El Circo de la Morsa

* Ana León, guionista toluqueña, desarrolla una fantasía de los años 80 que involucra a dos estrellas de rock en busca de extraños placeres dentro de un circo de fenómenos. “Los actos presentados eran espectaculares: tragafuegos que iluminan sus entrañas, contorsionistas gibosos estirados como palos, bailarinas hermosas de un solo pie, acróbatas danzando el aire, actos de magia perpetrados por médicos homeópatas”, escribe la autora.

 

Ana León

¿Pero qué es esto? ¡Un circo ha llegado a la ciudad! Los niños se entusiasman. Los adultos cuchichean. Las carrozas coloridas anuncian las funciones próximas. Atravesaban las pequeñas calles, mostrando sus extravagantes adornos. Por la noche, la maravillosa carpa ya estaba colocada. Muchas familias caminaban hacia la entrada.

“Bienvenidos al Circo de la Morsa”, dice la leyenda en la entrada. De los más famosos del mundo. El maestro de ceremonias era nada menos que John Lennon, retirado años atrás de la música para dedicarse por completo a los actos circenses. Con el pelo relamido pintado de colores, la cara maquillada en exceso y sus torcidas gafas, mostraba una radiante sonrisa a la audiencia.

Los actos presentados eran espectaculares: tragafuegos que iluminan sus entrañas, contorsionistas gibosos estirados como palos, bailarinas hermosas de un solo pie, acróbatas danzando el aire, actos de magia perpetrados por médicos homeópatas. Pero el show del payaso Lennon era el que capturaba a la gente con su vivo entusiasmo y narraciones graciosas mezcladas con su característica filosofía. De vez en cuando pasaba a los niños a la arena para hacer actos de magia o diversión o cantarles sus viejas canciones, siempre propagando la paz, la imaginación, el amor al prójimo…

Horas después, la gente se había retirado y las luces estaban apagadas. La carpa se hallaba en completo silencio. En el camerino principal, Lennon estaba sentado frente a su espejo, con el maquillaje corrido a causa del sudor. Un joven asistente apareció, llamado a la puerta.

– Señor, Yoko está dando problemas de nuevo.

– Con un dejo de hastío, salió del camerino acompañado del muchacho, que mostraba un semblante nervioso. Atravesaron el terreno, fueron más allá de las jaulas de las bestias, de los remolques del personal. Llegaron a una pequeña carpa donde un hombre custodiaba la entrada. Lennon entró. El joven asistente, temblando de miedo y con un suspiro de resignación, caminó detrás de él. Una decena de jaulas situadas a los lados mantenían personas adentro. Muchachas con deformidades, miembros amputados, cabezas unidas. John se dirigió al lugar más apartado. En el suelo, Yoko se revolcaba de dolor mientras un viejo Elvis le asestaba latigazos.

– De nuevo trató de escapar, le tuve que dar su merecido -decía Elvis, jadeando y limpiándose el sudor.

– Intentó también llevarse los dos trofeos, si no es porque oí el vidrio caer, ahora mismo estaría lejos de aquí.

A su lado, regados en el suelo había vidrios rotos y sobre éstos, vitrinas con un cadáver dentro de cada una. Los cuerpos de Cobain, Winehouse, Morrison y otros integrantes del fatídico Club 27 estaban colgados o clavados en las tablas que los sostenían.

Encadenaron a Yoko nuevamente, mientras checaban que los cuerpos que quiso robar no estuvieran dañados. El joven ayudante todavía no salía de su estupor. Pero era muy tarde para escapar, eso equivaldría a una muerte segura y tal vez lo convirtieran en un fenómeno, también. El payaso Lennon vio el sufrimiento reflejado en su rostro.

– ¿Te parece que esto es enfermizo? ¿No concibes que haya personas como nosotros haciendo estas atrocidades? -pregunto.

– Lo que no comprendo, señor, es que una persona como usted pueda hacer estas cosas.

John se acercó a él, obligándolo a mirarlo a los ojos.

– ¿Todavía puedes creer en la mierda que proponen los idealistas, los revolucionarios? Sabes muy bien que esto no tiene solución. La gente perecerá cuando los ricos quieran y eso ninguna revolución o movimiento lo podrá cambiar. Todos terminan enfermándose de poder. Te preguntaras por qué lo hago yo. Porque la gente se traga el cuento de que, pese a todas las desgracias, gobiernos corruptos, violencia insaciable, todavía puede haber salvación. Cuando eres inspiración para muchos, tus palabras se vuelven sagradas. Esto lo descubrí hace años, cuando todavía creía en la felicidad y el amor. Ten por seguro que si en un futuro dictara que los vicios y el libertinaje son la recompensa en esta vida, muchos estarán de acuerdo conmigo. Hasta el alma más pura se puede corromper.

El muchacho afirmó con un movimiento de cabeza y John, acercándose más, casi en un susurro, le repitió:

– Sabes que tengo razón. Abandona tu miedo y entrégate a la recompensa de los vicios. A Elvis, a nuestros actores y a mí nos satisface plenamente mostrar nuestros experimentos con estos fenómenos a quienes tienen los mismos deseos. Somos libertinos, nuestra alma está encallecida y disfrutamos gozar a expensas de los demás. Mientras tengamos el poder de manejar a esos desdichados que depositan la fe en nosotros, no hay que preocuparse por represalias. Así que sígueme, mi buen amigo. Verás que con el tiempo el placer te absorberá. Sigue al Circo de la Morsa porque para ti, amigo, el espectáculo apenas comienza…

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