El Barco Ebrio

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Llovió durante tres días seguidos y algunas de las calles y avenidas en Toluca, Zinacantepec y Metepec fueron prácticamente arrasadas por el agua. Los remiendos que los ayuntamientos implementaron hace menos de dos meses contra los baches fueron arrancados y los antiguos pero persistentes agujeros están de nuevo a la vista de todos, esta vez más grandes y profundos.

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La alcaldesa de Toluca, inmersa en escaramuzas dignas de Ventaneando, hace mutis a los señalamientos de nepotismo en su gobierno y prefiere mostrar el lado amable de su administración aunque sea por internet, pues en el sitio web del gobierno municipal, la señora gobernanta implantó un espacio para que la gente, sí, los ciudadanos de a pie que a veces visita en giras o se los encuentra por casualidad, pueda observarse en fotos junto a ella. María Elena aparece muy sonriente y pizpireta con niños, mujeres, ancianos, quimeras y hasta delegados municipales en distintos rumbos del municipio.

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Ella tiene las miras puestas en otros horizontes y se deja seducir por algunas voces en Lerdo que la ubican como la primera mandataria mexiquense de la historia. Si no es tan difícil. Entre los requisitos no está ser inteligente ni el mejor político. Ni siquiera hace falta ganar las elecciones. De cualquier manera una mujer sería bien vista en la entidad porque, como el espejismo de Obama y de otras tantas gobernadoras en el país, al menos representan una intención.

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La otra mujer es Ana Lilia Herrera, hija dilecta del montielismo y servidora eficaz de aquellas causas que no se complicaba con números. Se encarga de administrar Metepec y está tan bien ubicada como Barrera en el camino de Lerdo. Una es amiga de Peña, la otra es amiga del tío y eso tal vez valga un poco más dentro de algunos meses.

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Una pequeña mafia de servidores públicos opera en algunos estacionamientos administrados por el ayuntamiento de Toluca, como el que se ubica en la plaza Fray Andrés de Castro. Allí, uno de los empleados que se encarga de los cobros hace magia con los comprobantes fiscales. Algunos hacen cuentas y señalan que el fraude contra el municipio alcanza los mil 500 pesos diarios.

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Muchos se preguntan dónde se metió el ex secretario de Gobierno de Metepec, Víctor Legorreta, quien renunció a su cargo en aquel municipio hace unos días. En su ex oficina lo ubican en uno de los equipos del ex gobernador mexiquense César Camacho, quien aceptaría un cargo en el gobierno del Edomex o dirigiría al PRI estatal en próximas fechas. Legorreta, cercano al ex poderoso Isidro Pastor es también hombre de negocios. Casas de masajes, algunas con final feliz, son de su propiedad, además de otros establecimientos en giros menos placenteros, son de su propiedad.

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Este Legorreta comandó en Metepec algunos grupos que se encargaron de monitorear los resultados electorales del año pasado. Él era el enlace entre Camacho y las casillas y se encargaba de extraer la información antes, incluso, de que las boletas llegaran a las sedes del IEEM. Víctor dio por teléfono y con números que ya no podían modificar los resultados, a las 6 de la tarde del 5 de julio del 2009, la noticia del triunfo de Ana Lilia Herrera en Metepec y lo compartió en plena calle con los porristas de la ahora alcaldesa

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En Metepec y Toluca una sola familia controla el comercio de la piratería y que incluye cualquier cosa que pueda ser copiada y vendida. Por ello quienes se dedican a esta subtrama de la economía no son molestados en lo más mínimo. Esta poderosa familia sentó sus reales desde hace cuatro años en el valle de Toluca y ahora, de manera cada vez más frecuente, aparece en diarios y reseñas informativas, sobre todo en las notas rojas.

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Otro Legorreta, éste llamado Guillermo, es el secretario del Ayuntamiento de Toluca. De bajo y agradable perfil todavía pero de altísima influencia, representa la nueva generación del vetusto Grupo Atlacomulco y hace sus pininos en la administración pública. Relacionado con familias que poseen negocios hoteleros y que hace muchos años iniciaron su fortuna gracias a la ayuda del obispo Martínez, hábil empresario de sotana. Guillermo Legorreta Martínez era en el PRI presidente del Instituto de Capacitación y Desarrollo Político hace tres años.

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El panista más priista y ex alcalde de la capital, Juan Rodolfo Sánchez, había dejado a Barrera Tapia una deuda por 281 millones de pesos con la banca comercial y un débito por 55 millones de pesos con los contratistas que trabajaron con él durante tres años, además de que Hacienda presionaba para cobrar más de 91 millones de pesos. Los pendientes financieros de Barrera definitivamente no son nada. No representan nada cuando uno tiene amigos buenos, comprensivos y poderosos como un tal Luis, que despacha como gobernador en la calle de Lerdo.

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Miranda, aquel Luis, recuerda risueño que cuando la elección interna donde Peña Nieto ganó la candidatura de su partido para la gubernatura, había algunos aspirantes que no cumplían los requisitos que marcaban los estatutos tricolores. Uno se apellidaba Hank “y de los otros me acuerdo menos”, dice el ocurrente Luis.

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Ernesto Nemer está convertido en un dictador pequeño en la Cámara local. Acostumbrado a obedecer por años a Emilio Chuayffet, aprendió los susurros del mando de uno de los más oscuros políticos del Estado de México. Hoy, que busca la  gubernatura en un periodo de tiempo decisivo para el país, comparte con sus cercanos un plan anticipado donde ya prefigura hasta un gabinete que le ayudará a cumplir sus caros anhelos.

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El poder perpetuo

* En los tiempos del Porfiriato no sólo la dictadura militar del general Díaz había logrado perpetuarse en el poder. En el Estado de México algunos políticos locales se eternizaban en el Congreso local por espacios de hasta 23 años, como el coronel Joaquín Zendejas, uno de los más férreos defensores del territorio nacional durante la invasión estadounidense.

Elpidio Hernández

Eran los primeros días de febrero de 1910 y la Junta Central del Centenario, encargada de promover y auspiciar los festejos independentistas, desde aquellos días exhortaba a los habitantes de la capital mexiquense a engalanar e iluminar la fachada de viviendas y comercios para festejar con éxito el Centenario de la Independencia. Para conmemorar el LIII aniversario de la promulgación de la constitución de 1857, el gobierno del Estado de México, encabezado por el general Fernando González concretaba medianos festejos en el parque Cuauhtémoc y palacio de gobierno, mientras que la Plaza de los Mártires era mudo testigo de un espectáculo de fuegos artificiales y el Portal la Paz sede de un recital interpretado por la gendarmería local y la banda del estado. Cien años después los festejos constitucionalistas han quedado prácticamente enterrados. El cinco de febrero se ha convertido en un día cualquiera con esporádicas y sobrias ceremonias para publicar bandos municipales en algunas demarcaciones de la entidad.

En los tiempos del Porfiriato no sólo la dictadura militar del general Díaz había logrado perpetuarse en el poder. En el Estado de México algunos políticos locales se eternizaban en el Congreso local por espacios de hasta 23 años, como el coronel Joaquín Zendejas, uno de los más férreos defensores del territorio nacional durante la invasión estadounidense, quien incursionó en la Legislatura mexiquense el 22 de febrero de 1883 y dejó la curul el 3 de febrero de 1910, cuando falleció en una céntrica casona de la capital mexiquense –la marcada con el número 13 del Portal la Paz-. En la lista de los perpetuos de aquellas fechas también podemos encontrar, entre muchos otros, a José Vicente Villada, quien gobernó el Estado de México de marzo de 1889 hasta su muerte, en mayo de 1904; al político mexiquense Benito Sánchez Valdés, quien inició su andar como diputado local el 22 de febrero de 1893 y logró extenderlo hasta el 16 de agosto de 1913, cuando se retiró de la curul estatal para aventurarse en una curul federal. Y Alberto Henkel próspero empresario de aquellos días, quien se integró al Congreso estatal en 1893 y se retiró de la curul en 1909, cuando la heredó a su hermano Adolfo.

Los periodos legislativos en los tiempos del Porfiriato eran de dos años con opción a reelegirse de manera continua o discontinua “si el pueblo lo demandaba”. Las leyes previas al movimiento revolucionario no impedían la reelección en ninguno de los tres niveles de gobierno, las votaciones se efectuaban de manera habitual pero no tanto para elegir a las autoridades, sino como una forma de legitimar los acuerdos preestablecidos en las cúpulas del poder político mexiquense.

Las prácticas de aquellas fechas continúan vigentes hasta nuestros días pero camufladas bajo nuevas formas, con políticos acostumbrados a las prebendas del poder que transitan de un cargo a otro. El priista Eruviel Ávila Villegas es sólo una muestra de la moderna perpetuidad. En 1994, bajo la bendición del obispo Onésimo Cepeda irrumpió en su natal Ecatepec para convertirse en secretario del Ayuntamiento; dos años después se convirtió en diputado local 1996-2000; de 2001 a 2002 fungió como subsecretario de Gobierno en el Estado de México; de 2003 a 2006 fue alcalde de Ecatepec, cargo que abandonó para ocupar una curul local en el periodo 2006-2009; el cinco de julio pasado Ávila fue electo nuevamente alcalde de Ecatepec, esta vez para el periodo 2009-2012 y no sería imposible que con la ayuda divina se convirtiera en el sucesor de Enrique Peña Nieto en 2011. Gustavo Cárdenas Monroy, uno de los personajes habituales del Grupo Atlacomulco, es otro de los políticos que se han acostumbrado a vivir del erario público. En su foja de servicios destaca que ha sido presidente municipal de Jocotitlán en la administración 1981-1984, diputado local en dos ocasiones 84-87 y 2003-2006, diputado federal en la LVI Legislatura 94-97, asesor y luego titular de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes del Estado de México, coordinador de Asuntos Metropolitanos y titular de la Secretaría de Desarrollo Metropolitano mexiquense y actualmente se desempeña como secretario del Medio Ambiente estatal. Humberto Benítez Treviño y Ernesto Nemer Álvarez también entran en la lista de los perpetuos modernos con fojas de servicios que se remontan a 1976 y 1979 respectivamente. El primero se desempeña como diputado federal y el segundo como diputado local. 

De acuerdo a las crónicas de principios del siglo XX, el coronel Joaquín Zendejas gozó de una buena reputación por su participación en la invasión estadounidense; antes de incursionar en la Legislatura mexiquense, el militar había sido nombrado, en 1867, jefe de la Policía Nocturna de Toluca, entre otros cargos, pero fue hasta 22 de febrero de 1883 cuando irrumpió como diputado suplente por el distrito I con sede en Toluca. Dos años después fue electo diputado por el distrito IV de Tenango para el periodo 1885-1887; de 1887 a 1889 representó a Jocotitlan; de 1895 a 1897 a Coatepec Harinas, de 1897 a 1899 a Otumba; de 1899 a 1901 a Cuautitlán; de 1901 a 1903 a Tlalnepantla; en tres periodos consecutivos representó el distrito X con cabecera en El Oro, 1903-1905, 1905-1907 y 1907-1909 y en 1909 inició su decimoprimer periodo en la Legislatura mexiquense abanderando por el distrito I de Toluca, pero no logró completar el periodo pues falleció el 3 de febrero de 1910, acontecimiento que se convirtió en noticia de primera plana de los diarios de esos tiempos, pues el gobernador Fernando González y los más connotados políticos mexiquenses de aquellos días encabezaron el cortejo fúnebre. 

La concentración del poder en una sola persona se reafirmó con Benito Sánchez Valdés, político del Estado de México que se perpetuó en la Legislatura mexiquense por más de dos décadas. Su andar como congresista inició en el periodo 1893-1895, cuando ocupó una curul representando a Zumpango; de 1895 a 1897 representó a Texcoco; de 1897 a 1899 a Toluca; de 1899 a 1901 a Tenango; de 1901 a 1903 y de 1903 a 1905 a Toluca. En tres periodos consecutivos fue congresista por Valle de Bravo, 1905-1907, 1907-1909 y 1909-1911. De 1911 a 1913 fue asambleísta por Toluca, pero no completó el periodo pues ganó una curul federal para el periodo 1912-1914.

Las peripecias de los políticos mexiquenses en los tiempos del Porfiriato alcanzaban, incluso, para ocupar dos plazas al mismo tiempo. En 1910 Ramón Díaz, destacado toluqueño ocupaba un escaño en la Legislatura mexiquense representando al distrito XVII de Texcoco y a pesar de su labor como diputado, el primero de diciembre de 1909 Díaz fue electo alcalde de la capital mexiquense para el periodo de 1910. Su quehacer como congresista continuó y para el periodo 1911-1913 se desempeñó como congresista por Valle de Chalco. Carlos A. Vélez, académico del Instituto Científico y Literario del Estado de México fue electo síndico municipal de la capital mexiquense para el mismo periodo, cuando se desempeñaba como diputado local suplente por el distrito V de Tenancingo. Situación similar aconteció a Leopoldo Rebollar, quien irrumpió en la Legislatura mexiquense como diputado suplente el 27 de febrero de 1907. Dos años después, en el periodo 1909-1911 ocupaba la suplencia pero ahora en el distrito VII con cabecera en Temascaltepec. Aún así el primero de diciembre de 1909 era electo segundo síndico municipal de la capital mexiquense. Su labor como servidor no terminó ahí y en 1911 fue electo nuevamente diputado local pero ahora representando a Valle de Bravo.    

Cuando se está por conmemorar el centenario de la revolución mexicana, levantamiento armado cimentado bajo el principio del sufragio efectivo y la no reelección, que creó las condiciones para abolir la reelección, el presidente de la república, Felipe Calderón Hinojosa presentó –a finales de 2009- ante el Congreso de la Unión una iniciativa de ley que permita la reelección de alcaldes, jefes delegacionales y legisladores hasta por un periodo máximo de 12 años. La iniciativa resulta por sí sola debatible no sólo por razones históricas y culturales de un país que tuvo que recurrir a las armas para terminar con esas prácticas, también por fenómenos como el clientelismo político y el dominio electoral a través del capital económico de las instituciones y que son el pan de cada día en tiempos electorales no sólo en el territorio mexiquense, sino en el resto del país.