¿Reforma laboral?

* Datos extraoficiales señalan que en México 26 millones de personas trabajan en la informalidad. En un país de 114 millones, menos de la mitad trabaja. Las pequeñas y medianas empresas proveen el 75 por ciento de los empleos. Eso puede explicar el precario equilibrio económico en una nación donde las reservas, según las cuentas de Felipe Calderón, llegan a 160 mil millones de dólares, de los que 75 millones de mexicanos no ven ni de pasada.

 

Miguel Alvarado

En México las cosas son lo que parecen. No hay engaños. El presidente Peña lo es. Hizo trampa. El Grupo Atlacomulco gobierna de manera total al país y extiende su influencia en cada “gira” que su cabeza visible realiza. Hará lo imposible por conseguir las reformas constitucionales que terminarán e consolidarlos para siempre en el poder público. México tiene dueños, pero no son los mexicanos.

Datos extraoficiales señalan que en México 26 millones de personas trabajan en la informalidad. En un país de 114 millones, menos de la mitad trabaja. Las pequeñas y medianas empresas proveen el 75 por ciento de los empleos. Eso puede explicar el precario equilibrio económico en una nación donde las reservas, según las cuentas de Felipe Calderón, llegan a 160 mil millones de dólares, de los que 75 millones de mexicanos no ven ni de pasada. El turismo, el petróleo y ahora el narcotráfico inyectan, cada uno en un año, 40 mil millones de dólares. De ese monto, el que proviene del narco es que el circula más libremente, tanto que se ha convertido en sostén principal del mexicano. Otra cifra alude que el narco en realidad produce los 160 mil millones de dólares anuales que no alcanzan para sacer de la pobreza extrema a 50 millones de habitantes. Así, dice el investigador Fernando Valadez, del Comité Contra la Tortura, que “el 20% de la población posee el 80 por ciento de la riqueza y el 80 por ciento vive con el 20 por ciento”.

El ciudadano común no entiende la reforma laboral, sumida todavía en la jerga política y tecnócrata de los analistas. Pero hay dos posturas, los que la aceptan, aunque sea imperfecta y los que creen que terminará de hundir a los trabajadores mexicanos. Por un lado, el empresariado se centra en que al menos terminará con los abusos por parte de empleados que demandan indemnizaciones por 50 meses de salarios caídos cuando en realidad algunos laboran una semana o menos. Las quiebras de las pequeñas empresas, dicen, se deben en gran parte a esa actividad, que se ha convertido en modus vivendi de un gran sector de la población. Parcos, los empresarios aseguran que no hay que considerar por ahora la postura de los sindicatos.

El otro lado de la moneda ubica, precisamente, a los sindicatos y a políticos de izquierda, al menos del PRD. Criticados los dos sectores, tan villanos como los patrones y la derecha, opinan sin embargo que agudizará “inestabilidad en el empleo, bajos salarios, pago por horas, negación del pago de horas extras y vacaciones, eliminación de la contratación colectiva y el derecho de huelga”, aseguran los opinadores Marco Aurelio Palma y Juliana G. Quintanilla.

Según ese punto de vista, esa iniciativa viola 65 convenios internacionales, “entre ellos el Pacto Internacional de los Derechos Civiles y Político, el Pacto Internacional de los Derechos Económicos Sociales y Culturales y diversos convenios de la OIT”, escriben Palma y Quintanilla.

Vale la pena citar algunas consideraciones, claras al menos en la escritura: “se destruye el derecho y principio constitucional de la estabilidad en el empleo, sustituyéndolo por empleos eventuales implementando contratos de prueba. Se elimina la posibilidad de que un trabajador acumule antigüedad en su empleo y mejore su salario. Una persona podría estar por años laborando bajo contratos eventuales. También se crea la figura del libre despido, se exime al patrón de entregar causales de despido y se emplaza el pago de salarios caídos hasta por un año. Las mujeres serían las primeras en perder el empleo bajo la ideología machista de que deben regresar a casa a hacerse cargo de la familia. Además se pulveriza el salario con la modalidad de pago por hora, lo que equivaldría a 8 pesos considerando que el salario mínimo actual es de 59 pesos”.

Casi todos los asalariados -término hasta peyorativo popularizado por las leidis de Polanco, actrices de Televisa reclamaban su detención por escandalizar- se preguntarán qué tiene lo anterior de novedoso.

La mayor parte de los mexicanos trabajan desde hace años en esas condiciones. ¿Eso no lo sabe la izquierda? ¿Eso no lo saben los sindicatos? En el perverso juego de hacerse el tonto para sacar provecho, los partidos “progresistas” se enojan y satanizan cuando es sabido que “dios le paga un salario al diablo”. La pobre izquierda, depredada por ella misma, nada hará a favor de las clases trabajadoras, condenadas a obedecer por siempre jamás, incluso en regímenes socialistas. Menos los que ahora se hacen llamar “neocons”.

Por lo que se refiere al “derecho y principio constitucional de la estabilidad en el empleo”, la figura se pinta sola. ¿Estabilidad? ¿Principio constitucional? ¿Es algo que el IFE, por ejemplo, promueve con el ejemplo? ¿O los mismos partidos políticos? ¿La Suprema Corte de Justicia? La risa es la respuesta.

Otro punto: “empleos eventuales implementando contratos de prueba”. En la realidad, uno siempre está a prueba y acepta porque, por el momento, no hay de otra. Pocos patrones garantizan, ni siquiera, un contrato de prueba y se ahorran el papeleo implementándolo de “palabra”, misma que cumplen la mayoría de las veces.

Uno más: “se elimina la posibilidad de que un trabajador acumule antigüedad en su empleo y mejore su salario. Una persona podría estar por años laborando bajo contratos eventuales”. Otra vez, la ceguera o estupidez de los políticos de izquierda y los sindicatos. Cualquiera que haya trabajado ha pasado por una experiencia similar y da lo mismo que se legalice, pues ya se practica. Es un uso, es una costumbre. Injusta, ilegal, pero costumbre.

La lista es larga: el libre despido, las mujeres embarazadas que no encuentran trabajo o son corridas debido a que su estado les impide trabajar pero seguirán cobrando, los pagos por hora o por trabajo realizado, como free-lances sin la seguridad social, pero que además su pago puede quebrar a pequeñas y medianas empresas y finalmente, el salario mínimo y la regulación de la subcontratación.

La farsa de la reforma laboral está diseñada para un país como éste, donde cualquiera como Peña Nieto puede ser presidente, donde Televisa tiene el carácter de Secretaría de Estado y un negocio ilegal es el principal sostén de la economía. Así, 95 mil muertos son “transformados en filosofía, ideología, postura social y de vida” y son absolutamente necesarios para legitimar el trabajo de un presidente al que algunos califican de valiente por “enfrentar” a narcotraficantes cuando ésa es su obligación y para ello fue elegido y se le paga.

Los objetivos de la reforma laboral pintan de cuerpo entero la realidad mexicana: “promueve la exportación de mano de obra mexicana permitiendo al gobierno deslindarse de su responsabilidad prevista en el artículo 123 sobre crear empleos y garantizar la organización social para el trabajo… para el sector minero, prevé medidas de seguridad ya establecidas por la ley vigente que son deliberadamente ignoradas por las empresas. Las sanciones que propone la reforma son mínimas aún en caso de que los trabajadores pierdan la vida en la mina”. Algo así como Pasta de Conchos o el programa mexiquense que envía campesinos y enfermeras al Canadá, para que trabajen allá legalmente, por un año.

No es necesario abundar en que casi todos trabajan más de 8 horas, excepto algunos sindicalizados. Todos los días se enfrentan condiciones de despido propiciadas por las infames condiciones en que se labora y que se firma una renuncia antes de ser contratado.

En un país de simulaciones, algún día será necesario oficializarlas. La reforma será aprobada y causará polémicas, enfrentamientos políticos pero no un estallido social lo suficientemente fuerte como para despertar conciencias porque los mexicanos vivimos en esa reforma hace decenas de años. 

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