñuela, del dinero fácil. Ellos no saben cumplir sus promesas pero los criminales sí. Ante los yerros, la factura es demasiado alta aunque no sirve de escarmiento y es moneda de cambio para una continua matanza a la que no se le encuentra solución. Las vendettas son cosa de todos los días y se insertan en la normalidad a la que asiste la ciudadanía, sin proponérselo.

Antes era lo mismo, pero todavía el gran público se conmovía y condenaba las maldades de los fuera de la ley. Incluso accidentes y suicidios sumían a la fría Toluca en mudos estupores como aquel del 17 de enero de 1956, que involucraba a un familiar del popular ex futbolista de los diablos de aquellos tiempos. La muerte de Felipe Mendoza Escobar, hermano de Alberto “Caballo” Mendoza movilizó a elegantes y descamisados en la búsqueda del cuerpo de aquel descreído de la vida hasta hallarlo en la antigua fábrica de mosaicos María Mendoza, en el número 38 de la calle de Quintana Roo.

La crónica roja, sedienta como la de hoy de huesos rotos y carnes putrefactas, narraba con lujo de detalles la odisea del ex futbolista profesional cuando en la casa de su madre descubrieron una nota, patética y macabra, sobre la decisión de aquel hermano.

Felipe vivía solo y nada lo consolaba en aquel ambiente estepario. Ni siquiera la influencia del famoso “Caballo” lo sacaba de una muy bien guardada amargura, que no encontraba refugio al leer las estadísticas deportivas, que ponían a su Toluquita en el cuarto lugar del torneo mexicano. Ni las cabriolas de Carús y Blanco ni la sabiduría de aquel Fernando Marcos, entonces director técnico de los escarlatas operaban su marasmo. Para él lo mismo era amanecer a seis grados bajo cero que encontrar la mañana soleada y derretida.

Compraba todos los días su comida, sin importarle tampoco la escandalosa subida de precios debido a los intermediarios que vieron en el negocio de los blanquillos la oportunidad de enriquecerse. Le pasó muy lejos la histórica reunión sindical en el Edomex de la CTM, donde asistirían el secretario federal del Trabajo, Adolfo López Mateos y el gobernador Salvador Sánchez Colín, en medio de las trifulcas por la pelea de la secretaría general, cargo que buscaba afanoso el entonces diputado Jesús García Lovera, ayudado desde los juzgados por su hermano, Antonio, apenas pasante en Derecho.

Era el 17 de enero y en la casa paterna de la familia Mendoza aquella carta negra a todos había puesto los pelos de punta. Felipe, el suicida, vivió en la calle Filisola 56 y el “Caballo” rememoraba triste que su hermano fue maestro de obras, tenía 45 años de edad, ni siquiera sus vicios eran escandalosos y los amigos en torno a él se habían marchado para nunca volver. A pesar de todo poseía dotes excepcionales aunque de nada le ayudaron para conservar la vida. Era músico y llegó a tocar con la afamada orquesta local de los Hermanos Vega.

Aquellas fechas eran aderezadas por las películas. Clark Gable triunfaba absoluto en la meca del cine al lado de la juvenil Susan Hayward y la película El Aventurero de Hong Kong era el irrefutable testigo, exhibido en el novedoso cine Florida, con triple cartelera que incluía La Fortaleza Flotante y Perfidia. El Justo Sierra, joya arquitectónica perdida para siempre, daba a los fieles cinéfilos Demetrio el Gladiador, con Víctor Mature y la muy de moda señorita Hayward, además de traer la apostura del vaquero por excelencia, John Wayne, en Una Isla en el Cielo.

El Florida escandalizaba a la mojigata sociedad con la premier de Carmen de Fuego, anunciada con candentes fotos de prohibidos bailes gitanos y el Coliseo ponía a consideración Barrio de Perdición, con el guapo Arturo de Córdova. Ese enero se batía el récord de taquilla conjunta en Toluca para cines, pues se recaudaron 389 mil 495 pesos por 220 mil localidades vendidas.

Pero aquel séptimo arte no era la respuesta para Felipe, quien tomada la decisión escribió la carta a su madre, enterándola del fin que le esperaba. Dejó la nota en el lugar más visible de la casa y salió a la calle, con rumbo a la fábrica donde trabajaba. No tenía deudas y era ahorrativo. Pudo comprar todavía los últimos cigarros, dos cuerdas de 30 centavos y tres velas de parafina. Abrió la puerta con su propia llave, pues era empleado de confianza, se fumó dos pitillos y volteó a ver el tétrico escenario de su muerte: una mesa de carpintero y varios montones de arena.

Mientras tanto, el “Caballo” era avisado por los familiares e iniciaba una frenética búsqueda por hoteles y comercios de la ciudad sin resultado alguno. Finalmente, al salir del hotel Suriano, alguien le avisó que el hermano había sido encontrado, pero que ya nada se podía hacer. Mendoza, el ex futbolista, llegó al lugar rodeado de agentes de la policía y encontró el dantesco cuadro. El cuerpo de Felipe tenía las piernas semiflexionadas y según relata El Sol de Toluca cuando todavía los Vázquez Raña no contaminaban sus contenidos, “la única lesión que presentaba al exterior era la carne amoratada y hundida a la altura del cuello”. Una foto en primera plana corrobora la identidad. Felipe, de cabello negro y bigote discreto, descansaba en cualquier piso con los ojos cerrados, listo para la morgue. El examen posterior concluyó que no murió de asfixia, pero aquellas cuerdas de 30 centavos tuvieron la fuerza suficiente para separarle las vértebras cervicales. El duelo de los Mendoza se hizo extensivo. La ciudad los acompañó en la tristeza y el procurador Guillermo Sánchez Colín dispensó la autopsia.

Todavía no se olvidaba el último retrato de Felipe cuando el Toluca enfrentó al poderoso Necaxa, de Alfredo del Águila, flamante seleccionado nacional. La Bombonera se llenó, como casi siempre pero el frío y el viento decidieron un juego mediocre, a pesar del incondicional apoyo de prensa y aficionados. Los redactores deportivos ensalzaban así al equipo, días antes del encuentro: el arquero Manuel Camacho “ha cimentado y entrado a un plano de seguridad únicos”, mientras que el defensa Segovia se hizo acreedor a un “seguro, recio y todo corazón”. El “Platanito” Hernández era pintado con la “experiencia y voluntad que le entrega al asunto”.

El único criticado fue el central Kérsul, pues con un “le pedimos que controle sus nervios alterados. Nos ha hecho sudar en muchas intervenciones” enterraban para siempre las aspiraciones de aquel rojo jugador. Wedell e Iturbe en el medio campo, “han amalgamado su juego” y Carús, “el único hombre de peligro” compartía créditos con Pérez, quien “tiene madera de cañón”.

Toluca empató a un gol y la tristeza del Caballo fue infinita. Con el tiempo aceptaría la muerte de su hermano y recordaría luego que cuando aquel murió en la Bombonera se pagaban 7 pesos por sentarse en Sombra y un peso por los niños; en Sol cobraban 3 pesos, mientras que donde ahora es santuario de la Perra Brava los pequeños entraban por 50 centavos.

Los días pasaron y la mayoría se quitó el luto. Los Mendoza encontraron como pudieron cierto sosiego y pronto otros intereses acapararon la atención pública, como la llegada de la argentina Silvia Huarte, poderosa ciclista panamericana que recorría el continente en su burro de acero, desde la Ciudad de la Furia hasta Canadá. Y Toluca se le atravesaba en el periplo. La deportista, menuda y muy morena, había sido asaltada en la carretera de San Juan del Río, Querétaro, pero llegó sana y salva a esta ciudad, donde el dueño del hotel Rex le abrió las puertas de su más confortable habitación. Silvia llevaba en carretera desde el 12 de julio de 1954 y estaba próxima a terminar. Para agradecer a los tolucos anunció una carrera de resistencia alrededor de la Alameda Central, donde pedalearía por 72 horas. Todos estuvieron de acuerdo y asintieron jubilosos para otorgar permisos y facilidades pero dos diputadas locales, enteradas de la temeridad de la paisana de Eva Perón, hablaron con ella y la disuadieron de hacer locuras, argumentando que la altura de Toluca era mortal para alguien no habituado a ella. Silvia lo pensó poco y canceló de inmediato, agradeciendo como es debido a quienes le apoyaron en su estadía. Después de unos días marchó para nunca más volver a la capital del chorizo.

La bicicleta pampera distrajo a los habitantes por poco tiempo, pues un nuevo escándalo se avecinó cuando dos meseras caminaban muy quitadas de la pena por la calle de Morelos, a las tres de la mañana. Gloria y Micaela Castillo fueron abordadas por policías, quienes las arrestaron de inmediato provocando la furia de los gremios hoteleros y restauranteros de la comarca. Federico Nieto, secretario general del sindicato, anunciaba entonces una gigantesca manifestación para protestar por las villanías de algunos uniformados. Las autoridades nada dijeron pero dejaron hacer y decir. Un día antes, sin embargo, la marcha fue cancelada por oscuros motivos. Luego se sabría que las meseras y una amiga fueron encontradas con tres tipos, aquella oscura noche, dentro de tres autos “practicando inmoralidades”. Y que Gloria reportaba su cuarta detención en menos de dos años. Para callarles la boca definitivamente a los quejosos, una detención extra cimbró a los sindicatos cuando el mesero José Martínez fue consignado por robo, en un operativo atestiguado por la prensa.

La policía no estaba para perder el tiempo. Silenciado el caso de las meseras, una nueva alerta se espació por los cuarteles cuando una orden federal exigía la búsqueda de uno de los pillos más redomados del momento, el uruguayo Alejandro Lessoni D’Almagro, consumado estafador en el Distrito Federal. Fue incluso capaz de una última villanía cuando, esposado y presto a ingresar al penal, ofreció al coronel Pedro Bonilla un cheque por 50 mil pesos a cambio de dejarlo en libertad. El coronel, queriendo o no, aceptó el papel y lo dejó escabullirse. Al otro día, el ingenuo policía se presentó a cobrar el documento pero en el banco amablemente le informaron que no tenía fondos. Atrapado con los dedos en la puerta, no le quedó más remedio que confesar su ineptitud pero Lessoni ya estaba lejos. La policía del Edomex recibió la orden de buscarlo hasta por debajo de las piedras y se le ordenaba no aceptar ningún cheque con la pena de verse estafados de la forma más vergonzante. Nunca lo encontraron pero la búsqueda permanece inscrita en los anuarios de los uniformados, quienes risueños recordaron por mucho tiempo al temible coronel Bonilla y su pedazo de papel firmado por 50 mil morlacos.

Más allá del bien y del mal, los personajes políticos del momento hacían sus vidas. Uno, el obispo de Toluca, Arturo Vélez Martínez, oficiaba misas para los peregrinos a la Basílica de Guadalupe en busca también de fondos para la construcción de su muy propia catedral. La cara del obispo en el Monte de las Cruces es idéntica a la de un primo suyo que luego lo rescataría de la ignominia, Alfredo del Mazo. Otros iniciaban sus dinosáuricas carreras en el sector público, como los jueces Genaro Vázquez Colmenares y Ulrick Figueroa Mata.

Nada cambia en la ciudad, los mismos nombres y apellidos están vigentes en los círculos del poder. Las mismas tragedias se cimentan en familias y barriadas y cada nuevo año representa una expectativa frustrada para la inmensa mayoría.