El Bien contra el Mal

* Los políticos son recordados por la ciudadanía por las anécdotas, que sustituyen o explican las capacidades estadistas, intelectuales y políticas de cada uno. La carrera presidencial del 2012 es sólo eso. Una reunión de charadas que tratan de dibujar un perfil. La sinrazón de la democracia mexicana permite que un irreflexivo sea aspirante, que otro base su campaña en decirse mujer y que el siguiente se atreva a mencionar que los comicios son una lucha del bien contra el mal.

Miguel Alvarado

El Estado de México es un enorme territorio gobernado por unas cuantas familias. Así ha sido siempre. Primero, a principios del siglo XX, el Grupo Toluca tenía en sus manos la administración estatal, pero siempre enfrentados con los caciques regionales, fueron desplazados definitivamente por los políticos de Atlacomulco y la llegada de Isidro Fabela al poder marcó el fin de la aventura toluqueña. Luego, todo fue resultado de un trabajo más o menos consciente y planeado desde la perspectiva de proyectos de sangre, lazos familiares indisolubles que garantizaban cierta lealtad y los de Atlacomulco no perdieron ya el hilo de la administración mexiquense. Hicieron negocios y fomentaron su propio poder a la sombra de una democracia que sólo ellos disfrutaban. Crearon una cultura oficial que encumbró en el imaginario popular a personajes como Adolfo López, Carlos Hank, Arturo Montiel y el propio Enrique Peña y los dotaron de cualidades cuasi divinas pero también de fortunas que ya ni siquiera insultan por ser parte de los usos  y costumbres vueltos reglamento. Una historia chata, deformada por los puntos de vista inflexibles pero al mismo tiempo genuflexos, se ha trasmitido en los últimos años a los habitantes. No hay concesiones. Es lo que dicen que es. La deformación alcanza niveles institucionales y un Estado de mentiras contribuye a la realidad paralela donde se construye el espejismo mexicano. Los de Atlacomulco, que ahora no lo son tanto, buscaron y obtuvieron el control de las actividades más importantes. Dominaron hasta el sector religioso y los cuadros crecieron al amparo de los gurús políticos. Ahora, Metepec y Toluca estrenan alcaldes y los dos son parte de lo mismo.

Ana Lilia Herrera garantizó el control de aquel municipio y ahora será senadora si salva la etapa electoral. Deja en su lugar a Jaime Efraín Hernández, secretario del Ayuntamiento con Herrera pero vinculado con el montielismo. Operador político en aquella zona, cuenta con estudios en Derecho y su ficha curricular indica que con el ex gobernador ocupó la coordinación de Evaluación y Seguimiento de la Gubernatura. Su currículo agrega que de 2001 a 2003 fue coordinador de Atención Ciudadana en la misma gubernatura, periodo en que también se desempeñó como secretario particular adjunto de Montiel Rojas y antes de consumarse el sexenio fue nombrado subsecretario regional de Gobierno en la región Zumpango-Amecameca.

En el otro lado, Guillermo Martínez Legorreta es el nuevo alcalde de Toluca. Sustituye a María Elena Barrera, antigua secretaria particular del aspirante a la presidencia de México, Enrique Peña. Pero Martínez Legorreta no es un improvisado. Guillermo lleva el apellido de un obispo de Toluca, monseñor Arturo Vélez Martínez y es parte de la familia que, entre otros negocios, administra los populares Hoteles del Rey en la ciudad de Toluca. Parientes directos de Alfredo del Mazo, los Vélez comenzaron su camino político haciendo negocios, todos legales, de la mano de aquel primer obispo, de quien se ha documentado estivo a punto de pisar la cárcel cuando se descubrieron irregularidades en rifas realizadas para terminar la catedral local. Quien lo salvó fue su primo, Alfredo del Mazo Vélez. Quien lo acusaba era José López Portillo, entonces abogado del iario Excélsior, en los años 50.

Guillermo representa la última generación, en la rama de los Martínez, al fantasmal Grupo Atlacomulco, de quien Peña y Arturo Montiel dicen que es una fantástica leyenda elaborada por enemigos y hasta amigos. El nuevo alcalde de la ciudad estará en funciones casi todo el 2012 y entregará el poder luego de las elecciones. Era secretario de Gobierno y presidente del Instituto de Capacitación y Desarrollo Político en el PRI, que encabezaba ya en el 2008. Con parientes que han ocupado plazas de embajadores e investigadores orgánicos, a Martínez le toca hacer valer el “Efecto Peña” en la ciudad y retener una alcaldía que sirvió de trampolín para que Barrera apuntale a su jefe de toda la vida desde una diputación federal. Los que lo conocen recuerda su paso por escuelas como el ITAM, el Tec. de Monterrey, El Colegio de México, la Universidad George Washington, la Florida International University, el Centro Interamericano de Gerencia Política, la Universidad de Deusto en Bilbao y la Universidad Autónoma de Barcelona.

Los políticos son recordados por la ciudadanía por las anécdotas, que sustituyen o explican las capacidades estadistas, intelectuales y políticas de cada uno. La carrera presidencial del 2012 es sólo eso. Una reunión de charadas que tratan de dibujar un perfil. La sinrazón de la democracia mexicana permite que un irreflexivo sea aspirante, que otro base su campaña en decirse mujer y que el siguiente se atreva a mencionar que los comicios son una lucha del bien contra el mal.

Las figuras poderosas, que no emblemáticas, son así. De Carlos Hank se sabe, por ejemplo, que ayudó a Fidel Castro cuando éste arribó a Toluca. Hasta le puso guía, Alfonso Sánchez, cronista de la historia oficialista en la entidad. Castro comía en la casa de Hank, ubicada en la calle de Gómez Farías, a un costado de la Rectoría de la UAEM, donde pidió y obtuvo permiso para practicar tiro y tácticas de guerrilla en el Nevado de Toluca, en 1957. La historia, ubicada entre las menos tenebrosas, dibuja una parte de la personalidad del llamado profesor cuando era alcalde de la ciudad. Pero no se puede, partir de ella, explicar cómo un maestro rural consiguió convertirse en uno de los hombres más ricos de América. Ni siquiera los documentos del Tigre Blanco pueden hacerlo.

Las actuales campañas cimientan algunas fortalezas en las relativamente nuevas encuestas, instrumentos que miden la aceptación de los aspirantes. Peña, el priista, dice de ellas que son la fotografía de un momento determinado justo cuando esas instantáneas aseguran que ha bajado 18 puntos respecto a meses anteriores. También afirman que Obrador no puede ir más allá del último lugar y que Vázquez derrotará al priista porque las mujeres están de su lado.

Y de Josefina y su alianza con el experto en guerra electoral, Antonio Solá, se hace justificado escarnio y públicamente se exhibe al inmoral que trabaja el arte de la trampa o al menos la descalificación dolosa. Pero, por otro lao, todo es trampa en un proceso electoral, sólo que se ha legalizado y se justifica porque un gobierno valida. La impunidad cobija el dislate, oportuno y hasta ingenioso de Calderón, que marca con señalamientos muy viales que todos deben permanecer “atrás de la raya, que estamos trabajando”. ¿Qué se está trabajando? ¿Quiénes trabajan? ¿Qué es trabajar? ¿Por qué debemos trabajar como trabajamos? ¿Es verdaderamente compensado ese trabajo? ¿Por qué si la mayoría trabaja, la mitad de la población, al menos en el Estado de México vive en algún tipo de pobreza? Calderón es inteligente y hasta chistoso peros sus baños de sangre no lo son, ni su guerra contra otros cárteles del narcotráfico. Probablemente, si esa batalla fuera honesta, ya la habría ganado. Antonio Solá, aquel publicista de muerte mala, ayudó a Calderón a  afinar la campaña del 2006. Vázquez lo encuentra en su camino pero Solá es un hombre distinto. Tal vez pueda hablarse de tú a tú con los negociantes del poder porque él es ya un tipo millonario. Haití, aquella devastación telúrica, le reportó a Toño 50 millones de dólares luego de asesorar al actual presidente de aquella isla, Michel Martelly. Nuevamente acude la anécdota fácil y hasta ramplona. Solá, dicen los puristas, ha sugerido a Vázquez que no aparezca con su hija en reportajes “de corte humano” porque la niña es gordita y puede afectar la imagen de la candidata. Resulta extraño que alguien que se parece a la doctora Zira, protectora de Charlton Heston, haga caso de lo execrable porque crea que Peña Nieto es más guapo que ella y por una cara le ganará. Vázquez no confía en su programa de ofertas políticas y se supone débil cuando hablen de su carrera política. Por eso, dice la analista Lucia Lagunes, “aprovechando el trabajo de años del movimiento feminista, Josefina Vázquez Mota usa su ser mujer y dice garantizar con ello que de llegar a la Presidencia de la República será distinta. ¿A qué será distinta Josefina o a quién? Si es en relación al cuerpo, sin duda que será distinta, no existe en el mundo persona idéntica a otra. En lo que sí será igual es en la política que durante 12 años lleva el PAN”. La compara con otras aspirantes a Los Pinos, Rosario Ibarra, Marcela Lombardo, Cecilia Soto y Patricia Mercado y hasta con las dos últimas Josefina sale perdiendo. “La historia también nos ha demostrado que una mujer funcionaria no necesariamente está a favor de nuestros derechos o enarbola los principios políticos del feminismo. El cuerpo femenino no es garantía de conciencia de género, como tampoco es que por ser mujer las mexicanas deban votar por ella”, reflexiona Lagunes.

Y luego, para terminar con Vázquez, Cuauhtémoc Cárdenas la señala de robar la frase de campaña que usará el PAN, “Un México para Todos”, al perredismo, otro caso singular de hacer política desde los abrazos públicos y la lucha entre los buenos y los malos.

Si Josefina se cree única por ser mujer, Andrés Manuel López Obrador se considera infalible por ser de izquierda, peor el caso es el mismo. Un personaje se acaudilla y enarbola banderas sociales de manera temeraria. Todos los problemas serán resueltos mágicamente, sin considerar el contexto en el que se desenvuelve el país. Pero tiene razón. Hay problemas que no deberían serlo, como aquel de las prepas que no existen en México porque ahora son obligatorias cursar. A veces, ni terminando la preparatoria se entiende cómo y por qué somos lo que somos. Obrador se engaña pero él lo sabe. Seguramente ha confesado que su campaña es una mentira calculada porque cree que ganando tendrá todo el poder para hacer “lo correcto”. No hay mucha diferencia entre él y el  Eje Montiel-Peña, grupo al cual califica de Malo, junto con el PAN. Él, demasiado bueno, enfrenta como en los cómics de Supermán, una fuerza que busca solamente herir, dañar, provocar dolor. Pero el Bien, Supermán y el Peje, es otra fuerza dictatorial que decide qué es lo bueno y sus aplicaciones prácticas. Nada. Peñistas y pejistas frente a frente se anulan, suman cero. Y acerca de esa apocalíptica batalla donde Cárdenas ha aparecido oportuno, el propio Obrador dice que se sella un pacto entre estadistas.

Peña, un político que ya no es joven pero sabe o supo de la importancia de verse bien, formaba parte de una generación que destacaba por su poca edad pero refinada ambición. Reunidos por Arturo Montiel como séquito y para su megalomaniaco staff, fueron bautizados como los Golden Boys por la soñolienta prensa mexiquense de principios de siglo. Allí, Enrique departe con Luis Miranda o con Barrera Tapia, Herrera Anzaldo o Miguel Sámano, empeñosos cazadores de oportunidades. Peña llevaba las de ganar con un tío gobernador y él mismo convencido de su destino divino. Los grupos que lo cobijaron cuando novato siguen haciéndolo y ahora está a un paso de convertirse en el director de una empresa privada que opera con fondos públicos llamada México. Su historia, ascensos, tragedias y amores es más que conocida. Lo que no se sabe y es misterio hasta para los mexiquense, es la parte política y administrativa. ¿Qué hizo en el Estado de México? Lo llenó de obras, es cierto, concesionadas a sus amigos los inevitables empresarios. ¿Y en lo social? ¿En lo político? Peña vive la inmediatez del momento. No puede retroceder porque su pasado no es halagüeño y encierra oscuros pasajes que cualquiera quisiera borrar. Ese temor a volver atrás lo aprovechan sus adversarios, si es que lo son verdaderamente, para amagar con apanterados movimientos sobre la popularidad artificiosa de este “rockstar” de la política. Lo de los grupos no es nada nuevo. La misma Atlacomulco dicta lecciones sobre el tema y si El Grupo no existe porque no hay una acta que lo valide, sí existió al menos el ejemplo de Hank, quien cuando político había formado La República Ideal, una sinrazón de juventud acompañada de cenas y tacitas de chocolate, los sábados por la noche. Pero allí, dice el mismo Hank, se fijó su futuro y vaticinó su propio éxito en la política y los negocios. Empezó como todos, haciendo ate, jalea y rellenos para chocolates con el tejocote, una frutilla típica de la región. Le fue tan bien que luego, luego se compró una pipa para transportar productos de Pemex.

La idealización de los comienzos de Hank como un cuento de hadas para emprendedores ha permanecido a lo largo del mito del profesor. Lo mismo ha sucedido con Colosio y sus discursos, tan faltos de oratoria como los del propio Peña, pero pulimentados por la muerte violenta que le tocó, que el priismo los considera joyas de sabiduría. Y en un país donde se ocupa el primer lugar mundial de jóvenes sin bachillerato, junto con Turquía, aquello se convierte en leyenda proverbial, ejemplo digno del decoro y la perseverancia.

Así, Peña puede salir en cualquier lugar del país y decir, como lo hizo en Puebla, que es una afrenta que tres millones de mexicanos más engrosen las filas de la pobreza desde el 2008. No ignora que su entidad, a la que tuvo por seis años, es una de las que presentan mayores contrastes sociales como sucede en Huixquilucan, un narcomunicipio gobernador por las apariencias. Desde allí o Atizapán de Zaragoza se quiere creer que el Chapo Guzmán se encontraba viviendo, escondido en busca de mejores momentos. Como lo dice la agencia de inteligencia gringa Stratfor, si Calderón logra su captura, catapultará a Vázquez y a él mismo a alturas de heroísmos insospechados. Todo tendrá justificación y las 50 mil muertes que haya costado esa captura engrosarán las listas de la martiriología: todos santos o de perdida panistas. Si eso tampoco convence, la duda sobre los 9 mil millones que López Obrador recibió para destrabar un plantón en el Zócalo, en el México de Salinas en 1992, dejará de serlo y ni siquiera las facturas de la Asociación Civil Honestidad Valiente podrán salvarlo.

Por fin hay tres opciones y ninguna es representa a ese Bien maltrecho y golpeado que pocos entienden. Tal vez ni siquiera exista.

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