Un pueblo como cualquier otro

* Peña, aquel mandatario bisoño pero simpático, se había pasado la mitad de su vida laboral cotorreando en público con reporteros y amigos. Pero también aprendiendo la compleja superficialidad que encarnaba su tío, el ex gobernador Arturo Montiel, quien lo había impulsado, por decir lo menos, para que llegara a donde estaba.

 

Miguel Alvarado

San Salvador Atenco no era un pueblo como cualquier otro, hasta el 3 y 4 de mayo del 2006. Enrique Peña no cumplía ni un año al frente del gobierno mexiquense cuando tuvo que enfrentar su primera crisis social grave. Allí estaba, en el palacio de gobierno, en la calle de Lerdo, cuando le confirmaron que en aquel pueblo el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra se enfrentaba a la policía federal, estatal y municipal justo sobre la carretera Texcoco-Lechería.

La batalla era trasmitida en vivo, al filo de la una de la tarde y comentada por Denise Maerker, quien azorada y confundida hasta en sus raíces más contraculturales, narraba cómo un policía era molido a patadas en cadena nacional y culpaba de la violencia a los de Atenco. La disputa, un sinsentido para el resto del país, aunque acostumbrado a resolver desazones y altercados a chingadazos, ubicó de inmediato a aquel pueblo pendenciero que defendía pedazos de tierra donde sólo se cultivaba, y mal, en tiempos de lluvia. Al menos la mitad de México no comprendía por qué un aeropuerto no era importante para los campesinos, pues les traería trabajo seguro como cargadores de maletas, vendedores de artesanías y quizás, si alguno estudiaba, como amable boletero en los huecos mostradores de Iberia o la KLM.

Era incomprensible porque la historia no se conocía del todo. Sólo las imágenes y la voz asustada pero indignada de Maerker, una buena periodista famosa hasta en Televisa, concedían alguna referencia. Que si algunos comerciantes habían sido expulsados de un mercado de flores en Texcoco. Que si los de Atenco acudieron a defenderos. Que si los policías no se dejaron. Que si a Arturo Montiel y a Fox esos mismos macheteros les habían tirado el negocio de su vida. Que si eran miserables unos e indefensos otros, eran apenas ecos distorsionados de una crónica que no encontraba punto de partida pero que era la única disponible en ese momento.

Luego se supieron otras cosas, pero para eso tuvieron que llamar a cuerpos policiacos de la ASE, que se parapetaron a la entrada de San Salvador, donde los del Frente se habían refugiado, cerrando calles e incendiando autos. Fue cuestión de tiempo. Temprano la policía, al mando del vicealmirante Wilfrido Robledo, de mirada maquiavélica y manos metálicas, entraba con las armas por delante al pueblito aquel, pequeño pero beligerante, cobijo de una raza perdida que todavía levantaba las manos en un tiempo donde la única guerra que se puede ganar sucede en los videojuegos.

Más de doscientos detenidos -207- reporteras extranjeras violadas y deportadas en horas, mujeres de Atenco ultrajadas en camiones y hasta dos muertos fueron el resultado final, luego del feroz asalto. La policía entró como las películas muestran a los comandos nazis barrer con los judíos. Patearon puertas, persiguieron sospechosos, los atraparon y golpearon hasta partirles el cráneo y los amontonaron en camiones y camionetas como animales para rastro. Hasta los perros callejeros supieron de esa violencia de Estado que había sucedido cuando el gobierno la necesitaba. Puras excusas para bucear en ese sangriento mar de cabezas rotas y sexos destrozados. Que si Marcos, aquel rebelde apapachado, declararía municipio autónomo a la región o que era una venganza por aquel aeropuerto que hasta los patos pedían a gritos, no se sabrá con certeza.

Quedan, sí, las familias separadas por años y los daños físicos y mentales que sufrieron los detenidos. Los cabecillas, porque eso eran oficialmente, fueron condenados a 112 años de prisión, como les sucedió a Ignacio del Valle y sus aliados. Y Atenco, aquel pueblo rijoso que colindaba con el DF y Texcoco, cambió para siempre. Se volvió como los otros, sumiso y callado, cooperativo, silenciados con el arma más incontestable que un aparato de gobierno puede esgrimir. El miedo entonces tomó las calles semivacías y campeó los siguientes dos años por cada punto donde los macheteros, culpables o no, habían sido reventados.

La misma Maerker, la oficiosa reportera que estudió en París, presentaba días después la versión de los reprimidos, los que por alguna razón no fueron apresados. Allí, en la sede del Frente, a un costado de la presidencial municipal, el entusiasta equipo de periodistas armó el set y grabó a uno de los afligidos desde un cuarto en penumbras, tomado a través de un agujero practicado en la puerta por los mismos comunicadores para que pareciera que, desde la clandestinidad, elevaba la voz. Así pasó por televisión y así parecía. El anciano no lloraba por dignidad, pero la magia de la tele lo convirtió en el ejemplo de que quien se porta mal, luego debe pagar las consecuencias.

Peña, aquel mandatario bisoño pero simpático, se había pasado la mitad de su vida laboral cotorreando en público con reporteros y amigos. Pero también aprendiendo la compleja superficialidad que encarnaba su tío, el ex gobernador Arturo Montiel, quien lo había impulsado, por decir lo menos, para que llegara a donde estaba.

En un arrebato de franqueza, declaró a medios locales que él había ordenado aquel operativo y pronto se supo en todos lados. En realidad se escuchaba más el silencio y la indiferencia ante los de Atenco que las voces de sus defensores. El Ejecutivo no perdió sueño ni tampoco se enfermó. No se mostró arrepentido y observaba aquello desde una lejanía cercana al desdén, siempre desde el discurso que comenzaba con un “estamos implementando…” o el previsible “con estricto apego a la legalidad…”. Tampoco le molestó mucho justificar al vicealmirante Robledo, quien siguió en su cargo durante un buen rato. “Está encargado del área porque tiene una trayectoria que lo respalda como conocedor de la materia…. él atendió la instrucción que recibió de un servidor para que se realizara el operativo, en el cual lo único que se buscaba era restablecer orden y tranquilidad”, diría Peña en una conferencia.

El tiempo ubicó a cada uno en su lugar. A Enrique, quien había ordenado la golpiza y nunca recibió sanción, su partido pero más el Grupo Atlacomulco, una entelequia enquistada hace años en el tricolor, lo envió para recuperar la silla presidencial. Una campaña anticipada de al menos 800 millones anuales desde el 2007 descubría en Peña a un estadista, muy a la mexiquense, pero al fin y al cabo solución para los males que aquejan al país. Muchos lo creyeron, más los cercanos y los amigos. Otros olvidaron aquel mayo de calor, golpes y trasmisiones en directo de batallas perdidas. Los de Atenco fueron liberados cuatro años después e hicieron una fiesta popular. La familia Del Valle se reencontró y otras 11 celebraron calladamente que al menos no están muertas.

El pueblo es ahora como todos los demás. Nada de rebeldías ni de luchas por la tierra, que además vale 7 pesos el metro cuadrado según las cuentas del ex obispo de Ecatepec, el sátrapa Onésimo Cepeda.

Hoy, viudo y vuelto a casar, a Peña le recuerdan aquella jornada de balas y machetes. Y sonriente, casi feliz, se sostiene como los hombres que firman algo y siempre cumplen. Atenco no es una pesadilla, ni siquiera una indisposición. Es “un punto para nosotros”, dijo en una gira presidencial con una sonrisa deslumbrante que mostraba sus dientes blancos y bien alineados.

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