A la velocidad de la luz

* He tenido exactamente lo que he deseado y mil veces más. Y todo, absolutamente todo, se me ha retribuido. Pasé toda la adolescencia inhibiéndome, temiendo a las posibles consecuencias, a las humillaciones, a no “encajar” y, curiosamente, lo atraje hacia mí. Limité mi propia alegría pensando que, hasta el momento en que tuviera a una u otra chica, estaría completo porque “algo” me faltaba. Culpé a todos y a todo, a mi familia, a mis amigos, a mis “enemigos”, a los amores no correspondidos, a la ciudad, a la sociedad , al país, al Club Bilderberg, a la mercadotecnia, a la sociedad de consumo, a los Estados Unidos, a mí, a mi físico, a mis enfermedades.

 

Hugo Arboleya

Me levanto de la cama exactamente a las cuatro de la mañana. Dejo de dormir porque un sueño funesto me ha arrebatado el descanso, otro tipo de pesadilla, la más peligrosa de todas… la pesadilla que se alimenta por sí sola, pues tú has puesto exactamente las condiciones para que se materialice. Y ésta no es más que la sombra de aquello que no has podido conseguir estos últimos años. Una hermosa sonrisa es mucho más peligrosa que el más cruel de los monstruos. Las palabras que siempre has ansiado oír de cierta persona son el más letal de los venenos, al no poder escucharlas en la vida real.

Inquieto, me voy incorporando poco a poco, abro los ojos y, en medio de la oscuridad de mi cuarto, poco a poco voy hallando luz. No tomo el libro de cabecera lleno de citas sabias para tratar de serenarme. No abro al azar la Biblia para encontrar un versículo que me diga exactamente lo que tengo que hacer. No sollozo en silencio como lo he hecho ya largo tiempo. Dejo que los problemas surjan abiertamente en mi mente: los miedos, las inseguridades, los asuntos pendientes, las frustraciones, el enojo, la ira, el odio, los nombres y los apellidos, los celos injustificados, las envidias pasajeras, los “no” anticipados. Desde luego, y como todo ser humano, pienso que esto es pasajero y se resolverá solo, que se trata de una “etapa” o “prueba” más, que cuando la tenga en mis brazos, cuando de sus labios escuche un “sí”, nada más me molestará. El dolor desaparecerá mágicamente y seré feliz, por un tiempo.

De la nada, caigo en cuenta de que en medio de ese torbellino, esas mariposas en el estómago y esos puños crispados empiezan a ceder. Me quedo en silencio, en posición fetal, con la cabeza apoyada contra la almohada y la única respuesta que necesito en ese momento llega por sí sola. He vivido, al igual que millones, de manera equivocada.

He tenido exactamente lo que he deseado y mil veces más. Y todo, absolutamente todo, se me ha retribuido. Pasé toda la adolescencia inhibiéndome, temiendo a las posibles consecuencias, a las humillaciones, a no “encajar” y, curiosamente, lo atraje hacia mí. Limité mi propia alegría pensando que, hasta el momento en que tuviera a una u otra chica, estaría completo porque “algo” me faltaba. Culpé a todos y a todo, a mi familia, a mis amigos, a mis “enemigos”, a los amores no correspondidos, a la ciudad, a la sociedad , al país, al Club Bilderberg, a la mercadotecnia, a la sociedad de consumo, a los Estados Unidos, a mí, a mi físico, a mis enfermedades. Y lo peor… no pude caer en cuenta de que las cosas eran y son realmente simples… y que lo único que necesitaba era escucharme y saber lo siguiente:

“…Que no existe cosa más jodidamente triste que obsesionarse con que vamos a ser felices hasta que consigamos todo lo citado arriba. Entre más duro se aprieta el puño, más rápido se escapan las cosas. Hablo en serio. Tuve que dar un rodeo de miles de kilómetros para llegar a algo que se ha repetido hasta la saciedad durante al menos 10 mil años. La única fuente inagotable de felicidad es uno mismo, esa es toda la verdad. No vale la pena revolcarse en lo mismo de hace ya tiempo. Hemos vivido acomplejados, enajenados con el control, jerarquizando a la gente según su inteligencia o belleza física. Confundimos el amor con el deseo, la vida con muerte, la astucia con la falta de escrúpulos. Qué más se puede decir. Hay tantas señales. No hay secreto para la felicidad pues cada uno la lleva consigo. No busques en otro lo que a ti te falta, porque no te falta nada…”.

…Y así la sonrisa se empieza a dibujar en mi rostro. No, no es esa… no es la mueca burlona y cínica que muchos conocen. Esta vez es auténtica, tan auténtica que pronto se convierte en palabras solitarias que solo yo puedo escuchar. Digo “estoy en paz”. Estoy en paz y siento un suave cosquilleo, cálido, una sensación de inmenso bienestar me invade, una que no había sentido en años.

La última vez que recuerdo haberla sentido fue cuando probé LSD.

Me levanto de cama, me pongo los tenis, bajo al estudio, prendo el monitor.

Pienso “van a decir que soy bien gaytorade

Empiezo a escribir. No caminaré a la velocidad de la luz ni me volveré a encorvar.

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