Tú te quedas, tú te vas…

* Jorge Toribio, escritor “maldito” del Estado de México por tocar investigar temas relacionados con la familia Montiel Rojas y acreditar la existencia del Grupo Atlacomulco, tiene otra faceta. Entrevistador nato, ha recopilado las vivencias de pintores famosos como José Luis Cuevas y Luis Nishizawa. Este es un segundo fragmento, narrado precisamente por Nishizawa en primera persona, que forma parte de un libro inédito que Toribio preparó hace unos años, detenido por la entonces directora del Instituto Mexiquense de Cultura, Carolina Monroy.

 

 

Jorge Toribio

Voy a platicar de Luna Rodríguez. Me cambió por completo la visión. En ésa época crecimos bajo el manto del muralismo. Luna traía una visión europea, moderna y libre. Así algunos nos echamos en sus brazos. No es que Luna estuviera contra la Escuela Mexicana de Pintura, sólo tenía otra visión.

Llegó a México con el grupo de exiliados españoles apoyados por Lázaro Cárdenas. Ingresó de maestro a la Academia de San Carlos. Era bajito, de personalidad arrolladora, todo un español de los que cita Machado. Era andaluz. Cuando Luna trabajó con Siqueiros en un mural, dentro de un sindicato, me di cuenta que en realidad tenía una forma goyesca de expresión al pintar con fuerza y pasión. Así comprendí a los maestros españoles. Un día lo encontré pintando, sudaba demasiado, no hacía caso de mi presencia ni de mis palabras por la concentración tan aguda. Lo quise mucho y él a mí. Me invitaba a su casa en donde conocí a su esposa Alicia, señora preciosa, parecía artista de cine. Un día le llevé a su casa un cuadro que me prestó, ahí también me presentó a su hijo, a quien le hizo un retrato. Al niño le dio diabetes, murió. Tal vez por eso Luna regresó a España, antes de partir me regaló un cuadro grande, me pidió que lo recogiera porque no lo quería vender, pero yo no tenía coche. Al final se lo regaló a Alicia. Me lo cambió por uno chiquito.

Primero fui su alumno, después su maestro. Yo daba clases un día a la semana de técnica. En una ocasión me dijo: “Luis, danos una clase a mí y al grupo”. Así lo hice pero con esa pasión tan aguda que tenía al pintar, no me hacía caso, le molestaba la técnica. Con franqueza sólo deseaba expresarse. Un día me llamó: “Ven a mi casa, unos cuadros no secan y la pintura se cae”.

 

Chávez Morado me quiso atar

 

Él pertenece a la Escuela Mexicana, con una vocación definida de carácter social. Formó toda una escuela y fundó el Taller Integración Plástica en la década de los cuarenta. Un día fuimos a ver a Vasconcelos, entonces director de la biblioteca, para pedirle ayuda con el taller, pero ya estaba distante de la política, no pudo hacer nada. Me retiré del Taller Integración Plástica porque en realidad deseaba ser libre. Si me unía al grupo de Chávez Morado me vería maniatado, aunque lo consideré interesante y positivo porque se crearon varios murales, como los de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. Mi separación del taller no fue motivo para distanciarnos. Chávez Morado siempre me elogia, lo estimo mucho, a pesar de esas pequeñas diferencias. En el arte todo es legítimo siempre y cuando uno sea honesto.

 

Tú te quedas, tú te vas…

 

A Julio Castellanos lo tuve como maestro de dibujo en cuarto año. Dibujaba de manera extraordinaria. A todo le imprimía sensualidad, una emoción fantástica. Puedo reconocer, entre muchos dibujos, cuáles son de él. Era agudo y serio. Todos tenían la impresión de que era demasiado enérgico. Cuando entramos a su clase, por primera vez, nos puso a dibujar a una modelo desnuda: “Aquí está. Dibujen como puedan”. Nos tuvo dibujando toda la semana. Al terminar nos calificó: “¡Tú!, regresas a tercer año. ¡Tú!, quédate”. Por eso todos lo odiaban. Nadie chistaba, él veía nuestras capacidades. Al conocer su manera de calificar trabajé lo mejor, aunque en los exámenes temblaba, me aterraba la idea de regresar a tercer año. Por fortuna me quedé y dibujé a línea. Me sentí tranquilo.

A Castellanos lo consideré mi amigo. Después de la clase le mostraba lo que hacía, él me lo pedía. Siempre hablábamos de técnica. Recuerdo cuando me dijo: “Mira Luis, me cuesta mucho trabajo pintar”. Me impresionó el comentario. Llegó a decirle a Víctor Reyes, director del departamento de Artes Plásticas en Bellas Artes, que buscara la manera de que yo pudiera dar una clase de dibujo para ganar un poco y ayudarme en los estudios. Me dio gusto. Cuando fui a ver a Víctor Reyes, rezaba para que no me diera la clase. Sí, necesitaba ganar dinero, pero lo que deseaba era dedicarme a la pintura, a lo mío. Por fortuna no había plazas en ese momento, pero al desocuparse una plaza me tomaría en cuenta. Pasaron los años, un día Víctor Reyes se retiró de la clase que daba en San Carlos, me pidió quedarme en su lugar. No quería, me insistió: “Luis, súpleme aunque sea un año”. No me quedó otro remedio, acepté. Con el tiempo me involucré en la enseñanza. De esto hace cuarenta y cuatro años. Cuando comencé a dar la clase, duraba una hora y era semanal. Hoy dura dos horas todos los días.

 

Las galerías de arte

 

El Salón de la Plástica Mexicana lo fundó Susana Gamboa, ahí monté por primera vez mi trabajo. Antes de esa galería existió la de Arte Mexicano, de Inés Amor; hubo otra de corta vida. Cuando Susana, esposa de Fernando Gamboa, subdirector en ese entonces de Bellas Artes, se dio cuenta de que en la galería de Inés Amor había un grupo elitista, decidió abrir otra galería pensando en los jóvenes, para darles una oportunidad. A la primera persona que Susana invitó a exhibir fue a Celia Calderón, después se suicidó [1969]. Más tarde expuso Nicolás Moreno, paisajista; el tercer invitado fui yo:

Sucedió que el grupo de pintores más importante de México estaba en su galería. Inés Amor invitaba a los que en ese momento tenían demanda. Desde luego eran buenos, estaba toda la Escuela Mexicana de Pintura, de Rivera a Tamayo. El joven entraba con embudo, es lógico porque si tienes un establo de pintores entonces tienes demanda para cierto público. De haber seguido Inés con su galería nos hubiese invitado, estoy seguro, pero de todas maneras una o dos galerías era poco para la Ciudad de México, sobre todo para ayudar a los jóvenes.

La galería de Susana tuvo al principio una vida intensa, a ella pertenecían después todos los pintores, incluso los de la Galería de Arte Mexicano. La galería que fundó Susana siempre fue abierta y en cierto momento de importancia. Después bajó. Una vez sacaron una nota en el periódico acerca de una pequeña investigación sobre los que vendieron más obra en esa galería, en primer lugar quedó Rufino Tamayo, después seguí yo.

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