El club de ajedrez de Míster Morphy

 

 

«No hay genio sin un gramo de locura»

Aristóteles

 

 

«Ningún gran maestro de ajedrez es una persona normal. En lo único que se distinguen es en el tipo de locura»

Víktor Korchnói

 

Pau Pascual/ Argenpress

– Mami…

– ¿Sí, cielo? – responde la mujer.

El autobús avanza por la Quinta Avenida, sorteando carros y automóviles, una tarde soleada de 1911. Madre e hija, sentadas en el piso superior al descubierto, se dirigen al antiguo tiovivo del Central Park.

– Mami, mira aquel señor… – dice la niña apuntándolo con su dedito.

– ¡Qué horror! – suelta la madre cubriendo rápidamente los ojos de la pequeña.

Rodeado de pasajeros estupefactos, un hombre bajito con gafas de montura redonda, permanece de pie completamente desnudo. Se llama Carlos Torre Repetto.

No sería la última vez que este extraordinario ajedrecista se exhibiera en cueros. Años más tarde, durante un torneo celebrado en Polonia, perdió los estribos y empezó a correr desnudo por todo el recinto, gritando “¡fuego!”.

El mexicano Carlos Torre aprendió a jugar al ajedrez a los seis años y muy pronto destacó en su país. Jugó varios torneos internacionales y logró estar considerado entre los cinco mejores jugadores del mundo cuando sólo tenía veinte años. Según el propio Torre, nunca dormía más de dos horas por noche. Le encantaban los helados de piña y se comía de diez a quince diarios. A los veintiún años, los problemas psíquicos le obligaron a recluirse en un manicomio durante tres años. Luego se retiró del ajedrez para el resto de su vida.

Catorce años antes del episodio del autobús, el secretario de otro hombre lo sorprende esperando pacientemente una respuesta a través de un audífono invisible. El hombre alberga la ilusión de poder hablar por teléfono sin hilo ni auricular. Suele acercarse a la ventana para hablar y cantar. Luego espera una contestación.

El secretario personal de Wilhelm Steinitz informaría de ello al cónsul norteamericano, quien sugirió que se recluyese a Steinitz en un sanatorio.

El gran ajedrecistra Wilhelm Steinitz estuvo convencido de que podía emitir corrientes eléctricas, con la ayuda de las cuales podría mover las piezas a voluntad. Aseguraba estar en comunicación eléctrica con Dios y que podía vencerle al ajedrez dándole un peón de ventaja. Esto propició que finalmente lo ingresaran durante un tiempo en un manicomio de Moscú. Steinitz fue el primer campeón del mundo oficial. Descubrió muchos de los principios estratégicos en los que se basa el moderno juego posicional.

Cuarenta años antes de que Steinitz empezara sus conversaciones metafísicas con el audífono invisible, un joven estudiante de Nueva Orléans es presa de los efluvios primaverales. Cae locamente enamorado de la hija del hortelano que cuidaba las tierras de su familia. Pero su primo Ernest, dos años mayor que él, había llegado antes y se opone a sus proyectos amorosos. El joven urde un plan. Desafía al primo Ernest a un match de ajedrez a seis partidas cuyas condiciones son: a) Todas las partidas se jugarán con el Gambito Evans. b) Él dispondrá únicamente de un minuto por cada jugada, mientras que Ernest tendrá todo el tiempo que quiera. Y c) El vencedor tendrá el derecho a los favores de la hija del hortelano, sin que el rival vencido pueda oponerse. Ernest aceptó y fue derrotado por 4 ½ a 1 ½. Pero la muchacha nunca quiso saber nada del joven Morphy, quien acabó profundamente deprimido. ¿Sería el inicio su locura?

Paul Morphy fue uno de los mejores ajedrecistas de todos los tiempos. Ya de muy joven sufrió paranoias. Estaba convencido de que diversas personas querían envenenarle y durante mucho tiempo sólo aceptó alimentos si se los daban directamente su madre o su hermana. También pensaba que su hermano político y otro amigo conspiraban para rasgarle sus elegantes trajes y luego asesinarle. Tenía la costumbre de colocar zapatos de mujer distribuidos cuidadosamente trazando un medio círculo.

– Me gusta mirarlos -decía cuando le preguntaban la razón.

Morphy no pudo soportar el peso de su fama después de llegar a la cumbre en pocos años. Tras vencer a los mejores de su época en una gira por Europa, regresó a su país y dejó definitivamente de jugar. Terminó odiando el ajedrez. Ni siquiera permitía que se le mencionase nada relacionado. Rechazó todos los premios y reconocimientos que se le ofrecieron por su extraordinaria carrera.

Ya han pasado veinticuatro años desde que Carlos Torre se exhibiera en pelotas en el piso de arriba del autobús.

– Ven aquí, Ajedrez.

Curioso nombre, el de su gato preferido. El felino da un salto y se arremolina en su regazo. El hombre, agradecido, lo acaricia dulcemente. Está exhausto. Acaba de ganar una intensa partida a Max Euwe. Como en las anteriores partidas del match, antes de empezar el juego ha dejado a sus dos gatos sobre el tablero, oliendo las piezas. Sabe que esto le ayuda. Al comprensivo doctor Euwe no le importa.

– No creo que Alekhine hiciera eso intencionadamente con ánimo de molestarme – diría años más tarde el doctor.

Alexander Alekhine fue campeón del mundo desde 1927 a 1935, año en que perdió el título ante Max Euwe. Además de excéntrico, era un alcohólico empedernido. Poco antes del inicio de una de las partidas del match, lo encontraron tendido en un campo cercano completamente ebrio. En otra ocasión, se presentó a dar una exhibición de ajedrez tan borracho que empezó a orinarse en el suelo ante la concurrencia. La exhibición tuvo que anularse debido a la lamentable “exhibición”. En 1937 retó de nuevo a Euwe y le ganó. Fue otra vez campeón del mundo hasta su muerte, en 1946.

Hace ahora cuatro años desde que encontraron a Alekhine tirado en el campo durmiendo la mona. Los nazis ya han tomado Polonia y están enviando judíos en masa a los campos de concentración. Esa mañana, un oficial de la Gestapo se ha presentado sin aviso en un sanatorio mental de Varsovia. Le atiende el jefe del servicio de Psiquiatría.

– ¿Hay judíos en su clínica?

– No… bueno, sí. Tenemos a un gran maestro de ajedrez, pero está completamente loco.

– Quiero entrevistarme con él. Lo comprobaré yo mismo.

El oficial es conducido a la habitación del enfermo, quien se encuentra tendido en la cama.

– ¿Es usted Akiba Rubinstein?

– Sí, señor.

– Levántese ahora mismo. ¡Venga conmigo!

– ¿Para qué? – responde el paciente levantándose de la cama.

– ¡Para trabajar!

– Ah, a trabajar… ¿a dónde?

– ¡Al campo de concentración!

– ¡Magnífico! ¡Eso me encanta! – dice mientras se coloca el sombrero y se pone la chaqueta.

– ¡Quédese, quédese aquí!

El oficial da media vuelta y se marcha por donde había venido. El polaco se acaba de librar de ser deportado al campo de exterminio de Auschwitz.

Akiba Rubinstein llegó a ser el jugador más fuerte de su tiempo pero no tuvo la oportunidad de disputar el campeonato del mundo, ya que en aquella época el campeón del mundo era quien fijaba las condiciones para disputar la corona a sus adversarios y a menudo exigía elevadas sumas de dinero, como fue el caso de Lasker, contemporáneo de Rubinstein.

Rubinstein sufrió diversos trastornos psíquicos: espasmos nerviosos, timidez patológica, antropofobia (miedo a la gente), hidrofobia (miedo al agua) y manías persecutorias. Pasó los últimos treinta años de su vida en una institución mental.

Ello no le impidió jugar en torneos de élite. Durante un tiempo, una ambulancia lo llevaba cada día desde el manicomio donde vivía a la sala donde se celebraba la competición. Después del juego se lo llevaban inmediatamente.

Era extraordinariamente tímido. En los torneos, después de realizar cada jugada, se retiraba discretamente a un lugar alejado de la mesa “para no molestar al rival”.

No viajó a América a jugar los grandes torneos de Nueva York de 1924 y 1927, por el miedo a viajar en barco, y en las escasas ocasiones en que viajó al Reino Unido lo hizo con los ojos tapados para no ver el mar.

Estamos de nuevo en la época en que el gato Ajedrez olfateaba las piezas.

– Debería usted hacer más ejercicio.

El hombre de origen letón mira al doctor. Sabe que tiene razón.

Días más tarde empezaría con su nueva rutina. Durante el torneo de ajedrez en que participaba, se empeñó en practicar diversos movimientos gimnásticos. Cuando no le tocaba mover sus piezas, aprovechaba para ir a un rincón de la sala y empezaba con sus estiramientos y genuflexiones. Luego se tumbaba en el suelo boca abajo y se relajaba. Los espectadores no lo podían creer.

Aaron Nimzowitsch, uno de los grandes teóricos del ajedrez del siglo XX, nunca llegó a estar incapacitado por una enfermedad mental, pero sus excentricidades rozaron lo patológico. Tenía curiosas costumbres como la de presentarse a los torneos en pijama.

Se consideró a Nimzowitsch como el tercer mejor jugador del mundo, inmediatamente detrás de sus contemporáneos Alekhine y Capablanca. Nunca jugó con ellos un encuentro por el título.

Nimzowitsch fue un gran teórico que aportó muchas ideas y conceptos al ajedrez. Como ejemplo, se puede ver un fragmento de “Mi sistema”. Quizás sea el libro de ajedrez más profundo que se haya escrito.

Estamos ahora a finales de los setenta.

– Él me dio primero.

– Fue sin querer. Luego recibí un puntapié en la espinilla que todavía me duele. Por eso le devolví otra patada.

– Y ayer también me pateaste sin querer, ¿No? Y anteayer.

Aunque parece una discusión entre niños, se trata de dos adultos.

– Señores -interviene el árbitro de la FIDE con una expresión entre sorprendido y cabreado. – Así no vamos a llegar a ninguna parte. Instalaremos hoy mismo una tabla separadora debajo de la mesa para que no puedan darse más patadas en las siguientes partidas, y problema resuelto.

Anatoly Kárpov y Víktor Korchnói no estaban locos. Pero la presión a la que fueron sometidos durante el campeonato del mundo de 1978 los llevó a una guerra psicológica llena de extravagancias. Ya en las primeras partidas, Korchnói apareció llevando unas gafas de sol con cristales de espejo. Sabía que a Kárpov le gustaba mirar fijamente a los ojos de sus contrincantes. Kárpov no se quedó corto. Contrató un parapsicólogo con la misión de interferir y confundir telepáticamente los pensamientos del rival. Cuando se pidió al parapsicólogo que se retirase de las primeras filas del público, Kárpov dijo:

– Se irá cuando tú te quites las gafas.

Más adelante Korchnói se trajo a un par de miembros de una secta hindú para que, a través de la meditación, anularan la influencia del parapsicólogo. También se quejó de que a Kárpov le pasaban mensajes codificados en los yogures que comía durante las partidas. Finalmente, el aspirante perdió y Kárpov siguió ostentando el título de campeón del mundo.

Septiembre de 2001. De pura casualidad, el personaje se encuentra hoy en la emisora de la Radio Bombo de Manila. La primera de las Torres Gemelas acaba de derrumbarse hace unos minutos. La radio cubre la noticia y aprovecha para preguntarle su opinión.

– Ya era hora de que le dieran una patada en el culo a los EU. Aplaudo esta acción, quiero ver cómo América desaparece del mapa.

Pocos años más tarde, tras su muerte, se encontraría en su casa el borrador de una carta que empezaba así: “Estimado Sr. Osama Bin Laden, permítame que me presente. Soy Bobby Fischer, el campeón mundial de ajedrez. En primer lugar, debe usted saber que comparto su odio a…”.

No sólo odiaba a América. Pese a que su madre era judía, su antisemitismo creciente le llevó a afirmar que los judíos habían inventado el Holocausto para hacer dinero.

Robert James Fischer fue uno de los ajedrecistas más geniales, más carismáticos y más polémicos de la historia. Fue campeón de América a los catorce años. Su gran momento fue el duelo contra el campeón del mundo ruso Boris Spassky : el “Match del siglo”, un enfrentamiento entre el capitalismo y el comunismo en plena Guerra Fría. El campeonato estuvo plagado de incidencias y de extravagantes exigencias del americano. Incluso tuvo que intervenir el propio secretario de Estado, Henry Kissinger, para convencer a Fischer de que no abandonara.

Fischer acabaría con el dominio ruso en el tablero desde 1948. Pero tras ganar el título mundial, simplemente desapareció. Tres años más tarde, Kárpov fue declarado campeón del mundo por la incomparecencia de Fischer para defender el título. En su largo ocaso fue creciendo su desequilibrio mental. Su nombre sólo apareció en los medios por diversos escándalos. El hombre que fue un mito llegó a ser perseguido por las autoridades de su propio país. Después de pasar ocho meses en prisión en Japón por viajar con un pasaporte falso, logró asilo en Islandia donde terminó su vida totalmente aislado. Un trágico caso de la historia del ajedrez.

Más allá de su dudosa personalidad, Fischer merece que se lo recuerde por su ajedrez y por lo que hizo por el ajedrez. Su dedicación fue infatigable. Posiciones que durante mucho se habían considerado inferiores se vieron revitalizadas como consecuencia de su capacidad de observar todo como si fuera nuevo.

Bien. Después de esta serie de casos protagonizados por ajedrecistas de primer nivel, uno podría preguntarse: ¿El ajedrez puede llevar a la locura? ¿Es un terreno abonado para el desarrollo de enfermedades mentales? En realidad, estos casos son una minoría en comparación al número de ajedrecistas cuerdos. Digamos que el ajedrez es un juego encerrado en sí mismo, sin conexión con ninguna otra realidad. Un juego solitario cuyo objetivo es destruir al contrario. Personas con obsesiones y tendencias paranoides pueden encontrar en el ajedrez un campo minado. Pero aun así, el ajedrez sería más bien un catalizador, no el origen del problema.

El ajedrez, pues, no significa ninguna amenaza de desarrollo de un desorden psicológico. Más bien al contrario, se ha comprobado que el ajedrez aporta valiosos beneficios a sus practicantes como, por ejemplo, el mejoramiento de la habilidad para planear durante el proceso de toma de decisiones. En la revista Schizophrenia Research, se publicaron los resultados de un estudio que demuestra que jugar ajedrez es una buena terapia para los pacientes con esquizofrenia. Es más, en otro experimento realizado a largo de veintiún años, los científicos concluyeron que la práctica del ajedrez previene contra enfermedades como el Alzheimer y otras formas de demencia. De hecho, no se conocen ajedrecistas que hayan padecido el mal de Alzheimer.

Todo es relativo. El escritor británico Gilbert Keith Chesterton, también llamado “El príncipe de la paradoja”, dijo en una ocasión: «la fantasía nunca arrastra a la locura. Lo que arrastra a la locura es precisamente la razón. Los poetas no se vuelven locos. Los ajedrecistas, sí». Curiosamente el propio Chesterton (quien también fue poeta) padecía una dispraxia de desarrollo sin diagnosticar.

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