La multiplicación de los peces

* La ciudad se come al municipio y los pocos espacios rurales se contraen y hacinan a quienes no encuentran oportunidad de crecimiento económico. San Pablo Autopan, por ejemplo, es una delegación con población otomí dedicada al cultivo y su comercio, pero en tiempo de siembras aprovecha los numerosos ojos de agua que le abastecen en tiempos de sequía. Pero en esta temporada apenas encuentran peces, que venden en los mercados locales.

 

Miguel Alvarado

Toluca es una ciudad pequeña. Ni siquiera tiene un millón de habitantes y sus 819 mil 561 hasta hace 4 años censados se dan cuenta perfectamente. Es la capital del Estado de México, con 1 5 millones de habitantes y la sede de los poderes estatales. Es una de las dos sedes del priista Grupo Atlacomulco, que aglutina a los políticos y empresarios con mayor poder económico en México y con un aspirante presidencial que, dicen ellos, tiene un pie en Los Pinos. Sin embargo, da la impresión de que apenas hay movimiento a pesar de las zonas industriales de Toluca y Lerma, ubicadas a las afueras de la urbanidad.

La ciudad alberga contrastes sociales extremos, como el Paseo Colón, donde se encuentra la residencia oficial del gobernador Eruviel Ávila, por un lado y la zona nororiente, convertido en una especie de reducto para indígenas que habitan San Cristóbal Huichochitlán, San Andrés y San Pablo Autopan, entre otras comunidades.

A pesar de que el Consejo Nacional de Población ubica a la ciudad con un nivel de pobreza y marginación muy bajo, la depauperación existe y se nota más en los extremos geográficos del municipio, que forma al valle de Toluca junto con Metepec, San Mateo Atenco, Lerma, Almoloya y Zinacantepec. Toluca, sin embargo, no necesita crecer en lo físico porque se ubica a media hora de la Ciudad de México, que provee de todo lo necesario. Más aún, Toluca se ha convertido en refugio de capitalinos que buscan sociedades que se desarrollan en otros ritmos.

De cualquier forma, la ciudad se come al municipio y los pocos espacios rurales se contraen y hacinan a quienes no encuentran oportunidad de crecimiento económico. San Pablo Autopan, por ejemplo, es una delegación con población otomí dedicada al cultivo y su comercio, pero en tiempo de siembras aprovecha los numerosos ojos de agua que le abastecen en tiempos de sequía. Pero en esta temporada apenas encuentran peces, que venden en los mercados locales.

Los pescadores trabajan metidos en el estanque y allí buscan entre risas los peces que apenas dejan rastro. Así, medio desnudos y con las esposas y las hijas sentadas a las orillas, los pescadores deben rascar sus redes para obtener los acociles que se burlan con sus ojos fríos.

Más lejos, la autopista rumbo a Atlacomulco ruge sus pipas de acero y chapopote mientras se come aquel estanque y a sus hombres prietos. Autopan es apenas el reflejo debilitado de lo que sucede en el Estado de México, donde los peces se cambian por esquinas para vendedores ambulantes. Allí también, debido a que el espacio es suficiente para grandes proyectos urbanísticos, se planea la construcción de un estadio de futbol para el equipo profesional de la localidad. Los ejidatarios aseguran que los terrenos están vendidos desde hace años y que sólo esperan que el club reclame las propiedades para emigrar. Las obras incluyen vías de comunicación, que transformarán el entorno en un suburbio del municipio. La pobreza no se abatirá porque un estadio se instale. Solamente cambiará su rostro y si hoy es rural, después será urbana. La activación de la economía se contabiliza en relación a la inversión realizada. Los dueños de los grandes negocios deberán captar las ganancias más amplias. Para los natíos, estacionar autos o vender playeras es el futuro que les aguarda si quieren incorporarse a un proyecto económico pensado para beneficiar a uno.

De cualquier manera, el nororiente de Toluca ha cambiado poco a poco y algunas actividades han modificado usos y costumbres. Hoy está ahí el mercado Juárez, uno de los más grandes de América Latina y que concentraba hasta 400 mil visitantes diarios cuando se localizaba en Toluca. Su traslado requirió readecuar líneas de transporte y la construcción de un enorme puente peatonal pero los lugareños sólo pudieron hacer negocio rentando los enormes terrenos como estacionamientos. Los ingresos extras, sin embargo, se obtiene una vez cada semana.

Los comuneros de Autopan han vendido los terrenos a particulares, que han construido enormes casas, dispersas todavía pero que han obligado a retrazar las calles. Los grandes fraccionadores hacen planes para instalar allí a un millón de personas más, en los años venideros. Cerca, a 20 minutos pero en el municipio de Almoloya de Juárez, los fraccionamientos de Casas Geo para la clase media y baja han comenzado a operar y se aprovechan las tierras cercanas al contaminado río Lerma para hacerlo.

En Autopan viven unas 30 mil personas repartidas en 6 mil 288 hogares. De éstas, 5 mil 301 cuentan con instalaciones sanitarias; 3 mil 848 están conectado a la red pública y 5 mil 849 vtienen acceso a electricidad, según cuentas del INEGI en el 2005.

El subempleo, hasta el 2011, registraba a 2 millones 800 mil personas en la entidad, de los casi 7 millones económicamente activos. Un millón 220 mil viven en pobreza alimentaria y se han contabilizado 6.5 millones de pobres, casi la mitad de la población total mexiquense, que además tiene 390 mil indígenas.

A pesar de otras cifras, el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social asegura que Toluca, junto con Neza y Ecatepec, es uno de los municipios que concentra mayor número de pobreza. La pobreza es, para los aspirantes a la presidencia y a los cargos locales de elección popular, un tema que siempre aparece en sus agendas pero que nunca comienzan a resolver. La cuestión electoral en lugares pobres como Autopan ha sido resuelta satisfactoriamente por los propios habitantes, donde la mayoría se ha inscrito en los tres principales partidos, PRI, PRD y PAN simultáneamente y participan sin resabios en los mítines y acarreos que cada organización les asigne. No importa, incluso, que sucedan el mismo día pues en ese caso dividen a la familia y cumplen con todos. A cambio no esperan nada, más allá de los pagos por echar porras y los útiles que a veces reparten. Sólo quieren que los dejen trabajar y que si los programas de desarrollo urbano se ponen en marcha, les paguen con precio justo las tierras involucradas.

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