Visita papal

* Sin preparación académica ni conocer a nadie, apenas pueden encontrar un oficio que les permite comer diariamente pero no superar las condiciones de pobreza. La mayoría no sabe que puede vivir mejor y que tiene derechos. Se conforma con lo que hace en la esperanza de un golpe de suerte y no cree en las promesas de los aspirantes presidenciales. A Juan ninguno lo ha ayudado. No puede descifrar el significado de que el priista Peña Nieto, quien también fue su gobernador, encabece una lista de preferencias electorales.

 

 

Miguel Alvarado

Ratiznger llegó a México. Una visita cuestionada porque se eligió el tiempo de las elecciones presidenciales y se cree que un papa puede, como en la Edad Media, influir sobre un país. Nada más cercano a la verdad. Ratzinger atiende una añeja invitación del presidente panista Felipe Calderón y elige Guanajuato, uno de los estados más fervorosos y conservadores, para montar un escenario donde la fe y la política son los actores principales que atiende, uno por uno, a los distinguidos comensales. Esta vez nadie pronunció el “comes y te vas” que el torpe Fox endilgara al incómodo presidente cubano Fidel Castro, cuando se preparaba una cumbre internacional. Tampoco se escucharon las voces que culpan a la religión de cegar el sentido común ni a los perseguidores de Maciel, entelequia imposible sobre la que el silencio vaticano es tan repudiado como las violaciones contra niños cometidas por curas.

Esta vez hubo manteles largos. El primer invitado fue el propio Calderón, acusado de promover a la candidata de su partido, Josefina Vázquez, en tiempos de veda. Allí mismo, ante el obispo de Roma, el perredista Andrés Manuel López Obrador, Vázquez Mota y el priista Enrique Peña Nieto, viejo conocido de Ratzinger pues hace dos años hizo un viaje al Vaticano con toda su familia y su entonces prometida, la actriz Angélica Rivera, para comunicarle al papa que iba a casarse con ella y enterarlo de sus intenciones por competir para la presidencia de México, entre otras cosas. La clase dominante de México, los dueños del capital político pero también del empresarial, estuvieron allí, todos muy católicos, postrados en el Parque Bicentenario de León.

En lo que algunos dieron por llamar una “reunión del diablo”, el hombre más rico del mundo, Carlos Slim, junto a los oligarcas de la comunicación en México, Emilio Azcárraga de Televisa y Ricardo Salinas, de TV Azteca, así como Lorenzo Servitje de Bimbo, dejarían ante el llamado vicario de Cristo constancia de la fe mexicana. Sin ser representantes de la sociedad, los personajes mencionados se erigieron en portavoces de un país donde lo menos importante, apremiante, es la presencia papal. Un analista, Antonio Medina, considera que “la llegada del pontífice, lejos de tener una motivación espiritual, de fe y el acercamiento con una feligresía de un país sumido en la miseria, la desigualdad y la violencia; responde a una estrategia del Estado Vaticano para reforzar los lazos entre las élites gobernantes con la jerarquía católica en México”.

El obispo de Saltillo, Raúl Vera, criticaría a Felipe Calderón diciendo que el presidente acudiría a la misa con una cola de 60 mil muertos.

De lo anterior no se percató Juan Ocampo, un indígena de San Felipe del Progreso que vive desde hace tres años en Tlalnepantla. Todos los días recorre aquel municipio empujando un carrito de paletas que le ayuda a sobrevivir. Tiene 30 años y dejó esposa y dos hijos al cuidado de su milpa, para probar suerte. La historia de Ocampo es la misma de quienes prueban suerte en las ciudades. Sin preparación académica ni conocer a nadie, apenas pueden encontrar un oficio que les permite comer diariamente pero no superar las condiciones de pobreza. La mayoría no sabe que puede vivir mejor y que tiene derechos. Se conforma con lo que hace en la esperanza de un golpe de suerte y no cree en las promesas de los aspirantes presidenciales. A Juan ninguno lo ha ayudado. No puede descifrar el significado de que el priista Peña Nieto, quien también fue su gobernador, encabece una lista de preferencias electorales. Nada sabe de un partido llamado Verde Ecologista porque no aprendió a leer, ni de la encuesta que mandó hacer para reafirmar el liderazgo del abanderado. Una empresa, Buendía & Laredo, ubica a Peña 20 puntos arriba de Vázquez y otorga 20.1 por ciento a Obrador. Ocampo tampoco sabe, pero cuando se entera no le importa, que Eruviel Ávila, actual mandatario mexiquense, va a León para los actos papales. Juan no votó el año pasado porque no tiene credencial de elector, aunque tampoco sabía de los comicios. La visita de Ratzinger conmueve a Ocampo, ya informado, quien pensativo termina por creer que si está en México debe ser por algo bueno. Algo será, de cualquier manera, si el viaje de Ratzinger costó 125 millones de pesos.

Ocampo es uno más de los indígenas que eligieron el valle de México para tratar de sobrevivir. En el 2006, un estudio de las universidades UNAM y UAM, determinaba que había 415 mil 23 indígenas en aquella geografía, y aunque representa apenas el 2.8 de la población total, unos 23 millones de habitantes, es el grupo más desprotegido. La mayoría de ellos ha encontrado sustento como obrero o empleándose como Ocampo, en oficios de ambulantes.

El estudio también señala que las percepciones económicas de los indígenas en la zona son 30 y hasta 35 por ciento más bajas que los que no pertenecen a alguna etnia. El ingreso promedio para este grupo es de apenas 2 mil 27 pesos. El 51 por ciento de ellos ha terminado apenas la primaria; el 21 la secundaria y el 10 por ciento carece de estudios oficiales. Apenas 6 por ciento terminó la preparatoria o una carrera técnica y solamente 5 por ciento ha concluido estudios superiores universitarios. El 31 por ciento de estas familias vive en hacinamiento y el 54 por ciento de sus casas no son de buena manufactura

Ocampo gana menos de 100 pesos diarios y vive con paisanos en una casa que rentan en una colonia de Tlalnepantla. No siempre vende paletas, pues al menos dos veces por semana debe alquilarse como peón con albañiles que conocen sus amigos. Ahí trabaja todo el día pero gana un poco más. No ha enviado dinero a su familia pero ella se mantiene de lo que cosecha y vende en San Felipe del Progreso.

Con una sonrisa nerviosa, Juan señala que no piensa regresar en un futuro próximo, pero tampoco querría buscar suerte en Estados Unidos o la ciudad de México. Tampoco desea traer a su esposa ni a sus hijos, pues acá no podría sostenerlos él solo.

– Lo más feo de vivir acá es que tiembla mucho – dice entre dientes Ocampo.

Juan se aleja con su carrito y se estaciona frente al ayuntamiento, en el zócalo del municipio y espera bajo la sombra a que alguien le compre una paleta mientras observa curioso a un grupo de funcionarios que caminan presurosos y pasan junto a él sin ni siquiera verlo.

 

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