El Gran Escape

* ¿En qué país vive Peña Nieto? ¿Qué es lo que capta y cómo lo procesa? ¿Cree a pie juntillas que las encuestas pagadas por él mismo reflejan ese México sin gente que recorre él mismo en sus promocionales? ¿Piensa que no hay memoria? ¿Qué significa San Salvador Atenco para él? ¿Cómo es el Estado de Derecho? ¿Qué supone que pasó con los escoltas de su esposa Pretelini en Veracruz? ¿Cómo cree que gobernará la nación si enfoca todos sus esfuerzos en una actividad metrosexual que ha hecho trizas la parte política? ¿Sabe? ¿Piensa? ¿Le da pena? ¿Le serviría más aceptar la verdad, sincerarse? Sólo él lo sabe, pero tampoco importa porque nada cambiaría.

 

Miguel Alvarado

Allí estaba el priista con su aplomo de candidato de verdad. De traje negro impecable y peinado inamovible, esperaba paciente pero con cara adusta, como si se tratara de alguien acostumbrado a obtener lo que quiere, a que alguien le explicara lo que sucedía.

Miles de alumnos de la Universidad Iberoamericana, administrada por jesuitas católicos pero operada con fondos judíos, lo abuchean sonoramente mientras él, Enrique Peña, el hombre que aglutinaba hace meses el 80 por ciento de las preferencias electorales, estaba parado en un discreto pasillo, afuera de un baño todavía más invisible y no sabía qué hacer.

Lo único que sabe es que debe salir de allí. Una cámara de video cuyas imágenes están firmadas por Cecilia Villaverde, logra meterse entre el grupo de custodios del priista y capta su cara. Indignado, incrédulo, enojado, asustado, pide todavía con voz de mando la presencia del capitán Cuevas, jefe de seguridad en su campaña y le exige que le diga por dónde va a salir. Este capitán le saca al aspirante 20 centímetros de altura, es fornido y ancho pero ante Peña se comporta como niño asustado. Días atrás, una crónica de la revista Proceso narraba cómo Cuevas era regañado por el aspirante luego de impedir que una de sus fans se tomara una foto con él. “Estamos en campaña, chingada madre”, le espetaba Peña, quien ha desarrollado la habilidad de aparentar felicidad en todo momento. Pero allí, afuera de un baño y rodeado por un equipo de asesores, decidía el mejor de sus escapes. El capitán Cuevas había encontrado la ruta más cercana a su camioneta y le comunicaba al sobrino de Arturo Montiel que sería difícil, que se preparara. Una mujer, académica de la Ibero, afirmaba apenada que debían hacerle caso al policía mientras el semblante de Peña se encogía. Iracundo pero resignado, acepta el plan de acción. No hay de otra, porque esperar a que los alumnos se vayan equivale a establecer un sitio muy peligroso para el ego del político más guapo de México.

– Nosotros los desbloqueamos –dice la funcionaria universitaria.

– ¿Es lo más fácil? –pregunta Peña mientras busca la aprobación del capitán.

El equipo voltea alrededor. Miles de alumnos esperan gritando en pasillos y escaleras. Una llamada por radio confirma que todo está listo.

Así, Peña comienza una caminata que lo llevará al infierno de la decepción. Baja rápidamente las escaleras, asegurado por un cordón de guardaespaldas vestidos con traje gris. La Ibero es enorme pero no tanto como para eludirla, invisible. El protocolo para casos de desastre dicta que Peña debe actuar como si no pasara nada y todo el trayecto luce una sonrisa esplendorosa, junto a sus ayudantes, que posan para los fotógrafos que el propio PRI envía para cubrir al candidato. Las tomas que logran son increíbles. Si las redes sociales no existieran, el resto de México pensaría tranquilamente que Peña arrasaba en la Ibero. Las gráficas, disponibles en el sitio web enriquepenanieto.com, retratan para siempre la magnífica actuación del ex gobernador. Saluda, sonríe, es un triunfador mientras la prole estudiantil, detrás de él, parece que lo aclama y sigue en su paso triunfal. Los videos, sin embargo, alcanzan a tomar hasta un zapato que es lanzado a la comitiva del priista y que por poco lo impacta.

Pero ha llegado a su camioneta. Lo ha conseguido aunque los alumnos lo siguen hasta el estacionamiento. Bizarramente, Peña no deja de sonreír y tiene el aplomo para despedirse de los estudiantes como si se tratara de una fiesta. Al menos en eso, quienes lo preparan para la gira presidencial hicieron bien su trabajo. Pero el aspirante no puede esconder el enojo y la desolación. Alguien, antes de que suba a su vehículo, le pregunta sobre lo que ha pasado pero muy sereno contesta que “no son expresiones genuinas, muchas gracias”.

¿En qué país vive Peña Nieto? ¿Qué es lo que capta y cómo lo procesa? ¿Cree a pie juntillas que las encuestas pagadas por él mismo reflejan ese México sin gente que recorre él mismo en sus promocionales? ¿Piensa que no hay memoria? ¿Qué significa San Salvador Atenco para él? ¿Cómo es el Estado de Derecho? ¿Qué supone que pasó con los escoltas de su esposa Pretelini en Veracruz? ¿Cómo cree que gobernará la nación si enfoca todos sus esfuerzos en una actividad metrosexual que ha hecho trizas la parte política? ¿Sabe? ¿Piensa? ¿Le da pena? ¿Le serviría más aceptar la verdad, sincerarse? Sólo él lo sabe, pero tampoco importa porque nada cambiaría.

En México, los abucheos a políticos son la única forma genuina que tiene la gente para expresarse. No es el ejercicio de la votación, porque nadie sabe cómo ni quiénes cuentan aquellos sufragios dirigidos a candidaturas decididas por otros. Esa gritería es tan antigua como la sociedad pero en México se recuerda aquella que se llevó el ex presidente priista Miguel de la Madrid en el Estadio Azteca, cuando inauguraba el Mundial de futbol en 1986. Allí, más de 100 mil personas impidieron a la televisión trasmitir sus palabras, innecesarias en todo caso. Otro con aplomo de priista de verdad, las rechiflas a Miguel de la Madrid le arrancaron sonrisas pero la vergüenza mundial quedó registrada en una trasmisión que Televisa le hizo el favor de producir.

Ahora, las televisoras apenas se atrevieron a reproducir la retirada de Peña. De poco o nada ha servido la defensa de los intelectuales orgánicos como Héctor Aguilar, quien descalifica cifras, libros y periodistas a diestra y siniestra con elemental razonamiento o la misma versión que ofrece el aspirante en video, donde retrata ese mundo en el que vive. Allí, la Ibero se ubica en una realidad alternativa donde alumnos y asistentes al encuentro están, aunque sea por segundos, convencidos del discurso de Peña. “Podrán unos estar de acuerdo o no, y quienes no lo estén espero, aunque sea un poco, poderlos convencer”, dice en un clip cuya música parece el final feliz de una película romántica.

Alumnos del Tec. de Monterrey en Nuevo león, donde el domingo 13 de mayo fueron ejecutadas 49 personas, evidenciaron la maquinaria priista que se pone en marcha cuando se trata de visitar escuelas. Jesús Escareño, director del periódico interno Nueva Prensa (NP), dice la revista Proceso, fue citado por sus autoridades para que les dijera por qué había balconeado a Peña cuando éste decidió cancelar su presentación en aquel lugar. “El 3 de mayo, el estudiante de Ciencias de la Comunicación del Tecnológico de Monterrey escribió: “Como periodista me veo obligado a revelar la siguiente información, Enrique Peña Nieto decidió no asistir al Foro de Candidatos a la presidencia de la República, debido a que se le negó la solicitud de tener acceso a un teleprompter y que la mitad del auditorio (sic) fueran acarreados de su parte”, publicaba el alumno.

Otros estudiantes corroboran lo anterior y señalan que se pidieron hasta 900 lugares para la gente de Peña.

Un sondeo interno del mismo Tec. ubica al perredista López Obrador con 43 por ciento de las preferencias; a la panista Vázquez Mota con 32; al panalista Quadri con 14 por ciento y a Peña Nieto con 4, quien hasta el regaño de Hitler debe aguantar, luego del desastroso encuentro en Santa Fe. La realidad, esa esquiva y casquivana, nadie la sabe, menos Enrique, quien ya se embarca por el norte del país en una gira que no incluyen escuelas subversivas pero sí muchas despensas, lápices y mantas de colores.

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