El debate

* Peña dejó una nueva imagen al electorado. Demostró que ha estudiado al menos el arte de defenderse a la mexicana. La sensatez dentro del dominio de lo posible dio al mexiquense una nueva estatura. Al menos, dicen, tiene memoria de corto plazo y utiliza un ingenio casi perverso para revirar señalamientos. No tiene que ir muy lejos. Hay demasiadas verdades legales que él mismo se encargó de que lo protegieran cuando fuera el momento.

 

Miguel Alvarado

El debate entre los aspirantes a la presidencia de México dio al traste con el decisivo partido de futbol entre Morelia y los poderosos Tigres del Universitario de Nuevo León, que definiría un lugar en las semifinales del torneo doméstico. Nunca como antes dos equipos tan provincianos habían sido tan mencionados, ni siquiera cuando resultaron campeones o cuando las ciudades donde juegan resultaron blancos de ataques criminales. Morelia, dirigido, por el ex tigre Tomás Boy, partía como ligero favorito sobre los felinos del entrenador brasileño Ferretti. Al menos, se pensaba que vendería cara su eliminación. Pero al final los michoacanos encontraron desolación y miseria en la de por sí miserable liguilla mexicana. Boy, un hombre atrapado por el temperamento de las cosas inútiles, farfullaba la derrota desde su innecesaria banca y el “Tuca” agradecía a Yemanyá, la encantadora de océanos, que sus geniales bodoques supieran navegar, sin pensar casi nada, en la cancha embrujada del estadio Morelos donde el dueño de TV Azteca, un tal Salinas Pliego, apostaba porque los mexicanos no se enteraran si el priista Peña Nieto practicaba sus habituales descensos intelectuales.

Pero ni una ni otra cosa sucedió. Morelia mandó al carajo una temporada doliente y sufrida y ni siquiera el infame ingenio del comentarista Christian Martinoli, un argentino crecido en Toluca pero heredero de acatrinados léperos, evitaron el hundimiento.

Lo mismo pasaba en el encuentro político, donde una organización de opereta simulaba la democracia y tres letras, IFE, dictaban el ominoso oficialismo de la desmemoria. Allí, en un foro forrado de madera o algo que se le parecía, llegaron para permanecer de pie, con la resistencia de Filípides por dos horas, el priista Enrique Peña, el perredista López Obrador, la panista Josefina Vázquez Mota y el panalista Gabriel Quadri. Los cuatro, muy de traje, en la falsa moda que dicta el elegante que parece honrado, abordaron sus respectivos atriles de transparente acrílico y ajustaron los micrófonos a la altura de sus ficciones, mientras el mayor acierto de la noche, una edecán de escotado vestido blanco y entallada cintura, pasaba ante cada uno para reservar los turnos de participación. Aquella aparición resultó, entre tanta formalidad, una especie de hechizo que se apoderó de las redes sociales donde prontamente se encontró la identidad de aquella sexual pasajera de la democracia simulada. Se trataba de Julia Orayen, efectivamente una modelo de la revista Playboy y quien circula en internet una serie de portafolios que cancelan definitivamente cualquier intento de ejercicio electoral. Muy desnuda, aparece explicándose por ella misma por qué el IFE la contrató para esa singularidad sin objeto que resultan dos minutos de réplicas y contrarréplicas.

Pasó el asombro y con Quadri apenas recuperado de aquella Julia de blanco, el priista Peña comenzaba una perorata que compartiría por dos horas con quienes hacen del poder un negocio. Y, como el juego de los Tigres, iniciaba frío, sin ritmo pero muy sonriente. Todo iba. Se daba tiempo de hablarle de tú al fantasmal auditorio que se calculaba en 30 millones de indecisos entre el panbol y el aquelarre ése. Su corbata roja a rayas contrastaba perfectamente con un traje negro de esos cuyas marcas apenas se pueden decir sin contraer deudas por el copyrigth y muy serio ponía sus cartas sobre la mesa. Lo mismo hizo el resto. Tuvieron que pasar 5 minutos para que el primer hachazo se insinuara en aquel foro apenas controlado por una nerviosa Guadalupe Juárez, compañera de conducción de Sergio Sarmiento en Radio Red. Pero ella no importaba. No mucho cuando en un recuadro televisivo aparecía una traductora para que hasta los sordomudos se enteraran y que terminó con la extenuación casi heroica de la intérprete.

Esos cinco minutos sirvieron nada más para medir el ambiente. Nadie, menos Peña, quería entrar al terreno de los ataques, aunque en realidad a eso iban. Josefina encontró luz verde de sus asesores y derramó el primer cáliz enlodado cuando afirmaba con expresión de macaco que el Edomex era uno de los últimos lugares a nivel nacional en competitividad. El silencio se extinguió tan pronto afirmaba aquello y la réplica era de Peña. “Josefina, está equivocada” y tenso pero seguro respondió exitosamente, dentro de su propia intelectualidad. El mexiquense sorprendía. Luego de aquellas taras demasiado voluntarias en Guadalajara, todos esperaban escucharlo en un escenario que no le resultara cómodo, pero nunca perdió compostura. Con gesto exacto, ademán correcto aunque palabra trabada, Peña escalaba en el debate mientras Quadri, un ciudadano que hace política como un político para la maestra Elba Esther Gordillo, lanzaba propuestas como cualquier otro. Encontraba su estilo entre el maestro universitario y el jefe de departamento que traza el plan de la mañana. Pero el debate no era para eso y aunque Quadri lo sabía, no tenía intención de salirse de su papel. Los demás tardaron dos minutos en ignorarlo y hasta ellos lo relegaron al cuarto escaño.

López Obrador, aunque balanceándose epilépticamente en su lugar, se comportó a la altura de quien se sabe arrebatado y opinó, porque no podía probarlo, que priista y panistas eran la misma cosa y que la televisión protegía al del PRI. “La tele no quiere que se sepa quién es Enrique Peña Nieto”, decía con cierta desconfianza, mientras la señal de SKY fallaba repentinamente y pixelaba el rostro muy peinado y limpio del tabasqueño. Hasta Peña se dio cuenta de que Josefina y Obrador unían fuerzas sin querer pero queriendo y comentaba como un niño triste al que le fue mal en el reparto de dulces. “Ellos tiene el doble de tiempo que yo”.

Pronto Enrique se defendió y le recordó a Obrador los mil millones de pesos que se gastó en Comunicación Social cuando era jefe de Gobierno del DF. “No nos dejemos apantallar. Nos pueden llevar al despeñadero”, reviraba Obrador. La cantidad bastó para que el perredista sacara la primera imagen de la noche, una foto de Peña alzando la mano de Arturo Montiel, un ex gobernador al que su sobrino, Enrique, habría perdonado por la acusación de enriquecimiento ilícito pero que ahora lo persigue hasta en los debates del IFE. La foto no fue mostrada a tiempo y la toma televisiva cortaba la intervención del perredista, quien muy conturbado debió esperar a la siguiente tanda para terminar de enseñarla. Pero una distracción del Pejelagarto hacía aparecer aquella toma de cabeza.

– Esto no se va a ver en la televisión –decía muy seguro López Obrador. Y tenía razón. La foto aparecía al revés y hasta Peña, fuera de cuadro y sin micrófono, le gritaba a su acusador:

– No, porque está al revés.

– ¿Eh? Ah – corregía el del PRD, mientras volteaba la imagen.

Así, el debate llegaba a la medianía. No hubo nada más. Nadie reveló secretos o informes confidenciales para terminar de hundir al enemigo. Nadie quiso adelantar vísperas pero dejaron clara una agenda anti-Peña que será explotada los días venideros. Que si la muerte de Paulette, la niña de Huixquilucan; que si la relación con Carlos Salinas, que si los feminicidios, que si el fallido gobierno de Eruviel Ávila y su famosa tarjeta de La Efectiva son la misma cosa, que si un millón 200 mil mexiquenses en pobreza. Y como si de antemano hubieran pactado, el tema del narcotráfico no se mencionó ni por error.

Peña dejó una nueva imagen al electorado. Demostró que ha estudiado al menos el arte de defenderse a la mexicana. La sensatez dentro del dominio de lo posible dio al mexiquense una nueva estatura. Al menos, dicen, tiene memoria de corto plazo y utiliza un ingenio casi perverso para revirar señalamientos. No tiene que ir muy lejos. Hay demasiadas verdades legales que él mismo se encargó de que lo protegieran cuando fuera el momento.

El escritor Eduardo Galeano apunta que “la memoria del poder no recuerda. Bendice. Ella justifica la perpetuación del privilegio por derecho de herencia, absuelve los crímenes de los que mandan y proporciona coartadas a su discurso. La memoria del poder, que los centros de educación y los medios de comunicación difunden como única memoria posible, sólo escucha las voces que repiten la aburrida letanía de su propia sacralización. La impunidad exige la desmemoria”. Es verdad, porque hasta Morelia y Tigres habían olvidado aquella reunión de diablos y jugaban todavía en la pérfida Michoacán a las 8 de la noche. Era el minuto 31 del segundo tiempo y Martinoli decía a voz en cuello que “es increíble, Godínez”, mientras el marcador apuntaba el abismo del 3 a cero a favor de los norteños. Minutos después, el artista brasileño Edno dibujaba un cementerio marino donde los purépechas descansarán al menos hasta que inicie la siguiente temporada.

Como colofón, algunos diarios nacionales mostraban, con esa sustancia de lejanía y veracidad anticipada a los designios presidenciales, que la gran ganadora del debate era Josefina Vázquez, pues un sondeo entre los ciberlectores anunciaba 51 por ciento para ella, 28 por ciento para Peña, 25 por ciento para Obrador y 23 por ciento para Quadri. Otros como Excélsior eran menos kamikazes pero de cualquier manera ubicaban a la panista con 56 por ciento, a Obrador con 19 y a Peña y a Quadri con 13.

La realidad es que no hubo ganadores porque no hubo debate. El lugar de las ideas fue tomado por asalto por la edecán de Playboy, quien cortó alientos e ingenios desde el principio, pero la cortedad de quienes quieren ser presientes de México se encargó del resto. Un perdedor sí se puede identificar y hasta Josefina Vázquez sabe que debe cambiar rumbos y apariencias en una campaña que ha comenzado a parecerse mucho a ella misma, a su cara desolada, a sus varoniles pantalones.

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