Carlos Hank según Enedino Macedo

* Aquel era también un año de elecciones y contaba con un invitado más o menos inesperado. Enedino Macedo, desde una columna en El Sol de Toluca se dedicaba a incomodar a la mediocre clase política de ese entonces.

 

Miguel Alvarado

Los 120 mil habitantes de Toluca despertaron aquella semana del 6 de enero de 1969 con la noticia de que lo OVNIS no existían. Un profundo y serio estudio de los Estados Unidos desmentía miles de avistamientos en todo el mundo. Metepec, dormido en sueños de barro y verdes hojas 20 años después presentaría pruebas de que tal vez -sólo tal vez- los OVNIS eran el espejismo de lo posible cuando un enano extraterrestre escandalizó al pueblo al meterse hasta la cocina en la casa de una familia que, handicamp en mano, grabó aquel borroso suceso y lo mostró a los alquimistas de Televisa y Radio Mexiquense para cautivar a las audiencias.

Pero en aquellos tiempos el furor por el espacio no era exclusivo de los taciturnos toluqueños. La mitad del mundo occidentalizado seguía más o menos con interés los planes de la NASA para llevar al Apolo XI a la luna. Para enero los gringos habían seleccionado a los pasajeros del histórico vuelo. Aldrin, Collins y Armstrong fueron citados por el pueblo mismo, ávido de conquistas y anunciaron que alunizarían el 19 de julio. Todos serios, carilargos y despistados, los selenautas confirmaban los temores de sus compatriotas. El viaje sería en extremo peligroso y había la posibilidad de no volver. Años después el verdadero peligro para esta avanzada de exploración sideral tomaba forma en un estudio de televisión y un set con paisajes que recreaban la Tierra. Este set, según los amantes de las conspiraciones, fue diseñado para engañar al mundo con la creencia de que el hombre llegaba al satélite. La vana mentira filtrada para siempre en la memoria del absurdo no bastó para que los preparativos enterraran los bombardeos israelíes a tierras árabes. Los belicosos judíos excluían a los franceses en una ronda de pláticas para pacificar aquella área y advertían a Charles de Gaulle, el sobreviviente de 34 atentados, que no estaban dispuestos a recibir nada que oliera a galo. Una campaña orquestada por Sión en periódicos de la tierra adoptiva de Zinedine Zidane exponía con orgullo las miserias de aquel general, villano heroico de guerras y revoluciones. y los hijos de David cerraban fronteras a vuelos francos. Mientras, en México la valiente policía detectaba y combatía una invasión de hippies en el puerto de Acapulco y Mazatlán, venida desde Estados Unidos. Las hordas eran agentes contraculturales que estorbaban el buen quehacer de la mexicanidad, que comienza casi siempre en las taquillas de un estadio de futbol.

El Toluca de Nemesio Diez se renovaba desde las raíces. Aquel dictador del futbol y la cerveza miraba con agrio semblante cómo sus diablos no levantaban, a pesar de contar con el mago brasileño Epaminondas, Amaury para los compañeros de parranda, quien había sido separado del primer equipo debido a una vida licenciosa y derrochada. El Monterrey, equipo sin impacto mediático, esperaba a los rojos en aquella ciudad pero antes la directiva sufrió la metamorfosis inevitable. Alfonso Faure, un empresario de mediano éxito económico, asumía la cabeza del equipo y se rodeaba de nombres que hoy harían estremecer al más curtido de la Perra Brava. Allí estaban Xavier Maawad y Ernesto Némer, afortunados padres de los ahora infumables aprendices de política que llevan los mismos nombres. Eduardo Monroy, el presidente saliente, miraba con tristeza cómo desfilaban los nuevos jerarcas. Estrechó las manos de Fernando Valdés, secretario; Ernesto Zarandona, tesorero y Rosendo Robles, magnate de la fotografía en la ciudad, como vocal, entre otros. De inmediato se pusieron a trabajar y un día después anunciaban la ampliación del estadio para albergar 30 mil espectadores durante la Copa del Mundo del año siguiente. De nada valdría el cambio pues el Toluca apenas empataría con Monterrey e Italia eliminaría a México en 1970 ante un estadio acostumbrado a heroicas derrotas. Aquella alineación escarlata estaría compuesta por Florentino en la portería; Vantolrá, Oreco, Arévalo y Estrada en la defensa; Reynoso, Dosal y Ruvalcaba en la media y Albino, Linares y Pereda en el ataque, dirigidos por Nacho Tréllez.

Aquel era también un año de elecciones y contaba con un invitado más o menos inesperado. Enedino Macedo, desde una columna en El Sol de Toluca se dedicaba a incomodar a la mediocre clase política de ese entonces. Aquel Enedino, quien luego se convertiría en el rival a vencer del profesor Hank por la gubernatura del Estado, decía que “el profesor don Carlos Hank González, en la actual administración, no es un técnico y sin embargo ha logrado hacer de la Conasupo una empresa que ha ido más lejos de lo que establece el decreto presidencial que la creó y no sólo la ha convertido en el organismo estabilizador de los precios de los artículos de consumo necesarios favoreciendo tanto a los productores como a los consumidores, sino que ahora hasta vende artículos escolares”. Aquellas columnas, desde el espacio llamado Escaparate, sembrarían algunos de los rencores que los cómplices del pobre profesor resolverían con el asesinato, aunque nunca se les probó nada, pues ellos mismos eran la ley. Pero mientras, todo eran palabras cargadas de sutil veneno.

La Comisión Estatal Electoral esperaba un millón de votantes y la administración del gobernador Fernández Albarrán intentaba cooperar para ello. La esposa de Juan, Consuelo Rodríguez de Fernández, repartía juguetes aquel día de Reyes en Paseo Colón y Xinantécatl y lo mismo hacían otras misericordiosas damas que al día siguiente anunciarían que lo gastado sobrepasaba los 100 mil pesos, salidos del Erario, naturalmente. La campaña de los juguetes alcanzaba en esas fechas para 910 mil empadronados, ni uno más, según Juan Pablo Barja, director del Registro Estatal de Electores.

También la terminal camionera causaba algunos dolores al gobierno municipal de Felipe Chávez Becerril. Sólo algunos, pues aunque expertos de la época señalaba que resultaba demencial tenerla en el centro de la ciudad, el alcalde estaba convencido de que “el esmog, la contaminación y el problema vehicular generados por el tráfico nunca lo veremos nosotros, eso lo verán nuestros nietos, o los hijos de nuestros nietos dentro de 50 años o más”.

Para distraerse de la cotidiana vida, algunos seguían el juicio al asesino de Robert Kennedy, un árabe de Jordania llamado Sirhan Bishara Sirhan, de 24 años y arrestado en Los Ángeles. El mundo de Alá era mostrado, como hoy, como el gran enemigo de la libertad por judíos y gringos. Otros leían la chismosa columna de un tal Fofoy, en El Sol de Toluca, escribano convertido en vocinglero de los gobiernos priistas hasta la fecha, como director de ese diario y ya con nombre cristiano, Rafael Vilchis Gil de Arévalo. Pero los más acudían a los cines como el Rex, donde pasaban la indecente No Hagan Olas, con Tony Curtis y Claudia Cardinale, además de El Planeta de los Simios, con Charlton Heston; o iban al desaparecido Coliseo para ver la sobrecogedora Cortina Rasgada, con el macho rubio Paul Newman y la delicada Julie Andrews y El Doctor Satán y la Magia Negra, de Joaquín Cordero y Alma Delia Fuentes. La opción intergaláctica la proponían el Florida, con Venus Ataca y Un Extraño en la Casa, con Evita Joselo y Roy Jonson; y el Justo Sierra, con La Invasión de los Astromonstruos y Dos Mil Millas de Viaje Subterráneo. Como en aquel tiempo el peso era una de las 20 monedas más fuertes del mundo, los 3.50 que costaba la entrada eran pelo de gato para los cinéfilos.

El tiempo pasaba y Enedino continuaba machacando desde su Escaparate. “Precisamente en grandes banquetes en que abundan la barbacoa y el pulque se decidía una gubernatura, una presidencia municipal o cualquier puesto de elección popular”, citaba en alusión a la opípara francachela que Sidronio Choperana, presidente del PRI estatal, ofreció a un misterioso político en un lugar llamado Río Frío.

Enedino no paraba, no le importaba que aquella rueda de la fortuna política en algún momento tuviera que descender y su pluma se afilaba como ninguna otra. “No es posible que el pueblo vea con buenos ojos a los políticos que gastan fuertes cantidades de dinero en lucirse en un restorán de moda, mientras gran parte de ese pueblo sufre hambre… los aspirantes a la gubernatura pueden ir ya renunciando a la barbacoa y el pulque, o bien a los popis desayunos”.

El PAN, por su parte, representaba su papel en aquella orquesta de sucesiones y el dinosáurico Astolfo Vicencio Tovar se atrevía a decir que su partido confiaba en que el gobernador para no hacer trampa, pues los azules habían tenido amargas experiencias en las derrotas sufridas. Pero al leer a Enedino, Tovar sabía que sus propias palabras serían tomadas como los puntuales sinsentidos que eran.

Escaparate cerraba aquella semana con el siguiente comentario: “frente a la personalidad del profesor don Carlos Hank, hay temor por parte de algunos personajes que tienen ambiciones para gobernarnos en el próximo sexenio. Ese temor es aprovechado por los partidarios de los contrarios de los atemorizados, buscando que éstos se retiren de la lucha y por eso han lanzado la versión de que don Carlos ha renunciado ya a la gerencia de la Conasupo y en consecuencia será el seguro candidato a la gubernatura del Estado. Este Escaparate puede asegurar que don Carlos no ha renunciado”.

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