Niños kamikaze

* Drogas, es la primera respuesta cuando se indagan estos casos. Como el texano Rosalío, El Ponchis comenzó su carrera criminal a los 11 años. El primero fue reclutado y entrenado por el cártel de los hermanos Beltrán Leyva; el segundo se adiestró en una célula de la misma organización. Antes de ser enviado a Estados Unidos, donde debía enfrentar cargos por algunos asesinatos, las autoridades descubrieron que a su corta edad, Rosalío era uno de los zetas con mayor porvenir.

 

Francisco Cruz Jiménez

Bautizado como El Niño Sicario, cuando fue capturado y confesó que recibía tres mil dólares por cada rival asesinado y que cuando no encontraba a su víctima ejecutaba a una persona cualquiera sólo para cobrar su comisión, El Ponchis se unió en los anales policiacos a otro menor —de 16 años— identificado como Rosalío Reta, quien estaba al servicio del cártel del Golfo hasta que fue capturado en Monterrey, en abril de 2008.

Estos casos son la muestra de que los cárteles mexicanos retomaron esa especie de escuela que dejó El Cártel de Medellín. La organización colombiana dirigida por Pablo Escobar Gaviria y Gonzalo Rodríguez Gacha, El Mexicano, buscaba a menores en las comunas o barrios marginados de Medellín y los preparaba con un objetivo central: matar y morir. Niños kamikaze.

Drogas, es la primera respuesta cuando se indagan estos casos. Como el texano Rosalío, El Ponchis comenzó su carrera criminal a los 11 años. El primero fue reclutado y entrenado por el cártel de los hermanos Beltrán Leyva; el segundo se adiestró en una célula de la misma organización. Antes de ser enviado a Estados Unidos, donde debía enfrentar cargos por algunos asesinatos, las autoridades descubrieron que a su corta edad, Rosalío era uno de los zetas con mayor porvenir.

Las estadísticas de la PGR aclaran un poco el panorama: de diciembre de 2006 a abril de 2010, al menos tres mil seiscientos sesenta y cuatro menores de edad fueron detenidos en operativos contra la delincuencia organizada.

En su momento, Martín Pérez, director de la RDIM, advirtió: “El fenómeno de los niños involucrados en el crimen no debe ser visto de manera homogénea ni exclusivamente desde el punto de vista criminal, ya que en muchos casos se trata de reclutamientos forzados o de jóvenes sumidos en la pobreza y sin oportunidades que son atraídos por el dinero fácil.

“Tenemos niños y adolescentes, sobre todo en el medio rural, que son amenazados o levantados para obligarlos a involucrarse, para ellos es una cuestión de vida o muerte. Otros, como en las zonas urbanas del norte, se involucran por una cuestión aspiracional.

“Los ‘sueldos’ que reciben estos menores varían según el tipo de actividad y la ’oferta de mano de obra’. Los dos chicos detenidos en Morelos refieren recibir dos mil pesos semanales (ciento sesenta y cinco dólares). Hay un video en internet de un chico, que no ha sido detenido, que dice recibir tres mil dólares por asesinato. En la zona norte, como Ciudad Juárez, se les paga unos doce mil pesos mensuales (unos novecientos sesenta dólares) por tiempo completo y en la Ciudad de México son cinco mil pesos al mes (o cuatrocientos once dólares)”.

La consolidación de Los Zetas como grupo criminal trajo consigo una campaña de venganzas cada vez más sangrientas que desembocó, a su vez, en purgas internas en cada organización y en una carrera armamentista que no se detiene. Pero eso, como confesó a José María Aznar, Calderón no lo dimensionaba.

Aquel martes 27 de septiembre de 2005 se hizo necesario tomar en serio las declaraciones de ese testigo protegido identificado por su nombre clave: Karen. Para cuando fue capturado en Tamaulipas, ya tenía qué contar como agente de la policía municipal de Nuevo Laredo. Y el poder de Los Zetas se extendía por todo el país, actuando como un ejército privado al servicio del cártel del Golfo y controlando la venta de armamento para enfrentar a las corporaciones policiales y al Ejército.

Así contó su biografía a las autoridades encargadas de informar a Calderón: “en agosto de 1995 regresé a mi casa en Álamo, Veracruz. Me di de alta como policía en Ozuluama —un municipio del mismo estado—. Entonces me junté en concubinato con mi actual pareja. En este empleo estuve hasta agosto de 2002. Luego de resolver algunos problemas legales, en abril de 2003 fui a vivir Nuevo Laredo, Tamaulipas, acompañado por mi esposa y mis dos hijos”.

Allí, Karen entró a trabajar en una maquiladora, en el área de arneses para automóviles, pero al mes y medio se cansó de la explotación en las llamadas plantas de producción dividida y atendió una convocatoria para ingresar a la Policía Municipal.

En agosto de 2003, una vez aprobados los exámenes, vistió por vez primera el uniforme oficial de la policía de ese municipio tamaulipeco. Y “mi jefe de grupo —Cresencio Astorga Castañeda—, a quien conocíamos como Cuma por comandante inmediato superior, me ofreció ganar más dinero para salir de perra flaca.

“Me dijo que se trataba de hacer revisiones a vehículos y personas sospechosas que nos indicara el grupo conocido como Los Zetas, que en ese momento estaba bajo las órdenes de Iván, alias Talibán 50, encargado de la plaza de Nuevo Laredo, dedicados al tráfico de drogas y a los levantones —sinónimo de secuestro con visos de ejecución— de la gente que se oponía a sus intereses o de la contra, como le dicen a los grupos contrarios”.

Tiempo después, Talibán 50 fue identificado plenamente como Iván Velázquez Caballero, responsable de la célula en Nuevo Laredo de Los Perros Adiestrados o Los Zetas. Y precisamente ese nombre figuraría en una lista que a finales de marzo de 2009, la Procuraduría General de la República publicó en el Diario Oficial de la Federación.

Junto con la lista, en la que estaban también los nombres de Heriberto Lazcano Lazcano, El Lazca; Jorge Eduardo Costilla Sánchez, El Coss; Ezequiel Cárdenas Guillén, Tony Tormenta; Miguel Ángel Treviño Morales, el L-40, Comandante 40 o Z-40; Joaquín Guzmán Loera y/o Joaquín Archivaldo Guzmán Loera, El Chapo; Ismael Zambada García, El Mayo Zambada e Ignacio Coronel Villarreal, Nacho Coronel, entre otros, se ofrecía una recompensa de hasta treinta millones de pesos —unos tres millones de dólares— por la captura de cada uno de los veinticuatro líderes de los cárteles, y de hasta quince millones de pesos por cada uno de los trece lugartenientes de las organizaciones criminales dedicadas al narcotráfico. En total, treinta y siete cabecillas y lugartenientes.

“Bajo el nombre de clave [sic] 10-082 empecé a trabajar para Los Zetas. Me pagaban trescientos dólares quincenales, que recibía de manos de Pedro Chávez, uno de los comandantes del GOP o Grupo Operativo Policial —cuerpo élite de la Policía Municipal de Nuevo Laredo— o de su segundo, de apellido Castillo, quienes recibían el dinero de mano de Talibán 50 o del personaje que éste enviara, para cubrir las cuotas de ayuda o pago por protección.

“Esta actividad, en la que estaba involucrado casi un noventa por ciento de los policía [sic] municipales de Nuevo Laredo, era diversa. Comprendía vigilancia, seguimiento y apoyo, en caso necesario a cualquiera de Los Zetas. En ocasiones vigilábamos los movimientos en algunas casas que nos indicaran, seguíamos a los vehículos o gente que salía de ellas o deteníamos a cualquier vehículo que les pareciera sospechoso.

“Parábamos el automotor pretextando una revisión cualquiera, nos cerciorábamos que no llevaran droga ni armas, chocábamos [sic] las identificaciones y dábamos aviso a través de la radio que nos entregaba la organización. En ocasiones los reteníamos hasta que llegaran Los Zetas o el propio Cuma se los llevaba hasta un punto, y no se volvía a saber del vehículo ni los tripulantes… a veces los mataban”.

Karen estaba en el camino y sus delaciones se sumaron a las de otros testigos protegidos, como Rafael, para pintar el panorama de los primeros reclutamientos en Hidalgo o Puebla, de donde era originario —o es, porque hasta hoy persisten las dudas sobre su muerte— y en donde crecía la triste fama de Arturo Guzmán Decena, Z-1. Las revelaciones incluyeron el proceso de capacitación militar en Matamoros, Tamaulipas, y en China, Nuevo León.

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