Variaciones para una máscara

* “La gente corre, tropieza y chilla mientras intentan llegar a la pequeña entrada pero el incendio les cierra el paso. Miro todo desde el centro del escenario y sonrío, la Muerte Roja les sonríe”, narra Elisa Rivero, guionista toluqueña que inexplicablemente estudió Administración pero que se ha decidido por explorar mundos invertidos, realidades paralelas que suceden o sucedieron justo a un centímetro de nosotros, y de las que no nos dimos cuenta porque, de tanto que sabemos, no nos enteramos de nada, como indica este reloaded del clásico de Gastón Leroux, El Fantasma de la Ópera.

 

 

Elisa Rivero Reyes

 

I

Los días pasan y cada uno es tan largo como la vida misma. La oscuridad eterna cubre mi cuerpo. Un frío sobrenatural recorre mi espina y me hace temblar. A pesar de mis ropajes de seda y una capa gruesa de algodón, me siento desnudo, para siempre desnudo en este mundo sombrío.

Tengo miedo, horror de ser yo y mostrar la cara fuera de estos muros, pues ya me han rechazado. Llantos ahogados y gritos de furia es lo único que he escuchado de ellos, los embozados.

Máscaras. Máscaras danzando alrededor desde que tengo memoria, con sus colores brillantes que destacan en la oscuridad, sus gestos exagerados que dan a entender emociones frías y deseos superficiales.

¿Acaso es pecado llegar a este mundo sin careta alguna? ¿O es que alguien me la robó mientras no tenía conciencia? ¿Cuál fue mi crimen, como para sólo encontrar miedo y furia en los demás?

Me siento solo. Gateo y me oculto en las sombras. Soy un espíritu, espectro que vaga invisible entre los muros de esta ópera. Es como si mi propia existencia fuera un error, una mancha molesta que quisiéramos borrar, olvidar.

Sin embargo, aquí sigo.

 

II

La ópera, la música y la danza le han dado una luz a mi vida. Es el vínculo entre los enmascarados y yo, único idioma que compartimos, lazo que no habla de furia y miedo. Los cantos y notas llenan mi alma y siento que, al fin, soy parte de ellos.

Por eso resido en la Ópera Garnier, en París, mi hogar y refugio. Los subterráneos que serpentean y se entrecruzan son el camino hacia mi altar, una habitación de gran tamaño, iluminada por cientos de velas que descansan sobre candiles. Cortinas de terciopelo adornan las paredes y un gran órgano domina el centro de la sala, rodeado por cientos de pergaminos. Es el Altar de la Música.

 

III

Escribí cientos de letras, compuse innumerables melodías e imaginé París escuchando mis óperas. El mundo me oiría a través de mi música. Pero cuando escuché cantar a Christine, de exquisita voz y frágil como el cristal, sentí un fuego en todo mi ser. El mundo se detuvo y toda preocupación perdió importancia. Necesitaba aquella voz, la puliría y embellecería hasta hacerla mía. Me había enamorado de Christine.

Así, decidí disfrazarme. Engañaría al mundo. No sólo me confundiría con la multitud, sino que la gobernaría. Construí el yacimiento de mis sueños, una máscara, el primer paso de mi nueva vida. Pero aun así no era suficiente, necesitaba una identidad que hiciera a la Ópera temblar a mis pies. Entonces reencarné en el Fantasma de la Ópera.

Los enmascarados son temerosos e inútiles ante una presencia que no pueden entender. Me creían una deidad que moraba en la Ópera, vengativa y furiosa a la cual no podían resistir, sombra codiciosa que lograría hacerse escuchar.

Esos días fueron de sobresalto y numerosas peticiones firmadas por el Fantasma de la Ópera fueron esparcidas por todos lados, en el edificio, para ejecutar las funciones escritas por el mismo espectro. Al fin, la Ópera era mía.

Y para el final dediqué mi obra maestra, “Don Juan Triunfante”. Sus notas poderosas y ardientes eran perfectas para decirle al mundo quién era yo.

A pesar de mis cuidados necesitaba otro disfraz, dedicado específicamente a mi amada Christine. El Ángel de la Música guiaría a la joven en sus lecciones, que harían de ella la mejor cantante de París.

Y fue así que, gracias al Fantasma de la Ópera y al Ángel de la Música, que mi amada Christine fue famosa y al fin mi voz fue escuchada a través de la suya. Faltaba poco para que todo estuviera realmente completo. Cientos de espectadores llegaban todas las noches a mi Ópera. La aristocracia francesa poseía las máscaras más exquisitas y extravagantes que jamás haya visto. Elaboradas con extremo cuidado, tenían exóticas joyas incrustadas.

Pero yo me burlaba de ellas, de la ignorancia que les impedía saber que mis obras las deleitaban, escritas por un espectro arrojado al subsuelo por sus propias manos.

 

IV

Nada en este mundo me hacía más feliz que mi amada. En nuestras sesiones de música nuestras almas dejaban sus cuerpos y danzaban. Era en esas ocasiones en las que podía ver el rostro de Christine, nuestras máscaras se caían y nos mostrábamos tal cual éramos.

 

V

Así, pasaron los días. Nadie en este mundo me conocía mejor que mi querida Christine y no tardó en darse cuenta de que el Fantasma de la Ópera y el Ángel de la Música eran el mismo espectro. Uno era asesino y atormentador. Otro, un ángel que componía arte. Por el amor que le tenía le juré no volver a ser el Fantasma de la Ópera.

Hasta esa noche.

 

VI

En esa función se demostrarían las mejores cualidades de Christine, su voz llegaría más lejos que nunca y eso fue exactamente su perdición. En medio del espectáculo, llegando al clímax del acto, Christine sobrepasó sus límites por lo que su máscara se quebró en mil pedazos, revelando su rostro. La melodía era tan poderosa que ni ella misma pudo controlarla. Su rostro era hermoso para mis ojos, pero para los enmascarados era una abominación, justo como el mío.

El teatro quedó en silencio. Repentinamente, gritos y aullidos rompieron la tensión como un relámpago. Decepción y furia inundaban la atmósfera y todo mundo se sintió engañado al ver el rostro de su ídolo, repulsivo para ellos. La muchedumbre se abalanzó hacia el escenario y con horror vi a mi Christine ser devorada por aquellos seres.

 

VII

En minutos que parecieron horas, todo lo que quedó de mi amada fue su máscara, rota y ensangrentada. La furia me invadió como nunca antes. Las lágrimas parecían arder sobre mi rostro y nada parecía tener sentido.

Esperé a que el teatro quedara vacío. Subí al escenario y recuperé los pedazos de la máscara de Christine, llevándolos al Altar de la Música. Con la venganza en mente, reconstruí la máscara de mi amada y cubrí mi rostro con ella. Todos conocerían a la Muerte Roja.

Terminados los últimos toques de mi nueva identidad, memoricé los detalles de mi plan. Sería la última vez que vería mi Altar. Todo seguía en su sitio. Quería que se conservara como la última vez que estuvo Christine.

Esta noche nada volverá a ser igual. Esta noche mi obra maestra será interpretada por mí y así liberaré al monstruo que han creado.

 

VIII

El teatro se llenó. Todos, con la excitación de ver quién sería la nueva voz de París, estaban allí. Subí al escenario cubierto totalmente con una capucha roja. La música empezó y las melodías pronto empezaron a hipnotizar a los espectadores

Era hora, el final del segundo acto en donde yo, a solas, canto con toda la fuerza de mi alma. La multitud sigue mis pasos, el mundo se detiene en mis notas explosivas y así, en lo que parece una eternidad, termino mi acto retirando con un rápido movimiento la capucha. Al fin, todos encaran la Muerte Roja.

En ese momento detonan los explosivos que puse por todo el teatro. Parecen parte de la misma obra pero los gritos de actores y ayudantes hacen a los espectadores dudar. Antes de que puedan decidir qué hacer a continuación, el enorme candelabro cae y aplasta gran parte de los enmascarados.

La gente corre, tropieza y chilla mientras intentan llegar a la pequeña entrada pero el incendio les cierra el paso. Miro todo desde el centro del escenario y sonrío, la Muerte Roja les sonríe.

 

 

IX

Antes de que todo terminara, quise retirarme la máscara de Christine pero no pude hacerlo. Finalmente comprendí. Me había convertido en lo que más odiaba, un enmascarado y entendí que si una persona no se muestra tal cual es sólo sería una ilusión, un disfraz, una máscara, una Muerte Roja.

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