Los tigres de Luvianos

* La zona sur del Estado de México, conocida como el Triángulo de la Brecha o Tierra Caliente, hace frontera con Michoacán y Guerrero en uno de los climas y terrenos más agrestes de la localidad debido a las altas temperaturas pero también a la montañosa geografía que la rodea. El clima caluroso ha alcanzado hasta para municipios como Valle de Bravo, un centro turístico internacional desde hace años. Ahí, luego de que el turismo tomara el control económico del lugar, también el narco llegó para extorsionar, secuestrar y hasta gestionar trabajos realizados en otras regiones.

Miguel Alvarado

Un habitante del municipio de Tejupilco observa sentado en la plaza de su pueblo el paso de un convoy del ejército mexicano. Algunos jeeps y camiones de redilas con soldados atrás avanzan despacio por la carretera, que parte en dos la población y avanza hacia los entronques de Luvianos, Bejucos, Otzoloapan y Zacazonopan.

“Aquí todos saben quiénes son los narcos. Son de La Familia y trabajan desde que les ganaron la plaza a los Zetas y los Pelones. Los de la policía y los militares casi siempre se han hecho tarugos. Si todos los del gobierno municipal tienen que estar con ellos para que no les pase nada. Aquí nadie denuncia nada porque a nadie le conviene. Los narcos ni son de aquí. Unos sí, porque los han jalado para trabajar pero al principio había muchos de fuera”, asegura el poblador, quien afirma que nada ha cambiado, que todos trabajan o hacen sus actividades como siempre y que se puede vivir siempre y cuando no se metan con los narcos, que a veces pasan con sus camionetas. “Hasta los polis los saludan. Luego, cuando salen los del ayuntamiento a alguna cosa, también a ellos saludan”, dice riéndose mientras se levanta y toma rumbo hacia su casa, atrás de la vieja iglesia del pueblo.

La zona sur del Estado de México, conocida como el Triángulo de la Brecha o Tierra Caliente, hace frontera con Michoacán y Guerrero en uno de los climas y terrenos más agrestes de la localidad debido a las altas temperaturas pero también a la montañosa geografía que la rodea. El clima caluroso ha alcanzado hasta para municipios como Valle de Bravo, un centro turístico internacional desde hace años. Ahí, luego de que el turismo tomara el control económico del lugar, también el narco llegó para extorsionar, secuestrar y hasta gestionar trabajos realizados en otras regiones.

Tierra Caliente es, desde hace mucho, paso de drogas hacia otros puntos de la república. Su ubicación, incluida la sierra de Nanchititla, es una fortaleza natural que protege demasiado bien a quien quiere esconderse allá. La región sureña es también una de las más pobres del Edomex y es exportadora de indocumentados hacia Estados Unidos o las grandes urbes del país. Las tierras son abandonadas y producen poco, pero el fenómeno del narco ha cambiado la cara de algunos municipios como Luvianos, donde hasta hace unos años el panorama era el de la miseria acostumbrada. Hoy, grandes caserones y hasta las calles pavimentadas se observan allí. Se han abierto bodegas para materiales de construcción y las fachadas de las casas han sido reparadas. Una extraña combinación arquitectónica ha transformado el lugar. Estatuas de águilas y caballos conviven entre casas con torres de observación y enormes zaguanes pintados de color pastel. Cerca de allí, el balneario Las Lomas espera paciente la llegada de visitantes. Casi arruinado hace dos años porque la carretera hacia allá no se terminaba, sobrevivía de los propios habitantes de la región pues el turismo había sido advertido sobre la peligrosidad. Pero si Las Lomas pudo recuperarse medianamente, en Luvianos, un pueblo de 8 mil 146 habitantes, se construyeron tres enormes salones de fiestas, con capacidades para mil asistentes. Allí se organizan los convivios regionales pero nadie sabe cómo pudieron levantarse, aunque a nadie le interesa porque no quieren problemas. Se limitan a asistir cuando son invitados. Luvianos es uno de los ejemplos de cómo los pueblos sureños han cambiado gracias al narcotráfico, que ha tomado en sus manos leyes y gobiernos para imponer una paz forzada que le permita trabajar sin discusión ni problema. Otros municipios de la zona como Otzoloapan, Zacazonapan, Amatepec y Tlatlaya han resentido el fenómeno de otra manera. Tierras abandonadas u ocupadas por extraños y tarifas para mantener comercios y poder vivir sin problemas se convirtieron en prácticas habituales. Muchos huyeron o se fueron en busca de mejores tiempos pero otros se adaptaron. Ni siquiera enfrentamientos mortales como los registrados en Caja del Agua entre el 2009 y el 2010 los desarraigan. Primero, el 1 del julio del 2009, Pelones y Familia chocaban entre sí en aquella comunidad, paso obligado de la droga hacia Guerrero y Michoacán. Siete sicarios detenidos, camionetas de lujo, motos y hasta 25 armas largas decomisó la antigua policía mexiquense, ASE, que intervino en plena balacera. Una versión señala 12 narcos muertos y dos policías heridos en una yerta que busca ejecutar al líder criminal Osiel Jaramillo.

Catorce días después, otra vez en Caja de Agua, una emboscada arrojaba dos personas ejecutadas y la movilización de 80 policías de la ASE. Era un nuevo enfrentamiento entre quienes peleaban la región pero tampoco en esa ocasión se confirmó la muerte de Jaramillo. Sin embargo, el ataque involucraba granadas de fragmentación. Era cuestión de tiempo para que Osiel cayera abatido y el 23 de octubre de ese mismo año pero en el centro de Luvianos, aparecía muerto junto con otra persona, con 49 impactos de bala en su cuerpo. El crimen era emblemático pero ejemplar, porque los cuerpos fueron colocados con premeditación frente a una tienda de materiales de construcción, propiedad de la familia González Peña, que un año antes había visto cómo Ranferi González Peña era asesinado en su propia casa y un hijo de éste secuestrado para no volver a saberse de él. La Familia Michoacana limpiaba el territorio pero también vengaba a sus caídos y si algunos líderes habían muerto, pronto se apoderarían de toda la región. Buscaban al verdadero jefe, Albert González, conocido como El Tigre, comandante en jefe de los Zetas en Luvianos. Ranferi, Jaramillo y El Tigre tenían un historial delictivo que los ligaba con actividades ilegales que el gobierno mexiquense conocía. El escritor Francisco Cruz, coautor del libro Negocios de Familia para editorial Planeta, ubica a estos González en su investigación: “…La imagen de Esquivel se fue difuminando hasta desaparecer, y el asesinato terminó por perderse en una maraña burocrática judicial a partir del lunes 20 de mayo de 2008, cuando un comando de encapuchados irrumpió en un domicilio sobre la avenida 16 de Septiembre en Luvianos —un pequeño municipio al sur del estado, sumido en la pobreza y controlado por el imperio de El Chapo Guzmán— y ejecutó al maestro Ranferi González Peña, un supervisor escolar de zona de cuarenta y cinco años de edad, considerado hasta ese momento cabecilla de los asesinos a sueldo de La Familia, una de las dos organizaciones que controlan el crimen organizado en el Estado de México. El homicidio fue perpetrado con al menos una decena de descargas de armas de fuego de alto poder, los asesinos encapuchados —quienes vestían uniformes negros con las siglas de las Agencia Federal de Investigaciones (AFI) y de la de Seguridad Estatal (ASE)— abordaron dos camionetas que los esperaban y huyeron. Y cuando la familia de la víctima aún no salía del estupor, regresaron, levantaron el cadáver y lo metieron en uno de los vehículos. Luego enfilaron por una de las calles en dirección a una casa de materiales, donde secuestraron al arquitecto Ranferi González Rodríguez, hijo de González Peña.

Aunque sólo se habló de dos camionetas, vecinos de la familia Ranferi recuerdan que, a las ocho y diez de la mañana, por la 16 de septiembre apareció un convoy, instaló un retén en dos esquinas sobre la cabecera municipal y, en un par de minutos, unos cinco sicarios descendieron de dos camionetas con vidrios polarizados, irrumpieron en el domicilio de los Ranferi y asesinaron al maestro, frente a su madre y dos de sus hermanas, de nueve y diez años de edad. En las calles de Luvianos nadie habla. Se respira el miedo, pero todavía se recuerda que, en los días previos a la ejecución y al secuestro, allegados al maestro Ranferi —hermano de Alberto González Peña, El Coronel, presunto lugarteniente de una célula de Los Zetas en la zona— abrieron la boca y alardearon sobre algunas propiedades “liberadas” luego de una incursión al puerto de Veracruz para silenciar a un grupo de agentes del Estado de México”.

Tigre o Coronel, también cayó, aunque en manos de la policía federal y dos años después, el 25 de junio del 2011. Su nombre completo era Albert González Peña o Franco Bueno Peña y para ese año se encargaba de la plaza de Veracruz para los Zetas. Pocos se dieron cuenta de que era el mismo que había operado en tierras mexiquenses. Pero ya no importaba. Poco a poco la historia y su entramado dejaron paso a otras, más sangrientas y no menos importantes.

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