Zapatos puntiagudos

* Es malo, está sucio. Tiene perros. Muchos, más de diez. Y camina por las calles como si fueran suyas porque se detiene donde se le antoja y se sienta en las sombritas de los árboles o de las casas con portones. Luego, trae un plumón y hace chinos. Bueno, figuras extrañas como uno de esos muñecos de palitos que las niñas hacen en la escuela y que trazan con sus lápices Blanca Nieves. Nada más que los del hombre, el mugroso, tienen cara de chinos, como de mandarines y junto a ellos escribe cosas, bien raras pero chidas, como una que dice “la influenza es culpa de los gachupines”.

 

Miguel Alvarado

El calor sofoca entre las ropas casi negras, manchas de mugre como colguijos que itineran mapas, líneas cardinales trazadas en el azar de una elección de vida. Abre sus fauces y brinca feliz, ni siquiera hambriento, junto al amo y sus amigos, mientras recorre las calles de la ciudad.

– Mira, ese señor tiene más perros que vidas.

– No, no son tantos perros. Yo conozco otros que han tenido más. Hasta los cuidan mejor que asu familia y los dejan entrar a las casas, dormirse debajo de las cobijas.

– Pero están bien sucios –dicen las niñas- Y huelen feo, a perro muerto. Deben ser malos. Y el señor está flaco y parece malo, no te creemos que no sea malo, porque el otro día nos contaron que persiguió a unos niños y les pegó con ese palo que lleva en las manos.

Es malo, está sucio. Tiene perros. Muchos, más de diez. Y camina por las calles como si fueran suyas porque se detiene donde se le antoja y se sienta en las sombritas de los árboles o de las casas con portones. Luego, trae un plumón y hace chinos. Bueno, figuras extrañas como uno de esos muñecos de palitos que las niñas hacen en la escuela y que trazan con sus lápices Blanca Nieves. Nada más que los del hombre, el mugroso, tienen cara de chinos, como de mandarines y junto a ellos escribe cosas, bien raras pero chidas, como una que dice “la influenza es culpa de los gachupines”.

– Pero nadie lee lo que escribe –dicen las niñas-. A nosotras ni nos gusta leer pero sí nos gustan sus chinitos, los que pinta en las calles. Un día lo vimos desde lejos y como que nos quería pegar porque se volteó y nos miró con sus ojos rojos, casi negros y dijo algo que no le entendimos, pero nos quería pegar. Entonces nos echamos a correr, pero luego regresamos y vimos su dibujo. Está chido… bueno, no tanto.

La geografía del hambre recorre a las niñas, que se miran sonrientes mientras buscan dulces en sus mochilas y hablan de todo lo que miran, como si todo lo traspasaran. La calle, la escuela, son el resultado de una elección que a veces no quiso tomarse pero se hizo y en las llagas, las de verdad, las que el señor aquel se pinta en las manos y en las piernas flacas, apenas se puede leer el mensaje que envían a quienes sirve de filtro, de ejemplo inoperante de desvirtudes y católicos ascos. La vagancia, por ejemplo, es aquel helicóptero de la policía, pintado de azul, que recorre la ciudad tres veces al día y que asustaba a mi esposa cuando era el mundo.

“Yo le hablé un día”, dice el ilustrador Hugo Arboleya sobre el dueño de los perros. Le dije, “hola, regáleme un dibujo de uno de los chinitos. Y me lo dio. Estaba sentado en la calle y luego se me quedó viendo y me dijo que tú también dibujas chingón”.

Ahora resulta que todos conocen al vagabundo, que es un personaje de la ciudad y que tiene razón. Pero pocos saben dónde vive y que se llamaba Porfirio, antes de que los periódicos publicaran sus datos. Unos hasta dijeron que había sido senador o estudioso de la política y que por algo, tal vez por político, se había quedado al margen de todo.

 

La anécdota del desahucio recorre entonces paisajes de sicarios y balas que zumban entre las cúpulas de las iglesias, cerradas para los animales y los vejestorios que piden limosna a las puertas de la Catedral. El de los perros no pide y se pone al pedo, como cuando defiende a sus animales y los policías –tres, dicen- lo detienen para que no chingue. Tarde o temprano lo harían, de todas formas. Afea, es una conciencia maltratada incluso por él mismo. Y puede ser pobre, si quiere, o sucio, pero que no se les ponga al brinco a los policías, que tanto trabajo tienen cuidando las casas de los políticos, juntando para la cuota diaria que les piden los comandantes.

Las niñas miran los chinitos. Están en algunas paredes, en los tubos de los semáforos, en las vallas metalizadas que adornan pornográficas los lugares comunes, tan públicos, tan colectivos. Deletrean como pueden, porque apenas están en la primaria y solamente leen los libros de texto oficiales, los mensajes que deja aquel personaje.

– Mira, son como los que están en el baño de la escuela.

– No, los de la escuela son más bonitos, ¿no ves que hasta les ponen flores y toda la cosa? Estos parecen como las letras que hacen los maestros, nomás que dice cosas raras.

– A ver, ga-chuu-piii-neeess. Gachupines. ¿Y qué es eso?

– Pues son los zapatos puntiagudos.

– Ah, ¿en serio?

– No, ¿cómo crees? Ya, mejor vamos a ver Hanna Montana a la casa.

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