Chalco: la primera vez

* Aquel día el gobernador más impopular de los últimos tiempos debía cumplir una agenda apretada. Era jueves y apenas daba tiempo para alistar autos y helicópteros pues esperaban por él los directores del Infonavit para anunciar alguna charada inolvidable. Arturo sabía lo elemental. Que llovía y que habría alguna inundación. Pero no se preocupó. Todos los años era lo mismo.

Miguel Alvarado

Eran los días en que frescos cadáveres recorrían las calles pudriéndose en paz. Llegaban llagados, llevados ya al viento empuñando sonrisas, doradas monedas de falsos sibaritas, cazadores diletantes de erarios públicos y mentiras presupuestadas en salones de burdel. Buscaban algunos el barro milagroso que sana las heridas mientras peces y panes oxidaron el banquete que aquellos muertos despreciaron.

Era el primero de junio del año 2000. Fallaban por kilómetros cábalas y testigos jehovarizados sobre el fin del mundo y aquel tenía ya seis meses sumergido en domésticas tragedias, inconfesables reuniones que dictaminaban acólitos y aspirantes para el ciclo electoral que a traspiés se cumplía en la casa de Montiel, dominado entonces por el miedo al ridículo. Arturo no mandaba en su hogar pero dictaba como podía la política de manos chuecas en un estado de 14 millones de habitantes, trabajadores todos si se comparaban con aquel priista que años después intentaría poner otra Carlota a gobernar el país.

No lo sabía aún y estaba mejor así, medianamente perfilado, poderoso a secas aunque colmado en intraducibles ambiciones, con su ceguera al revés que apenas le daba para comprar un palco en la vetusta Bombonera, al lado de Onésimo, César y Emilio en una final futbolera donde ni la tragedia lo haría perdérsela.

Aquel día el gobernador más impopular de los últimos tiempos debía cumplir una agenda apretada. Era jueves y apenas daba tiempo para alistar autos y helicópteros pues esperaban por él los directores del Infonavit para anunciar alguna charada inolvidable. Arturo sabía lo elemental. Que llovía y que habría alguna inundación. Pero no se preocupó. Todos los años era lo mismo, desde que trabajaba para el priismo. Él mismo caminó aguaceros apocalípticos cuando su época como líder de partido le obligaba a sinsentidos de arrabal. Todos lo sabían, hasta el panista Juan Carlos Núñez Armas, quien se empeñaba por el sueño de conquistar la alcaldía de Toluca en las barbas del propio gobernador y de uno de los inútiles más públicos de aquel tiempo. El alcalde priista Armando Garduño atinaba apenas a atusarse el bigotito y exclamar con los ojos cuando le llamaban la atención. “Mira lo que te dicen”, le recordaban sus logísticos apoyos pero él no pensaba en ello y dejaba hacer y mejor pasar.

Otro que luego se hizo famoso presentaba ese día y por allí un libro llamado El Grupo Atlacomulco. Jorge Toribio tampoco hacía caso del clima y organizaba su aquelarre literario mientras María Luisa Farrera, aquella lisérgica funcionaria, comenzaba periplo como directora del Instituto Electoral del Edomex. Instrumento montielista de la democracia, esta Farrera deslumbraba con peinados a la Carolyn Jones, aquella seductora Morticia, que le sirvieron para derrotar a Jaime González Graff en la lucha por la posición. Sustituiría a José María Sainz Gómez, renunciado por motivos de salud. En ese momento la María gozaba del beneficio de la duda pero no el esposo de Carolina Monroy, quien hacía su lucha para gobernar Metepec e iba de casa en casa, cejijunto y anticlimático con su cara de árabe, repitiendo a los cansados electores un “porque yo, Ernesto Nemer…”. Allí quedaría él, tendido cuan largo era antes ni siquiera de comenzar la batalla. Reflexivo, encontraría luego culpable a Fox de su estrepitoso estrellarse en el suelo.

Pero la madre de todas las vergüenzas las sufrió el humilde ex gobernador del Edomex, César Camacho Quiroz, quien a pesar de algunos buscaba todavía un cargo de elección popular que lo reivindicara ante sí mismo. Este metepequeño quería ser senador y para ello recorría kilómetros disfrazado de moreno Santa Clos, cargado de obsequios. El primero de junio de aquel 2000, Camacho lo pasó muy orondo reunido con la señora Loba, una ama de casa de armas tomar que en sus ratos libre se hacía llamar Guadalupe Buendía Torres y trabajaba como dueña absoluta de Chimalhuacán y sus gobernantes.

Hoy presa, la señora Loba, como le gustaba le dijeran, era la anfitriona del licenciado Camacho. Pretextos sobraban y César se acordó de que a las abnegadas madres de aquella región nadie las había agasajado en su día. Así que le dijo a la señora Loba que le juntara muchas porque él, personalmente, iría a felicitarlas. Y así fue.

“Que sí, que no, que como chingados no”, entonaban guturales aquellas hijas de Luperca mientras César posaba para las fotos. “Folclórica como siempre en el decir y el hacer, Guadalupe Buendía no tuvo empacho en señalar que ningún panismo ni perredismo entrarán a Chimalhuacán”, mientras anticipaba la victoria del licenciado, de Labastida y la de su propio hijo, Salomón Herrera, miembro destacado de aquella manada y que buscaba una diputación local, recordaba inocente una crónica de El Sol de Toluca.

Camacho, alguna vez césar sin sufragios, se apresuró riendo a rifar estufas, lavadoras, refrigeradores, televisiones y planchas mientras tomaba aire y micrófono para asegurar a las 12 mil afortunadas que “vengo a cargar pilas con la gente de Chimalhuacán, especialmente con las mujeres, quienes nos llevarán al triunfo. Salomón Herrera mamó desde la cuna el servir a la gente como lo ha hecho Guadalupe Buendía”.

Camacho era político y así explica muchos de sus desaciertos pero tuvo que pasar aullando aquella tarde de nubarrones y chubascos repentinos mientras la señora Loba preguntaba a voz en cuello que “¿quién no le pidió agua, drenaje, banquetas, guarniciones a César Camacho?”.

Y César, modesto desde su altura estrechaba manos y dictaba líneas a aquel diario que concluyó que “fue una tarde de compromisos, de gente bien nacida con gente que sabe honrar su palabra”. Para rematar aquel horror, Paquita la del Barrio cerraba la vendimia entarimando los rencores de aquellas mujeres aquel día en el que Valle de Chalco se pudría por primera vez.

La historia, aquella serpiente que se muerde la cola, dicta que la señora Loba y toda su familia viven ahora en la cárcel, donde se hacen viejos a fuerza del recuerdo y malas horas. Y César, aquel Camacho gobernador, fue vapuleado en las votaciones porque la mayoría decidió que no lo quería ni en el Senado. Nadie devolvió planchas ni refris y el avergonzado aspirante debió inscribirse en una plurinominal. Al fin y al cabo ganaba a fuerza.

Pero Arturo. Conocía el lugar común. Entendía que llovía y que habría alguna inundación. Pero no se preocupó. Es más, el 31 de mayo ya se había desmoronado un tramo del canal del Río de la Compañía y en un kilómetro se habían detectado tres boquetes. Uno era de 12 metros pero nadie hizo nada. Tres días después el saldo era de 30 kilómetros cuadrados anegados en Valle de Chalco e Ixtapaluca; 20 mil damnificados; 30 colonias sumergidas tres metros en aguas negras; 5 mil familias afectadas; 2 extraviados, 40 heridos y un muerto. Nada mal para ser sólo lluvia.

Ya enterado de la gravedad, Montiel entró en acción. Vistió fina camisa azul marino y envidiable pantalón caqui para recorrer la podredumbre. Llegó a la altura del kilómetro 28 de la carretera México-Puebla, lugar donde el canal vomitaba y allí se hundió hasta la cintura junto al secretario de Desarrollo Social, Carlos Jarque, que intentaba ser claro y expedito. Montiel decía de inmediato que no había muertos con aquella voz de otro mundo que nunca pudo domar pero el subprocurador de Justicia de Amecameca, Santos Montes Leal, encontraba la cruz de aquel martirio al deslizar que un hombre de 80 años llamado Fernando Feliciano Nicolás, flotaba inerme en las aguas de aquella desgracia. Montiel cayó y luego guardó silencio, que rompió al ver llegar los cuerpos de rescate estatales y del DF. Supervisó, dicen los que lo vieron y dio rápidas órdenes a los suyos. Horas después el alcalde de Valle de Chalco, Francisco López Lira, pedía aplicar el plan DN-III y la entrada del ejército, que finalmente dirigió la evacuación.

A las 8 de la mañana del primero de junio llegaba el director de la Conagua, Guillermo Guerrero y muy orondo explicaba las sinrazones. Que la causa de aquellos boquetes en la Compañía eran los hundimientos naturales de la ciudad de México. Que eso sucedía desde hace muchos años. Que el agua se llevó las partes flojas. Que no había problema.

Los vecinos, hundidos hasta el cuello en excremento lo escucharon asqueados. Guerrero evitaba el diálogo pero no pudo reprimir que los ahogados le dijeran mentiroso. Hacía días que las grietas se abrían debido al agua proveniente de los volcanes y aunque se dio aviso la estructura nunca fue reforzada.

A Jarque le recordaron que estaban hartos de promesas electorales. Reaccionó mal y contestó enojado, como si tuviera la culpa. Mojado hasta la cintura, dijo que allí no se trataba de partidos políticos mientras el señor gobernador prometía solemne que se convertiría en gestor ante la Federación para que la gente recuperara sus cosas. Montiel, todavía en fina camisa, tuvo tiempo de regresar a Toluca, tomar un baño caliente, cumplir las reuniones de su agenda y luego volver a Chalco. Allí se enteró de lo que todos sabían hacía tres años, pero a los colonos el gobierno no les hizo caso. Cuatro horas bastó para que se inundara todo pero sirvió de algo. Jarque y Montiel pudieron retratarse chapoteando en las calles de aquellas colonias. La foto no miente. El secretario explica hasta con las manos a Montiel la situación, pero éste hace que escucha mientras frunce la boca y cierra los ojos a causa del asco que le produce aquello.

Montiel dejó que todo fluyera, que el problema se resolviera casi por sí mismo. Llegado a Toluca, publicó a una plana en los diarios locales una declaratoria de emergencia que pasó de noche para la mayoría. Mayolo del Mazo, en ese entonces secretario de Desarrollo Agropecuario aprovechaba para decir muy serio que “las inundaciones son cosa mínima, se afectaron sólo 30 hectáreas”, mientras la Federación dictaminaba que se encontraban bajo el agua 104 mil.

Otra pista del circo se desarrollaba en la Cámara local, donde los diputados aportaban 300 mil pesos entre todos para que los de Chalco se compraran un atole cada uno, aunque sea. Y se justificaban diciendo que sabían que era muy poco dinero, pero que lo que contaba era la intención. Acto seguido, los legisladores se fueron a sus casas hasta que dejó de llover.

A Montiel le habían dicho que un terreno de 33 hectáreas resolvería el problema de las inundaciones por muchos años, por lo que su gobierno lo encontró rápidamente y se instruyó para que allí se depositaran las aguas negras. Pero todo le salió mal. Este futuro vaso regulador tenía dueños. Trescientos campesinos expulsaron a los trabajadores e impidieron que en su propiedad se hicieran las excavaciones necesarias. Amenazaron con linchar a un delegado municipal y el sueño de Montiel se esfumó. Pero a esas alturas ni él se acordaba de aquel terreno.

Y es que a Montiel se le olvidó todo menos la final del futbol mexicano que jugaban sus amados diablos del Toluca el 3 de junio de aquel año. Luis Contreras, reportero de El Sol, reseñó el pambolero interés del gobernador en una entrevista de primera plana. “El diablo arrasó en Toluca. A las 13:30, con escolta a pie, llegaron los Santos a la Bombonera. Y a las 14:15 arribaron al estadio dos delanteros que le van siempre al diablo. Tomados del brazo aparecieron el gobernador del Edomex, Arturo Montiel y el obispo de Ecatepec, Onésimo Cepeda Silva.

– Gobernador, su pronóstico…

– Vamos a ganar. Aquí tiene que ganar Toluca.

– ¿Y en la final del 2 de julio?

– También.

– ¿Cómo ve la alineación para el 2 de julio?

– Muy bien, tenemos buen delantero, buen tirador de derecha y de izquierda.

– ¿Habrá goleada?

– Desde luego.

Allí, en las gradas del Nemesio acudía la nata de la política local. Emilio Chuayffet brincaba en palcos y decía señero que “vamos a volver ser campeones y venimos todos a celebrar”. Onésimo decía que Fox quería “darnos atole con el dedo, pero el Toluca gana por 3 a 0”. César Camacho, Jiménez Cantú, Mario Ramón Beteta y el alcalde Armando Garduño estaban en aquella banca jubilada mientras en Chalco reportaban actos de rapiña y desabasto. No hubo agua, medicina ni alimentos suficientes y el dique se reventó por segunda vez. El nivel del agua no bajó, como lo anunció el gobierno estatal y mil personas vivieron en sus azoteas por una semana.

Montiel celebró la victoria del Toluca junto a Rafael Lebrija, los amigos de entonces y no regresó a Chalco. Toluca campeonó en otros torneos y Camacho fue senador. Hoy quiere el PRI o la Procuraduría estatal. Jiménez Cantú y Beteta no resistieron la edad. Onésimo se pudre en eclesiástica paz. Nemer es casi gobernador. Farrera se retiró a enseñar danza clásica. Núñez Armas no será nunca más alcalde. Emilio ensombrece todavía la política local y Valle de Chalco se muere de sed por segunda vez en un vaso de aguas negras.