Los ojos de Karen

* La cifra de los reconocidos quince mil doscientos setenta y tres homicidios perpetrados con violencia extrema en 2010, dio la vuelta al mundo y fue motivo de estudio para instituciones internacionales como la Universidad Alemana de Heidelberg, que en su informe “Barómetro de conflictos 2010” clasificó a México como el primer país en guerra en el Continente Americano desde 2003. Su violencia y sus muertos sólo son comparables con los de países como Afganistán, Irak, Paquistán, Somalia y Sudán.

 

Francisco Cruz Jiménez

Las ejecuciones del primer año de gobierno de Felipe de Jesús, según cifras recabadas por cada Procuraduría estatal, rebasan con mucho a las oficiales pero hay una cifra negra que nunca se contabiliza, mientras otros homicidios son atribuidos al llamado fuero común. Pero aun con las cifras reconocidas, la situación alarma: el aumento en las ejecuciones supera en setecientos por ciento a las ocurridas en el sexenio anterior.

Del 1 de diciembre de 2006 al día 31 del mismo mes de 2007, por ejemplo, se reportaron dos mil ochocientos sesenta y ocho asesinatos en la guerra contra el narcotráfico. Para 2008 ya eran seis mil ochocientos treinta y siete y, para 2009, nueve mil seiscientos catorce, hasta llegar a los quince mil doscientos setenta y tres de 2010. Aunque si se toman en cuenta informes de las procuradurías estatales, en 2009 el número se ubicaría en once mil setecientos cincuenta y tres, además de diecinueve mil quinientos cincuenta y siete en 2010.

La cifra de los reconocidos quince mil doscientos setenta y tres homicidios perpetrados con violencia extrema en 2010, dio la vuelta al mundo y fue motivo de estudio para instituciones internacionales como la Universidad Alemana de Heidelberg, que en su informe “Barómetro de conflictos 2010” clasificó a México como el primer país en guerra en el Continente Americano desde 2003. Su violencia y sus muertos sólo son comparables con los de países como Afganistán, Irak, Paquistán, Somalia y Sudán.

De los números aceptados, treinta mil novecientas tres muertes fueron atribuidas a ejecuciones; tres mil ciento cincuenta y tres a enfrentamientos, y quinientas cuarenta y seis a las agresiones contra las autoridades. Y casi noventa por ciento de los homicidios se cometieron para amedrentar rivales o disciplinar a los cómplices.

Ya antes, los alemanes habían clasificado a México como un país en “crisis violenta”, primero por el levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y luego, en 2006, por los conflictos con la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca y la incertidumbre en torno a las elecciones presidenciales.

Felipe de Jesús cree, sin embargo, que la percepción de la violencia en México está sobredimensionada, pues en el continente hay países que superan el número de muertos en territorio nacional. El 7 de enero de 2011, durante un almuerzo de trabajo enmarcado en la XXII Reunión Anual de Embajadores y Cónsules de México, en Los Pinos, el presidente mexicano, en un intento más por defender su estrategia contra el narcotráfico, presumió “cómo andamos con respecto a otros países”.

“A pesar de lo intenso que es, precisamente, este tema en todos, también debemos señalar, debemos poner en perspectiva también la dimensión de la violencia en México. Cómo andamos, insisto, con respecto a otros países. Por poner varios ejemplos, la tasa de homicidios en México está alrededor de trece homicidios por cada cien mil habitantes. Es una cifra alta.

”Pero también vale decir, por ejemplo, que países como Venezuela está oficialmente en cincuenta y dos homicidios por cada cien mil; que países como Honduras, Guatemala y El Salvador, los tres tienen cifras arriba de setenta homicidios por cada cien mil; que Jamaica está arriba de setenta homicidios por cada cien mil; Dominicana está en cuarenta y ocho; Colombia, incluso con todo el éxito que ha tenido nuestro amigo Álvaro Uribe, está, precisamente, todavía con treinta y nueve homicidios por cada cien mil. Brasil, por ejemplo, tiene veintidós homicidios por cada cien mil. Aquí hay también una paradoja perceptual”, defendió.

A finales de marzo, un grupo de setecientos quince medios de comunicación de todo el país —convocados por Televisa, TV Azteca, El Universal y Milenio— se plegaron a la solicitud de Felipe Calderón para redefinir la cobertura y el tratamiento dado a las noticias sobre violencia y narcotráfico.

Según ellos, “la estrategia, que cuenta con el apoyo de empresarios, universidades y organizaciones de la sociedad civil, tiene como reto central consignar hechos con valor periodístico, pero limitar sus efectos propagandísticos (…) con la responsabilidad de actuar con profesionalismo ante la ola de violencia sin precedente que se vivo [sic]”. Esto dio pie para interpretar que los medios no se apegaban fielmente a los hechos ni actuaban con profesionalismo.

Triste consuelo: los testimonios de Karen mostraron que desde 2005 el nuevo ejército del sicariato se había tornado excesivamente sanguinario para enfrentar a otros cárteles por el control del mercado del narcotráfico. Además de sus muertos regados por cada municipio, las actividades de Los Zetas se extendían al cobro por seguridad y a una nueva modalidad para reclutar a los jóvenes, con tres exigencias clave: lealtad, disposición para matar y perderle el miedo a la muerte.

La ofensiva zeta debilitó a las estructuras oficiales y cada día que pasaba tenía una mayor participación en el mercado del narcotráfico. Pero, palabras más, palabras menos, ésta es su historia tal cómo la contó Karen a los agentes del Ministerio Público que le tomaron su declaración aquel septiembre de 2005. El relato quedó plasmado en la averiguación previa PGR/SIEDO/UEIDCS/222/2005:

“Por el mes de julio o agosto de 1994 me di de alta en el Ejército mexicano como soldado raso de infantería, siendo asignado al Sexagésimo Quinto Batallón de Infantería, en el Campo Militar número uno, con sede en la Ciudad de México”. En el Ejército había estado su tío Alejandro, pero también “otros primos, cuyos nombres no recuerdo, estuvieron como militares en distintas partes de la República. En aquel batallón —el sexagésimo quinto— estuve aproximadamente diez meses, pero como el sueldo no me alcanzaba me sentí agobiado y decidí desertar”.

Y desertó para emplearse en una tarea mucho más lucrativa. Según datos del Departamento de Justicia de Estados Unidos, el negocio de las drogas ha generado más empleos que el gobierno de quien en campaña se hizo llamar ‘el presidente del empleo’. En los hechos, los puestos laborales creados en 2010 no fueron suficientes para recuperar los perdidos durante la crisis de 2008 y 2009.

En esos dos años se perdieron un millón cien mil plazas. Además, habría que incluir las que, atendiendo a proyecciones gubernamentales, se debían crear, por ejemplo, en 2009: un millón doscientas mil nuevas vacantes. Visto de esa manera fría, las creadas en 2010 ni siquiera alcanzaron para reponer las que desaparecieron durante la recesión.

Si se contaran sólo 2009 y 2010, el gobierno federal tenía, al iniciar 2011, un rezago de siete millones de plazas. En contraste, la industria del narcotráfico crea unos trescientos mil empleos a través del cultivo de marihuana y opio. A esa cifra debe sumarse la chamba de ciento cincuenta mil personas más, que fungen como sicarios, dealers, correos o contadores, si se atienden las cifras que manejan los organismos de Justicia de Estados Unidos.

Tras una larga historia de complicidades entre gobernantes, cárteles y capos, es precisamente en el sexenio de Felipe de Jesús cuando todo empeora. Las complicidades y la corrupción tienen continuidad, pero con un ingrediente adicional: la sangre.

Ríos de sangre alimentados por los treinta y cuatro mil seiscientos doce muertos registrados del 1 de diciembre de 2006 al día 31 del mismo mes, pero de 2010. En términos fríos, y atendiendo al cuerpo humano y sus proporciones, esos muertos representarían ciento cincuenta y seis mil doscientos cuatro litros de sangre que, a su vez, se traducen en trescientas doce mil cuatrocientas ocho unidades, suficientes para abastecer, al menos, a seis bancos de sangre de Tamaulipas.

Como referencia, el de Ciudad Victoria, la capital de Tamaulipas, inaugurado el 4 de diciembre de 2010, que tiene capacidad para procesar hasta cincuenta mil unidades de sangre al año. Y como todos los centros de este tipo a nivel nacional, adolece de falta donadores.

La violencia en México, resultado del narcotráfico, no sólo puede medirse en litros o en muertos, sino en millones de dólares. Los cárteles y las actividades ilícitas que de ellos se desprenden han generado los empleos que la administración calderonista ha sido incapaz de crear.

El dinero “limpio” luce cada vez menos ante los mares de billetes que produce a diario esta lucrativa e ilícita empresa. Para muestra, lo que dicen los expertos. Calificadoras internacionales advierten que para México habrá serias consecuencias en el mediano plazo, pues la inseguridad se concentra en cinco entidades federativas que, en suma, producen veinte por ciento del Producto Interno Bruto a nivel nacional.

De acuerdo con informes de la calificadora estadunidense Fitch Ratings, “aunque la violencia está altamente concentrada y muy relacionada con los cárteles de la droga, el hecho de que se haya extendido a Monterrey ha exacerbado el ‘problema de percepción’ en relación con esta cuestión”. No obstante, señaló que la inversión del uno por ciento del PIB que el gobierno ha destinado para combatir esta problemática es insuficiente, pues no ha derivado ni siquiera en aparentar que la inseguridad está bajo control.

“La evidencia anecdótica sugiere que el aumento de la tasa de criminalidad parece estar afectando los niveles de confianza, y el comercio al por menor, restaurantes y actividades relacionadas, vulnerando el crecimiento del país”.

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