Ficciones para una novela gráfica

 

 

Para Selene, como siempre, como todo.

* Aquí llega el amable empresario que apoya las campañas electorales a cambio de favores políticos y vive de las donaciones que disfraza de ayuda y casas de interés social. Está devastado y apenas puede hablar. Pero camina con paso firme y lo he visto mirar al jefe de la policía antes de tomar alguna determinación. Tres hombres lo acompañan siempre. Son guardaespaldas, que se ocultan discretamente cuando la prensa se acerca demasiado. Innecesaria precaución en este lugar del mundo, donde todo está a la vista pero nada se ve.

 

Miguel Alvarado

I

El regazo de mi madre no era un buen lugar para el descanso y no me sentía segura, acostada allí. Pero ella contaba cuentos y estaba siempre alerta. Sus brazos se movían sobre mi cabeza y trasmitían las vibraciones de alguien fuerte pero sin rostro, conocedora de sombras. Las sombras allí eran verdes y provenían de los días de lluvia, eslabonados unos con otros por efecto de mi deseo: que no saliera el sol. Grandes como ella, los cristales me guardaban y la calle se detenía de 2 a 4 de la tarde, junto al rosal que tanto me gustaba.

Podía agacharme para abrochar mis agujetas o voltear a la puerta y ver que seguía cerrada. Una nube de polvo cubría mis ojos y la silla, de madera y pintada de blanco, se volvía el respaldo definitivo, una cerca alta y protectora que mantenía en vilo la esperanza de un camino claramente señalado. Ahora mi vereda se pierde entre el bosque y sus plantas, mientras uno supone que todo este tiempo ha convertido en un cuento aquella oquedad, los días de nubes y lluvia permanentes.

 

II

El sol se refleja en el agua del vaso, olvidado sobre la mesa.

Las sombras son enjoyadas mandarinas que se arrugan en los muros y llueven discretas su hojarasca en la casa callada.

Y esta fruta a lo lejos es ola, ladrillo líquido que se ondula en cada relámpago, cegado en su propio pero inútil resplandor. La casa se agita y los muebles se deshacen. Las habitaciones aguardan a que las sombras terminen de borrarse y respiran el último intento del aire nuevo que todas las mañanas entra por las ventanas, que hoy cuidan perros y policías inmóviles también en el bullicio de la muerte.

Sacaron tu cuerpo, envuelto en una colcha, cuidadosamente doblada y te subieron a una camioneta para tirarte en una plancha bajo la luz ensombrecida de lo ido. Luego cerraron las puertas y dos hombres discutieron junto a ti, mientras fumaban poniéndose de acuerdo. Uno firmaba y el otro abordaba un auto, rumbo a una conferencia pública donde apuntaba que te habrían asesinado.

Pero no era ella. Me he asegurado, revisado todo, hasta los diarios, redactados y pagados por un rey pequeño cuya familia ha gobernado por más de 70 años sin oposición alguna y hasta el chismorreo de los propios agentes, que saben de los que se trata.

Aquí llega el amable empresario que apoya las campañas electorales a cambio de favores políticos y vive de las donaciones que disfraza de ayuda y casas de interés social. Está devastado y apenas puede hablar. Pero camina con paso firme y lo he visto mirar al jefe de la policía antes de tomar alguna determinación. Tres hombres lo acompañan siempre. Son guardaespaldas, que se ocultan discretamente cuando la prensa se acerca demasiado. Innecesaria precaución en este lugar del mundo, donde todo está a la vista pero nada se ve.

Aquí las cosas no son lo que son.

Me convenzo entonces, cuanto más te miro, de que todo es como un accidente de tránsito que sucede a la medianoche en la calle más desierta. Mi vida es una serie de arritmias y golpes de suerte. La noche me aterra pero no dejo de saltar al vacío, aun cuando entiendo que no voy a caer ni a estrellarme bajo el cielo despedazado de la ciudad. Y ese agujero, aquella boca enorme que apenas grita pero todo traga, es esa muerte que se mece ya sin miedo, es tu fortuna terminada, la casa de muñecas que alguien rompió y no pudo recomponer.

Asomado a la ventana reúno las piezas de esta pantomima que siempre estuvieron allí. No me alivian las respuestas porque nunca tuve incertidumbres. Hoy es demasiado tarde y mi dictamen ni siquiera significa nada para ti.

Así, muerta, te cubrieron con una bolsa de plástico y te arrojaron por el cubo de la ventilación. Allí te atoraste hasta que alguien te encontró, como sucede con lo que se quieren ocultar. Tu muerte no era problema para tu asesino, quien consideró las posibilidades como si jugara al ajedrez. El movimiento elegido fue validar el accidente porque, a fin de cuentas, eso era y nada más. Pero no lo podía hacer solo y recurrió a sus amigos, quienes le debían los favores que el dinero siempre exige. La historia se supo y aunque aquí no importa, alguien tuvo que encontrar una explicación que convenciera a la mayoría. Como pasa a veces, se eligió la peor, la más estúpida

Que si alguien te secuestró. Que si caíste del edificio. Que si tus padres te escondieron porque peleaban entre ellos. Que si una adivina supo que estabas muerta antes de que desaparecieras fueron solo las suposiciones de quienes están acostumbrados al murmullo, al golpe bajo, a las interminables historias de amor.

Al final, tu cuerpo apareció entre un colchón y una cama, luego de que alguien durmiera allí por tres noches, sin darse cuenta.

Entonces vinieron las llamadas, los chantajes, el compromiso para las elecciones presidenciales y todo se arregló con un apretón de manos y un banco fuera del país.

A fin de cuentas, no necesito un héroe para encontrar la verdad.

 

III

El avión sobrevuela tu ventana como una sombra que insiste sobre el calcinado mediodía. Desde aquí observo en mi telépata ansiedad cómo rasgas el sobre que ha llegado a tu casa por la mañana. Abriste una carta que no necesitabas leer, una historia innecesaria. La lees, de cualquier manera, mientras tus ojos se arrasan y observan a lo lejos la ciudad y sus muros, adornados con la publicidad de los aspirantes a la presidencia, la misma que ha pagado el silencio de tu hija.

A su sombra, una niña dormita en las faldas de su madre, al borde de una fuente.

Ella, con todo cuidado, se inclina para cerrarle los ojos.

Sea.

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