Nación Peña Nieto

* La Nación Peña Nieto es la misma que la gobernada por Santa Anna y Porfirio Díaz. No hay diferencias ni siquiera en el boato de ceremonias ni ventas de territorio o bienes del país. La mutilación continúa y la clase política, aquella que hoy le llora al hijo asesinado de Humberto Moreira, ex gobernador de Coahuila y ex presidente del PRI, aliado financiero de Peña, es la única beneficiada. La reforma laboral, una parodia de la más domestica de las realidades, termina por legalizar los usos y costumbres de una economía particionada, incapaz de competir en lo elemental y que encuentra en los fuera de la ley a sus principales proveedores. Esta clase política, la de Peña Nieto, Calderón, Eruviel Ávila, Obrador, Moreira, promueve la violencia como elemento fundamental de desarrollo y el miedo como un acicate comercial.

Miguel Alvarado

Poco a poco, la “Nación Peña Nieto” toma forma y cristaliza lo heredado. México, un país feudal, encuentra que el camino es someterse. La desintegración de la Federación sucedió en algún momento y el poder presidencial entendió que debía aliarse con los poderes regionales, centralizar sólo lo burocrático, el ornato, las sedes físicas. Es más sencillo, se entiende desde la Edad Media, convocar cuando se requiere a los pequeños reyes, condes y terratenientes al lado del Emperador, aun a costa del riesgo de un golpe de Estado.

La Nación Peña Nieto es la misma que la gobernada por Santa Anna y Porfirio Díaz. No hay diferencias ni siquiera en el boato de ceremonias ni ventas de territorio o bienes del país. La mutilación continúa y la clase política, aquella que hoy le llora al hijo asesinado de Humberto Moreira, ex gobernador de Coahuila y ex presidente del PRI, aliado financiero de Peña, es la única beneficiada. La reforma laboral, una parodia de la más domestica de las realidades, termina por legalizar los usos y costumbres de una economía particionada, incapaz de competir en lo elemental y que encuentra en los fuera de la ley a sus principales proveedores. Esta clase política, la de Peña Nieto, Calderón, Eruviel Ávila, Obrador, Moreira, promueve la violencia como elemento fundamental de desarrollo y el miedo como un acicate comercial. Esas lecciones, bien aprendidas desde la óptica de la Doctrina Monroe y el inhumano Destino Manifiesto, se han convertido en los valores del México aparentemente independiente y se transmiten sin objeción de generación en generación, como un regalo genético que películas, televisión, culturas y subculturas nutren diariamente.

La ejecución del hijo de Moreira, atribuida a una venganza de Los Zetas, es llorada amargamente en el mismo tono en el que se ha ignorado a las 10 periodistas asesinadas desde el 2010, a los 2 mil policías, a los 3 mil 500 choferes, a los 700 indigentes, a las 922 mujeres mexiquenses y a los 200 mil desplazados por la supuesta guerra contra el narcotráfico. El reacomodo del verdadero gobierno lanza la advertencia a quienes les estorba o no cumplen. Los Moreira, señalados por desfalcos descomunales, entienden por las malas la naturaleza de la guerra, de la otra guerra que efectivamente se libra en México y que tan neciamente niegan en lo público, como si trataran con estúpidos.

La Nación Peña Nieto abre las puertas al empleo y el mexiquense convoca al pueblo en general para que participe en el gabinete que gobernará el país. Engreído, entrampado en el estilo mendaz del Grupo Atlacomulco, condena los huevazos dirigidos con olímpica puntería hacia la lectora de noticias Adela Micha, cuando recibía un doctorado honoris causa en la Universidad Veracruzana, pero calla sobre las condiciones de seguridad en las que dejó al Estado de México, cuando intentó poner orden, su propia disciplina maquiavélica.

José Eduardo Moreira se preparaba para ser gobernador de Coahuila, pequeño reino sometido por su padre, primero, y luego por su tío, Rubén. Como heredero, comenzaba desde cargos medios que pronto escalaría, como lo hizo el mismo Peña, para conseguir el sueño de la familia, la presidencia.

Los Moreira se derrumbaron en público, en la misa de cuerpo presente y durante el entierro. Las reacciones ciudadanas fueron encontradas. Observar sufrir a las familias en el poder, supermillonarias, señaladas por enriquecimientos inexplicados y trampas con fondos públicos, hizo catarsis entre los jodidos, la raza híbrida, como define la filosofía de Jefferson y Lincoln al mexicano. El sentimiento de revancha, aunque sea por televisión, permeó indetenible y las conjeturas cuadraron, al menos en el imaginario popular. El que la hace la paga, sentenciaron las redes sociales.

Moreira, la familia, acudió a las honras custodiada por guardias armados hasta los dientes. La pasarela negra fue un desfile de miedo y oscuridad. Allí estaban Coldwell y Chong, en representación del Grupo Atlacomulco y el resto de la corte coahuilense. Conmovedor, el ex gobernador Humberto se derrumbó aceptablemente ante el cuerpo de su hijo, como lo hizo Javier Sicilia ante el féretro del suyo. Sicilia, más poeta, se decidió por su Caravana y encaró a medio mundo nada más para que se enteraran, sabiendo imposible cualquier maniobra por legal que fuera. Humberto, en cambio, mira el despliegue de mil 500 efectivos federales a lo largo de su entidad en busca de los asesinos. Y culpa al crimen organizado, olvidando por las circunstancias que aquello se define como el contubernio entre autoridades y hampones y que sólo florece en los cultivados campos de la impunidad. Los Moreira han entendido a Sicilia, quien al mismo tiempo representa a las familias de los 90 mil muertos que ha dejado el enfrentamiento armado que se libra en México, cuyos dirigentes son capaces de encubrirlo por seis años. Y Humberto, quien el 23 de mayo del 2011 estaba dispuesto a analizar la propuesta del escritor sobre encontrar armas legales para la defensa del ciudadano, la estudia ahora de la manera más brutal. “Claro, primero apoyar, escuchar al señor Sicilia, sin condición alguna, no se le puede poner condiciones a (su) expresión y bueno, revisar cuál es su propuesta y parte de ella está en la Reforma Política”, reproducía el diario El Universal aquel día.

“Mi hijo, uno de los muertos de esta guerra”, “he aguantado todo, menos esto” y “pido que se haga justicia” son las frases que describen la tragedia familiar del más poderoso de Coahuila. El 25 de septiembre del 2012, la revista Proceso publicaba que Rubén Moreira aceptada mil 600 desaparecidos en su estado, aunque culpaba de paso al gobierno federal.

Así, aquella televisión que participó en el encumbramiento de Peña Nieto fue ahora portavoz del dolor desde el poder. La señorita Laura, pero al revés, funciona lo mismo para el televidente empobrecido a quien le da lo mismo el nombre de los muertos y con ello se queda. Con nada más. Nicaragua, mientras tanto, se decide a oficializar que dos de los 18 mexicanos detenidos por transportar 9 millones de dólares relacionados con venta de cocaína trabajaban para Televisa

El 2 de octubre, fantasma empedernido de revueltas kamikaze, se entierra definitivamente en las marchas del recuerdo que los estudiantes se empeñan en preservar en los retratos de Guevara y las consignas de los tiempos de Allende, en Santiago de Chile. Nada es suficiente y nuestro presidente no saldrá a defender su palacio ni su país, metralleta en mano, ni lo asesinarán diciendo que fue suicidio. Ninguna revolución es posible, por ahora, y las palabras de un tal Jacobo Zabludovsky recuerdan ingratas una hermosa mañana del 3 de octubre, con cielo despejado y donde no ha pasado nada, excepto los camiones militares por el centro de la ciudad cargados de cadáveres y que vieron todos los que trabajaban en oficinas ubicadas más allá del segundo piso.

El fantasma de Peña acude con premura a Ciudad Acuña para velar al joven Moreira pero olvida Luvianos y Tejupilco, las señeras tierras donde la verdadera autoridad, como llaman sus habitantes a los integrantes de los cárteles, La Familia, los Zetas o los Templarios, despachan entre balas y treguas. Pequeños reyes, establecen dominios pequeñísimos pero armados, como dicen los gringos, igual que sirios, libios e iraníes.

Observadores en Luvianos aseguran que los habitantes se han acostumbrado y viven perfectamente bien. Que el comercio, la vida pública que comprende ayuntamientos, escuelas y actividades agropecuarias siguen su propio ritmo, como si nada pasara. A veces, comentan, es necesario pedir algún permiso para pasar por ciertos terrenos o realizar alguna actividad, pero en general, todos viven bien. Caja de Agua, el emblemático campo de batalla donde van más de 100 muertos, es lo que es porque de allí era Osiel Jaramillo, feroz lugarteniente de los Zetas caído bajo 49 impactos de bala en el 2009, cazado por paramilitares de La Familia. Al parecer no hay mejor lugar para batirse a duelo que aquel páramo tenebroso.

No hay leva ni nada por el estilo. Nadie es obligado a participar en el negocio del narcotráfico. Pero los jóvenes acuden y por decisión propia se enrolan en esas filas. Los niños, desde pequeños, juegan al equivalente del Chavo del Ocho y cada uno quiere ser sicario Zeta o de La Familia y enfrentarse aunque sea a pedradas por el control de la plaza de juegos. Fuera de allí, no pasa nada, la región es como cualquiera otra.

La mexicana realidad establecida desde puntos específicos como Luvianos o Tejupilco se repite y amplía sus magnitudes. Las leyes sociales siguen aplicando, de cualquier manera, pero el reflejo se agiganta. Luvianos es infinitesimal pero demasiado importante para ignorarlo. Igual que Ciudad Acuña, que los apellidos Moreira o Peña, basta mirar al sur mexiquense para entender al resto del país.

Al mismo tiempo, el 4 de octubre otras cuatro personas eran ejecutadas en diversos puntos del Edomex, según el diario local Alfa, que establece 456 muertos con esas características en lo que va del año para la entidad. Eruviel Ávila, gobernador mexiquense, insiste que la entrada del ejército ha bajado la delincuencia hasta la mitad en los municipios intervenidos. “Estamos trabajando con toda seriedad y contundencia en contra de los delincuentes”, dice todavía.

Funcionarios y policías han sido implicados en el homicidio del joven Moreira. Es el crimen organizado, dice su padre, con total conocimiento de causa. Mientras, Luis Videgaray cabildea con los norteamericanos como hiciera Santa Anna por la mitad del territorio, y ofrece abrir Pemex a la inversión extranjera.

El 5 de octubre del 2011, un día después del entierro del hijo ejecutado, un supuesto twitt de su viuda, Lucero Davis, sacudía las redes sociales. “@rubenmoreiravdz. No sabes gobernar!!! Esto es tu culpa maldito!!! No sabes gobernar!!! Renuncia”.

La cuenta @lucerodavis tiene tres mensajes alusivos al caso. El primero dice “Exijo justicia!!!!! Por el asesinato a mi esposo José Eduardo”. Otro es un “Justicia!! Justicia!!”.

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1 comentario

  1. tvonline…

    […]Nación Peña Nieto « Semanario Nuestro Tiempo[…]…


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