Dos mil pesos semanales

* En febrero de 2011, la Auditoría Superior de la Federación publicó algunos resultados nada alentadores. “México es el tercer país con mayor número de policías: quinientos catorce mil seiscientos treinta y ocho, sólo por debajo de India, que reporta un millón treinta y dos mil novecientos sesenta y Estados Unidos, con novecientos cuarenta y un mil ciento treinta y nueve. Y, respecto al número de policías por cada cien mil habitantes México tiene cuatrocientos setenta y nueve, por encima de Estados Unidos con trescientos tres; España, doscientos ochenta y seis; Sudáfrica doscientos setenta y seis y Colombia, doscientos doce; Chile, ciento ochenta y cinco e India, con noventa y seis”.

 

Francisco Cruz

Felipe Calderón no miente cuando dice que su gobierno se ha preocupado por crear empleos. Con sus omisiones, la falta de oportunidades, la miseria, el hambre y la poca educación, en resumen, con lo difícil que se ha convertido en México acceder a una vida mejor, hay ejércitos de mexicanos listos para integrarse a las filas de los cárteles y otras dependencias del crimen organizado.

En tanto, la aparente pérdida de control de las autoridades sobre el fenómeno del narcotráfico y la fuerza de sus organizaciones, que parece no minar pese a las capturas de importantes líderes, alimenta la preocupación de los sectores económicos y financieros.

El 13 de enero de 2011, Fitch Ratings destacó que “la creciente ola de violencia relativa a la droga parece haber dañado la confianza, las actividades minoristas y comerciales, posiblemente afectando un panorama de inversión y económico más robusto”. Esta visión, expuso, afectaría las condiciones de inversión en México, apagando su demanda interna.

Las delaciones de Karen llegaron como uno de los peores presagios: la floreciente industria del sicariato mexicano se había incrustado desde Tamaulipas con una violencia todavía más extrema, más sangrienta y más cruel. Cobraron nuevo significado el viejo oficio de matar y el asesinato por encargo, y hoy se entienden de otro modo palabras como levantón.

Una oleada criminal sin precedentes reivindicó el testimonio de este testigo protegido, citado en Proceso, en Reforma y en El Universal. En 2007 y 2008 se registró, literalmente, una explosión generalizada por los señalamientos de Karen, pese a que era bien conocido ya el adiestramiento de estos sicarios en el manejo de armas para levantar, fusilar, ejecutar, extorsionar y secuestrar, o degollar y mutilar a sus víctimas o rivales.

Sus declaraciones también fueron parte de la evidencia para mostrar al Cártel del Golfo como una organización criminal heterogénea. Incluso sirvieron para documentar por primera vez la contratación de mujeres como asesinas a sueldo de esa organización criminal, la decisión de importar kaibiles o soldados élite del Ejército de Guatemala y capitalizarse a través de delitos conexos como el secuestro y la extorsión, dentro y fuera de Tamaulipas.

En 2006 La Familia Michoacana tomó esa escuela y reclutó soldados guatemaltecos o salvadoreños para insertarse en el mercado de las drogas ilegales, desplazar a sus enemigos e iniciar una incursión, primero, por los estados del centro del país.

Luego, ya en agosto de 2010, se supo que células de mujeres zetas, algunas de ellas ex agentes de diferentes cuerpos policiales, reclutaban, en particular, a amas de casa con hijos para hacer otro tipo de trabajos: buscar, identificar y rentar viviendas que se adaptaban como casas de seguridad, y recluir a víctimas de secuestro. Además, las contrataban como cocineras, con salarios que iban desde los tres mil pesos quincenales, para evitar fugas de información.

“También auxiliábamos a Los Zetas con apoyo a sus halcones —vigilantes y espías—, encargados estos últimos de puntos importantes, como entradas y salidas de Nuevo Laredo, el cuartel militar, el puente internacional y el aeropuerto o recorrer la ciudad a bordo de automóviles particulares para estar al tanto de cualquier movimiento o presencia de extraños.

”El apoyo consistía en dar seguimiento a operativos militares, de la Procuraduría General de la República o de otras corporaciones oficiales cuando Los Halcones los perdían de vista —o cuando Las Ventanas, informantes en bicicleta [sic]—. En otras ocasiones los apoyábamos retirando a zetas heridos en accidentes o acciones violentas en las que se veían involucrados. En algunas ocasiones la misma policía intervenía activamente en operativos armados de Los Zetas.

”En febrero de 2004 fui (de vacaciones con mi familia) a Ozuluama para visitar a mis suegros. De nueva cuenta tuve problemas legales en Veracruz, así que hasta finales de junio puede [sic] regresar a Nuevo Laredo. Dado de bajo [sic] por faltas injustificadas, acudí a un policía municipal —Miguel Sánchez, el Miguelillo—, mi amigo, quien servía a Los Zetas desde antes que yo, para que me diera trabajo. Habló con Daniel Velázquez Caballero, el L-52, hermano de Talibán”.

Viejo protector uniformado, Karen fue enganchado como surtidor y cobrador de algunas de las tiendas de venta de cocaína y heroína que la organización tiene en Nuevo Laredo. Quedó bajo las órdenes del Meño o El Tira, responsable de las narcotiendas “en las colonias Victoria, Viveros y Solidaridad, así como en las zonas del Parque Mendoza y centro, identificadas internamente como Punto Rojo, Punto Amarillo, Punto Negro, Punto Puma, Punto Verde y Punto Soli”.

Por su conocimiento, la amistad que mantenía con agentes de la policía municipal que fueron sus compañeros y las muestras de lealtad a la organización, Karen progresó en su trabajo. Además de surtir a las tiendas, recibió el encargo de cobrar las cuotas nocturnas y recoger los ingresos totales por la venta de perico o pasto o chivo. En otras palabras, de cocaína, marihuana o heroína, conocida también como miel.

“Me pagaban de mil quinientos a dos mil pesos semanales, pero también auxiliaba en la confección y empaque de pases de coca y heroína —los medicamentos—. Lo hacíamos en la casa del Meño, allí en la esquina de Washington y La Habana, el centro de Nuevo Laredo, a un lado del palacio municipal. Aquí se pesaba la droga, se hacían los cortes y la empacaban El Pollo, El Chepe, El Güicho y el hermano de éste.

“Ellos eran maquiladores y pesadores —ellos no se mezclaban con los aguacateros ni con los burros y menos con los canguros—. La droga se envolvía en papel aluminio: 0.3 gramos por papel en el caso de la cocaína, y 0.1 gramos en el de heroína. Luego estaban El Jarri o El Jarrita, responsable éste de supervisar que los pases tuvieran el peso indicado y de evitar que otros trabajadores —incluidos los dos cortadores de papel aluminio o pizzeros— se robaran la droga.

“En este lugar se procesan de dos a tres kilogramos de coca por día y de uno a dos kilogramos de heroína, también por día, droga que La Compañía, como también se denomina a Los Zetas, entrega a Meño, aunque en ocasiones especiales le entregan la droga por semana.

“En esa actividad estuve como un mes. A principios de septiembre —de aquel 2004— El Meño, enterado por mí de mi pasado como soldado y policía me envió a una gasolinera conocida como El Caballero —porque se ubica a un costado de la calle Luis Caballero, muy cerca del puente de la entrada a Nuevo Laredo— para entrevistarme con Talibán”.

Antes, Karen pasó por la aduana, un filtro constituido por un solo hombre: El Chicles, un ex universitario conocido en el bajo mundo tamaulipeco por sus alias de El Licenciado, Cobra 46 o L-46. Su nombre real es Alfredo Rangel Buendía y fue capturado el viernes 15 de agosto de 2008, cuando preparaba una serie de ejecuciones en la Ciudad de México.

Por El Chicles, un sólido y conocido empresario del ramo automotriz, de 39 años de edad en esa época, Karen aprendió las rígidas normas de conducta de la vida de un zeta. Por primera vez le dieron su tartamuda. Y él cargó al hombro su cuerno de chivo o su AK-47, el fusil de asalto de los soviéticos.

“Me preguntó por mi formación militar y de policía. Me dijo que ellos, La Organización o La Compañía, son un grupo con formación y disciplina militar, donde los castigos son duros, pero la paga buena: doscientos dólares semanales. Luego de dos o tres meses me aumentarían a quinientos dólares semanales. Lo más importante es la lealtad. La traición se paga hasta con la muerte de la familia”.

Qué conclusiones sacó El Chicles de esa entrevista, sólo él lo sabe, pero la respuesta de Karen fue clara y firme: “Sí, me interesa trabajar. Se alejó unos metros, hacía [sic] unas camionetas estacionadas en la gasolinera. Me dijo que le avisaría a aquel hombre, como tiene por costumbre dirigirse a su superior. Así, me permanecí [sic] de pie por media hora, hasta que todos los que estaban allí subieron a las camionetas para retirarse.

“Al pasar cerca de mí, se abrió la portezuela del lado del conductor de una Grand Cherokee. Y éste —Karen supo que éste era el hombre—, una persona robusta, güera, de unos treinta y tres años, que luego supe era Talibán 50, repitió la pregunta sobre el interés por unirse a Los Zetas”. La respuesta fue la misma: un sí contundente.

El enganche estaba hecho. El resto fue cuestión de trámite. Al día siguiente, antes de entregar las cuotas de las narcotiendas y la recolección por los pases de miel y perico, Meño se encargó personalmente de enlistar a Karen bajo las órdenes de Daniel Velázquez Caballero, L-52, El Talibancillo o El Talibán Dos.

En febrero de 2011, la Auditoría Superior de la Federación publicó algunos resultados nada alentadores. “México es el tercer país con mayor número de policías: quinientos catorce mil seiscientos treinta y ocho, sólo por debajo de India, que reporta un millón treinta y dos mil novecientos sesenta y Estados Unidos, con novecientos cuarenta y un mil ciento treinta y nueve. Y, respecto al número de policías por cada cien mil habitantes México tiene cuatrocientos setenta y nueve, por encima de Estados Unidos con trescientos tres; España, doscientos ochenta y seis; Sudáfrica doscientos setenta y seis y Colombia, doscientos doce; Chile, ciento ochenta y cinco e India, con noventa y seis”.

Sin embargo, en cuanto al número de homicidios dolosos por cada cien mil habitantes, México ocupa el sexto lugar; Estados Unidos se ubica en el lugar veinticuatro, con menos de cinco asesinatos, e India en el veintiséis, con menos de cuatro. ¿Dónde están entonces nuestros policías?

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