La camioneta de la muerte de Luis G. Dosal

* Una Pick Up Studebaker era asignada al departamento de Obras Públicas de la ciudad y esperaba por sus ocupantes, el jefe de aquella dependencia, un joven Roberto Gómez Miranda y el chofer, Trinidad Salgado. Casi de inmediato comenzaron a recorrer la ciudad en el potente vehículo, una maravilla de la época y lo mismo trabajaban que paseaban por toda calle central, incluida Lerdo, donde pronto iniciarían las respectivas pavimentaciones.

 

Miguel Alvarado

Luis Gutiérrez Dosal se levantó temprano aquel 13 de enero. Abrió la ventana de su habitación y contempló el azul cielo que parecía caerse y se perdía allá por las granjas, al oriente de la ciudad. Los maizales y las casas grandes de los campesinos reflejaban el rocío de la helada de la noche anterior y aparecían limpios ante el empresario más famoso de Toluca. Hoy era un día especial para él. Había prometido un auto para el ayuntamiento de su amigo, el jovencito Carlos Hank y hoy lo entregaría, debidamente matriculado. No fue fácil conseguir aquella Pick Up Studebaker, de puro fierro y aguantadora. La camioneta estaba ya en el centro de la ciudad, esperando el momento de ser utilizada. Dosal se levantó y revisó su discurso, un pequeño texto que casi había memorizado para la ocasión y se dirigió al lugar de la cita. Allá, en el ayuntamiento ya lo esperaba el afortunado Hank, quien hacía un hueco en su agenda para su conocido, aunque en realidad pensaba en el negocio de gasolina que le habían propuesto.

Para Dosal aquello era una minucia. Presidente del exitoso Deportivo Toluca y con un emergente negocio de pastas y el monopolio de ciertas verduras, el auto regalado representaba un brillo más a su heráldica social. Pronto se deshizo del compromiso y se dedicó de lleno a sus actividades. El Necaxa había empatado con su equipo en el último juego de la temporada y ahora esperaba al Lanús, una poderosa escuadra argentina de gira por Centroamérica y que había pactado al menos cuatro matches con equipos mexicanos. Toluca tomaba el juego con seriedad. No hubo vacaciones para los pupilos de Fernando Marcos y ahora entrenaban las tácticas para anular a los peligrosos Cejas y Guido, seleccionados nacionales argentinos que reforzaban aquella máquina humana de jugar al futbol.

La Pick Up Studebaker, ya con sus nuevos dueños, era asignada al departamento de Obras Públicas de la ciudad y esperaba por sus ocupantes, quienes eran el jefe de aquella dependencia, el joven Roberto Gómez Miranda y un chofer, Trinidad Salgado. Casi de inmediato comenzaron a recorrer la ciudad en el potente vehículo, una maravilla de la época y lo mismo trabajaban que paseaban por toda calle central, incluida Lerdo, donde pronto iniciarían las respectivas pavimentaciones.

Pero 10 días después el destino truncaría aquellos momentos maravillosos. Gómez Miranda circulaba por la carretera Toluca-México, junto con un hermano y el chofer. Platicaban de cualquier cosa, mientras el aire frío se colaba por las abiertas ventanillas del Studebaker. Al regreso planeaban ir al cine, aunque no habían elegido a cuál, pero el Florida les llamaba la atención con Para Atrapar al Ladrón, donde aparecía la simpática Grace Kelly, futura monarca del principado de Mónaco, en pareja con Cary Grant, aunque en doble cartelera se proyectaba también Mambo, con la espectacular y muy descubierta Silvana Mangano, junto al épico Vittorio Grassman. El Coliseo competía por audiencia con Gran Hotel, último éxito del peladito Cantinflas, apoyado por De Aquí a la Eternidad, de Burt Lancaster.

En esas estaban cuando a lo lejos alcanzaron a escuchar una locomotora. Trinidad, sabedor de que en el cercano kilómetro 63 había un cruce y que si no pasaban antes quedarían varados una eternidad, aceleró la marcha. Muy pronto la máquina se hizo visible y también las intenciones del conductor. Para los hermanos Gómez resultó claro que nunca podrían ganarle al tren y con gritos y manotazos intentaron disuadir a Trinidad de ganar el cruce. Nada más inútil. Trinidad se arrojó temerario al paso del tren. El Studebaker 1956 era una nave de papel, un barco ebrio que perdía el control justo sobre los rieles magnetizados y se detuvo, mortalmente necia. Los tres vieron la hoz en forma de un imparable buque metálico que avanzó sin piedad sobre ellos. De nada valió forzar las puertas, que no cedieron ni un milímetro y la flamante unidad de Dosal fue arrastrada 30 metros, deshecha en su totalidad.

Minutos después un cuerpo se movía entre los fierros retorcidos, en busca de ayuda. Nadie se detuvo pero alguno pudo llamar a las unidades de rescate, que llegaron luego de largos minutos. Quien se movía era el hermano de Roberto Gómez, buscando sobrevivientes, que jamás halló. A su lado medraban sin vida Roberto y el imprudente chofer, confundidos entre el caos que la muerte arrastra tras de sí.

“En la caseta, hecha añicos, se encontraban prensados el cadáver del ingeniero, con la cabeza deshecha, entre los pedales de mando y los pies al aire. Junto a él, su hermano con tremenda herida en el cráneo”, consignaba El Sol de Toluca de los García Valseca.

La muerte del funcionario impactaba directamente a la administración de Hank, quien confiaba en él para las obras de construcción en la ciudad. La cadena del negocio se rompía allí de manera definitiva y obligaba a una rápida ingeniería en el gobierno. Mientras, lo importante era resolver lo urgente y a los dos días los héroes de la burocracia eran enterrados en el Panteón General, previa velada oficial en el cabildo de Toluca con el propio Hank al frente de los ennegrecidos dolientes.

El accidente demostró que el mote de Carretera de la Muerte de la México-Toluca estaba bien ganado, y el percance se sumaba a la larga lista de decesos en aquel asfalto. Toluca asistía, de nueva cuenta, a otro evento trágico que la dejaba helada, aunque los ceros grados en el valle habían hecho ya lo suyo.

Pasada la impresión, en Nicolás Romero una epidemia de tifo era combatida como mal podía el entonces director de Epidemiología, Efrén Oropeza, quien ordenó un cerco epidemiológico en la región para contener el avance de la temible peste. Los seis enfermos que quedaban con vida fueron sanados al paso del tiempo pero aquella nube de negro tifo siempre permaneció en aquellos cielos.

Otro pueblo que sufría los estragos de la violencia era San Felipe del Progreso. Un pleito por el control de la producción de la raíz de zacatón desató cruenta balacera entre los interesados, entre ellos una maestra de armas tomar, la directora de la primaria local Lucía Lino Zárate, mejor conocida como La Chata Lino. La historia, muy parcial, refiere que La Chata estaba en su casa, acompañada de cuatro personas cuando los integrantes del grupo rival, Los Dorados, llegaron al domicilio buscando al comisario ejidal y esposo de la maestra, Luis Cruz Gil.

La profesora, muy valiente, dijo a los encaballados que Cruz no estaba, pero uno de los malencarados pistoleros le respondió como era debido: “Pos entonces a usted”, le espetó casi en su cara, momentos antes de vaciar su pistola, un arma .28 Súper, en la humanidad de la educadora.

La Chata, como pudo, buscó refugio en su vivienda y logró escapar con vida pero los imitadores del Sundance Kid la tomaron contra el resto de los presentes, obligándolos a correr hacia los bosques cercanos. Los villanos no se detuvieron allí. Plomearon con estilo las abandonadas casas durante el resto de la tarde y noche mientras los vecinos se refugiaban y pasaban el plomo en los valles vecinos, temerosos de volver hasta que el gallo les cantó otro día.

Nadie pudo someter a los pistoleros hasta que llegó una partida de militares. Ellos, muchos por cierto, capturaron a los abrillantados Faustino Pérez, Jacinto Pérez y Esteban García Pérez, quienes ya habían acudido a los vocingleros locales para poner precio a la cabeza de la maestra y sus aliados. Cualquiera que necesitara 15 mil pesos podía acudir con los matones para cobrar la desproporcionada recompensa.

La Chata no se quedó callada. Prontamente reconoció y denunció a los agresores pero además implicó a personajes de vuelos más largos. “Por instrucciones de políticos que ocupan altos puestos en el gobierno del Estado de México, quienes intentan el monopolio de la raíz del zacatón, con aviesos fines y la complicidad de algunos empleados del Banco Ejidal” la querían eliminar del panorama.

Nada pasó después, al menos en los días siguientes, pero la maestra nunca fue la misma.

La nota roja campeaba en las portadas de los periódicos de entonces y desde asesinatos hasta golpizas eran consignadas puntuales por los reporteros de la sección. Una de ellas arrancó sonrisas y sonrojos entre la elite toluqueña cuando se supo que “una hembra de pelo en pecho” quiso asesinar a otra dama, luego de un pleito por culpa de los hijos de ambas. El suceso involucraba a Isabel Velásquez de Cienfuegos, señora muy “popof” de la época, luego de sacarle tremendo cuchillo a Rebeca Sepúlveda de Domínguez tras una serie de insultos provocados por una pelea de sus hijos, en la calle de Pensador Mexicano 53. La anécdota, más allá de la risa y el bochorno, demostraba la descomposición de la sociedad, que alcanza hasta hoy grados insospechados de crudeza.

Dosal, por su parte, nunca olvidaría aquel lamentable regalo que a fin de cuentas se convirtió en tumba de acero del infortunado ingeniero Roberto Gómez Miranda.

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1 comentario

  1. LOS COMENTARIOS DESCRITO ME HAN TRANSPORTADO A UN TOLUCA QUE NO CONOCI, CUNA DE MIAS MAYORES Y QUE LLEVO EN MI CORAZON.


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