El confortable vacío

* El traductor más importante del italiano al español en México fue asesinado en el 2012. Luego de casi 15 días, de aquello nada se sabe y probablemente uno quisiera no saber. Se sabrá lo que se pueda y lo que no algunos han comenzado a tragárselo en una cena interminable de vidrios rotos y palos de fuego. Pero nada más. Hubo y habrá homenajes para el que hacía poemas y les componía los libros a clásicos y vanguardias y todo terminará pronto y seguirá como siempre y tal vez esté bien así. Mientras, esta hoja recuerda de alguna manera a Guillermo Fernández en una tarde de temblores y mareos asomados al borde del confortable vacío.

 

Miguel Alvarado

Guillermo Fernández fue traductor literario y escribía poemas en sus ratos libres. Luego publicó sus propios libros con sus propios versos, de los cuales a veces presentaba porque alguien lo invitaba o a este otro se le ocurría una nueva edición. Y eso era y eso hacía, casi todos los días, excepto cuando había futbol y aparecían el Manchester o de perdida el Barcelona. De las Chivas, ni hablar, equipo pobre con un dueño millonario, le pasó lo mismo que a los empresarios muy pequeños de Toluca, que se comen a sus hijos para no dejarlos morir de hambre. Y cada cierto tiempo alguno iba a su casa y se quedaba a platicar o escuchar mientras los cigarros, el tequila y hasta el té duraban. A veces se terminaban luego de tres días y una visita al tal volcán, donde todos hacían que se recuperaban pero tomaban fuerza para más.

Y pasaron los años y más traducciones y más versos fueron escritos. Todos sonreían y las reuniones en aquella sala conocieron nuevos personajes, unos duraderos, algunos nada más de paso, pero allí estaban, sentados junto a un librero de pared a pared y la lámpara discreta que iluminaba mal pero siempre bien. Siempre o casi siempre había gatos, que llegaban cuando llovía o algo enfriaba y se acostaban en medio de la alfombra a jugar con humos y manotazos. Luego se iban y salían al patio trasero, donde una planta con flores los escondía de amigos y enemigos. Y adentro se desarrollaban historias        ciertas       falsas     pero casi todas habitables. No había que dar vuelta a la hoja.

Luego, años después, el traductor más importante del italiano al español en México fue asesinado en el 2012. Luego de casi 15 días, de aquello nada se sabe y probablemente uno quisiera no saber. Se sabrá lo que se pueda y lo que no algunos han comenzado a tragárselo en una cena interminable de vidrios rotos y palos de fuego. Pero nada más. Hubo y habrá homenajes para el que hacía poemas y les componía los libros a clásicos y vanguardias y todo terminará pronto y seguirá como siempre y tal vez esté bien así. Mientras, esta hoja recuerda de alguna manera a Guillermo Fernández en una tarde de temblores y mareos asomados al borde del confortable vacío.

 

Los muertos no envidian el sol, la lluvia

las ventanas abiertas

la radio a todo volumen.

Sólo miran

compadecidos

las hábiles manos que lavan y tallan

que mueven piedras y despojan la tierra.

 

Parado en la esquina

asomado en la pulcritud de tus ojos

me encamino sin sonrisas en este norte embrujulado que ubica tu jardín a mi derecha.

no necesito auto –me digo, pendenciero-

pero envidio la cómoda cabina

el calor que aguarda por uno

por cualquiera que acepte sin resabios su rol social.

Camino aprisa

lo suficiente para no llamar la atención.

El sol estalla en las vitrinas y entiendo

mientras cruzo la calle

que nada es lo que ahora sucede.

Me detengo brevemente

apenado por esta barriga que ha crecido como un tumor y miro los zapatos

las camisas en la tienda donde los maniquíes son negras caras y brazos cortados a la mitad.

Una noche escuché el ríspido arrastrarse de una silla

el agua amorosa escurrir por las paredes.

Esta vez nadie moriría y llegaría a tiempo

con todo mi enojo

para llevarte a casa, de regreso con tus plantas y el periódico en blanco.

Y no importarían tu Buda suicida ni mis silencios cobardes.

Te quedarías contigo mientras cerraba la puerta, la ventana

parado en la escalera con el arma cargada por si acaso.

 

Parece octubre porque mis manos se deshojan y las altas murallas abandonan el camino.

La camisa, los zapatos ahora parecen grandes y escurridos.

 

Y esta avalancha que todo lo arrasa

cae

sepulta

las últimas horas en pie

la risa aquella endomingada que no sabía de sogas ni pistolas.

 

Y luego el estupor

el pasamanos metálico que debió quebrarse en el lugar de la silla

la eléctrica soledad

y los vasos

y las botellas

y el repleto cenicero que nadie limpió.

 

Y Selene. Y Selene. Y Selene.

 

El viento aulló todo el día y sacudió los árboles con paciencia de niño.

Había flores y un resplandor a pesar de todo

que llamaba los barcos a la zozobra.

Uno se toca el corazón mientras la calma miserable se instala en la sala para sorber el té y mirar fotografías.

Que alguno diga que conozco ese camino

que señale el rincón donde se aposenta la niebla.

 

Aquí, mira

golpearon duramente hasta despertarme.

Tenía en las manos ese regocijo de viernes o sábado

y en la estufa el agua para café.

La alfombra estaba sucia

y aquella condición inconmovible que lo mismo mata que reconforta

se dibujaba en los cuadros colgados desde 1996.

Y la mancha asesina que se comió las paredes

escribe sobre el librero la canción de la tierra

el asalto cronometrado en el último vaso

cuando los anteojos se rompieron.

 

La casa murmura, con las cortinas cerradas

que las rosas se mueren en la entrada

que los niños se detienen, con la pelota en las manos

y señalan el sitio y la hora.

A veces el día se trepa, enserpentado

y aprovecha para atar las hojas sueltas que esos corazones convierten en secas flores.

 

La puerta se abrió al mediodía, luego del partido de futbol.

Parece octubre porque mis manos se deshojan pero es marzo y hace calor y llueve.

Un rayo de sol se desliza por la alfombra

y recorre lentamente la distancia entre Eliot y tus zapatos y allí se detiene,

tierra baldía que mide el perímetro del espanto.

Y luego

aquella cara agachada que no mira más

no se da cuenta del teléfono que suena y hace añicos esa paz apuñalada.

 

Te sostienes en tus trece todavía y agradeces como sabes la última visita.

Después cierras la puerta para siempre y te encaminas a

Isabel

Estambul

Nueva Zelanda

muerto de risa, con el cigarro en la boca y las luces apagadas en tus ojos.

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