El rescate

* Los perros ladran y persiguen niños, confundidos en la algarabía de las aves. Los pasos se convierten en trote y un grupo de arrieros pasa fumando. Echan una ojeada al hombre desparramado bajo el árbol, a su chaqueta roja y al sombrero verde. Sus zapatos ribeteados llaman la atención. Uno de ellos se agacha, recoge una piedra y la avienta al agua. La piedra se hunde pero antes rebota y se acantila silenciosa, en su nuevo hogar.

 

Miguel Alvarado

Viene de lejos. No reconoce las casas ni los nombres de las calles. Se queda parado allí, a mitad del puerto mientras el ferry se aleja lentamente y poco a poco un silencio de gaviotas se posa en el lugar.

Se quita la gorra y mira en la maleta, que cuelga de su espalda. Elige una sombra para sentarse y encuentra bajo un árbol la sombra. La sombra le es familiar y un gusto a polvo, a los arándanos verdes y morados de su tierra se le queda en los dedos mientras chupa las frutas que saca de una bolsa.

Mira y a sus pies está el mar. A lo lejos es ola, montaña líquida que se mueve en pequeños reflejos azulados. Le ciega el sol.

Arroja las últimas semillas a las gaviotas y desata una pelea a la mitad del camino. Las aves deciden y nadie sale victoriosa. Las semillas son aplastadas por la rueda de una carreta que pasa a toda marcha, levantando una nube espesa, caliente de barro seco.

El mediodía es largo y pesado, tiene su propio amanecer y su noche es ancha en el minuto eterno en que sale la luna.

Cierra los ojos y mira la negra blancura de la ceguera momentánea. La sombra se vuelve ese tono rojo oscurecido con el que la sangre alimenta los párpados, los ojos mismos y partículas diminutas de luz bailan, con el rumbo perdido, en el campo extenso de sus pupilas.

Los perros ladran y persiguen niños, confundidos en la algarabía de las aves. Los pasos se convierten en trote y un grupo de arrieros pasa fumando. Echan una ojeada al hombre desparramado bajo el árbol, a su chaqueta roja y al sombrero verde. Sus zapatos ribeteados llaman la atención. Uno de ellos se agacha, recoge una piedra y la avienta al agua. La piedra se hunde pero antes rebota y se acantila silenciosa, en su nuevo hogar.

Pasan pronto. El silencio se hace espeso como si en cada pisada pudiera escucharse el polvo de los pies. El polvo produce una sinfonía de planetas que explotan, nacen o se marchitan siguiendo un orden. Un rayo de luz se filtra por el follaje y permite ver las piruetas de este polvo viajero, reposado en la cara del hombre.

De pronto un gorrión irrumpe el cerco luminoso. Revuelve con sus alas la polvareda pacífica y se arrima en la rama superior, en la algarabía de ese silencio mentecato que dura cinco minutos.

Los niños aparecen con una pelota que patean y se arrebatan en ejercicio prepotente de autoridad. Uno de ello será sacerdote; dos más irán a la guerra y morirán allí, en un campo minado mirando unos ojos gringos, enfundados de pies a cabeza en mantas sucias, con armas robadas.

Por ahora juegan. La bola rueda y rebota en la calle. Uno patea y la pelota sale zumbado, decididamente hacia el agua, donde cae con un plas siniestro que silencia el salvaje partido.

El hombre despierta. Abre los ojos. Luego de observar la orilla, se levanta apoyando las manos en el tronco y verifica su equipaje. Se acomoda la chaqueta y atraviesa la sucia luz, asustando al gorrión.

Los niños lo ven por segundos y vuelven la cabeza. Intentan rescatar el balón pero nadie quiere mojarse. El hombre se acerca con aire distraído y se rasca los dientes con una ramita, como si acabara de comer. Se quita la gorra verde. Un chorro de sudor le escurre desde la frente y observa el mar, hasta donde le alcanza la vista. Los niños lo ignoran. Despacio, casi con sigilo, como si se avergonzara, se despoja de sus ropas. Guarda la gorra en alguna bolsa del pantalón y se zambulle. Brinca de pie y salva los 5 metros que lo separan del agua. La caída alerta a los niños, que gritan y le avientan piedras. Uno sale corriendo a la casa más cercana. El hombre se sumerge. No los oye. Desde el fondo levanta la cabeza y observa al sol. Miles de insectos bailan en la superficie pero los espanta desde abajo, en la imposibilidad de esa placenta verdosa, resbaladiza. Agita los brazos para sentir el hueco del agua en su propio cuerpo y se da la vuelta para ver más allá. Una negrura aérea se abre ante sus ojos y explora con la punta de la nariz la posibilidad de avanzar. La sombra de los niños y los gritos amortiguados le siguen desde arriba como anzuelos.

Por fin avanza. Eructa y mueve las piernas. Se impulsa arriba y busca, antes de salir, la sombra roja de la pelota que se mece acalorada.

Los niños le miran tomarla y acercarse a la orilla, orlada toda de erizos y pequeños animales aconchados. Se apoya en la piedra y la avienta.

Los niños gritan al verla subir y dibujar un arco, salpicando sol del agua que le escurre. Por un momento los colores se descomponen y lastiman los ojos asombrados y doloridos del improvisado rescatista.

Los niños recuperan la pelota y escapan tan pronto la ponen en el suelo. El hombre queda allí, asido al pequeño abismo con las rodillas hasta el pecho, mirando caracoles y cangrejos entrar y salir de recovecos salados.

El agua sube pronto. La marea llega como una larga lengua que se come las alturas. Aunque es de día la luna se ve recortada en el azul de aquel cielo que refleja el agua.

El hombre sumerge la cabeza en las olas que lo lamen. Sube despacio y mira el mar.

A lo lejos alguien corre levantando polvo. Busca sus ropas y no las encuentra.

Voltea de nuevo al mar. Da media vuelta y regresa al árbol, a dormir bajo la sombra.

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