Costumbres ajenas

El doctor en Antropología y catedrático de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UAEM, Juan Luis Ramírez Torres difiere de los planteamientos del poeta y ensayista capitalino Octavio Paz al afirmar que la creencia de que el mexicano se burla de la muerte se trata más de una frase de promoción turística que una realidad pues en México no podemos burlarnos de la muerte cuando vemos –dijo- la intensa ola de violencia que vive el país y que ha tocado a los jóvenes y a los adolecentes.

Elpidio Hernández 

Como cada año las flamas de los cirios iluminarán los caminos, el copal ahuyentará los malos espíritus, el pulque mitigara la sed y los platillos saciarán el apetito de los difuntos que como cada 1 y 2 de noviembre –según marcan las creencias- acudirán puntuales a los banquetes que familiares y amigos les han preparado en hogares y plazas públicas.

La tradición del Día de Muertos se ha colocado como uno de los folclores más arraigados en nuestro país aunque el paso de los años y la influencia de culturas foráneas como la estadounidense han hecho que la festividad se llene de costumbres ajenas, para dar paso a un rito donde se conjuga lo religioso con lo pagano, y donde la burla hacia la muerte se hace presente como escribiera el poeta Octavio Paz en su texto el Laberinto de la soledad en el cual narra que en muchas ciudades del mundo la muerte es palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios, mientras que el mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, y es uno de sus juguetes favoritos, “cierto, en su actitud hay quizá tanto miedo como en la de los otros; mas al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con paciencia, desdén o ironía”, escribió el ensayista.  

El doctor en Antropología y catedrático de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UAEM, Juan Luis Ramírez Torres difiere de los planteamientos del poeta y ensayista capitalino Octavio Paz al afirmar que la creencia de que el mexicano se burla de la muerte se trata más de una frase de promoción turística que una realidad pues en México no podemos burlarnos de la muerte cuando vemos –dijo- la intensa ola de violencia que vive el país y que ha tocado a los jóvenes y a los adolecentes.

Los orígenes del día de muertos son inciertos pero algunos textos afirman que sus inicios se remontan al año 800 A.C. con el llamado Festival de muertos, que celebraban los aztecas durante los meses de julio y agosto, se trataba de un ritual para celebrar el final de la cosecha de maíz, frijol, garbanzo y calabaza, y que formaban parte de la ofrenda a la diosa Mictecacihuatl. Esta Diosa, reina de Chinahmictlan era la guardiana del noveno nivel del infierno, llamado Mictlán.

La tradición nació de la vieja creencia de que, al morir, las personas pasan al reino de Mictlán, donde tienen que estar un tiempo para después ir al cielo o Tlalocan. Así, para el viaje los seres queridos necesitan comida y agua para el camino; veladoras para alumbrarse; monedas, para pagar al balsero que los cruza por el río antes de llegar a Mictlán y un palo espinoso para ahuyentar al diablo; todo esto, se colocaba en su tumba y en el altar de muertos, para su visita anual a los vivos, en el que se coloca copal y flores de cempasúchitl para marcar el camino.

Pero cuando llegaron los españoles las creencias se fusionaron con el calendario cristiano por lo que ahora se celebra los días 1 y 2 de noviembre. De acuerdo con la tradición el primero se celebra el Día de Todos los Santos, dedicado a los niños y el día dos se ofrece a los adultos mayores; mientras que en algunas regiones se cree que el 28 de octubre bajan los muertos por accidente y el 30 los que están el limbo por no haber sido bautizados. La creencia señala que estos son los únicos días en que las almas tienen permiso para regresar a visitar a sus seres queridos. De manera que es, en realidad una fiesta de bienvenida para aquellos que se extrañan.

Pero para un amplio número de personas la fecha sólo se relaciona con días de asueto, tal y como sucede con muchos católicos en Semana Santa, que mientras Jesús esta en la cruz muriendo por los pecados de nosotros otros estamos pecando en Acapulco o en algún otro puerto a la salud del Cristo crucificado, afirmó el doctor en Antropología Juan Luis Ramírez Torres durante una charla con este semanario.    

 – ¿Cómo podemos entender el día de muertos?

– Debemos entenderla como una fusión entre la tradición prehispánica y lo que hoy es México, consiste en colocar una ofrenda a los familiares difuntos con los platillos favoritos de quienes ya se han adelantado, como el abuelo o el padre que murió, posteriormente se han venido sumando más cosas, ya no hablemos del Halloween, que se ha enraizado en la cultura, sino de una ofrenda más vinculada a lo público, a lo festivo, mientras que un número más reducido busca una raíz tremendamente lejana con pretendidas ofrendas aztecas, de las auténticas ofrendas que se ponían en Tenochtitlán.

– ¿El Día de muertos se puede entender como un festejo a la muerte?

– Siempre he repetido que Octavio Paz, como sociólogo, era un excelente poeta, no se cuánta gente discrepe conmigo, pero Paz miró con ojos europeos a la cultura mexicana, nos convenció de que los mexicanos nos reímos de la muerte, pero yo creo que lo que esta sucediendo hoy en día en el país es una evidencia clarísima de que los mexicanos no nos reímos de la muerte, cuando vemos muertos a adolescentes a jovencitos a nadie llama a sonreír porque la muerte nos afecta. Nosotros somos tan sensibles al drama de la muerte como en cualquier otra ciudad del mundo. Lo que sí tenemos en México es una manera muy particular de representar a la muerte por medio de sus contrarios como hacer calaveritas de dulce. Si la muerte nos llama a la melancolía, a la tristeza entonces provoquémonos una sonrisa con una calaverita de chocolate; esto es muy frecuente en infinidad de culturas donde algo negro se representa con blanco.

– ¿La fecha es sólo un pretexto para el descanso?

– Creo que muchos mexicanos estamos más alegres porque nos vamos de puente que por el Día de muertos y esto suena a paradoja, pero una buena cantidad de mexicanos nos iremos de puente a mitad del festejo o antes, si se puede, tal vez se acuda al panteón a poner una flor a algún familiar fallecido o a algún buen amigo, pero muchos nos vamos a dar un espacio para el descanso. Como muchos mexicanos católicos lo hacen el Viernes santo, mientras Jesús está en la cruz muriendo por los pecados de nosotros, estamos pecando en Acapulco o en algún otro puerto a la salud del Cristo, siempre en contradicción de la creencia católica.

– ¿Se está perdiendo la tradición del día de muertos en nuestro país?

– Hay subeybajas. Previo al terremoto del 85 la moda del Halloween iba en ascenso, principalmente en la Ciudad de México. Recuerdo que cuando sucede el terremoto en septiembre de 1985, al siguiente noviembre se hicieron monumentales ofrendas de muertos públicas, muy dolientes por las miles de víctimas que hubo y también por los desaparecidos, entonces vimos que ese dolor se volcó en ofrendas. Tengo la visión de que a partir de septiembre del 85 hubo un incremento en la colocación de las ofrendas en escuelas, oficinas y lugares populares, pero también hubo un descanso de la tradición del Halloween, que al paso de los años volvió a florecer.

– ¿Ha tomado ventaja el Halloween?

Desde luego que no, el Halloween se ha mexicanizado, no lo observo tanto en Toluca pero vuelvo a pensar en la Ciudad de México, donde es una fiesta de lo terrorífico, vemos en las tienditas largas filas de niños pero también de adultos que van a pedir su calaverita; hay un matiz entre el Halloween de los Estados Unidos y la forma en que se celebra en México donde lo que se pide es una calaverita y me parece que este es un dato interesante para saber como se fusiona una cultura y otra.  Estas largas filas son para recibir la generosa aportación en dulces del dueño de la tiendita que compra una determinada cantidad de sencillos regalitos para darle a todo el que se asome por su tienda. Hay casas en donde todos los integrantes de la familia se disfrazan para recibir a otros igualmente disfrazados vemos al padre que va de Batman, al niño que va de calabacita e incluso a la abuelita. No creo que sea el Halloween de los Estados Unidos, pero el vestirnos y disfrazarnos de monstros es una manera de neutralizar el temor que estamos viviendo.

– ¿Cómo conservar la tradición del Día de muertos frente a otras influencias como el Halloween?

– No se trata competir pues me parece que es algo muy natural, es una fusión de las culturas; debemos recordar que alguna ocasión el Día de muertos fue una mezcla que atentó contra las tradiciones prehispánicas porque había cinco días malos no un 1 y 2 de noviembre; cuando llega la iglesia católica-europea se mezcló con las tradiciones prehispánicas y luego durante la Colonia y más tarde durante el siglo XIX se fue estableciendo como la tradición que hoy conocemos. En este momento personas que van disfrazadas de mostos me parece que van muy de la mano del ambiente de terror que vive el país.

La ofrenda

El rito comienza en la última semana de octubre, cuando en familia se prepara el altar de muertos con los platillos favoritos de quienes ya se han adelantado, las fotos, las veladoras, las flores de cempasúchil, el papel picado de vistosos colores, el pan de muerto, el copal y los dulces típicos de estas festividades como las calaveritas se vuelven indispensables.

Según la tradición, el altar debe constar de siete escalones que representan los siete niveles que tiene que pasar el alma de un muerto para poder descansar. Cada escalón tiene un significado diferente y debe contener ciertos objetos. En el primero se pone la foto del santo o virgen de la devoción; el segundo es para las ánimas del purgatorio; en el tercero se pone la sal para los niños del purgatorio; en el cuarto se coloca el pan de muerto, que se recomienda sea hecho por los parientes del difunto; en el quinto, la comida y la fruta preferidas del familiar fallecido; en el sexto, la foto de la persona a quien se dedica el altar y, por último, la cruz y un rosario hecho de tejocotes y limas.

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