Janis Joplin a la medida

* De pronto irrumpen el paisaje los brazos de Hank. La ciudad está gris, grisácea, grisalla. Bajo los puentes del Bicentenario abordo un taxi con cuadritos verdes al costado. De nuevo el aire alicaído de esta ciudad de fríos infernales.

 

Nuestro tiempo

Bajo la luz aciaga de un sábado despierto, traslúcida agonía de mis partes, una semana como todas las semanas, pesada, innombrable. No queda más remedio que salir de la cama y apresurarse, salir sin una dirección, pero salir.

Ya estoy en la terminal de autobuses y viajo a la Ciudad de México. El escuálido desayuno sólo abre más el apetito. Un par de galletas y un jugo tamaño infantil.

A través de la ventana los hilerones de autos se detienen bajo el puente mientras la película proyectada suena con acordes de violín. Pienso en melodrama, en tan pocas ganas, en el hambre que traiciona el cuerpo, en los amigos que ya se han ido y en mí, que sigo aquí buscando; 52 pesos el viaje, el autobús tiene internet. Lástima, yo no tengo computadora.

Al salir de la terminal la boruca me atrae de golpe. Dos señoras de edad con lentes de mosca fuman. Un punk busca trabajo de albañil. El ejército invita a integrarnos a sus filas.

Veinte personas en dos filas para comprar boletos del metro. Sorprendentemente me alcanza para 10, pienso. En Toluca, con el mismo billete, sólo alcanza para 3 viajes en camión urbano. Maravillas de la metrópoli. Al abordar el metro la iconografía es una suerte de lotería vivencial. El Grillo, El Sombrero, El Coyote, La Fuente. Se enchina la piel.

Balderas, con su olor a taco, a podrido, a incienso y chocolate me recibe de golpe al subir las escaleras, antes de llegar a La Ciudadela. Los puestos de ambulantes, artesanos y libreros me llenan los ojos. El altavoz de una patrulla distrae mi atención, el centro de la imagen se divisa a lo lejos, con pandillas de muchachos a punto de entrar.

Una discreta puerta se adivina y entonces descubro los colores centelleantes de un ajedrez de obsidiana, bordados mágicos en huipil oaxaqueño, barro negro y el cobre de cazuelas deslumbrantes. Más adelante, frutos y panes de papel, perfectas formas de hojaldras y panqués con chispas, sandías enrojecidas por la madurez, uvas, berenjena que se antoja morder. Cuestan 10 pesos y compro dos. Los alebrijes me conquistan y las guitarras de Paracho brillan con un barniz maple que se antoja tocar.

Camino de regreso por los mismos puestos hasta llegar a la entrada del metro. Janis Joplin me acompaña. Summertime a la medida de mi necesidad.

Abordo el tren con dirección a Universidad. El “coyotito” me avisa que he llegado y me disipo como el resto de los que llegamos. Al salir de la estación la luz golpea, como en el desierto. Corro a tomar la primera “pesera” con destino al centro de Coyoacán. Cuesta sólo 2.50. Afortunados los que viven en esta tierra. Los sonidos a lo lejos me indican que he llegado. Un saxofonista está parado justo entre los bares y artesanos. Es necesario escucharlo. Las carpas de los tianguistas, aunque todas amarillas, tienen personalidad, se hacen trencitas de colores, se venden velas, se da de mamar a los niños con leche purépecha. Las alas de un pájaro me golpean la cara y lloro, no por el golpe.

Atravieso la calle para buscar el viejo restaurante chino que no existe más. A unos cuantos pasos encuentro uno nuevo, sus globos albirojos lo delatan. Los meseros pasan con charolas llenísimas de arroz frito y legumbres. El olor a mar y tierra todo lo colma, peces flotando en un agigantada pecera y dos litografías con gruyas y cerezos se encaraman a la luminosa pared lila. Después de engullir la sopa de algas y los tallarines mi estómago está satisfecho. Salgo y a mi costado derecho la parroquia franciscana me motiva para entrar. No es hora para la fe, es hora de la digestión. Me detengo frente a una vendedora de globos con tiburones rojos y blancos junto a jirafas y aviones, que vende a 40 pesos lo que parece la versión más cómica de Moby Dick. Dos niños interrumpen mi paso y al voltear encuentro una brigada del EZLN. Observo una mujer extranjera, quizá italiana. Habla sobre el poco compromiso de una de sus correligionarias. Tres jóvenes barbones escuchan con atención y asienten con la cabeza. Me acerco, compro dos “pines” donde se lee “¡queremos un mundo donde quepan muchos mundos!” Y en otro “¡libertad a los presos políticos!”. Encuentro playeras negras con la imagen del Sub, Ramona y el infaltable Ché.

Los goterones nos sorprenden y me refugio en el sagrado templo. De un lado la cruz de Tierra Santa para la Paz y al fondo la estructura forrada de laminillas de oro. Turistas blanquecinos con telefotos, flashes que distraen. Al salir, después de la lluvia, se acerca un muchacho. Me vende un par de paletas Arcoiris que nunca voy a comer. A lo lejos el Turibús a punto de partir. Me busco en los bolsillos. Apenas un poco para el regreso.

Entro a la librería. Mafalda. Recopilada en un libro amarillo huevo. La niña de mi recuerdos de 850 a 415 pesos. Tampoco alcanza y decido irme antes que la codicia me alcance.

Al llegar a Observatorio todo comienza a ponerse gris. Subo al mismo camión de la mañana, reconozco mis huellas en la ventana. Duermo un poco, sueño.

Pienso en la revolución, en el EZLN, la Otra Campaña, en la integración de los pueblos, en la madre amamantando a su hijo con la saliva en los labios, en el restaurante de güeritos, en el centro de la plaza, en la anciana cantando “un poco más”, en colores, en los cuadros de Frida y la playera de naranja mecánica; en la brigada, en su aviso de “¡nos vemos en 2010!”. De pronto irrumpen el paisaje los brazos de Hank. La ciudad está gris, grisácea, grisalla. Bajo los puentes del Bicentenario abordo un taxi con cuadritos verdes al costado. De nuevo el aire alicaído de esta ciudad de fríos infernales.

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