La pasarela

* Los aspirantes presidenciales se comen el país a golpe de giras y al menos tres de ellos se consideran ganadores. Pero de tanto en tanto, la sombra de la duda hace que cierren los ojos y tiemblen de espanto cuando se encuentran con su realidad, aun en la más cerrada oscuridad.

Miguel Alvarado

Pasas la mano por la frente, como si el sudor representara lo más ácido de tu angustia. Miras como si supieras lo que está pasando y decides sonreír porque es el único gesto que puedes controlar. El resto, como todo tú, se mueve hacia un punto, tan alejado de tus muecas más agradables como lo haces a veces, cuando estás solo en casa y la recorres en las noches más ávidas mientras pasas junto al retrato tuyo y de tu esposa y que te recuerda que eres una pieza más en un engranaje aceitado con las peores intenciones.

Dejas la mano así, como si tuviera vida propia y te concentras en bajar la escalinata, remedo poco efectivo para la ansiedad de dejar todo por la paz. Te adentras en esa caterva que parece el océano aunque más viva, brutal y rugiente, si es que eso es posible. Aquello te afecta poco. Mejor te la imaginas como el campo que cruzabas cuando ibas a ver a tu abuela, aquella de las conchas con nata que tanto te insistieron para que incluyeras en un comercial. A fin de cuentas, nadie sabe que creciste casi solo porque tus primos, más grandes que tú, preferían ir solos a las fiestas y cuando te invitaban no encajabas en ese mundo de risas y burlas.

Pero todo cambió cuando creciste. Te diste cuenta de que tenías habilidades, aunque no te gustara leer y pronto supiste que la familia es el grupo más preciado, aunque se llamara Atlacomulco. Nadie decía nada, ni tu padre, con quien tuviste una sola discusión cuando supo que un tal Arturo te había invitado para trabajar con él. Pero nunca dijo nada que pudiera contrariarte porque sabía que eras como él y el enojo es un arma de un solo filo cuando la empuñas.

De cualquier forma estás ahí, bajando por la escalera donde te espera la primera andanada. Te las sabes casi todas pero no dejan de sorprenderte y has terminado por creer, genuinamente, que son celebraciones espontáneas, que no las han ensayado ni están en el guión que David te muestra cada vez que le pides explicaciones.

Y como todo está escrito, te crees con derechos legítimos para gobernar, porque eso es a lo que tu familia se ha dedicado. No sabes hacer nada, es cierto, pero mandar es un arte de lo más complicado. Puedes equivocar y entonces sí, ¿qué cuentas te entregarías?

Nada más pensar en eso te arranca una risa, la única sincera en lo que va del día. Incluso no sonreíste cuando te ofrecieron la almohada en el avión ni pensaste que aquella cortesía estaba incluida en los 3 mil 500 dólares de la tarifa. La comodidad cuesta pero también hay que merecerla.

Miras de nuevo y te encuentras a la mitad de la meta, más allá de esa masa negruzca pero claramente definida en camisas impresas con la fama tóxica que te precede. Sabes que no has hecho nada aunque a veces te lo discuten. Al menos, nunca te has engañado y sabes lo que eres aunque algunas cosas no te gusten. Es como todo, dices en ese idioma que te impusieron para que más o menos te entendieran cuando hablas en público.

Pronto serás lo que tengas que representar aunque en los días más soleados todavía lo dudes. Nunca creíste que sería tan fácil llegar aunque a algunos les parezca inmerecido. El camino consiste en permanecer, saludar, a veces hasta hacerse responsable y nada más. Este éxito, si ser presidente permite esa expresión, ha consistido en varias cosas. Podría tratarse de muchas, pero las más importantes apenas se reducen al murmullo oscurecido de los pactos. La clase política apenas es una y nada más y desde allí, en una base ampliamente reconocida donde todos están de acuerdo, te han encomendado ese reparto de utilidades que de todas las maneras imaginables es una señal de ese destino rentable y manifiesto que significa una democrática corona que sólo los de tu estirpe pueden soportar.

Son los metros finales, luego de media hora por una espina como camino que has podido sortear una vez más, gracias a tu simpática inteligencia, porque la mayoría de los que andan a tu lado te lo han dicho. Te tratan ya como presidente, aunque te recuerdan en el lenguaje de los viles que ellos te hicieron, que te pueden quebrantar.

Y por fin terminas. La última foto y casi el final de los abrazos abren para ti la posibilidad inmediata del descanso. No tienes a quién gritarle, porque esta ocasión has venido solo, acompañado por 100 personas y dos aeronaves rentadas, pero esa voz que no se escucha es suficiente para que alguien te alcance una botella con agua que abres con un “trae acá, chingada madre”. Luego, la paz por unos segundos la inviertes en mirar el cielo. Una sola nube, muy lejana, casi un árbol, se deshoja en tus ojos de soberbio y así pierdes la esperanza de una sombra.

Es la hora de comer, una muestra más de lo sencillo que resulta ganarse la vida en un lugar como éste. A veces, entre bocado y trago te acuerdas de esas marchas y manifestaciones tan extrañas que algunos organizan contra ti. Salen tan bien que hasta deja la impresión de que tú mismo las ordenas, que las planificas como si trataras una discusión literaria.

Por lo pronto ha pasado la mitad de la campaña y eres el puntero en encuestas que ignoran todo, menos el arte de hacerte vencedor. Y eso te da confianza -por si no la tuvieras- para pasar la mano por la frente, como si el sudor representara lo más ácido de tu angustia.

Con todo lo que tienes, solamente falta que pierdas.

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