Las prisiones secretas de Obama

* Asaltos nocturnos, centros de detención ocultos, la “Cárcel Negra” y los perros de la guerra en Afganistán.

Anand Gopal/ TomDispatch.com/ Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

(El Fondo para el Periodismo de Investigación ha subvencionado la investigación de esta historia).

Una tranquila noche de invierno del pasado año en la ciudad afgana de Khost, un joven empleado del gobierno de nombre Ismatullah se esfumó, sencillamente. Se le había visto en el bazar de la ciudad con un grupo de amigos. Sus familiares estuvieron registrando durante días las polvorientas calles de Khost. Los patriarcas de la ciudad contactaron con los comandantes talibanes en la zona que solían secuestrar a trabajadores del gobierno, pero nunca habían oído hablar del joven. Hasta el gobernador se implicó en la búsqueda, ordenando a su policía que investigara entre las peligrosas bandas criminales que en ocasiones acosaban y cazaban a jóvenes asiduos al bazar para pedir luego un rescate.

Pero la búsqueda no dio fruto alguno. La primavera y el verano llegaron y se fueron y no hubo señal alguna de Ismatullah. Un día, mucho después de que la policía y los patriarcas de la aldea hubieran abandonado su búsqueda, un correo entregó una pulcra nota escrita a mano en el puesto de la Cruz Roja que estaba cerca de la vivienda de su familia. En ella, Ismatullah informaba de que se encontraba en Bagram, una prisión estadounidense situada a más de 320 kilómetros de distancia. Las fuerzas estadounidenses le habían capturado cuando iba desde el bazar camino de su casa, afirmaba la tersa carta y no sabía cuando le liberarían.

En algún momento de los últimos años, los aldeanos pastunes de la escarpada zona central de Afganistán empezaron a perder la fe en el proyecto de EU. Y muchos de ellos pueden señalar el momento preciso de esa transformación, que normalmente se produjo a altas horas de la noche, cuando la mayor parte del país se encontraba dormido. En el hermético proceso de detenciones implementado por EU, habitualmente se arresta a los sospechosos en la oscuridad, enviándoles después a una de las áreas de detención establecidas en las bases militares, a menudo por la más ligera sospecha y sin conocimiento de sus familias.

Este proceso ha conseguido crear incluso más miedo y odio en Afganistán que los ataques aéreos de la coalición. Los asaltos y detenciones nocturnos, poco conocidos fuera de esas aldeas pastunes, han ido poniendo poco a poco a los afganos contra las mismas fuerzas que saludaron como liberadoras hace tan sólo unos años.

Una oscura noche de noviembre

Era el 19 de noviembre de 2009, a las 3:15 de la madrugada. Una fuerte explosión despertó a los aldeanos de una arbolada zona de las afueras de la ciudad de Ghazni, una ciudad de antiguos orígenes del sur del país. Un equipo de soldados estadounidenses dinamitó la puerta principal de la casa de Majidullah Qarar, el portavoz del ministro de agricultura. Qarar se encontraba en Kabul en aquellos momentos, pero sus parientes estaban en casa, cuatro de ellos dormían en la habitación para invitados de la familia. Uno de ellos, Hamidullah, que vende zanahorias en el bazar local, corrió hacia la puerta de la zona de invitados. Inmediatamente le dispararon, pero se las arregló para arrastrarse hacia adentro, dejando un reguero de sangre tras él. Después, Azim, panadero, se lanzó corriendo hacia su primo herido. También le dispararon y se dobló contra el suelo. Los dos hombres atacados le gritaron a los dos familiares que quedaban en la habitación que se quedaran allí, pero ellos –niños ambos- no se atrevieron ni a moverse y se quedaron paralizados y callados en sus camas muertos de miedo.

Los soldados extranjeros, la mayoría de ellos con barba y tatuajes, se dirigieron a la zona principal. Tiraron las ropas por el suelo, haciendo añicos la vajilla y forzando los armarios. Finalmente, encontraron al hombre que buscaban: Habib-ur-Rahman, programador de ordenadores y empleado del gobierno. Rahman era el responsable de convertir Microsoft Windows en inglés al lenguaje pastún local para que las oficinas del gobierno pudieran utilizar el software. Había pasado un tiempo en Kuwait y el traductor afgano que acompañaba a los soldados declaró que habían actuado a partir del chivatazo de que Rahman era miembro de al-Qaida.

Se llevaron descalzo a Rahman y a un primo suyo a un helicóptero que esperaba a una cierta distancia y les transportaron hasta una pequeña base estadounidense situada en una provincia vecina para interrogarles. Después de dos días, las fuerzas estadounidenses liberaron al primo de Rahman. Pero, desde entonces, a Rahman ni se le ha visto ni se sabe nada de él.

“Hemos llamado a su móvil pero no responde”, dice su primo Qarar, el portavoz del ministro de agricultura. Utilizando sus poderosos contactos, Qarar consiguió la ayuda de la policía local, de los parlamentarios, del gobernador e incluso del mismo ministro de agricultura en la búsqueda de su primo, pero no lograron que les dijeran nada. Los funcionarios del gobierno que investigaron de forma independiente el escenario tras el asalto y que corroboraron las afirmaciones de la familia, presionaron también exigiendo una respuesta de por qué se había asesinado a dos miembros de la familia Qarar. Las fuerzas estadounidenses emitieron un comunicado diciendo que los muertos eran “combatientes enemigos que habían mostrado una intención hostil”.

Semanas después del asalto, la familia siente una gran amargura. “Todo el mundo en la zona sabía que éramos una familia que trabaja para el gobierno”, dice Qarar. “Rahman ni siquiera podía salir de la ciudad porque si los talibanes le pillaban en el campo le hubieran matado”.

Sin embargo, más allá de la pregunta de si Rahman era inocente o culpable, la forma en que fue capturado ha dejado un residuo de odio y rabia en su familia. “¿Por qué tenían que matar a mis primos? ¿Por qué tenían que destruir nuestra casa?”, pregunta Qarar. “Sabían donde trabajaba Rahman. ¿Es que no podían venir con una orden judicial durante el día? Habríamos obligado a Rahman a cumplirla”.

“Yo solía aparecer en televisión diciendo que la gente debía apoyar a este gobierno y a los extranjeros”, añade. “Pero estaba equivocado. ¿Por qué van a apoyarles? No me importa que me disparen por decir esto, porque sólo estoy diciendo la verdad”.

Los perros de la guerra

Los asaltos nocturnos son sólo el primer paso en el proceso de detención que EU lleva a cabo en Afganistán. Normalmente se envía a los sospechosos a una de entre las series de prisiones habilitadas en las bases militares estadounidenses por todo el país. Oficialmente hay nueve cárceles de ese tipo, denominadas en la jerga militar Campos de Detención. Son zonas pequeñas, a menudo tan sólo un puñado de celdas divididas por paneles de contrachapado, y se utilizan fundamentalmente para interrogar a los prisioneros.

En los primeros años de la guerra, esas áreas no eran sino lugares de paso para quienes enviaban a la prisión de Bagram, una instalación con una reputación infame de malos tratos y torturas. Como en los últimos años, el foco de la atención internacional cayó sobre Bagram, los guardianes empezaron a comportarse mejor y el maltrato de prisioneros empezó a perpetrarse en los menos conocidos Campos de Detención.

De los 24 ex prisioneros entrevistados para esta historia, 17 afirman haber sido torturados en esos lugares o en el camino hacia los mismos. Doctores, funcionarios del gobierno y la Comisión Independiente Afgana por los Derechos Humanos, una institución encargada de investigar las denuncias por abusos, corroboran doce de esas afirmaciones.

Uno de esos ex detenidos es Nur Agha Sher Khan, que era oficial de policía en Gardez, una ciudad de casas de adobe situada en la parte oriental del país. Según Sher Khan, fuerzas estadounidenses le detuvieron en un asalto nocturno en 2003 y le llevaron a un Campo de Detención en una base cercana de EU. “Me interrogaron toda la noche”, recuerda, “pero no tenía nada que decirles”. Sher Khan trabajó para un comandante de policía al que las fuerzas estadounidenses habían detenido por sospechar que tenía vínculos con la insurgencia. De forma ocasional, había sido conductor de ese comandante, lo cual le convirtió en sospechoso a los ojos de los estadounidenses.

Los interrogadores le taparon los ojos, le taparon la boca y le encadenaron al techo, acusa. Ocasionalmente soltaban a un perro, que le mordía una y otra vez. En un determinado momento, le quitaron la venda de los ojos y le obligaron a arrodillarse sobre una larga barra de madera. Me ataron las manos a una polea por encima de mí y me empujaban adelante y atrás mientras la barra rodaba a través de mis espinillas. Yo no paraba de dar alaridos”. Entonces le empujaban al suelo y le obligaban a tragar doce botellas de agua. “Dos tipos me abrían la boca y derramaban el agua por mi garganta hasta que el estómago se me llenaba y perdía el conocimiento. Era como si alguien me inflara”, dice. Cuando volvía en si tras el desmayo, no paraba de vomitar agua.

Esto continuó así toda una serie de días, algunas veces le colgaban boca abajo del techo, y otras veces le vendaban los ojos durante amplios períodos. Finalmente, le enviaron a Bagram, donde cesaron las torturas. Cuatro meses después, fue liberado silenciosamente con una carta de disculpa de las autoridades estadounidenses por haber encarcelado por error.

Una investigación del caso de Sher Khan por la Comisión Afgana Independiente por los Derechos Humanos y un doctor independiente hallaron que tenía heridas que se correspondían con el maltrato y torturas que afirma haber padecido. Las fuerzas estadounidenses han declinado comentar nada de su caso, pero un portavoz dijo que algunos de los soldados implicados en las detenciones en esa parte del país habían recibido “castigos administrativos” no especificados. Añadió que “todos los detenidos son tratados humanamente”, excepto casos aislados.

Los desaparecidos

Algunos de los que llevan a los Campos de Detención nunca llegan a Bagram, sino que son sencillamente liberados después de que las autoridades consideran que son inofensivos. Aún así, algunos afirman haber sido torturados. Como fue el caso de Hajji Ehsanullah, secuestrado en una noche de invierno de 2008 de su hogar en la provincia sureña de Kabul. Fue conducido a un sitio de detención en la provincia de Khost, a unos 320 kilómetros de distancia. Volvió a su hogar trece días después, con la piel llena de cicatrices de las mordeduras de los perros y con dificultades de memoria que, según su doctor, eran consecuencia de un golpe en la cabeza. Las fuerzas estadounidenses le arrojaron en una gasolinera de Khost después de tres días de interrogatorio. Le llevó más de diez días encontrar la forma de volver a su casa.

Otros de los que llegan a esos sitios no acaban en Bagram por razones muy diferentes. En los escarpados pueblos del sur pastún, donde los rumores crecen con mayor abundancia que la más abundante de las cosechas, las gentes del lugar susurran historias de personas que fueron capturadas y ejecutadas. Muchas veces no hay pruebas. Pero de vez en cuando, aparece algún cuerpo. Tal fue el caso en el campo de detención de una base del ejército estadounidense en la provincia de Helmand, donde en 2003 un coronel del ejército estadounidense escribió en el informe de la autopsia de un detenido que murió bajo custodia estadounidense (del que más tarde se pudo disponer a través del Acta de Libertad de Información): “La muerte sobrevino por múltiples heridas causadas por un objeto contundente en el torso inferior y en las piernas, complicadas con rabdomiliósis (La rabdomiólisis es una destrucción de las fibras musculares estriadas con liberación de sustancias a la circulación, entre ellas la mioglobina. La mioglobina es la responsable del daño renal por obstrucción de estructuras renales o liberación de sustancias tóxicas. La rabdomiólisis se produce en casos de accidente por aplastamiento, convulsiones o necrosis musculares, entre otros). Forma de morir: homicidio”.

En la polvorienta provincia de Khost, un día del pasado mes de diciembre, las fuerzas estadounidenses lanzaron un asalto nocturno contra el pueblo de Motai, matando a seis personas y capturando a nueve, según casi una docena de autoridades del gobierno local y de testigos oculares. Dos días después, los cuerpos de dos de los detenidos –con esposas de plástico en las manos- fueron hallados a más de un kilómetro de distancia de la mayor base de EEUU en la zona. Un portavoz del ejército de EU rechaza cualquier implicación en las muertes y se niega a comentar los detalles del asalto. Sin embargo, los oficiales afganos y los patriarcas locales, mantienen con toda firmeza que los dos fueron asesinados cuando estaban bajo vigilancia estadounidense. Las autoridades estadounidenses liberaron a cuatro de los otros aldeanos en los días siguientes. Se desconoce el destino de los tres restantes cautivos.

El asunto podría aclararse si el ejército estadounidense fuera menos hermético acerca de su proceso de detención. Pero el secretismo ha estado al orden del día. Los nueve Campos de Detención están envueltos en secretismo oficial, pero al menos la Cruz Roja y otras organizaciones humanitarias saben que existen. Sin embargo, puede haber otros de cuya existencia, en las decenas de bases militares que salpican todo el país, no se sabe nada. Un ejemplo, según antiguos detenidos, es la instalación de detención en Rish Khor, una base del ejército afgano que se alza en lo alto de una montaña con vistas a la capital, Kabul.

Una noche del pasado año, las fuerzas estadounidenses asaltaron Zaiwalat, una diminuta aldea encajada entre las montañas de la provincia de Wardak, a unas cuantas docenas de millas al oeste de Kabul, y capturaron a nueve vecinos. Llevaron a los cautivos a Rish Khor y les interrogaron durante tres días. “Nos tuvieron en un contenedor”, recuerda Rehmatullah Muhammad, uno de los nueve. “Estaba hecho de acero. Nos tuvieron esposados los tres días. Apenas dormimos esos días”. Los interrogadores, vestidos de paisano, acusaron a Rehmatullah y a los otros de proporcionar refugio y comida a los talibanes. Los sospechosos fueron después enviados a Bagram y liberados después de cuatro meses. (Un número de ex detenidos dijeron que fueron interrogados por funcionarios de paisano pero no sabían si esos funcionarios pertenecían al ejército, a la CIA, o eran contratistas privados).

Los activistas afganos por los derechos humanos están preocupados de que las fuerzas estadounidenses puedan estar utilizando sitios secretos de detención como Rish Khor para llevar a cabo interrogatorios fuera de cualquier control. Sin embargo, el ejército estadounidense niega incluso tener conocimiento de la instalación.

La Cárcel Negra

Mucho menos secreta es la parada final para la mayoría de los cautivos: las Instalaciones de Internamiento de Bagram. Aunque se la denomina con el inquietante nombre del “Guantánamo de Obama”, sin embargo, Bagram ofrece, ahora, las mejores condiciones de todo el proceso de detención para los cautivos.

Su vida moderna como prisión empezó en 2001, cuando pequeños cifras de detenidos de toda Asia eran encarcelados allí en la primera parte de una odisea que les arrojaría finalmente en las instalaciones estadounidenses de detención de la Bahía de Guantánamo, en Cuba. Sin embargo, se ha convertido en el principal destino para los capturados dentro de Afganistán como parte de la creciente guerra que el país padece. En 2009, la población de presos había aumentado hasta más de 700. Construida en un viejo hangar sin ventanas de la época soviética, la prisión consiste en dos filas de atestadas celdas que parecen jaulas bañadas de forma continua con luz blanca. Los guardias caminan a lo largo de una plataforma que va pasando a través de la parte superior de las alambradas, una posición fácil desde la que vigilar a los prisioneros abajo.

Infames y habituales torturas, al estilo de la prisión de Abu Ghraib en Iraq, marcaron los primeros años de Bagram. Por ejemplo, Abdullah Mujahed, fue capturado en el pueblo de Kar Marchi en la provincia oriental de Paktia en 2003. Mujahed era un comandante de la milicia tayica que había dirigido un levantamiento armado contra los talibanes en sus días de decadencia, pero las fuerzas estadounidenses le acusaron de tener conexiones con la insurgencia. “En Bagram, estuvimos esposados, con los ojos vendados y con los pies encadenados durante días”, recuerda. “No nos permitieron dormir ni un momento durante trece días y trece noches”. Un guardia le golpeaba las piernas cada vez que se quedaba dormido. A diario podía oír los alaridos de los presos torturados y el inconfundible sonido de los grilletes arrastrándose por el suelo.

Después, llegó un día en que un grupo de soldados le arrastró hasta un avión, negándose a decirle adónde le llevaban. Finalmente, aterrizó en otra prisión, donde pudo sentir que el aire era denso y húmedo. Cuando caminaba a través de la fila de jaulas, los presos empezaron a gritar: “¡Esto es Guantánamo! ¡Estás en Guantánamo!”. Allí se enteró que le acusaban de dirigir el grupo islamista pakistaní Lashkar-e-Taiba (que en realidad dirigía otra persona que tenía el mismo nombre y que había muerto en 2006). Finalmente, EU le liberó y le devolvió a Afganistán.

Los ex detenidos de Bagram afirman que eran golpeados con regularidad, sometidos a música estridente durante 24 horas al día, que se les impedía dormir, que se les desnudaba y que se les forzaba a adoptar lo que los interrogadores denominaban “posiciones de estrés”. El peor momento llegó a finales de 2002, cuando los interrogadores golpearon a dos presos hasta matarles.

Las Fuerzas Especiales de EU también dirigían una segunda y secreta prisión en la Base Aérea de Bagram, a la que la Cruz Roja no tiene aún acceso. Utilizada sobre todo para interrogatorios, es tan temida por los prisioneros que la han denominado la “Cárcel Negra”.

Un día de hace dos años, las fuerzas estadounidenses fueron a por Noor Muhammad, en las afueras de la ciudad de Kajaki, en la provincia sureña de Helmand. Muhammad, que es médico, dirigía una clínica que atendía a todo el que llegaba hasta ella en búsqueda de cuidados, incluidos los talibanes. Los soldados asaltaron su clínica y su casa, matando a cinco personas (incluidos dos pacientes) y deteniendo tanto a su padre como a él. Al día siguiente, los vecinos encontraron el cadáver esposado del padre de Muhammad, muerto, al parecer, de un disparo.

Los soldados se llevaron a Muhammad a la Cárcel Negra. “Había un pasillo muy estrecho con montones de celdas a ambos lados y una gran puerta de acero y luces brillantes. No sabíamos cuándo era de noche y cuándo de día”. Le mantuvieron en una habitación de hormigón sin ventanas, totalmente confinado en solitario. Los soldados le arrastraban siempre por el cuello y le negaban el alimento y el agua. Le acusaron de proporcionar cuidados médicos a los insurgentes, a lo cual él les contestaba: “Soy médico. Mi deber es proporcionar cuidados a cualquier ser humano que llegue a mi clínica, ya sea talibán o del gobierno”.

Finalmente, Muhammad fue liberado, pero cerró su clínica y dejó su ciudad natal. “Me aterran tanto los estadounidenses como los talibanes”, dice. “Me alegro de que mi padre haya muerto, de que no tenga que vivir en este infierno”.

Miedo a la oscuridad

A diferencia de la Cárcel Negra, los oficiales estadounidenses, en los últimos dos años, han tratado de reformar la principal prisión en Bagram. Las torturas se han acabado allí, y ahora los oficiales de la prisión alardean de que los presos suelen engordar unos siete kilos mientras están detenidos. En algún momento de los primeros meses de este año, los oficiales planean abrir una deslumbrante nueva prisión –que finalmente sustituirá a la de Bagram- con celdas grandes y ventiladas, el último equipamiento médico y salas para formación vocacional. La prisión de Bagram se traspasará el año que viene a los afganos aunque el resto del proceso de detención permanecerá en manos estadounidenses.

Pero los defensores de los derechos humanos dicen que continúan estando preocupados por el proceso de detención. El Tribunal Supremo de EU dictaminó en 2008 que no se les puede negar a los presos de Guantánamo su derecho al habeas corpus, pero no decidió la misma resolución en relación a los detenidos en Bagram. (Los oficiales estadounidenses dicen que Bagram está en medio de una zona de guerra y por tanto no se aplica allí la legislación relativa a los derechos civiles que se establece dentro de EU). A diferencia de Guantánamo, los presos no tienen derecho allí a acceder a un abogado. La mayoría dice que no tiene ni idea de por qué están detenidos. Los presos aparecen ahora ante un panel de revisión cada seis meses, que intenta volver a considerar su detención, pero su capacidad para plantear preguntas sobre su situación es limitada. “Sólo se me permitió decir sí o no y no pude explicar nada durante mi vista”, dice Rehmatullah Muhammad.

Sin embargo, la mejoría en las condiciones de Bagram plantea la pregunta de si EU es capaz de combatir una guerra más limpia. Eso es lo que el comandante de guerra en Afganistán, el General Stanley McChrystal prometió este verano: menos bajas civiles, menos temidos asaltos de las casas y un proceso de detención más transparente.

Las tropas estadounidenses que operan bajo el mando de la OTAN han empezado a cumplir normas de comportamiento más estrictas: ahora sólo pueden mantener oficialmente a los detenidos 96 horas antes de transferirles a las autoridades afganas o liberarles, y las fuerzas afganas deben tomar el mando en el registro de las casas. Cuando se les pregunta a los soldados estadounidenses, se indignan por esas restricciones, y tienen diversos métodos para sortearlas. “Algunas veces detenemos a gente y después cuando pasan las 96 horas, les transferimos a los afganos”, dice un marine estadounidense, que habla bajo anonimato. “Ellos les dan unas cuantas palizas por nosotros y nos los devuelven para otras 96 horas. Esto puede prolongarse hasta que obtengamos lo que queremos”.

Una forma más sencilla de pasarse por alto las normas es llamar a las Fuerzas de Operaciones Especiales de EU –los Focas de la Marina, los Boinas Verdes y otros- que no están bajo el mando de la OTAN y por tanto no están obligados por las normas más estrictas de comportamiento. Esas tropas de elite son las que están detrás de la mayoría de los asaltos nocturnos y de las detenciones en la búsqueda de “sospechosos de alto valor”. Los oficiales del ejército estadounidense dicen en las entrevistas que las nuevas restricciones no han afectado en absoluto al número de asaltos y detenciones. No obstante, el actual cambio es más sutil: el proceso de detención se ha trasladado casi enteramente a las zonas y actores que mejor pueden evitar el escrutinio público: las Fuerzas de Operaciones Especiales y las pequeñas prisiones de campo.

El cambio señala hacia una realidad profunda de la guerra, los soldados estadounidenses dicen: no puedes combatir a las guerrillas sin asaltos y detenciones invasivos, sería como combatir sin balas. A los ojos de un soldado estadounidense, Afganistán es un lugar tenebroso. Los hombres llevan barba y turbante. Rezan incesantemente. En la mayor parte del país, a las mujeres se les prohíbe salir de casa. Muchos afganos poseen un Kalashnikov. “No puedes confiar en nadie”, dice Rodrigo Arias, un marine que se encuentra en una base en la provincia nororiental de Kunar. “Estuvieron a punto de matarme en varias emboscadas, pero los aldeanos no nos dicen nada. Aunque normalmente saben algo”.

Un oficial que ha trabajado en los Campos de Detención dice que son necesarios docenas de asaltos para que aparezca un sospechoso útil. “Algunas veces tienes que reventar las puertas. Algunas veces tienes que retorcer brazos. Tienes que utilizar toda una amplia red, pero cuando atrapas a la persona correcta, eso es lo que marca la diferencia”.

Para Arias, es una cuestión de supervivencia. “Quiero volver a casa de una pieza. Si eso significa que tengo que acorralar a la gente, la acorralaré”. Cuestionar esto, dice, es cuestionar si merece la pena luchar la guerra misma. “Ese no es mi trabajo. La gente de Washington es la que tiene que encargarse de eso”.

Si los asaltos nocturnos y las detenciones son una parte inevitable de la guerra moderna de contrainsurgencia, entonces, lo mismo sucede con el resentimiento que engendran. “Nos alegramos cuando llegaron los estadounidenses. Pensábamos que traerían paz y estabilidad”, dice el ex detenido Rehmatullah. “Pero ahora casi todo el mundo en mi pueblo quiere que se larguen. Un año después de que soltaran a Rehmatullah, capturaron a su sobrino. Dos meses después, se llevaron también a otros vecinos.

Se ha convertido en una pauta de conducta predecible: Las fuerzas talibanes lanzan emboscadas sobre los convoyes estadounidenses cuando pasan por el pueblo, y después se retiran a los densos huertos de frutales que cubren la zona. Después, los estadounidenses vuelven por la noche para llevarse sospechosos. Según los aldeanos, en los dos últimos años, se han llevado a dieciséis personas y han asesinado a otras diez en este pequeño pueblo de unos 300 habitantes. En el mismo período, dicen, los insurgentes mataron a un vecino y no se llevaron a ningún rehén.

Por lo tanto, las gentes de ese pueblo temen más los asaltos nocturnos que a los talibanes. Ahora las noches en que los niños de Rehmatullah oyen el lejano zumbido de un helicóptero, corren a su dormitorio. Él les consuela, pero admite que también necesita que le tranquilicen. “Sé que ya soy demasiado mayor para eso”, dice, “pero esta guerra me ha hecho tener miedo de la oscuridad”.

* Anand Gopal ha informado desde Afganistán para el Christian Science Monitor y el Wall Street Journal. Pueden leerse sus trabajos en: analdgopal.com. Actualmente está trabajando en un libro sobre la guerra afgana. Este artículo se ha publicado en el último número de la revista Nation.

http://www.tomdispatch.com/post/175197/tomgram%3A_anand_gopal%2C_afraid_of_the_dark_in_afghanistan/#more

Después de Cabañas

* Televisa trafica con ciclos vitales y pesadillas en el submundo de una porquería llamada futbol profesional. Por años fue el deporte de los pobres, de la masa que ruge cada 8 días en estadios que las empresas dueñas de la economía nacional construyeron y confunden con progreso, bienestar social, bendición deportiva.

Miguel Alvarado

Los héroes mediáticos son intocables. Viven y mueren en cadena nacional para justificar su propia invalidez. Pagan así su manutención, la de sus familiares y todavía les sobra para el disfrute. Tienen el trabajo más importante del mundo, el más envidiado pero también el más peligroso, que no perdona. Por eso el vidente enajenado de pronto se sorprende al saber que estos inmortales son tan frágiles como sus propias actividades. Ellos aparecen siempre cercanos a la perfección aunque los encuadren bañados en sudor, vestidos de amarillo y en calzones cortos, balbuceantes impúdicos de un español de 200 palabras, muy cercano a la idea de país que tiene el duopolio televisivo que domina las comunicaciones en México. Algunos son parte de esa raza de bronce a la que se le permite mirar, pero sólo de lejos, a la que se le permite soñar pero vivir sus propios infiernos. El Canal de las Estrellas está lejos de ser el inocente circo de payasos jugando a la incapacidad mental. Los dueños del lúdico negocio no tienen que mostrar ninguna cara. Su verdadero rostro se esconde en registros públicos de la propiedad, insospechadísimas trademarks disfrazadas de teletónica compasión, compra de voluntades al por mayor, gobiernos propuestos, puestos y pagados por asesores de imagen vestidos ellos mismos de estúpidos, mentirosos profesionales que encontraron su veta en toda una vida trasmitiendo comerciales fabulosos que consume la mitad del tiempo de sus programaciones. Pero ellos no obligan a ver televisión, a comprar lo que anuncian, a desear su tribu zombie. Ellos no tienen la culpa, son negociantes que algunos confunden con demonios trajeados y que juegan a la Bolsa en sus ratos libres.

Televisa trafica con ciclos vitales y pesadillas en el submundo de una porquería llamada futbol profesional. Por años fue el deporte de los pobres, de la masa que ruge cada 8 días en estadios que las empresas dueñas de la economía nacional construyeron y confunden con progreso, bienestar social, bendición deportiva. Cerveceras, refresqueras, fábricas de sueños por cable, cementeras, vendedores de suplementos alimenticios y los propios gobiernos estatales le entran al negocio de las patadas, cada quién con sus muy particulares razones, ninguna de las cuales ligada con el deporte.

Un equipo, el América, rompe los modestos moldes económicos mexicanos cada seis meses y contrata a diestra y siniestra sin que nadie se pregunte de dónde sale el dinero, cómo se mueve, por dónde pasa. Las reflexiones encuentran sólo superficies y por años el aficionado inocente se pregunta por qué los futbolistas no funcionan, no rinden como en sus anteriores equipos. También cree, engañado por bobo para siempre por un sistema de comunicación y validación de ideas que dio vida al “Perro” Bermúdez, que la selección de futbolistas que se llama México representa al país, juega por la patria. No distingue o no quiere hacerlo entre un empleado de una empresa privada llamada FIFA y la más elemental definición de “representante nacional”.

Pero las cosas son así. Así funcionan en este país de cabeza y del que por años se ha pronosticado su desintegración en una llamarada revolucionaria que los oprimidos encenderán. Por decenios ha estado al borde del precipicio y siempre se ha dado un paso adelante. La ficción del levantamiento ha corrido al parejo de abusos y descaros presidenciales, del jolgorio electoral. La simulación, que nadie cree, es esencial para sobrevivir en una sociedad a la que incluso se le impuso la guadalupana.

Futbol y religión. Primero misa y luego el Azteca o la Bombonera. La mayoría de las veces se falta al templo y se reza desde las gradas. Se encomienda hasta el fondo a Santa Victoria y entona arrítmicas vísperas convertido en erudito lépero. Los testigos de epifanías populares y verbenas milagrosas encuentran razonadas coincidencias para ser y estar y ahí se quedan. Tal es la fascinación por el futbol profesionalizado que olvida de tanto en tanto el límite natural de la diversión, aunque sea de paga. Las empresas dedicadas al jolgorio lo rodean de un halo serio, confieren a la carcajada un manto misterioso que reclama importancia y prohíbe reírse de sí mismo. A veces un futbolista o actor de novelas se atreve a trabajar en otro país y de inmediato es llamado producto de importación, mexicano como nosotros, orgullosamente de Televisa o Azteca. La juerga mediática alcanza a los personajes en su vida muy real, muy cotidiana. Televisa rodea al héroe de canonjías. Le permite estacionarse en doble fila, pasarse los altos, saltarse la cola del súper, obtener descuentos en El Palacio de Hierro o las tiendas de Slim. Tal vez le regale membresías para bares y prostíbulos y entrevistas VIP con López Dóriga. Alguno hará un comercial para los socios de Azcárraga y casi todos podrán dispensar autógrafos manufacturados con plumas Bic e inexperta letra de quinto año. Es el momento del poder. El éxito acompaña al deportista de elite y no querrá perderlo en una transacción inútil a Chiapas o Ciudad Juárez. El América, muy modesto, representa la corrupción del deporte al servicio de la televisión y ésta, a su vez, provee a quien allí trabaja del placer de lo inmediato.

El embrujo dura poco. El héroe del futbol encuentra que su público es desmemoriado y, apenas encuentre otro, olvidará iconos y preferencias. Diez años de gloria son suficientes y la renovación comienza entonces otro ciclo porque también el aficionado se transforma. Otra generación de adictos a las telenovelas exigirá menos ropa y diálogos pero más acción. Los futboleros se contentarán con calificar al Mundial en turno y que de cuando en cuando alguien protagonice un escándalo y sea fotografiado en el bar de moda.  

El atentado contra Cabañas, último caudillo del amarillismo, llegó a España donde la información adquirió el tinte dramático de los culebrones gachupines. Raúl Uría, uno de los cronistas deportivos más aplaudidos de Madrid, reseñaba el trago más amargo que el futbolista ha pasado en su vida. “Un teléfono rasga el silencio. Aló, aquí familia Cabañas, dígame. ¿Cómo?… ¿Qué dice que le ha pasado a mi hijo? La señora, angustiada, cuelga y rompe a llorar. Es Basilia Ortega de Cabañas, madre de Salvador. Acaban de balear a su hijo en un club mexicano bien entrada la madrugada. Doña Basilia alerta a su familia del trance, agarra el bolso y sale disparada hacia el aeropuerto Silvio Petrossi. Su hijo se debate entre la vida y la muerte por estar en el sitio equivocado a la hora equivocada. El vuelo es un martirio para una madre quebrada, que sólo encuentra consuelo en José María, amigo de la familia y en el doctor Aldo Martínez. Los minutos se hacen eternos y un escalofrío recorre la espalda de doña Basilia. Recién aterrizado el vuelo, la señora Cabañas toma un taxi con dirección a un hospital céntrico de México, DF. Durante el breve pero intenso trayecto Basilia eleva la penúltima súplica a Dios, que su hijo siga con vida y consiga salir de peligro. El “Barbas” recibe el pase de esperanza de doña Basilia, la amasa y la retiene. Pone pausa y frena la bola. Aún no es la hora de Cabañas. Todavía no. Aún queda un partido por jugar. El más importante, el de la vida. Doña Basilia, un manojo de nervios, irrumpe en el hospital y desgrana el parte médico. Sus preguntas se agolpan pero van más lento que el latir de su acelerado corazón. Salvador está vivo. De milagro, según los médicos, pero vivo. ¿Cómo anda? Cabañas hijo se recupera de una cirugía después de recibir un disparo en la cabeza. Reaccionó a los primeros auxilios, aguantó hasta que le limpiaron la zona afectada y siguió vivo, a pesar de que la bala seguía alojada en su frente. Doña Basilia es un mar de dudas. ¿Se salvará mi Chava, doctorcito? El médico toma aire y responde: el proyectil está alojado en la parte trasera del cerebro y haríamos más daño si lo retiráramos. Está en manos de Dios”.

Cabañas encontró su capítulo final al aceptar la engañosa perspectiva del divo. No lo sabía y tal vez nunca será conciente pero su capacidad deportiva fue hábilmente trabajada para beneficio del dueño de la hacienda, que montó su tienda de raya a las afueras de los campos de entrenamiento. Allí sacrificó su peón para conservar alfiles y jotas dobles que lo protegen incluso de sí mismo. El jefe le resultó mafioso a Salvador, sostuvo la pistola con la misma firmeza con la que estampó el contrato que lo ligaba como socio de Simón y Ramón Charaf en aquel Bar-Bar de pacotilla, nación independiente liberada por narcomenudistas de las execrables garras de la ley.