Karl Kraus y los últimos días de la humanidad

* Karl Kraus era un hombre locuaz. Pronunció 700 conferencias en su dilatada vida pública y entre 1899 y 1936 alumbró 922 números de Die Fackel (La Antorcha), revista emblemática de toda una época que redactaba prácticamente solo y desde la que azotó, a diestra y siniestra, a escritores, periodistas y políticos. Sólo dos veces su locuacidad no encontró palabras o tropezó -más bien- con una palabrería bárbara que tronchaba la raíz misma del lenguaje hasta hacerlo “inutilizable”.

 

Santiago Alba Rico/ Rebelión

“Los últimos días de la humanidad”, de Karl Kraus. Editorial Hiru, Hondarribia 2010. 348 páginas. Traducción de Adan Kovacsics

He aquí las diez noticias más leídas de uno de los diarios españoles de mayor difusión en un día escogido al azar:

1-Hallan muerto al ex novio de la mujer de Boadilla.

2- Larissa pide a Carbonero que le preste a Casillas.

3- ¿Qué lubricante sexual es el mejor?

4- ‘Nuria, ¿qué has hecho? Dicen que te has dopado’

5- El homicida de Olot: ‘Ya estoy satisfecho’

6- ¿Por qué no dormir nos hace más feos?

7- ¡Vaya lujo! Chalé en vertical en Arturo Soria

8- Terri Smith, la mujer más gorda del mundo

9- Sara Carbonero por Belén Esteban

10- The Shard, el techo de Europa

La noticia número 11, fuera ya de la clasificación, dice así: “Los últimos días de la humanidad”.

No es ésa, claro está, la undécima noticia, pero podría serlo. Si la humanidad estuviese viviendo sus últimos días y algún periodista considerase que valía la pena avisar al público, el titular produciría el mismo tipo de emoción que la muerte del ex novio de la mujer de Boadilla (que no sé quién es), pero mucho menos intensa. La leeríamos llevados por la misma curiosidad ajena que nos despierta la picardía sexual de Larissa, aunque con menos interés personal. Nos intrigaría saber cuántos días nos quedan de vida, claro, pero no tanto como averiguar el nombre del más eficaz lubricante sexual. El puesto 11, sí, sería el que merecidamente le concederían los lectores, un poco por debajo de la fotografía del rascacielos más alto de Europa y un poco por encima de los datos del paro o del bombardeo de Kandahar. O quizás el 12, si la noticia se publicase en una jornada de liga. Seamos realistas: digamos, pues, el 12. Los últimos días de la humanidad la humanidad los dedicaría a discutir sobre el Balón de Oro, moralizar sobre el embarazo de una pornostar o estremecerse con las declaraciones de la parricida de Lloret de Mar.

Pero una humanidad con semejantes criterios, ¿no está ya en sus últimos días? ¿Perecerá como consecuencia del cambio climático, la crisis capitalista, las guerras y la amenaza nuclear o por su propia indiferencia y banalidad?

¿O será que ya ha perecido?

Se habla de la Viena de Freud y de la Viena de Wittgenstein, pero en realidad la Viena del primer cuarto del siglo XX estuvo dominada, tiranizada, ininterrumpidamente zarandeada -y con ella toda la Europa culta- por Karl Kraus, el hombre al que el poeta Trakl saludaba como “Gran Pontífice de la Verdad” y al que Elias Canetti consideraba, junto a Quevedo y Swift, “el despreciador más imperturbable de la literatura mundial, una especie de fustigador divino de la humanidad culpable”; el crítico jupiterino al que Felix Salten, autor de Bambi, agredió a puñetazos en un café, el judío universal que ya en 1898 condenó por “antisemita” el sionismo de Herzl. Pues bien, Karl Kraus habría visto sin duda en la lista de noticias arriba citada una prolongación monótona de ese nuevo umbral -bostezo enseguida lleno de sangre- que él supo anticipar como nadie en una obra dirigida “a la gente que ha sobrevivido a la humanidad” y que tituló en 1915 -precisamente- Los últimos días de la humanidad.

Karl Kraus era un hombre locuaz. Pronunció 700 conferencias en su dilatada vida pública y entre 1899 y 1936 alumbró 922 números de Die Fackel (La Antorcha), revista emblemática de toda una época que redactaba prácticamente solo y desde la que azotó, a diestra y siniestra, a escritores, periodistas y políticos. Sólo dos veces su locuacidad no encontró palabras o tropezó -más bien- con una palabrería bárbara que tronchaba la raíz misma del lenguaje hasta hacerlo “inutilizable”. En 1914, en medio del patriótico entusiasmo bélico que arrastraba en su torrente incluso a la socialdemocracia germana, proclamó: “El que tenga algo que decir que dé un paso al frente y guarde silencio”. E inmediatamente se puso a escribir Los últimos días de la humanidad, una obra enorme, inconmensurable, excesiva, con tantos personajes que hacen falta 13 páginas para enumerarlos a todos. Veinte años más tarde, con los nazis ya posados sobre Alemania, declaró: “Sobre Hitler no se me ocurre nada”, e inmediatamente se puso a redactar La tercera noche de Walpurgis, obra que el nazismo le impidió publicar. Entre 1914 y 1936, fecha de su muerte, no dejó de llamar la atención sobre lo que acababa de pasar, sobre lo que estaba punto de volver a pasar -a escala ampliada- y lo que sigue pasando -ahora en No mayor. En la Gran Guerra, hace cien años, la humanidad se sobrevivió a sí misma y ya nada puede ocurrirle: “Olvidarán lo sucedido ayer, no verán lo que sucede en el presente y no temerán lo que suceda mañana. Olvidarán que perdieron la guerra, olvidarán que la empezaron, olvidarán que la hicieron. Por eso no acabará”.

“Para los estetas soy un político”, decía Karl Kraus, “y para los políticos un esteta”. Era sobre todo, como decía Benjamin, un hombre que vivía cada instante “a las puertas del Juicio Final”. Y a las puertas del Juicio Final todo era -y es- ruidoso y banal, simpático, divertido, superficial, irrelevante. ¿Qué es la guerra? Una ocasión que hay que aprovechar: los generales para emborracharse e irse de putas; los comerciantes y los taxistas para subir los precios; los curas para agavillar más almas; los periodistas para aumentar las tiradas; los poetas para escribir odas; los banqueros para hacer negocios; los políticos para hacer carrera; los civiles, en fin, para ir al teatro y frecuentar los cafés. ¿Y los cadáveres, los huérfanos, las violadas, los mutilados? Los podéis encontrar en la noticia número 11, o tal vez en la 12, si es jornada de liga o hay boda real. “¡Qué parrandeo! La única diferencia es que ahora estamos en guerra. Si no fuera por la guerra uno hasta creería que hay paz. Pero la guerra es la guerra, y ahora estamos obligados a hacer cosas que antes queríamos hacer”. A los cadáveres, a los huérfanos, a las violadas, a los mutilados, Karl Kraus les dice con sarcasmo: “Es fácil morir por una patria en la que es imposible vivir”.

Los últimos días de la humanidad, lo recordaba hace poco Alfonso Sastre, es la única gran obra satírica antibélica que puede medirse con El bravo soldado Schwejk, del checo Jaroslav Hasek. Al borde del máximo peligro, todo es máxima estupidez; un momento antes del abismo, todo se vuelve caricatura. Karl Kraus concibió su obra como un drama teatral para ser “representado en Marte” y durante años negó su autorización -incluso a Piscator- para que se llevara a escena. Pero luego, angustiado por el ascenso del nazismo, comprendiendo que la Gran Guerra no había terminado y confiando en la eficacia pedagógica y movilizadora del teatro, decidió elaborar él mismo una versión escénica que, por lo demás, sólo sería estrenada en los años 80 en Francia. En 1991 la editorial Tusquet publicó en castellano -con mucho retraso- la obra original; sólo ahora, en 2010, la editorial Hiru nos permite acceder por fin a la versión escénica del propio Kraus, en una excelente traducción de Adan Kovacsics que trasunta de un modo naturalmente bufo las distintas jergas y alófonos de los personajes.

La Primera Guerra mundial empezó en 1914 y cien años después aún no ha terminado. Son los últimos días de la humanidad y hay que aprovecharlos para averiguar el misterio de la parricida de Lloret del Mar y comprar los más originales adornos de Navidad. A las puertas del Juicio Final, miles de vendedores han instalado sus puestos y centenares de volatineros -periodistas, futbolistas, intelectuales, músicos- echan fuego por la boca, hacen cabriolas y enredan en el aire sus ingeniosos malabares. Lichtenberg, cuyos aforismos Kraus siempre admiró y trató de imitar, escribió uno que decía: “Allí donde la indiferencia es un error, la moderación es un crimen”. A los indiferentes y a los moderados Kraus les advirtió en un simple latigazo de las consecuencias de su actitud: “El que no se rebela contra su propia patria beligerante comete un crimen de alta traición a la humanidad”.

Es la noticia número 11 (o la 12 en jornada de liga) la que requiere toda nuestra atención.

 

* Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 

 

1 comentario

  1. […] trabajo fue acerca de Karl Kraus, probablemente el autor que más ha influido (porque encajó con mis potencias latentes) en mi […]


Comments RSS TrackBack Identifier URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s