Peña, debate y guerra sucia

* “Administrar el tiempo” hasta 72 horas antes de la cita en las urnas, es la tarea de tareas de Peña Nieto y sus estrategas electorales. Administración que, paradójicamente, implica rehuir las definiciones y los compromisos, por más que en 2005 firmó más de 600 en el Estado de México, presuma en una campaña televisiva que los cumplió a cabalidad, aunque el Partido Acción Nacional exhibe lo contrario, y ahora amenace con firmar muchos más compromisos ante notario público en todo el país.

 

Eduardo Ibarra Aguirre

Resulta comprensible la conducta del puntero en las preferencias ciudadanas de acuerdo a la mayoría de las casas encuestadoras, Enrique Peña, para negarse a participar más allá de los dos debates organizados por el Instituto Federal Electoral, por medio de su Consejo General.

“Administrar el tiempo” hasta 72 horas antes de la cita en las urnas, es la tarea de tareas de Peña Nieto y sus estrategas electorales. Administración que, paradójicamente, implica rehuir las definiciones y los compromisos, por más que en 2005 firmó más de 600 en el Estado de México, presuma en una campaña televisiva que los cumplió a cabalidad, aunque el Partido Acción Nacional exhibe lo contrario, y ahora amenace con firmar muchos más compromisos ante notario público en todo el país. Trabajo habrá para los señores que dan fe pública.

Mas el candidato del “poder de su firma”, como pregonaba aquella campaña de una casa de agiotistas, estrenó anuncios televisivos y radiofónicos la semana pasada para respaldar a sus aliados de la franquicia familiar denominada Partido Verde. También uno propio y que podría indicar que a Peña empieza a hacerle alguna mella su conducta de rehuir otros debates que no sean los dos oficiales, a pesar del evidente calor que le brinda Televisa y todas, absolutamente todas, sus estrellas periodísticas e intelectuales.

En el nuevo anuncio, Enrique Peña alude a la guerra sucia de 2006 que dividió a los mexicanos, asegura que él no será partícipe en 2012 de una nueva versión que confronte a los ciudadanos y remata con el ya clásico “cumpliré”, como si él fuera el ícono mexicano para honrar la palabra empeñada.

Por más que los anuncios en televisión y radio sean muy breves, pero los transmitan con harta frecuencia, el de Atlacomulco que durante la campaña presidencial anterior gobernaba el Estado de México no dijo ni “pío” cuando Dick Morris y Antonio Solá Reche –imagólogos estadunidense y español, respectivamente– pusieron en juego a todo volumen la belicosa estrategia “Andrés Manuel López Obrador es un peligro para México”.

Probablemente no le competía al gobernador Peña Nieto, pero sí a su partido y al candidato, Roberto Madrazo Pintado, quienes no sólo hicieron mutis, sino reconocieron el “triunfo” de Calderón al día siguiente de los comicios, cuando las autoridades electorales tardaron meses.

La historia partir del 1 de diciembre de 2006 es conocida. Felipe Calderón “tomó posesión de la Presidencia de la República gracias a nosotros”, le recuerdan con cinismo y una fuerte dosis de chantaje prohombres del Partido Revolucionario Institucional, uno de los cuales, Manlio Fabio Beltrones, cogobernó México e incluso no faltaron analistas que lo consideraron vicepresidente del país. Operó el fenómeno del “Anpri” como desde hace una docena de años, comúnmente denominado PRIAN. Y a la vista no existen razones de peso para que deje de reeditarse el primer domingo de julio.

No es mala coartada para rehuir el debate con sus adversarios la de “no dividir a los mexicanos”, que lo están como nunca y no precisamente por motivos partidistas y electorales, sino sobre todo sociales y económicos, pero se equivocaron los asesores y propagandistas de Peña Nieto –uno de ellos me asegura: “descubrirás un nuevo Enrique, el polemista, porque lo estamos preparando”– al esgrimir la guerra sucia de 2006 que con su silencio cómplice apoyó, cuando el concepto y la práctica gubernamentales, policiaca y militar, se pueden asociar con la criminal estrategia de los presidentes priistas de los años 70 y 80 del siglo pasado para aplastar a sus impugnadores políticos y sociales, a los guerrilleros y hasta a los disidentes al interior del oficialismo.

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