Día Tres

* Panistas y priistas han repetido que quien cuenta los votos gana. Obrador y su PRD no lo hacen. Sus militantes acuden como invitados de piedra a la comprobación de errores muy humanos, según el IFE y sus consejeros distritales y poco pueden hacer para que los mismos errores se cuenten dos veces. Las redes sociales, testigos cibernéticos pero de carne y hueso, aportan pruebas fotográficas y en video, escenas que bestializan la ejemplar jornada que vio y analizó el propio Peña y que dibujan, como nunca antes, la anatomía de una dictadura.

 

Miguel Alvarado

En Nuevo León fue asesinado Tomás Betancourt Gaytán. Coordinó la campaña del perredista Andrés Manuel López Obrador en el municipio de Juárez, de donde era regidor y fue hallado en el paraje de Charco Azul. Secuestrado un día antes de las elecciones presidenciales, pedían un rescate por 100 mil pesos. A su cuerpo lo vistieron con una playera del PRI.

Otro asalto, aunque diferente, sufrían las tiendas Soriana, bodegas de alimentos y chácharas que firmaron un convenio con el PRI nacional para surtir una tarjeta electrónica con mil pesos de crédito que el tricolor repartió antes de los comicios. Pero la propia tienda aseguraba que formaban parte de un programa de “fidelidad” y que operaban unas 4 millones desde mayo, con el logo de la priista Confederación de Trabajadores de México, aunque las que se descubrieron tres días antes del primero de julio eran un millón 800 mil.

Cientos de beneficiarios aseguraron que se las dieron a cambio de votar por Enrique Peña, virtual ganador de las elecciones, aunque los perredistas califican aquello como un delito electoral. Sabido el resultado, las Soriana fueron literalmente tomadas por los compradores, a quienes un rumor les indicó que aquella bondad se cancelaría de inmediato porque Peña ya había ganado. Un día tardaron los usuarios en vaciar esas bodegas, pero las compras tumultuosas también les revelaron que el PRI cumple, aunque poquito, porque muchos se encontraron con que ese monedero electrónico no tenía lo prometido y en algunos casos apenas había 100 pesos depositados. El escandalito alcanzó a la prensa europea, que describió esas tarjetas, que según el PAN costaron 71 millones de pesos pero que apenas era algo de los 700 millones de pesos que en realidad habría costado al PRI la movilización de un ejército de promotores del voto, lo que rebasaría tres veces los topes oficiales de campaña. Las tiendas, por cierto, deben 8 mil 276 millones de pesos en impuestos diferidos.

Finalmente, el coordinador de campaña de Obrador, Ricardo Monreal Ávila, publicó 43 contratos de Monex, un grupo financiero que intermedia para el PRI y que compró 100 mil monederos electrónicos por 160 millones de pesos.

Lo de Soriana es mínimo comparado con otros actos de corrupción antes y después de la jornada electoral. La democracia en México ha prohijado las prácticas de compra del voto por decenios y nadie se espantaba. Era lugar común, uso y costumbre, tradición ancestral. Por primera vez en decenios, los estudiantes, un grupo social alejado de la actividad política desde las masacres de 1968 y 1971, se animaban a opinar activamente, más allá del ejercicio de las urnas. El movimiento “Yosoy132” desnudó a Peña Nieto tal cual es, aunque él mismo se había encargado de perfilar su propia imagen en encuentros públicos y privados de todos los niveles. Al final, la nueva generación de estudiantes entendió por las malas lo que significan las elecciones en este país. Peña, un aspirante poco inteligente y bisoño pero con prestancia y carismático, como lo describen en otros países, y que además es patrocinado por lo peor de la política mexicana, arrasó desde hace un año, cuando las encuestadoras Mitofsky y Gea/ISA construyeron una tendencia que rebasaba hasta en 30 puntos a Obrador. Esas encuestas fueron usadas y fomentadas por locutores y directivos de las empresas Televisa, Milenio y TV Azteca en programas de análisis que desintegraban toda posibilidad de oposición. Al final, la ventaja de 6.5 puntos que arrojó el PREP desmitificó aquello. Algo había fallado, dijeron entonces los medios. Ellos se lavarían las manos y pasarían a la siguiente etapa de la presidencialización de la telecracia. Los nombres de los periodistas disfrazados quedarían para siempre en algunas memorias. López, Marín, Loret, Maerker, Micha, Gómez, Alemán, entre otros, serán los voceros oficiales del nuevo PRI.

Obrador gana por segunda vez Los Pinos pero tiene que hacer maletas. Algunos recordaron al brasileño Lula, quien hasta la cuarta oportunidad pudo legitimarse. Obrador, de nueva cuenta, debía recorrer el largo camino de los algoritmos legales y solicitar conteo voto por voto, que al final queda en que 54 por ciento de las casillas serán revisadas.

Panistas y priistas han repetido que quien cuenta los votos gana. Obrador y su PRD no lo hacen. Sus militantes acuden como invitados de piedra a la comprobación de errores muy humanos, según el IFE y sus consejeros distritales y poco pueden hacer para que los mismos errores se cuenten dos veces. Las redes sociales, testigos cibernéticos pero de carne y hueso, aportan pruebas fotográficas y en video, escenas que bestializan la ejemplar jornada que vio y analizó el propio Peña y que dibujan, como nunca antes, la anatomía de una dictadura.

El miedo generado por la información, cierta o falsa, también colocó a la policía del lado de los temerosos. Televisa, la fábrica de sueños de Emilio Azcárraga, fue rodeada por granaderos nada más cerradas las urnas. Lo mismo sucedió en el mexiquense IEEM, que a las 2 de la tarde del 4 de julio era custodiado por 50 policías con tolete y escudo en el contexto de la llegada de Carolina Monroy del Mazo, prima-hermana de Peña y alcaldesa electa de Metepec.

El recuento exigido por el PRD entiende que el Edomex ha arrojado 142 mil votos nulos, que el DF 89 mil, que Veracruz 82 mil y que Jalisco 78 mil. A cambio, grupos observadores registraron en todo el país que 18 por ciento de los votantes fueron presionados para sufragar por alguien y el 154 por ciento conocía a alguien que había sido cooptado.

Otros números señalaron que el 90 por ciento de la población cree que hubo fraude y que el 85 por ciento está en desacuerdo con el resultado final. De las 143 mil casillas, se encontraron inconsistencias en 113 mil.

Uno que festejó el triunfo de Peña sin vergüenza fuel ex presidente panista Vicente Fox, quien apuntó en un escrito que “ganó el mejor, como sucede en una buena democracia”, mientras el supuesto ganador aseguraba, el 4 de julio, que “el PRI no compró un solo voto” y que hay “instituciones democráticas que son muy sólidas y confiables”.

Eruviel Ávila, el fantasmal gobernador del Edomex, descartó como se le exigió que su administración comprara votos. No podía decir más, pero tampoco menos. La cantaleta burocrática que a estas alturas es solamente un pozo de basura, le hizo declarar que “la ley no se negocia, no puede estar a caprichos de nadie, la ley se debe cumplir y para eso están las instituciones”. Bienintencionado, eso sí, este candidato a acompañar a Peña en su gabinete de transición, juega nada más y repite el discurso muy estúpido que enarboló hace seis años el que ahora llaman “jefe de jefes” en los círculos tricolores.

Las redes sociales destruyen, sí, cualquier carrera política. Peña ganará la presidencia si todo pasa como debe suceder, pero será uno de los presidentes más impopulares, superando incluso a Felipe Calderón y al mentecato Vicente. Por lo pronto, el relevo de Obrador ya está en los infiernos de Facebook y Marcelo Ebrard se promueve eficaz para la presidencia del 2018. Ha aprendido una lección.

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