La mesa puesta

* Dos días antes de la elección, la revista Proceso difundió algunos contratos que ofreció y pagó el gobierno del Edomex a locutores de Televisa, como el de Adela Micha, por 350 mil pesos, para impartir una conferencia de una hora en el 2012, escribía el periodista Jenaro Villamil. O los 5 millones 750 mil pesos que cobraron Joaquín López y Óscar Mario Beteta en el 2006 y los 4.4 millones que la revista Nexos, de Héctor Aguilar Camín, recibió en el 2010.

 

Miguel Alvarado

“No existe un solo analista, comentarista, periodista, corresponsal extranjero —que sean serios, claro—, que dude que el ganador de la contienda presidencial —del próximo 1 de julio—, será el priista Enrique Peña Nieto. En todo caso, la diferencia de opiniones es por el tamaño de la paliza que en la contienda presidencial y del Congreso de la Unión, le dará el PRI a sus adversarios”, escribía el opinador Ricardo Alemán en El Universal, un diario que se decidió por apoyar la campaña del ex gobernador del Estado de México y a quien todas las encuestadoras mexicanas y algunos diarios norteamericanos ubicaron siempre, durante más de un año, en el primer lugar de la intención del voto.

Otros opinaban lo contrario, aunque a estas alturas aquello queda como un anecdotario que poco a poco se perderá en la mexicana memoria, cuya capacidad de desecho sobrepasa cualquier imaginería. La revista Proceso recopilaba la réplica gringa: “Alan Riding, quien fuera corresponsal de The New York Times en México durante las décadas de los 70 y 80, escribió en una columna en ese diario que, aunque probable, la victoria de Peña Nieto podría explicarse en un país donde la “corrupción todavía está desenfrenada, la pobreza extendida, el crecimiento económico se ha detenido y una ‘guerra contra las drogas’ que ha resultado en una impensable cifra de muertes de alrededor de 60 mil en menos de seis años.

“Por su parte, Mary Anastasia O’Grady, en un texto publicado en The Wall Street Journal el pasado lunes 25, califica de “inquietante” el regreso del PRI y “su oscuro pasado autoritario y su gusto por el estatismo”.

Pero ese regreso tan anunciado al pasado era mera retórica. El presente es hoy pero el pasado sucede precisamente ahora. Los gringos, entrampados en la pseudolibertad que su Obama les regala, no alcanzan a comprender a ese vecino que toda la vida se la ha pasado escandalizando en una fiesta perpetua de balas, poder y dinero que nadie quiere finalizar. El PRI nunca se fue, sólo se había pintado de azul pero el 1 de julio aquella recubierta se había caído por innecesaria.

Peña llegó a los comicios con una cómoda ventaja y con 45 puntos superaba al perredista López Obrador, a quien se le dieron 27 puntos finalmente. A la panista Vázquez se le otorgaron 24 y al abanderado de la maestra Elba Esther Gordillo se le apuntaron 2, suficientes para mantener el registro del PANAL y la santificación de Gabriel Quadri.

El sobrino de Arturo Montiel se dio tiempo para cerrar su campaña en Toluca, la ciudad más cómoda de su gira y que congregó a 10 mil asistentes el 27 de junio, mismo número que Obrador, un día antes, reunió en aquel lugar. El PRI y su Peña no se fueron por las ramas. Desde temprano cerraron calles y detuvieron el tráfico en los alrededores del centro de la ciudad. Un helicóptero rojo, rotulado con las insignias del tricolor, estaba listo para transportar a los invitados más importantes. Uno de ellos, el cantante Alejandro Fernández, desató iras y disgustos en el submundo del twitter cuando fue llamado por Peña al atrio donde arengaba a la multitud. Fernández se declaró fan de Peña, como también lo hizo Anahí, una juvenil estrella de la empresa Televisa, principal patrocinadora e impulsora del proyecto personal político del mexiquense. Arropado por la intelectualidad que aquella tienda le regalaba, pues incluso su esposa, Angélica Rivera es también empleada de Emilio Azcárraga, Peña Nieto ejecutó con maestría la oratoria aprendida por necesidad. No hubo espacio para la improvisación, ni siquiera cuando el candidato se arrojó sobre su pueblo para abrazarlo y apapacharlo. Nadie allí recordó las palabras de la hija, una tal Paulina, cuando llamó prole pendeja en redes sociales a quienes comentaron la ignorancia de su padre.

La ola humana que se abalanzó sobre Peña cuando éste tendió la mano recordaba a un rock star jugando con su auditorio luego de interpretado el hit del momento. Ningún político puede presumir de esto, sólo él, trepado en una valla con plena conciencia del precario equilibrio de sus seguidores, que tampoco le compraron el kit completo. Un hombre de discursos vacíos y a todas luces incapaz de gobernar como se debe, mueve sin embargo la cultura mexicana  de las bolsas ecológicas y las pelotitas antiestrés con artes de prestidigitador. Toma lo peor de la democracia y lo transforma ni siquiera en ilusión, sino en algo más cercano al rabioso vacío de la ausencia. Allí gobierna, despreocupado, quien es considerado más inepto que el panista Vicente Fox, un ex presidente que no se volvió loco, como lo hicieron ver, sino que decidió cuidar su patrimonio y contratos empresariales a costa de cualquier cosa, incluso de sí mismo.

Pero hasta Fox, un factor absolutamente microscópico, entiende que el PRI es una maquiladora experta de elecciones y que se repone a la adversidad con el espíritu de los cínicos originales. Frugales al revés, los priistas han invertido hasta la vida para que Peña se consolide en la silla de Los Pinos y permita, de una vez y para siempre, que el Grupo Atlacomulco cumpla la profecía tan anunciada. Peña será presidente porque así lo dicta su destino.

Las causas y efectos no lo tocan entonces, le hacen los mandados como aquel aire que nunca encontró su Juárez y ni siquiera el desvío de 3 mil millones de pesos, ejecutado desde el gobierno de Eruviel Ávila le quitó el sueño. Después de todo, Ávila sólo seguía instrucciones, ideadas para aparentar lo inexcusable, como las palabras del líder del priismo estatal, Raúl Domínguez Rex, pequeño tiranosaurio que apostó su futuro político a las habilidades de Peña y quien decía, días antes de la votación, que “todas las encuestas, todas las tendencias electorales, los columnistas y líderes de opinión, marcan claras ventajas a nuestro candidato a la presidencia, y todas fluctúan en una diferencia del 12 al 17 por ciento”. No mintió, pero tampoco dijo la verdad.

Mientras, el gobernador de las gasolineras, Eruviel Ávila, garantizaba la imparcialidad electoral al mismo tiempo que se dirigía al mitin de Peña. El funcionario, hombre extraño pero lo suficientemente inteligente, supo desde el principio que la política es la reunión del interés y la ignominia y así lo aceptó. Supo que Peña podría perder y, como antes, aceptó el anzuelo de Carlos Slim para, al menos hacerse millonario a la toluqueña. Eso sí, sin darle la espalda a nadie porque en su oficio la traición no existe, y es que nadie tiene amigos. El priista Rex, quien de amistoso tiene muy poco, aprovechó todavía para impulsar a Ana Lilia Herrera, una reportera de Ecatepec que por obra y gracia de Arturo Montiel puso la mirada en el Senado luego de pasar como presidenta municipal de Metepec donde, a tres días de la elección, la insidia le abrió las puertas a desplegados que revelaban la deuda pública que había dejado en el municipio más próspero del Edomex y que alcanzaba 174 millones de pesos con los bancos; 28 millones con contratistas y proveedores; 15 millones de pesos con el gobierno del Edomex y dos millones con el ISSEMyM, entre otros, y que daban un total cercano a los 246 millones de pesos. Metepec, más importante que Toluca por la influencia el que narcotráfico ejerce desde allí, es uno de los territorios que cualquier partido quisiera tener. Una prima-hermana de Peña, Carolina Monroy, fue la encargada de recuperarlo.

El fantasma de López Mateos, un presidente que viajaba mucho pero coqueteaba más, recorrió estólido aunque pasmado aquella reunión de inverosímiles en el mitin final. Allí estaba Luis Videgaray, señalado por un empresario norteamericano de desintegrar 56 millones de dólares en un santiamén. Martha Hilda González, virtual ganadora de la presidencia municipal de Toluca, apenas pudo contener la emoción cuando le prometió a Peña que la ciudad entregaría la mayor cantidad de votos presidenciales. En la periferia del zócalo toluqueño, un pequeño grupo anti-corruptos repartía propaganda resistiendo agresiones verbales.

 

El día, la hora

 

“Existe la posibilidad de un cambio repentino en México”, escribían reporteros extranjeros días antes, todavía conmovidos por los estudiantes del “Yosoy132”, que agendaban prematuras actividades postelectorales y amenazaban con una verdadera revolución al estilo de Camilo Cienfuegos.

De los jóvenes mexicanos, el periodista Nicolás Cabral ha escrito que “#YoSoy132 no es sólo la manifestación de un malestar (el no a uno de los candidatos) o la articulación de una demanda específica (la democratización de los medios), es la solución misma de la crisis de representatividad “democrática”: una voluntad que se organiza y dice: aquí estamos. El plural es importante, pues indica la construcción de un nosotros, de una comunidad de iguales (más allá del narcisismo de algunas figuras visibles del movimiento). Es fundamental entender que el número activo, la multitud, es la refutación de lo que el sistema admite como posible. En un pasaje de su célebre La sociedad del espectáculo, aparecido un año antes de mayo del 68, de algún modo su puesta en acto, Guy Debord plantea: “el espectáculo moderno […] expresa lo que la sociedad puede hacer, pero en tal expresión lo permitido es lo absolutamente contrario a lo posible”. El voto se halla en el campo de lo permitido, pero ¿ocurre lo mismo con la manifestación? Algunos voceros del orden establecido, que se hacen llamar periodistas, se han apresurado a dar un consejo: “Permanezcan en las redes sociales, abandonen las calles”. Es decir: “Desaparezcan””.

Una última señal para el priista fue la supuesta encuesta del sindicato de maestros de su protegida y aliada Elba Esther Gordillo, difundida en redes sociales como documento confidencial y que marcaba alegremente que Peña no ganaba en ninguno de los 32 estados del país. Tal aseveración retumbó en las conciencias más equilibradas del empirismo político nacional y ordenaron la contrarréplica. Pero antes, analizaron aquel frente inesperado que al menos devolvía cierta confianza a quienes creyeron en eso. Obrador, el malogrado presidente del 2006 y quien habría enloquecido en menos de tres meses, según algunos electores, derrotaría al priista Peña “por 7 puntos de acuerdo con la última encuesta del SNTE-PANAL”.

Sin ambages ni censuras, los números decían lo siguiente: AMLO: 37%; EPN: 30%; JVM: 20% Quadri: 3%; No sabe: 7%; No contestó: 1%; Nulo: 2%.

Cinco años de cuidadosa planeación electoral terminaban con el reparto de un millón 800 mil tarjetas de crédito electrónico, valederas por mil pesos cada una en las tiendas Soriana de todo el país, que encabeza Francisco Javier Martín Bringas, cuya riqueza se estima en 3 mil 535 millones de dólares y que comenzaron sus cadenas comerciales en Ecatepec cuando Peña Nieto asumió la gubernatura del Edomex. En esa dinámica entraron casi todos los aspirantes priistas, como la ex alcaldesa de Toluca, María Elena Barrera, quien tapizó el camino al Senado con las infames tarjetas, que también viajaron en transportes que llevaban boletas electorales manipulados por priistas y que hicieron suponer que el fraude no se efectuaría el uno de julio ni los días siguientes, sino que ya se había concretado. Dos días antes de la elección, la revista Proceso difundió algunos contratos que ofreció y pagó el gobierno del Edomex a locutores de Televisa, como el de Adela Micha, por 350 mil pesos, para impartir una conferencia de una hora en el 2012, escribía el periodista Jenaro Villamil. O los 5 millones 750 mil pesos que cobraron Joaquín López y Óscar Mario Beteta en el 2006 y los 4.4 millones que la revista Nexos, de Héctor Aguilar Camín, recibió en el 2010.

La mesa, pues, estaba servida.

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