La insidia

* Peña autorizó la unión Ávila-Slim mientras lo dejen en paz. Tal vez Pemex sea un buen negocio hasta en las manos del hombre más rico del mundo. Pero quizás Enrique no tenga nada que ver en esta alianza entre el administrador Ávila y el auspiciador del perredismo y alguien haya escogido el lado más antinatural de la balanza.

 

Miguel Alvarado

Llueve en todo el país, que es esta calle donde los árboles han encontrado pies para caminar bajo el asfalto, rasgándolo en pequeñas grietas que se desmoronan y reverdecen, flores negras salpicadas de hormigón. Las calles se deshacen con la gracia propia de las obras públicas encargadas por Eruviel Ávila, un gobernador que apenas se deja fotografiar cuando anda en bicicleta o sosteniendo algún pez megalítico pescado en las aguas de su desgobierno. Ávila sonríe cuando todos están presentes, pero en su oficina, una galera enorme tatuada de pósters con faltas de ortografía, deja paso a la altisonancia y los negocios de envergadura globalizada. Su rostro es ridículo porque la política lo ha transformado sin preguntarle y lo ha convertido en un guiñapo que apenas puede esperar a que pasen las elecciones para reclamar lo que se ha acordado.

Otro hombre, éste el más rico del mundo, entiende budista que el universo es una tienda de baratas y rebajas, pero también de futuros imperdibles conseguidos con sonrisas carismáticas y negros refrescos de cola, servidos en vasos de cristal cortado al estilo del hampa moderada que trafica con sueños de estudiantes y concesiones televisivas. Carlos Slim no ha hecho el negocio de su vida, porque ya nada puede entusiasmarlo si 50 mil millones de dólares no son suficientes para estar en paz, quieto en la soledad de las cuentas bancarias y voucher internacionales, logograbados bajo misteriosos nombres nacidos en la Islas Caimán o de perdida en el Estado de México.

A pesar de esa cara donde los gestos se desencuentran y que mientras ríe parece que odia, Ávila halló buen tiempo en un encargo para el que nunca estuvo preparado. Y con la asesoría de Slim, acostumbrado a los riesgos tanto como a los improperios, se levanta como el nuevo zar gasolinero. Su boca cerrada, llena de la nafta que todo lo puede hasta dentro de 70 años, ha desencadenado una alianza que explica en parte el vacío administrativo que Peña el presidenciable le impuso desde el principio.

No hay forma de pagar lo suficiente a Eruviel. Ha controlado el negocio familiar de la familia Nieto e incluso acrecentó su capital. Un día, el señor de Ecatepec hasta la hizo de cocinero y dijo, ante 10 mil personas que el arroz estaba más que cocido, ungiendo en Atlacomulco al hombre-imagen como el presidente de México. Ni siquiera el más supersticioso podrá echarle la sal cuando su emporio, aquel por el cual eligió la política para comer, toma forma. No se trata del estrambótico restaurante que eligen los futbolistas en desgracia ni tampoco de un chaletito en algún lugar de Veracruz. Las bienes raíces son joyas de fantasía para primeras planas y El Sol de Toluca, diario escatológico profesional, no podría ayudarle. Eruviel recuerda todavía el siseo de las cocacolas mientras y la cabeza semoviente de Slim. El más rico es práctico y con la ayuda de su socio, el gobernador de la entidad más poderosa del país, las bombas de combustible serán suyas en menos de seis años. Si Carlos patrocina al obradorismo, significaría que aquel semidiós que contrató al desdichado Ávila está condenado a padecer para siempre la negra verdad de las encuestas. De Peña, tampoco es cierto que nadie lo quiera. Una familia probablemente perdone todo y mire ciegamente los caminos tapiados que recorre su Enrique. Pero aunque es mucha, apenas alcanza para administrar al Estado de México, no al país entero. Peña autorizó la unión Ávila-Slim mientras lo dejen en paz. Tal vez Pemex sea un buen negocio hasta en las manos del hombre más rico del mundo. Pero quizás Enrique no tenga nada que ver en esta alianza entre el administrador Ávila y el auspiciador del perredismo y alguien haya escogido el lado más antinatural de la balanza.

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El largo laberinto de la insidia recorre campañas políticas y canciones. Hasta Mikel Erentxun, antigualla pop que alguna vez contara que en algún lugar hay un gran país, incorpora hoy en sus discos azules vacíos que se miran azorados en el cielo de Madrid. Tristemente, ni las canciones más crepusculares explican los 20 mundos de separación que median entre México y Alemania, a donde un empresario muy comprometido consigo mismo, Armando Hinojosa, dirigió sus industriales esfuerzos luego de cobrar casi 23 mil millones de pesos por obras públicas construidas en la administración de Enrique Peña como mandatario mexiquense. Amigo, compadre, patrocinador, casi un padre, Hinojosa ha sabido despersonalizarse en acróbata escapada pero no puede evitar aparecer de vez en cuando al lado de su mecenas, mandatario generoso cuando se trata de los dineros públicos. Hinojosa, muy independiente ahora, se ha tomado un descanso y evalúa la campaña presidencial del priista, que él mismo financia en buena parte, desde alguna parte de este pequeño mundo. La primavera mexicana, aunque sopla desde la Ibero, le hace los mandados al dueño del máximo encuestado y se burla de las bromas que lo ubican como una entelequia casi mitológica que abre a su paso puertas y bastiones, incluidos las que en Veracruz un casorio express le abrió con Fidel Herrera, único dueño de la plaza política, de la A hasta la Z.

Un día, hace poco, Hinojosa se dirigió a Alemania siguiendo consejas que profetizaban tsunamis macroeconómicos y acogido a la palabra y la buena fe del gobierno del Edomex, que por otra parte nunca le hicieron falta, se decidió por comprarse un pequeño capricho que ayudaría a resolver las necesidades viales de una entidad que lo redefinió como jetsetero de la construcción. Y con la seguridad de la buena estrella compró una máquina que por 10 millones de dólares trituraba llantas viejas y las transformaba en sólido material para arreglar calles y sustituir el asfalto tan villano. Todo funcionaba bien, incluso el precio era una bicoca cuando los contratos superan en 80 por ciento los costos reales. Así, probada y todo, con técnicos alemanes incluidos para la necesaria capacitación, Hinojosa emprendió el viaje de regreso y con su Mont Blan se regodeó en números imposibles que rebasaban los espacios electrónicos de las calculadoras de Black Berry.

Nada más llegar, acudió con sus amigos, todos ellos buena onda, y les contó acerca de su monstruo de 120 millones de pesos. Muy atentos, escucharon la hinojosiana versión que ubicaba a Toluca y sus alrededores con calles y autopistas de primer mundo y que garantizaba por más de 10 años que las reparaciones serían innecesarias, muy menores.

– ¿Diez años?– le dijeron los insidiosos – Pero Armando, ése no es un negocio.

De golpe, la realidad le cayó encima al empresario y sus afanes casi comunistas se fueron por la borda cuando comprendió aquello. Hinojosa regresó a Alemania a la bestia metálica, con todo y sus técnicos arios y se dedicó entonces a parchar, como bien le enseñó la administración mexiquense, carreteras y avenidas que encuban el progreso en felices baches de 40 centímetros de diámetro.

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