“Un perfume que huela a muerto”

* Jorge Toribio, escritor “maldito” del Estado de México por tocar investigar temas relacionados con la familia Montiel Rojas y acreditar la existencia del Grupo Atlacomulco, tiene otra faceta. Entrevistador nato, ha recopilado las vivencias de pintores famosos como José Luis Cuevas y Luis Nishizawa. Este es un segundo fragmento, narrado precisamente por Nishizawa en primera persona, que forma parte de un libro inédito que Toribio preparó hace unos años, detenido por la entonces directora del Instituto Mexiquense de Cultura, Carolina Monroy.

 

Jorge Toribio

En 1942 decido ingresar a la Academia de San Carlos. Alfredo Zalce me dio la técnica al fresco; Chávez Morado, pintura; Rodríguez Luna, pintura; Luis Sahagún, técnica; Salvador Toscano, arte prehispánico; Justino Fernández, arte moderno y colonial, y no recuerdo si también García Dueñas; Benjamín Coria, maestro extraordinario, me dio dibujo.

En aquella época dibujábamos muestras en yeso, disciplina académica que formó a grandes pintores. Orozco lo dijo cuando narró la manera de cómo se aprende a dibujar y agregó que gracias a esa técnica los alumnos sí aprendían. Los prejuicios actuales dicen que es académico, pasado de moda.

Con el maestro Coria tuve una relación estrecha. Fue el segundo pintor mexicano becado en Francia, después de Diego Rivera.

El primer día de clases al pasar lista me buscó con la mirada. Quiso saber quién era yo. Al otro día tomó un banco para dibujar, se sentó junto a mí. Yo, un alumno de primer grado, me puse nervioso, tomé el carbón:

– No te pongas nervioso  ¿Eres japonés?

– Mi padre es japonés.

– Muy bien, porque conocí a Foujita.

El hecho de que el maestro Coria me hablara de Foujita me despertó el interés de establecer una relación más cercana con él.

Cuando era yo niño mi padre me llevó a una exposición de Foujita en uno de los salones de la Secretaría de Educación Pública. Nunca se me olvidó el nombre. Ya después leía todo acerca de él por singular. Se peinaba de tupé, como niño. Era de facciones definidas, de regular estatura, fuerte de personalidad. Parte de su vida salía en los periódicos. En una época fue más famoso que Picasso, incluso los grandes diseñadores de moda lo imitaban. Al ser conocido, tenía “open house”, llegaban sus amigos a comer: Teherán, Picasso, Matisse, Modigliani, grandes poetas y músicos. De esta manera, Coria hizo amistad con él. Después de pasar el día juntos, en la noche iban a los cabarets, todo lo pagaba Foujita. El gobierno se preguntaba de dónde sacaba tanto dinero, el secreto estaba en que tenía amistades como el Príncipe de Gales, es decir, de grandes personajes de Europa. No sé si tengo todavía una fotografía en donde dibuja en la playa con un lápiz grande, de más de un metro de largo y bastante grueso. En vez de mover el lápiz para dibujar, mueve el papel. Es uno de los más grandes dibujantes, fue toda una atracción en París.

Cuando Foujita veía a una hermosa mujer en un restaurante, tomaba una servilleta de lino y la retrataba, al terminar llamaba al mesero para que le entregara el dibujo. Así conoció a Celia Montealbán, su tipo latino le interesó. Al rato ya estaba ella con él.

De esta manera Coria me abrió el mundo. En primer año yo todavía no sabía nada de historia del arte ni conocía a los grandes pintores, ni a los poetas, pero el maestro Coria que vivió muchos años en París, me platicó de todo, me maravilló. Ya después me sentaba junto a él, dibujaba y platicábamos.

Nuestra amistad fue estrecha. Una vez lo encontré afuera de mi estudio, el que pertenecía a la Academia de San Carlos, a donde llegaba Goitia para conversar.

– Qué bueno que lo veo, maestro, le voy a dar la invitación de mi boda.

– No seas estúpido, no hagas eso.

– ¿Cómo maestro?, tengo la ilusión.

– No, no seas estúpido. Mira, te vas a casar y vas a sentir dos piernas aquí (tocaba mi espalda), y tú que andas derecho te vas a hacer así (y se encorvaba), y vas a tener el primer hijo, se te va a subir, vendrá el segundo, el tercero. Todo lo cargarás.

Él tuvo una vida dramática, por eso me dio semejante opinión. En la Segunda Guerra Mundial se fue a Londres a vender su trabajo. Se hizo medio famoso. En Italia se casó, pero su esposa, por ser italiana, fue impositiva, lo anuló. Me narró que vivió con Modigliani: “Sí, yo me alojé en el piso de abajo, Modigliani tenía su cuarto arriba. A las seis de la mañana lo observaba trabajar. Se iba a desayunar al café; a las diez de la mañana regresaba borracho, con un rollo de papel en la mano donde llevaba sus dibujos. Los vendía baratos para pagar sus deudas”. Se lamentaba mucho de no haberle comprado algún dibujo por unos cuantos francos. Me contaba que Modigliani, “borrachales” de lo peor, era tan guapo que las mujeres se le entregaban.

Coria también fue amigo de Picasso y de Matisse, claro, cuando Matisse ya era anciano. Me contó que después de la Segunda Guerra Mundial hubo una crisis tremenda en Europa, todos los grandes premios de Roma hacían cola para obtener un tarjetón y con él adquirir comida. Mi maestro se dio cuenta de que no podía estar mucho tiempo en Italia, decidió regresar a México. Se fue a despedir de Matisse quien al cruzar el jardín, tomó una flor, se la colocó a Coria en la solapa. Mi maestro la conservó en papel. También conoció al aduanero Rosseau.

En México fue amigo de Rivera, tan grande amistad tuvieron que un día Rivera al pintar en el Palacio Nacional, escuchó a un amigo mío de San Carlos decir “La Academia anda mal, tiene malos maestros, ahí está Coria… ” . Mi amigo no se percató de la presencia de Rivera que estaba a su espalda e interrumpió: “No sea estúpido, si hay un buen maestro en la Academia, es Coria”. Mi amigo se marchó como un ratón.

Siento que Coria pintó poco, le faltó carácter.

A veces nos íbamos a tomar cerveza:

 – Maestro, lo invito a tomar cerveza.

– A las siete estoy contigo.

Muy europeo llegaba siempre con su abrigo, sombrero y bastón. Nos íbamos por Insurgentes a “El Gato Negro”, restaurante alemán. Nos ponían nuestro tarro y una col agria…

Vivió la gran época de París. Me platicó cosas increíbles. Cuando recién llegó comenzó a dibujar desnudos en uno de los mejores talleres. Al dibujar a una modelo, la muchacha “le echó el ojo”. Al terminar la sesión, le pidió que la llevara a casa. Con seguridad era joven y guapo. Tomaron un carruaje en una droguería, Benjamín se dio cuenta que la muchacha compró éter. Llegaron a la casa de la modelo, quien lo secuestró y enamoró. Con el vino y el éter tuvo una vida fantástica. En esa época esto era común en París. A una de sus novias le gustaba pasear en el Sena. Se pintaba los labios de negro, arreglarse el cabello con un tocado estrafalario y vestido también color negro. Era una época de romanticismo exacerbado, un tanto enfermizo, diría yo. Entonces la muchacha le dijo: “mira, amado mío, sólo me hace falta un perfume que huela a muerto”. Todo ese mundo se lo debo al maestro.

Yo que venía de Tepito descubrí a través de mi maestro la obra de Picasso y Cézanne. Me iba a la biblioteca de San Carlos, en esa época era una de las más ricas porque tenía grabados originales de Durero y de Rembrandt. Era maravillosa. Además estaban las galerías de la Academia, grandes salones llenos de obras de arte. Todo lo que existe hoy en el museo de San Carlos estaba en la Academia. En las horas de descanso iba a las galerías. No se me olvidan los dos bodegones de Cerezo, pintor español no muy conocido, los acabo de volver a ver en una exposición de San Carlos cuando vinieron las naturalezas muertas de Sevilla, España. Los bodegones de Cerezo aún me fascinan, son mis dos obras preferidas. En la Academia también había un retrato de Tintoretto, otro del Españoleto (Jusepe Ribera), para mí era lo mejor de la galería, ese retrato. Obras de Tiziano, de los primitivos. La Academia tenía un bagaje completo de arte.

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