El maldito George

* Parado en el borde, por encima de la orilla, miraba remolinos que astillaban las piedras y el polvo y se preguntaba sin responder. El día comenzaba tarde, sujeto a fuerzas invisibles que lo ataban a la luz filosa de la noche y lo obligaba a arrastrar los pies, como si estuviera ausente. Una sensación de podredumbre le allanaba los caminos. Pudo elegir mientras las palomas, esta vez las de verdad, volaban lejanas en desorden y se posaban en los tejados, porque la ciudad era de barro y todavía los techos amparaban la certeza de quien se cree a salvo al traspasar su casa. 

 

Miguel Alvarado

El aire pasaba entre los dedos de aquella mano incendiada, iluminada en manojos de haces eléctricos provenientes del espacio y los gritos y los sueños y los reclamos. Luego, como un limón azucarado, el viento calló pero no hubo silencio. Todavía las columnas humanas esperaron que algo pasara y explicara las sinrazones de la paloma y la brevedad.

Parado en el borde, por encima de la orilla, miraba remolinos que astillaban las piedras y el polvo y se preguntaba sin responder. El día comenzaba tarde, sujeto a fuerzas invisibles que lo ataban a la luz filosa de la noche y lo obligaba a arrastrar los pies, como si estuviera ausente. Una sensación de podredumbre le allanaba los caminos. Pudo elegir mientras las palomas, esta vez las de verdad, volaban lejanas en desorden y se posaban en los tejados, porque la ciudad era de barro y todavía los techos amparaban la certeza de quien se cree a salvo al traspasar su casa.

Avanzó como pudo entre sombras vegetales, con moscas siguiéndole amancebadas en zumbidos de espanto, sumergidas hasta sus tuétanos, empollando hijos ajenos en su propia carne, reventadas en pacífica combustión mientras el hambre las mataba.

El hambre. Era una forma de llamar a aquello. Esa angustia liminal rodeaba litoralmente el cuerpo lodoso, apenas doblado que le sostenía. El agua corría encementada por el arroyo que decidió seguir, nada más para ver las mariposas y los poblados cercanos.

Rodó la piedra y pisó en ella. Movió las piernas y caminó salpicando el agua con su voluble sangre. Se detuvo. Buscó en sus bolsas y encontró un caramelo, envoltura naranja que en la camisa deslizaba su semilla de fru-frú y la abrió. Enjoyada transparencia, casi pudo probarla aunque en su boca se anidaron para siempre los sabores de la muerte.

Apenas ayer estaba sentado al borde de su cama, a las cuatro de la noche, con la oreja pegada a la pared y las manos enterradas en la almohada. Atestiguaba el otro lado del derrumbe en el silencio desusado del invierno. Las cosas caían, rompiendo los sueños de vecinos y mascotas. Nada más el silencio, decidió salir, abrir la puerta, ya vestido por si acaso. Apoyó la mano en la oscuridad, como pez fuera del agua y avanzó con los ojos cerrados. Pisó, lo supo, delicados huesos regados por arterias abundantes y pateó maravillado calaveras que no miraban desde el cuenco gris.

Avanzó, pues, con paso desusado y la congoja enfiestada. Se asomó a la calle, donde lámparas públicas le enseñaron las reglas de la vida. Encontró en el suelo, al desviar el rostro, las marcas de una guerra que no quería sobrevivientes y que a mordidas soterraba a los caídos de ese campo sin batalla.

Corrió como pudo mientras su sombra se alargaba en bocacalles, perdida en el horror anticipado de lo infecto. Quiso tomar aliento y el aire de la madrugada le golpeó los pulmones. Respiró azulado como absenta o belladona y feliz y tranquilo se dejó roer carpos y cúbitos. Algo estaba detrás de él. Algo estaba en él. Algo había comido de él y ya pensaba como otro, como si ese algo fuera un no sé qué que quedara balbuciendo.

Luego, sobresaltado pero libre, pudo entrar a la iglesia de San Juan de la Cruz, donde se arrodilló casi humano para revisar un cuerpo que ya no era suyo. Contuvo como pudo aquella pereza que le invadía y le ordenaba dormir y limpió aquel rabioso desgarre mientras tomaba las monedas regadas de las alcancías, creyendo todavía que tendrían utilidad.

Salió cuando pudo. La ciudad se alejaba de él, ennegrecida además por la epifanía de la carne. Pronto quiso desnudarse, regalar la ropa a los muertos que ya la ocupaban con urgencia y caminó desangrado en el recuerdo de fiestas y saraos, en la paz serena de soles y lunas.

Más tarde, cuando apenas se distinguía la autopista, los aullidos de un tal Morrison despertaron al viajero. Caminaba pero no lo sabía, pues un barco de cristal navegaba por su memoria aserrando con ebrio filo las marítimas septentriones de neuronas desenchufadas.

Lloró porque esperaba el sol, pero ni aquella radio fantasma logró desentumirlo. Lloró porque ya nada le dolía y comprendió, astuto pero depravado que estaba muerto y que tenía hambre. Despierta, despierta, se dijo como en trance mientras el mundo se convertía en una escena de Breccia, un informe para ciegos que ni siquiera ellos podrían haber leído. Se dejó llevar por aquel trombo que lo ensimismaba y dejó en paredes la mitad de sí mismo, elemento prescindible ya de cualquier cosmos o judería, trepadora planta que se enreda en la superficie del desaliento y el deshábito convertido en disciplina.

Así, asomado al otro lado de la vida pudo ver desintegrado el amasijo del átomo elemental. Entendió, con los ojos escurridos en su cara montañosa, que esta vez no habría segundas oportunidades pero también que no importaban. Y como al dejo, sus manos llenas de certeza dudaron cuando mordió la dura costra de un hombre ensimismado, reflejo suyo, imagen cierta de apenas unas horas y que ahora se escondía en un ádyton profanado pero inaccesible, sostenido por cartílagos innecesarios.

En la ciudad, un hombre compra flores para su casa -que sea la de todos- y prepara café para la esposa enferma, que le espera en cama hace horas, delirante de fiebre, podrida de amor.

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