Las monedas de Patria o Muerte

Miguel Alvarado

Esa vez, el reflejo en la tinta y el olor a mariguana hacían brillar las piernas.

No eran suficientes las calles y las mentiras para mi cara doblegada.

Una fruta y los autos, uno tras otro, cargaban incienso y los ojos reventaban sueño.

No importa que no recuerde el marasmo negro que revolotea lejano: yo tenía sed.

Alguien buscaba mujeres para mí.

Casi todas eran africanas y leían carteles rojos

las monedas de Patria o Muerte

el mar tieso, vociferado.

 

Mis brazos no se elevaron dentre la multitud de manos que se ofrecían a guiarme y quedé solo, escondido.

Era que el día se alargaba dejándome llegar

intocable

detrás de la española y su pasaporte azul.

No aprendí el nombre de los pueblos por los que pasaba porque eran borrascas bajo la lluvia y

 

La tormenta se anunció por la radio pero la gente

bordeando el Horcasitas

derramaba sus pertenencias en pedazos de oro y chocolate.

Verlos me hizo bien

aunque de todas formas estaba triste.

Era julio y alguien se arañaba la espalda, recargada en la pared o lo creía, lo volvía cierto.

También llegó la hora, aunque me quedé lo más que pude, antes de subir a la balsa, empinada por el río.

Veinte mil dólares en las calcetas no evitaron que los pies se mojaran, que lo demás fuera un golpe de cartas, el verde canto de la selva.

 

Era el monte, miseria incendiada.

Y Aura, callada por el ron, como un cigarro.

Envuelto en mis andrajos, sueño la vida violenta

el temor aburrido.

No tuve calor, pero el ruido del remo, las galletas…

Puedo dormir porque está ella.

Viene conmigo y no pregunta nada,

no pregunta nada, perdonen ustedes y ha vivido mi vida en el fondo más pálido.

En esa época tenía dieciséis años.

Ella buscaba casa y yo le abrí la puerta, porque era el amor.

A veces mira desde el vano y su voz tiembla.

La encontré sentada en las piedras, con la mirada clavada, filosa.

Parece la mujer prometida

 

un ebrio                                                      en la noche

 

donde somos felices.

 

Pero está nublado.

Una risa ahoga la casa.

Las tías.

¿Qué mueca las envuelve que las pone de rodillas?

Puede que todo empiece ahí, pero no hay manera de saber, y no quiero.

 

 

El polvo                  la lluvia                  la cancha húmeda y débil

 

una pelota, el mundo era una pelota y no había voces en los cuartos.

 

Sólo por lástima

 

por pena

 

por amor

 

porque era un niño

 

miraba sin importarme las figuras inclinadas sobre la comida.

Hay un sentido para este mariposeo que ni la leche ni el pan, olor a

 

 

madre

 

tan agrio

 

caliente

 

van a quitarme de la piel.

 

Hago como tú.

Me cobro.

Me cobro.

 

Ayer, el otro martes estaba solo, aún con el pelo negro.

Enfrente, los chorros del agua crecen apenas y canta su lengua dulce y venenosa.

Haz tu oficio, hasta que termine el día y podamos mirar sin cuidado.

La cosa es que di la vuelta y regresé por el mismo camino, con el agua salada empalada en el sol

 

-pequeño, mi niño pequeño-

 

y al final de todo, lo peor es un hombre con una mujer dentro.

 

Me asfixio en este olor a tierra húmeda, a cerro.

Tengo mojado el nombre abierto de tus ojos.

Eres de barro, un ídolo, dorada.

Haz lo que todas, amor, ya basta.

 

 

Los golpes, retumbos de la casa que no quisieron irse, miran con su ojo triste de buey -volteo

 

tabique

aliento

 

¿por qué no llueve?

 

Al otro lado está la partera doblada por la mitad.

Le gusta saber que estoy bien y me lleva comida una vez a la semana.

En eso no cambias, como tampoco la mentira que pongo en tus ojos.

Te dije que trabajo, que gano mi propio dinero, que tus libros son menos que basura y tú preguntas qué te has hecho.

Nada que la punta de una aguja, un cigarro no puedan resolver.

A ver mañana qué inventas, para saberlo todo.

En todo caso, la ventana abierta a la puesta del sol.

 

Tonta, tontita

no importa que lo ido traiga rumores, otras cosas y se desborden

espumas en colores todas las tonterías, tonta, tontita, que escurren a los llorados.

 

 

“Hasta mañana”

tu risa de oreja a oreja, de cabo a rabo

fermento de abeja, renovado constante.

 

No debo romper las puertas, sería impropio.

Y con lo bien que van las cosas.

 

Las puertas están rotas y las cosas van mal.

Es un hoyo que atraviesa dos láminas y tiene el tamaño de un bebé.

¿Por qué cantan los pájaros?

No es, lo sé, pero no aguantaba el dolor al mirarte y penetrar a Eva.

¿Por qué?

(Y Aura, porque esta es la paz).

seguros todos

con las manos amarradas.

Eran ricos o tenían miedo.

Más abajo, una tarjeta postal y una línea se acurrucan, golondrinos y

palomas.

Y Aura, callada más que las piedras.

No se puede.

Es inútil, no estoy solo. Solo, en un membrillo, cascarado para adentro, derretido por el trópico.

El pan con leche se derrite en mi boca mientras miras la historia de Alicia ahogada en la taza del té.

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