Viviendo como un sicario

* Corren malos tiempos. Los cárteles controlan la trata de personas, el secuestro, la piratería, el tráfico de armas, la extorsión o venta de seguridad, y ya entran al negocio de la pornografía y el contrabando. Ciertamente, mantienen boyante su vieja ocupación: importar y exportar cocaína colombiana, producir marihuana, heroína, drogas sintéticas e inundar los mercados que puedan controlar. Lo anterior echa por tierra el mal disimulado alborozo porque “vamos ganando (…) los criminales se están matando entre ellos”.

 

Francisco Cruz Jiménez

Como no pasó en ningún otro sexenio, en el de Felipe de Jesús Calderón la barbarie se ha convertido en un tema de máximo interés. Los cárteles del narcotráfico dejan huella. Todos identifican sus zonas de control y sus formas de matar: un balazo en la nuca, uno en la oreja, la lengua cercenada, el dedo índice amputado o el tiro de gracia, el chacaleo —decapitar o degollar— y el enteipado con cinta canela. Cada uno con un significado peculiar, como lo tienen los encuilados o entambados.

Desde diciembre de 2006, cuando se les declaró la guerra, un prolongado discurso de sangre y terror confirmó aquella aseveración de que los mafiosos tienen su propio código de honor y que, con toda seguridad, el número real de muertos es superior al reportado. Los chacas, jefes pesados o capos, como se les quiera llamar, son la máxima ley. Todo es lamentable, terrible. Y ya en 2005, si no es que desde mucho antes, Felipe de Jesús debió tener conocimiento pleno de cuán arraigada y profunda es la violencia del narcotráfico.

Corren malos tiempos. Los cárteles controlan la trata de personas, el secuestro, la piratería, el tráfico de armas, la extorsión o venta de seguridad, y ya entran al negocio de la pornografía y el contrabando. Ciertamente, mantienen boyante su vieja ocupación: importar y exportar cocaína colombiana, producir marihuana, heroína, drogas sintéticas e inundar los mercados que puedan controlar. Lo anterior echa por tierra el mal disimulado alborozo porque “vamos ganando (…) los criminales se están matando entre ellos”.

Sobre los cadáveres se tejen historias de negocios multimillonarios. Sólo en 2008, los cárteles mexicanos produjeron trescientas veinticinco toneladas métricas de opio —con una superficie de hasta cinco mil hectáreas sembradas de amapola—. Desde 2003, México es el tercer mayor productor después de Afganistán y Birmania, que con dieciocho toneladas de heroína y seis mil de marihuana hace tiempo se establecieron en el oeste de África para enviar su mercancía a Europa y, de ser posible, llegar a Rusia.

El único que ignoraba la dimensión real de esta economía criminal era Felipe de Jesús Calderón Hinojosa. Confesiones suyas que se filtraron a través de Wikileaks confirmaron lo que todo mundo sabía: él no tenía una idea clara sobre el tamaño real de la corrupción y el narcotráfico. Más de setenta mil muertos hasta principios de 2012 confiesan la terrible verdad. Y los ciento setenta y siete cuerpos hallados en treinta y cuatro fosas clandestinas en el municipio tamaulipeco de San Fernando, atestiguan el descarnado éxito de la campaña policiaco-militar.

Punto y aparte son los calificativos que llueven sobre él y que, con respeto a la investidura presidencial, se resumen en falta de planeación e incapacidad. Cuando hizo aquella confesión sobre su desconocimiento de la dimensión del problema, debió descubrir que alguien le mintió sobre el auténtico poder de las mafias del narcotráfico o que le habían dicho una verdad a medias.

Una mirada a la historia reciente y un acercamiento a la aritmética simple pudieron haberle abierto los ojos. El martes 27 de septiembre de 2005, por ejemplo, la PGR conoció a fondo la penetración real de Los Zetas, ese temible grupo de sicarios-soldados que nació para imprimirle crueldad a la guerra del narcotráfico y originar un cártel independiente cuyos tentáculos asfixian a dieciocho estados y veintidós países.

El Centro Internacional de Desarrollo Legal y Económico, organismo especializado en la investigación, ha documentado que las organizaciones criminales mexicanas tienen presencia en cuarenta y siete países de Europa, América, África y Asia. Y que son la tercera mayor mafia del mundo, apenas debajo de la rusa-ucraniana y la china.

Las delaciones de un desertor del Sexagésimo Quinto Batallón de Infantería, devenido en matón a sueldo y aspirante a sicario zeta, encendieron las alarmas porque el nacimiento de la organización, con treinta y cuatro desertores de las filas del Ejército Mexicano, cimbró las estructuras del crimen organizado, mostró las debilidades gubernamentales, evidenció una vez más la corrupción de los cuerpos policiacos y exhibió todas las debilidades de las Fuerzas Armadas.

Capturado con su tartamuda al hombro, Karen, el desertor a quien la PGR acogió con mucho interés en su cuestionado programa de testigos protegidos, solía vestir uniforme militar como el que lucieron los niños Calderón Zavala —Juan Pablo y Felipe— en el palco de Palacio Nacional durante el desfile del domingo 16 de septiembre de 2007, aniversario de la Independencia de México.

Sus confesiones parecen visiones en bola de cristal. Primero, los secretos a voces. Todos y cada uno de los pasajes de la vida de Karen explican puntualmente la ola de violencia que se siente en México desde hace ya más de una década. Y del pasado al futuro, éste alcanzó a Felipe de Jesús. La suerte estaba echada y saldría a pedir de boca si Calderón cometía los ya conocidos y reconocidos “errores de cálculo”. Y así fue.

Pero los “errores de cálculo” fueron aceptados hasta 2007, cuando, como en secreto de confesión, Felipe lo comentó al oído del ex presidente español José María Aznar. Y éste, puntual, lo informó a la Casa Blanca. Lo que no reconoció ni confesó Felipe de Jesús fue que un año antes, como candidato presidencial, recorrió el país a lo largo y ancho, y pidió el voto argumentando un pleno conocimiento de las problemáticas, así fuesen focales. Felipe de Jesús prometió todo, incluido un país mejor. Poco o nada ha podido cumplir.

“Un error de cálculo sobre la profundidad y amplitud de la corrupción y también sobre la influencia del narcotráfico en México, que estaba más allá de toda comprensión”, dijo el español al embajador de Estados Unidos en Madrid, Eduardo Aguirre, quien a su vez ayudó a alimentar los reportes de Wikileaks que salieron a la luz a finales de 2010.

El de Calderón pasará a la historia como el sexenio del narco, la denominación corta de todo lo referente al narcotráfico, pues el mercado de las drogas en México se ha posicionado como nunca antes, con ganancias, según cálculos conservadores, de entre cuarenta mil y cincuenta mil millones de dólares anuales. Y de esa fortuna, aproximadamente la mitad se queda en el país.

En otras palabras, una economía pura de mercado. Oferta y demanda. Si los cárteles de la droga estuvieran insertos en la Bolsa Mexicana de Valores poseerían una de las empresas más sólidas, exitosas y con mayor proyección a futuro. Además de boyante, con una organización y control interno envidiados por cualquier institución gubernamental o de la iniciativa privada, el narcotráfico es una industria que genera cientos de miles de empleos por año.

Empleos como el que Karen buscó en la formalidad y no encontró. Terminó en sus sueños de niño: militar. Como los niños que gustan de jugar con soldados de juguete. Karen quería ser como su tío Alejandro Cruz Hernández, paracaidista del primer o tercer batallón de Fusileros Paracaidistas. Algunos primos también estaban en la carrera de las armas, y él cumplió su sueño de toda la vida entre los meses de julio y agosto de 1994.

Pero el Ejército sólo le daba para vivir como “perra flaca”, lo mismo que cuando fue policía municipal en Ozuluama, Veracruz, o en Nuevo Laredo, Tamaulipas. De desertor de las Fuerzas Armadas a policía municipal; de policía a matón a sueldo: ése es su currículum. En el proceso de ser un guardián del orden en su natal Veracruz, en el municipio de Álamo, Karen se unió a una mujer y tuvo dos hijos.

Niños que bien podrían formar parte de las estadísticas que han volcado las miradas internacionales hacia México. Así son las cosas: el crimen organizado ha reclutado, con amenazas o con el atractivo del dinero fácil, a unos treinta mil niños —hay organismos que elevan el número hasta treinta y cinco mil— que realizan una veintena de actividades delictivas, desde tráfico de droga hasta homicidio, pasando por el tráfico de inmigrantes. Los pequeños de hoy no juegan más con soldados de plástico.

La Red por los Derechos de la Infancia en México (RDIM) alertó que de diciembre de 2006 a marzo de 2009 al menos tres mil setecientos niños y adolescentes quedaron en la orfandad por esa guerra sin cuartel. Otras instituciones documentaron que en ese periodo murieron seiscientos diez niños, cuatrocientos veintisiete de ellos en enfrentamientos entre matones y/o en confrontaciones con las Fuerzas Armadas.

La RDIM también registró que, en ese mismo lapso, ciento diez niños y adolescentes murieron en fuego cruzado, mientras que sesenta y tres niños y adolescentes fueron asesinados con sus familiares. En total, se presume que la guerra de Felipe de Jesús contra el narcotráfico ha robado la inocencia de más de cuatro mil niños, ya sea arrebatándoles la vida —la palabra exacta es asesinato— o reclutándolos como sicarios y distribuidores.

“La violencia usada como método para combatir el crimen organizado se pone por encima de la vida y los derechos de la población más vulnerable”, precisa la RDIM en uno de sus informes de 2011. Y a los infantes reclutados los ubica en tres tipos de implicación: adolescentes informantes o espías, que es el más recurrente; producción de drogas, sobre todo en zonas rurales, y pistoleros.

Tal es la historia de Édgar, alias El Ponchis, conocido como uno de los asesinos más sanguinarios del mundo. Este jovencito de 14 años de edad, capturado por el Ejército a finales de 2010, era, según las autoridades, uno de los responsables de decapitar a los rivales del llamado cártel del Pacífico Sur, una célula de la organización de los hermanos Beltrán Leyva con presencia en Guerrero y Morelos.

La entrevista que los medios hicieron a El Ponchis es muy ilustrativa:

—¿Tienes miedo?

—No.

—¿Sabes lo que viene?

—Sí, sé lo que va a pasar.

—¿Por qué los matabas?

—Me ordenaba El Negro —identificado luego como Julio de Jesús Padilla Hernández o Julio Jesús Padilla Hernández—. Sólo me drogaba con mota y no sabía lo que hacía.

—¿Por qué te metiste en esto?

—No me metí, me jalaron.

—¿Estás arrepentido?

—Sí, de haber entrado a esto y de matar.

—Si sales en libertad, ¿qué vas hacer?

—Me voy a ir por la derecha, trabajaré de lo que sea menos de eso.

La prensa hizo eco de ese golpe contra el narco: “Elementos del Ejército capturaron la noche de este jueves a El Ponchis, el niño sicario del cártel del Pacífico Sur, cuya identidad era desconocida, pero su actividad trascendió fronteras al estar relacionado con más de trescientas muertes violentas reportadas en Morelos, a donde tenía la tarea de decapitar y mutilar los cuerpos de sus víctimas”.

Édgar, El Ponchis, fue reclutado a los 11 años de edad por una célula que, inicialmente, comandaban el matón texano Édgar Valdez Villarreal, alias La Barbie o La muñeca güera y El Grande Sergio Villarreal Barragán. Édgar es el adolescente que aparece en un par de fotos y videos que se difunden en internet, decapitando a una de sus víctimas.

El reclutamiento de niños-sicarios es un fenómeno creciente. Hay casos desde el norteño estado de Sinaloa a la fronteriza Ciudad Juárez, o del barrio bravo de Tepito y la populosa Lagunilla en el Distrito Federal, hasta el sureño Tabasco. Por ejemplo, el 1 de febrero de ese año, agentes de la policía tabasqueña capturaron en el municipio de Cárdenas a Gloria, una niña de 13 años “entrenada para delinquir y matar”, según las palabras del gobernador Andrés Granier Melo.

“Esto —dijo— es un mensaje terrible, han penetrado a niños de secundaria y los están convirtiendo en gatilleros. Esto no lo podemos permitir, son valores y es una lucha que tenemos que hacer todo el pueblo [sic] de Tabasco más allá de las autoridades”. Doce días después de su captura se supo que Gloria —detenida con otros tres informantes— formaba parte de un comando responsable del asesinato del militar Carlos Mario Izquierdo de la Cruz.

Gloria confesó que fue adiestrada en el manejo de todo tipo de armas en un campo de entrenamiento para menores de edad que Los Zetas tenían en Tabasco. Luego, en diciembre de 2010, se supo que la hermana mayor de El Ponchis, Elizabeth Jiménez Lugo —de 19 años, aunque se informó que era menor de edad— era cabecilla de la banda conocida como Las Chabelas, en la que también estaba involucrada su otra hermana: Lina Ericka, de 24 años.

El Ponchis mataba y sus hermanas Las Chabelas recogían los cadáveres o las partes, cuando eran desmembrados, para arrojarlos como costales de basura en las carreteras del estado de Morelos. El día de su captura en el aeropuerto de Cuernavaca, desde donde intentaban huir a Tijuana para llegar a San Diego, iban bien armados: El Ponchisportaba una Walther calibre 6.35, una Browning .9 mm, doce envoltorios de cocaína y dos de marihuana; otro tanto cargaba La Chabela menor.

La captura de El Ponchis se remonta a septiembre de 2009. Informes enviados desde Estados Unidos alertaban sobre la existencia de un cártel de narcotraficantes, delatores y pandilleros adolescentes que deambulaban en la frontera con armas de alto calibre. Se sabía que  aceptaban cualquier trabajito a cambio de dinero.

Bautizado como El Niño Sicario, cuando fue capturado y confesó que recibía tres mil dólares por cada rival asesinado y que cuando no encontraba a su víctima ejecutaba a una persona cualquiera sólo para cobrar su comisión, El Ponchis se unió en los anales policiacos a otro menor —de 16 años— identificado como Rosalío Reta, quien estaba al servicio del cártel del Golfo hasta que fue capturado en Monterrey, en abril de 2008.

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