La carrera perdida del “Caballo” Mendoza

* Todavía el gran público se conmovía y condenaba las maldades de los fuera de la ley. Incluso accidentes y suicidios sumían a la fría Toluca en mudos estupores, como aquel del 17 de enero de 1956, que involucraba a un familiar de un popular ex futbolista de los diablos rojos.

 

Miguel Alvarado

Los asesinatos y ejecuciones de la última década en Toluca no conmueven a nadie. Son crónicas anunciadas años antes porque policías y políticos optaron por el camino del narco, de la triquiñuela, del dinero fácil. Ellos no saben cumplir sus promesas pero los criminales sí. Ante los yerros, la factura es demasiado alta aunque no sirve de escarmiento y es moneda de cambio para una continua matanza a la que no se le encuentra solución. Las vendettas son cosa de todos los días y se insertan en la normalidad a la que asiste la ciudadanía, sin proponérselo.

Antes era lo mismo, pero todavía el gran público se conmovía y condenaba las maldades de los fuera de la ley. Incluso accidentes y suicidios sumían a la fría Toluca en mudos estupores como aquel del 17 de enero de 1956, que involucraba a un familiar del popular ex futbolista de los diablos de aquellos tiempos. La muerte de Felipe Mendoza Escobar, hermano de Alberto “Caballo” Mendoza movilizó a elegantes y descamisados en la búsqueda del cuerpo de aquel descreído de la vida hasta hallarlo en la antigua fábrica de mosaicos María Mendoza, en el número 38 de la calle de Quintana Roo.

La crónica roja, sedienta como la de hoy de huesos rotos y carnes putrefactas, narraba con lujo de detalles la odisea del ex futbolista profesional cuando en la casa de su madre descubrieron una nota, patética y macabra, sobre la decisión de aquel hermano.

Felipe vivía solo y nada lo consolaba en aquel ambiente estepario. Ni siquiera la influencia del famoso “Caballo” lo sacaba de una muy bien guardada amargura, que no encontraba refugio al leer las estadísticas deportivas, que ponían a su Toluquita en el cuarto lugar del torneo mexicano. Ni las cabriolas de Carús y Blanco ni la sabiduría de aquel Fernando Marcos, entonces director técnico de los escarlatas operaban su marasmo. Para él lo mismo era amanecer a seis grados bajo cero que encontrar la mañana soleada y derretida.

Compraba todos los días su comida, sin importarle tampoco la escandalosa subida de precios debido a los intermediarios que vieron en el negocio de los blanquillos la oportunidad de enriquecerse. Le pasó muy lejos la histórica reunión sindical en el Edomex de la CTM, donde asistirían el secretario federal del Trabajo, Adolfo López Mateos y el gobernador Salvador Sánchez Colín, en medio de las trifulcas por la pelea de la secretaría general, cargo que buscaba afanoso el entonces diputado Jesús García Lovera, ayudado desde los juzgados por su hermano, Antonio, apenas pasante en Derecho.

Era el 17 de enero y en la casa paterna de la familia Mendoza aquella carta negra a todos había puesto los pelos de punta. Felipe, el suicida, vivió en la calle Filisola 56 y el “Caballo” rememoraba triste que su hermano fue maestro de obras, tenía 45 años de edad, ni siquiera sus vicios eran escandalosos y los amigos en torno a él se habían marchado para nunca volver. A pesar de todo poseía dotes excepcionales aunque de nada le ayudaron para conservar la vida. Era músico y llegó a tocar con la afamada orquesta local de los Hermanos Vega.

Aquellas fechas eran aderezadas por las películas. Clark Gable triunfaba absoluto en la meca del cine al lado de la juvenil Susan Hayward y la película El Aventurero de Hong Kong era el irrefutable testigo, exhibido en el novedoso cine Florida, con triple cartelera que incluía La Fortaleza Flotante y Perfidia. El Justo Sierra, joya arquitectónica perdida para siempre, daba a los fieles cinéfilos Demetrio el Gladiador, con Víctor Mature y la muy de moda señorita Hayward, además de traer la apostura del vaquero por excelencia, John Wayne, en Una Isla en el Cielo.

El Florida escandalizaba a la mojigata sociedad con la premier de Carmen de Fuego, anunciada con candentes fotos de prohibidos bailes gitanos y el Coliseo ponía a consideración Barrio de Perdición, con el guapo Arturo de Córdova. Ese enero se batía el récord de taquilla conjunta en Toluca para cines, pues se recaudaron 389 mil 495 pesos por 220 mil localidades vendidas.

Pero aquel séptimo arte no era la respuesta para Felipe, quien tomada la decisión escribió la carta a su madre, enterándola del fin que le esperaba. Dejó la nota en el lugar más visible de la casa y salió a la calle, con rumbo a la fábrica donde trabajaba. No tenía deudas y era ahorrativo. Pudo comprar todavía los últimos cigarros, dos cuerdas de 30 centavos y tres velas de parafina. Abrió la puerta con su propia llave, pues era empleado de confianza, se fumó dos pitillos y volteó a ver el tétrico escenario de su muerte: una mesa de carpintero y varios montones de arena.

Mientras tanto, el “Caballo” era avisado por los familiares e iniciaba una frenética búsqueda por hoteles y comercios de la ciudad sin resultado alguno. Finalmente, al salir del hotel Suriano, alguien le avisó que el hermano había sido encontrado, pero que ya nada se podía hacer. Mendoza, el ex futbolista, llegó al lugar rodeado de agentes de la policía y encontró el dantesco cuadro. El cuerpo de Felipe tenía las piernas semiflexionadas y según relata El Sol de Toluca cuando todavía los Vázquez Raña no contaminaban sus contenidos, “la única lesión que presentaba al exterior era la carne amoratada y hundida a la altura del cuello”. Una foto en primera plana corrobora la identidad. Felipe, de cabello negro y bigote discreto, descansaba en cualquier piso con los ojos cerrados, listo para la morgue. El examen posterior concluyó que no murió de asfixia, pero aquellas cuerdas de 30 centavos tuvieron la fuerza suficiente para separarle las vértebras cervicales. El duelo de los Mendoza se hizo extensivo. La ciudad los acompañó en la tristeza y el procurador Guillermo Sánchez Colín dispensó la autopsia.

Todavía no se olvidaba el último retrato de Felipe cuando el Toluca enfrentó al poderoso Necaxa, de Alfredo del Águila, flamante seleccionado nacional. La Bombonera se llenó, como casi siempre pero el frío y el viento decidieron un juego mediocre, a pesar del incondicional apoyo de prensa y aficionados. Los redactores deportivos ensalzaban así al equipo, días antes del encuentro: el arquero Manuel Camacho “ha cimentado y entrado a un plano de seguridad únicos”, mientras que el defensa Segovia se hizo acreedor a un “seguro, recio y todo corazón”. El “Platanito” Hernández era pintado con la “experiencia y voluntad que le entrega al asunto”.

El único criticado fue el central Kérsul, pues con un “le pedimos que controle sus nervios alterados. Nos ha hecho sudar en muchas intervenciones” enterraban para siempre las aspiraciones de aquel rojo jugador. Wedell e Iturbe en el medio campo, “han amalgamado su juego” y Carús, “el único hombre de peligro” compartía créditos con Pérez, quien “tiene madera de cañón”.

Toluca empató a un gol y la tristeza del Caballo fue infinita. Con el tiempo aceptaría la muerte de su hermano y recordaría luego que cuando aquel murió en la Bombonera se pagaban 7 pesos por sentarse en Sombra y un peso por los niños; en Sol cobraban 3 pesos, mientras que donde ahora es santuario de la Perra Brava los pequeños entraban por 50 centavos.

Los días pasaron y la mayoría se quitó el luto. Los Mendoza encontraron como pudieron cierto sosiego y pronto otros intereses acapararon la atención pública, como la llegada de la argentina Silvia Huarte, poderosa ciclista panamericana que recorría el continente en su burro de acero, desde la Ciudad de la Furia hasta Canadá. Y Toluca se le atravesaba en el periplo. La deportista, menuda y muy morena, había sido asaltada en la carretera de San Juan del Río, Querétaro, pero llegó sana y salva a esta ciudad, donde el dueño del hotel Rex le abrió las puertas de su más confortable habitación. Silvia llevaba en carretera desde el 12 de julio de 1954 y estaba próxima a terminar. Para agradecer a los tolucos anunció una carrera de resistencia alrededor de la Alameda Central, donde pedalearía por 72 horas. Todos estuvieron de acuerdo y asintieron jubilosos para otorgar permisos y facilidades pero dos diputadas locales, enteradas de la temeridad de la paisana de Eva Perón, hablaron con ella y la disuadieron de hacer locuras, argumentando que la altura de Toluca era mortal para alguien no habituado a ella. Silvia lo pensó poco y canceló de inmediato, agradeciendo como es debido a quienes le apoyaron en su estadía. Después de unos días marchó para nunca más volver a la capital del chorizo.

La bicicleta pampera distrajo a los habitantes por poco tiempo, pues un nuevo escándalo se avecinó cuando dos meseras caminaban muy quitadas de la pena por la calle de Morelos, a las tres de la mañana. Gloria y Micaela Castillo fueron abordadas por policías, quienes las arrestaron de inmediato provocando la furia de los gremios hoteleros y restauranteros de la comarca. Federico Nieto, secretario general del sindicato, anunciaba entonces una gigantesca manifestación para protestar por las villanías de algunos uniformados. Las autoridades nada dijeron pero dejaron hacer y decir. Un día antes, sin embargo, la marcha fue cancelada por oscuros motivos. Luego se sabría que las meseras y una amiga fueron encontradas con tres tipos, aquella oscura noche, dentro de tres autos “practicando inmoralidades”. Y que Gloria reportaba su cuarta detención en menos de dos años. Para callarles la boca definitivamente a los quejosos, una detención extra cimbró a los sindicatos cuando el mesero José Martínez fue consignado por robo, en un operativo atestiguado por la prensa.

La policía no estaba para perder el tiempo. Silenciado el caso de las meseras, una nueva alerta se espació por los cuarteles cuando una orden federal exigía la búsqueda de uno de los pillos más redomados del momento, el uruguayo Alejandro Lessoni D’Almagro, consumado estafador en el Distrito Federal. Fue incluso capaz de una última villanía cuando, esposado y presto a ingresar al penal, ofreció al coronel Pedro Bonilla un cheque por 50 mil pesos a cambio de dejarlo en libertad. El coronel, queriendo o no, aceptó el papel y lo dejó escabullirse. Al otro día, el ingenuo policía se presentó a cobrar el documento pero en el banco amablemente le informaron que no tenía fondos. Atrapado con los dedos en la puerta, no le quedó más remedio que confesar su ineptitud pero Lessoni ya estaba lejos. La policía del Edomex recibió la orden de buscarlo hasta por debajo de las piedras y se le ordenaba no aceptar ningún cheque con la pena de verse estafados de la forma más vergonzante. Nunca lo encontraron pero la búsqueda permanece inscrita en los anuarios de los uniformados, quienes risueños recordaron por mucho tiempo al temible coronel Bonilla y su pedazo de papel firmado por 50 mil morlacos.

Más allá del bien y del mal, los personajes políticos del momento hacían sus vidas. Uno, el obispo de Toluca, Arturo Vélez Martínez, oficiaba misas para los peregrinos a la Basílica de Guadalupe en busca también de fondos para la construcción de su muy propia catedral. La cara del obispo en el Monte de las Cruces es idéntica a la de un primo suyo que luego lo rescataría de la ignominia, Alfredo del Mazo. Otros iniciaban sus dinosáuricas carreras en el sector público, como los jueces Genaro Vázquez Colmenares y Ulrick Figueroa Mata.

Nada cambia en la ciudad, los mismos nombres y apellidos están vigentes en los círculos del poder. Las mismas tragedias se cimentan en familias y barriadas y cada nuevo año representa una expectativa frustrada para la inmensa mayoría.

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1 comentario

  1. De donde obtuviste esta informacion

    {pepe nada}?


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