¿Quiénes son?

* Hoy, más del 80 por ciento de la población no sólo se muestra antipático a las actuales elecciones, sino incluso indiferentes, sin interés alguno, lo cual considero peligroso. El desánimo, el desinterés no contribuye en nada a forjar una democracia.

 

Jaime Garduño Millán

Todos los días nos apuramos para salir al trabajo, el taller, la fábrica, la oficina o la escuela. Hoy usted, sus familiares, vecinos, amigos, nosotros dejamos nuestra casa esperando tener un buen día deseando, además, regresar con bien, de vuelta al hogar, con los nuestros.

Al salir a nuestras actividades estaremos pensando en lo que haremos, los compromisos que tendremos y en cómo los vamos a resolver.

Todos los días en auto o en camión vemos a la gente preocupada por llegar a su destino para llegar puntuales; seguramente están los que van de prisa, corriendo incluso, persiguiendo todo: el siga, el autobús o el taxi. Todo con tal de llegar temprano. Todos buscamos entre un mar de gente y de autos la mejor ruta, la oportunidad de encontrar un taxi libre antes que nadie, el camino más adecuado o la calle o vía más despoblada para ganarle a nuestro tiempo. También estarán los miles de padres o madres que van de prisa para llegar temprano a la escuela para dejar a sus hijos, corriendo porque si cierran, entonces, el día ya difícil de por sí, se volverá aún más complicado.

Esa es la realidad con la que millones de hombres y mujeres que tienen trabajo, pero también los que no lo tienen, personas mayores de 40 años o más y jóvenes, todos, absolutamente todos viven con angustia, desasosiego, tristeza, volteando y dándose cuenta que por más que se esfuerzan no alcanza el dinero. Por el aumento de las tortillas, al azúcar, el aceite o el pan, además del gas, la renta, el camión o la gasolina. Nos damos cuenta todos los días lo pequeño que se hace el dinero frente a nuestros gastos, todos ellos necesarios.

Nosotros, los más de 112 millones de habitantes que componemos este país nos preocupamos y con esta sensación trabajamos y convivimos.

Hoy, más del 80 por ciento de la población no sólo se muestra antipático a las actuales elecciones, sino incluso indiferentes, sin interés alguno, lo cual considero peligroso. El desánimo, el desinterés no contribuye en nada a forjar una democracia.

Es cierto que la culpa es de todos: de nosotros por esa falta de participación y de tolerancia dañina, y de los políticos, quienes se han preocupado más por conservar su estatus y su puesto, se han preocupado por defender los intereses de sus partidos y no los intereses de la sociedad en general, por las personas a quienes están obligados a servir, a las personas que los eligieron.

En el antiguo imperio azteca, la sociedad estaba consciente de contar con un tlatoani, su emperador. Después, en la Conquista los mexicanos de ese entonces, fueron gobernados por un representante del rey de España, su representante, español por supuesto, llamado virrey. La sociedad de ese entonces tuvo la necesidad de generar un cambio, el cual derivó en la guerra de Independencia. Todos estos cambios eran necesarios pues literalmente ahogaron a las clases sociales, exceptuando a los españoles. Después de esta guerra se dieron acomodos sociales. La joven nación que surgía, el nuevo México necesitaba definir no sólo su rumbo, sino sus gobernantes. Después de un tiempo se determino convertirse en una república federal con tres órdenes de gobierno: Ejecutivo, Legislativo y Judicial a tres niveles complementarios: federal, estatal y municipal. Pero por desgracia los malos usos y costumbres del gobierno, heredados de la época de la Colonia siguieron imperando. El abuso de poder, el nepotismo, el soborno y la corrupción, así como el interés personal antes que el de la Patria. Estas prácticas mermaban y roían los buenos deseos de los nuevos tiempos. Nuestra historia está llena de traiciones, otro síntoma con el que nacía la ya muy dañada democracia.

Siguieron las luchas internas constantes en nuestro país. Había que estar y saber con quién estar, pues esto aseguraba incluso la misma vida. Someterse y adaptarse era la consigna.

Después vino la dictadura, la que por segunda ocasión (la primera fue en el gobierno de Juárez), nos mostró con cierta personalidad definiendo lo que éramos y lo que dejábamos de ser como nación. El gobierno dictatorial de Porfirio Díaz nos dio un panorama y una imagen ante otras naciones, no sólo más allá de nuestras propias fronteras, más allá de los Estados Unidos, llegando hasta Europa principalmente. Nos convertimos en una nación que crecía. La presión a las clase baja fue terrible, pero eso sí, adorando y obligadamente respetando al todopoderoso ocupante de la silla presidencial. Con un aparato efectivo que hacía cumplir la ley, su ley.

Luego la revolución, esa guerra de muchos frentes, en la que surgieron verdaderos líderes y luchadores sociales. Ellos generaron cambios, propuestas, mejoras con rápidos y verdaderos cambios sociales que dieron esperanza a los “olvidados”.

Los  nuevos políticos se fueron acomodando. Contaban ya en 1929 con un partido que controlaba todo, además contaban con el ocupante de la silla presidencial. Este nuevo partido se encargó de que el pueblo, bien adiestrado, solamente exclamara loas al presidente, como nuevo Tlatoani, Emperador, Alteza, Majestad. Un chasquido, una orden, una mirada incluso se volvieron suficientes para controlar. El instrumento para hacerlo fue el Partido, el PRI.

Por los intereses generados y para no repetir la dictadura porfiriana, aprendieron a sustituir el nombre y cara del ocupante de la silla. Todo respaldado y orquestado desde el partido oficial. Así no los acusarían de dictatoriales. Esos políticos hoy continúan con las mismas prácticas colonialistas, pero de manera más sofisticada. Ellos, los políticos, son una clase aparte, hoy existe la clase baja, la clase media, la clase alta y la superclase política. Ellos, los que viven no sólo en otro país, viven en otro mundo. Son los que no saben lo que cuesta ganarse la vida, los que se despachan en charola de oro, ellos son los que no saben lo que cuesta a usted o a mí la tortilla, la leche o el pan porque ellos no son amas de casa.

Lo que sí han hecho bien ha sido cultivar en nosotros la antipatía, la burla y la falta de interés a lo que ellos hagan o piensen. Esa es, también, una nueva forma de control.

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